jueves, 17 de enero de 2013

Intentamos animarnos (MS)

Mónica Sabbatiello 
El calor era insoportable, la casa parecía sudar. Los sillones de piel se sujetaban a las nalgas. El té helado quemaba. Pero intentamos animarnos. Era un palacete venido a menos, despiadado en sus áreas oscuras. Los cortinones cerraban el paso a cada paso y andábamos como ciegos. Amalia fue perdiendo sus ínfulas de mando con el peso de esa humedad de invernáculo que nos volvía esponjosos, escasamente delimitados, como vegetales de río.
Fermín, poco antes de morir, nos había encargado vaciar su casa. Quemar, vender, regalar todo aquello que varias generaciones habían acumulado. Él, al enfermar, se había recluido en una sola habitación de las innumerables. El resto parecía un museo anacrónico y excesivo.
Bailaba la luz de las velas y de habitaciones lejanas llegaban sonidos a madera quejosa. Alguno de nosotros comenzó a tirar objetos dentro de las cajas. La atmósfera se densificaba, como si forzáramos alguna resistencia. Percibí que mis amigos sentían esa pugna de los libros, de los cuadros, de los adornos, por seguir allí vivos, con su carga de recuerdos que no nos pertenecían. Cada armario o baúl al ser abierto expresaba su dolencia y expandía olores como remotas olas nocturnas que terminaban por fin llegando al fondo del cráneo, tras lamer las playas.
Era como soñar y querer despertar. Rogelio fue dando tumbos, rojo y  asfixiado, manoseando las cortinas, quizás buscando la salida, para al fin dejarse caer sobre un puff.
Los demás recorrían los pasillos con pasos medrosos, como presas de los mismos síntomas, poco aire y mucho peso.
Los recuerdos de la casa se parecían en algo a los propios. La mayoría eran como esos sueños que dejan un sabor imborrable durante todo el día. El caserón de Fermín soñaba a la vez miles de noches y de vidas.
Me solté de la silla para dejarme caer sobre el parquet. Me hice un ovillo y me dormí, o me desmayé, quién sabe. Me despertó el aire fresco de alguna bienaventuranza. Y un aroma a tomillo. Todos reaccionamos y nos despedimos en la puerta.
Cada vez que volvemos a esa casa regresamos a unas vidas que nunca hemos vivido. Y recordamos, cada vez, la risa de Fermín cuando nos encomendó la tarea: “Vamos,  intenten animarse. Habrá premio”. Su risa parecía un batir de tambores. Y el premio es pasar por todos estos fuegos sin quemarnos. Y nunca vaciar la casa.

2 comentarios:

  1. Me molesta, aunque es invierno, el jersey de cuello alto. Me oprime, aunque en mi casa todo tiene su lugar, un caos de cajas, baúles, libros amontonados sobre los sillones. Escucho, aunque hoy estoy sola, los suspiros de agobio y cansancio de amigos que se sientan en la alfombra.
    Hay que prevenirse como lectores cuando un texto de Mónica nos invade.
    Y hay que agradecer relatos como éste, que nos envían premios desde el lugar en el que están, ya, tantos de los que quisimos.

    ResponderEliminar
  2. Algo fuerte me toca y a la vez se me escapa y eso es lo que me gusta. Es onírico, tiene atmósfera y estilo, Mónica, te felicito. Lina, de Quilmes.

    ResponderEliminar

Escribe aquí tu opinión: tus comentarios y tus críticas nos ayudan a mejorar