jueves, 10 de enero de 2013

De cómo me hice con el paquete de pienso (NL)

Natàlia Linares
Antes de salir de casa, me llevé cuatro de los diez cigarrillos que quedaban en el paquete. Quería reservas para cuando llegara la noche.
Camino al trabajo cantaba con la radio "Aint no mountain high enough". Siempre me ha gustado esa canción. Se lo dije a Sergi cuando me preguntó por mis preferencias musicales.
-Esa y muchas más, claro -le puntualicé-. ¿No la conoces? 

Resultó que no; pero sí,  al tararearla...
Sergi era un buen chico; educado, apuesto y de buena familia. De vez en cuando quedábamos para charlar con la excusa de un café, y mientras nos calentábamos las manos en las tazas humeantes, nos mirábamos fijamente a los ojos durante largos segundos.
Cuando llegué al despacho me encerré en mi trabajo. No salí ni para desayunar. Mi compañera me preguntó si sucedía algo. Respondí con un escueto: "No".

Saber cómo se las había ingeniado el vecino para meter la cama, la cómoda y el armario en su minúscula habitación me intrigaba. Yo estuve presente cuando el de las mudanzas le entró los muebles.
Del vecino había soportado el ruido de sus fiestas nocturnas,  golpes de puerta y de múltiples bricolajes, los maullidos del gato en celo y otros ruidos inclasificables. Ahora yo tenía las llaves de su piso y un martillo me golpeaba la sien: ansiaba  colarme en el piso, como quien ojea un diario secreto en la búsqueda de algo que nunca se ha hecho público.
Sonia, la hija del anterior presidente de la comunidad, me había dado el día antes las llaves explicándome que el inquilino del piso contiguo al mío se había marchado dejando dentro casi todas sus pertenencias. Le habían ofrecido trabajo en Holanda y no le había dado tiempo para un traslado organizado. El propietario era un hombre anciano que casualmente había fallecido hacía pocos días. Su familia tenía que venir a recoger las llaves.
-Te dejo las llaves, seguramente vendrá el hijo del señor Gaspar a recogerlas -me había dicho Sonia.  
Había pasado toda la tarde y nadie había dado señales de querer recoger las llaves. Así que me autoconvencí de que, si entraba al piso vecino, no cometía ningún delito. Sólo quería verificar que todo estuviera en orden.
Por la noche, después de fumarme tres cigarrillos, lo decidí. Cerré ràpidamente y sin hacer ruido la puerta de mi piso y, atenta a cualquier ruido del ascensor, introduje la llave en la deseada cerradura. En un instante estaba dentro. Pulsé el interruptor, que estaba siituado en la misma posición que el mío. Entonces me di cuenta de que las persianas estaban subidas y de que desde el patio de vecinos, alguien podría verme. Volví a pulsar el interruptor. Preferí dejarlo e irme. 
Esa noche se me hizo extraño dormir sin la presencia de mi vecino.

Me desperté temprano e hice la intentona de colarme otra vez en el piso contiguo. Esta vez la luz del amanecer iluminaba el comedor. Un cuadro de grandes dimensiones encima del sofá, una lámpara de pie, un mueble vacio y, encima del mueble, un cenicero imitación de plata... No había nada destacable, era un piso sin alma. Me paseé por todas las habitaciones. Imaginaba a mi vecino ocasionando los ruidos que solían llegar a mi piso. Moviendo esta silla de una habitación a otra, o este mueble de módulos...; en la cama, en la ducha…  Antes de irme, y sin haber encontrado allí nada especial, me llevé los tapones de los radiadores, pues los míos estaban rotos. ¡Ah!, y un paquete de pienso para gatos que había en la cocina. Cómo odiaba a ese gato. Le di el paquete de pienso a Sergi mientras tomábamos un café en la cafetería de la plaza. Por la tarde vinieron a recoger las llaves.

1 comentario:

  1. Me deja pensando... me deja con sensaciones... los tapones de los radiadores, el pienso, Sergi, todo lo que no se dice, que pesa más que lo que se dice... ME ENCANTA!!!!

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