jueves, 31 de enero de 2013

Fernando (MG)

Maria Guilera 
Aunque iba a llover, llevé a mis hijos al zoológico, como cada primer sábado de mes. Al llegar a las taquillas se adelantaron para mostrar sus carnets de socio y atravesar solos la puerta de entrada. Luego se giraron y desde el otro lado les oí gritar “A las doce en el banco de los delfines”. Corrieron hasta que les perdí de vista.
Anduve por el camino de los magnolios con el cuello del abrigo levantado. No tenía ganas de pasear, el aire del parque es húmedo. Entré en la cafetería, me senté junto a la cristalera y saqué el cuaderno de dibujo. Examiné los bocetos de animales de la semana anterior, todos de gorilas: posturas, perfiles, miradas, detalles de pies y manos. Más que con ningún otro animal, había tenido dificultades en conseguir que pareciesen espontáneos. Los gorilas posaban para mí tal y como hacían muchas personas cuando pretendía hacerles un retrato. El último esbozo era el de un ejemplar enorme. Un gorila negro que no se movió apenas mientras le dibujaba. Estuvo todo el tiempo apoyado en la pared, con la cabeza inclinada sobre su hombro izquierdo.
Me levanté para ir a buscar una bebida. No tenía monedas ni podía pedirle cambio al encargado. No había nadie tras el pequeño mostrador.
–Puedo dejarle algo suelto –me dijo un hombre sentado junto a la máquina expendedora.
–Gracias. En cuanto venga alguien pediré cambio.
Me acompañó a mi mesa. Hablamos de los niños, de la buena idea de crear un Club de Amigos de los Animales y todas esas cosas.
–Pero usted no viene solo por sus hijos. Yo la he visto algunos sábados por ahí, con los lápices .
Le conté que ilustraba revistas y libros de historia natural y le enseñé algunos dibujos. Cuando llegué al gorila negro dijo:
–Ah, ese es Fernando.
–¿Usted le conoce?
Me explicó que se había jubilado hacía unos meses. Había trabajado en el zoológico como cuidador.
–Sabe, vengo a menudo. Me gusta charlar con mis antiguos compañeros y verles a todos. Uno llega a tener una relación personal con ellos. Con los gorilas, quiero decir.
Me di cuenta de que hablaba con cuidado, como si tantease mi reacción.
–Me cuesta dibujar a los gorilas y también he tenido problemas con Fernando. Estuve mucho rato ahí, frente a él, y no cambió de postura. 
Le hablé de mi disgusto ante la actitud forzada de los animales. Me gustaría tomar otro tipo de apuntes y capturar escenas más naturales, le dije. Él me escuchaba con atención.
–La invito yo, voy a por otra.
Regresó y estuvo un rato callado.  Hacía girar la botella sobre la mesa.
–Fernando tenía una pareja perfecta, se querían mucho. Zaika era su mujer, no se apareó con ninguna otra.
Dijo su mujer, igual que mis hijos llaman “niños” a los cachorros de cualquier especie.
–Era cariñosa, inteligente y sobre todo comprensiva. No era fácil convivir con Fernando. Ya sabe, los intelectuales tienen altibajos.
No supe en qué tono me estaba hablando. Le miré y no me pareció que bromease.
–Fernando tenía temporadas en las que se mostraba sociable, bromeaba… En cambio, cuando alguna nueva idea le rondaba la cabeza se sentaba en su rincón y podía estar allí cabizbajo durante horas. No soportaba que nadie le interrumpiera.
Me costó preguntar, no quería que creyese que me burlaba o que no estaba en sintonía con lo que me estaba contando.
–Qué ideas tenía Fernando. Qué quiere usted decir. 
 –Bueno, inventaba gestos. Para comunicarse, ya sabe.
No estaba muy segura de entenderle, pero asentí. Él siguió hablando y dándole vueltas a la botella.
–Hace unas semanas Zaika tuvo un infarto. No se pudo hacer nada y desgraciadamente murió. Me llamaron a mí para que se lo explicase. Fue muy duro, pobre Fernando. Desde entonces está así, como ido. Se pasa las horas recordándola. Hoy mismo me ha dicho que no vale la pena inventar más gestos. Para qué.

jueves, 24 de enero de 2013

Caminar (VH)

Vicenç del Hoyo
Caminem agafats de la mà per una ciutat desconeguda. Acabem d’arribar en un avió que ens ha alliberat de la persuasiva rutina, dels dies laminats per franges d’horari, com els de l’agenda, setmanes que caben en dos fulls, els dilluns a les planes parells, els divendres a les senars i, per als dissabtes i diumenges, un racó raquític al final del full. Caminem per la ciutat com qui s’ha fugat de l’agenda. Mirem l’empedrat del terra, les finestres i balcons de les façanes, els núvols blancs que des de dalt de les teulades contrasten amb el fons blau del cel.
-Aquí, jo ja hi he estat!
En Josep té aquestes coses. Mai sé quan parla de veritat o és la seva fantasia qui pren la paraula. Deu ser l’hora de dinar, els carrers estan silenciosos i buits. És una ciutat com qualsevol altra, amb carrers i cotxes, amb fanals i botigues, aparadors, places, bancs i arbres a les voreres. També hi ha alguna estàtua arraconada al mig l’alguna plaça casual.
-Segur, Laura, aquí ja hi he estat.
Sento la pressió de la seva mà agafant la meva. Caminem sense pressa, com només es camina quan t’endinses en un territori per primera vegada. Malgrat que hem visitat dotzenes de ciutats desconegudes, totes s’assemblen i són diferents alhora. A tot arreu et pots sentir com un foraster o com a casa.
-Mira aquest carrer amb tots aquests edificis grisos!
Ens hem aturat en una cruïlla. Aquesta ciutat, a diferència de la d'on provenim, és plana. No hi ha cap turó, cap pendent. És igual anar cap a la dreta que cap a l’esquerra. Els peus no noten la diferència. Els carrers dibuixen una quadrícula geomètrica regular. Des del lloc on ens hem aturat contemplem una col·lecció de façanes repetides, una imatge atrapada entre dos miralls, de la que no s’intueix la fi. Són edificis de quatre plantes, poc ostentosos, d’una altra època, vells però ben conservats. No hi sé veure res d’especial.
-Mira quanta melangia hi ha concentrada...
Traspassem el carrer. Apareix un barri acomodat, amb botigues i restaurants, no em provoca cap emoció especial, a no ser la de desconeixement i novetat. Avancem pels carrers. El sol escalfa i em sento reconfortada després del gèlid hivern del que venim. Amb la jaqueta a la mà, caminem, admirem esglésies. Entrem a algunes. Sempre obertes i buides. A l'interior, el silenci puja el volum.
-Quanta desolació!
Caminem, deambulem sense cap direcció determinada. Cap dels dos nota el cansament. Arribem a una plaça empedrada amb uns tendals de colors suaus. Una botiga exposa la fruita aromàtica al carrer. Ens aturem. Unes cadires ens conviden a seure.  M’agradaria que plogués una estona, però en canvi s’alça una brisa càlida, deu provenir del sud.
Finalment, en Josep em pregunta:
-Tu saps per què la bellesa és tan trista?

jueves, 17 de enero de 2013

Intentamos animarnos (MS)

Mónica Sabbatiello 
El calor era insoportable, la casa parecía sudar. Los sillones de piel se sujetaban a las nalgas. El té helado quemaba. Pero intentamos animarnos. Era un palacete venido a menos, despiadado en sus áreas oscuras. Los cortinones cerraban el paso a cada paso y andábamos como ciegos. Amalia fue perdiendo sus ínfulas de mando con el peso de esa humedad de invernáculo que nos volvía esponjosos, escasamente delimitados, como vegetales de río.
Fermín, poco antes de morir, nos había encargado vaciar su casa. Quemar, vender, regalar todo aquello que varias generaciones habían acumulado. Él, al enfermar, se había recluido en una sola habitación de las innumerables. El resto parecía un museo anacrónico y excesivo.
Bailaba la luz de las velas y de habitaciones lejanas llegaban sonidos a madera quejosa. Alguno de nosotros comenzó a tirar objetos dentro de las cajas. La atmósfera se densificaba, como si forzáramos alguna resistencia. Percibí que mis amigos sentían esa pugna de los libros, de los cuadros, de los adornos, por seguir allí vivos, con su carga de recuerdos que no nos pertenecían. Cada armario o baúl al ser abierto expresaba su dolencia y expandía olores como remotas olas nocturnas que terminaban por fin llegando al fondo del cráneo, tras lamer las playas.
Era como soñar y querer despertar. Rogelio fue dando tumbos, rojo y  asfixiado, manoseando las cortinas, quizás buscando la salida, para al fin dejarse caer sobre un puff.
Los demás recorrían los pasillos con pasos medrosos, como presas de los mismos síntomas, poco aire y mucho peso.
Los recuerdos de la casa se parecían en algo a los propios. La mayoría eran como esos sueños que dejan un sabor imborrable durante todo el día. El caserón de Fermín soñaba a la vez miles de noches y de vidas.
Me solté de la silla para dejarme caer sobre el parquet. Me hice un ovillo y me dormí, o me desmayé, quién sabe. Me despertó el aire fresco de alguna bienaventuranza. Y un aroma a tomillo. Todos reaccionamos y nos despedimos en la puerta.
Cada vez que volvemos a esa casa regresamos a unas vidas que nunca hemos vivido. Y recordamos, cada vez, la risa de Fermín cuando nos encomendó la tarea: “Vamos,  intenten animarse. Habrá premio”. Su risa parecía un batir de tambores. Y el premio es pasar por todos estos fuegos sin quemarnos. Y nunca vaciar la casa.

jueves, 10 de enero de 2013

De cómo me hice con el paquete de pienso (NL)

Natàlia Linares
Antes de salir de casa, me llevé cuatro de los diez cigarrillos que quedaban en el paquete. Quería reservas para cuando llegara la noche.
Camino al trabajo cantaba con la radio "Aint no mountain high enough". Siempre me ha gustado esa canción. Se lo dije a Sergi cuando me preguntó por mis preferencias musicales.
-Esa y muchas más, claro -le puntualicé-. ¿No la conoces? 

Resultó que no; pero sí,  al tararearla...
Sergi era un buen chico; educado, apuesto y de buena familia. De vez en cuando quedábamos para charlar con la excusa de un café, y mientras nos calentábamos las manos en las tazas humeantes, nos mirábamos fijamente a los ojos durante largos segundos.
Cuando llegué al despacho me encerré en mi trabajo. No salí ni para desayunar. Mi compañera me preguntó si sucedía algo. Respondí con un escueto: "No".

Saber cómo se las había ingeniado el vecino para meter la cama, la cómoda y el armario en su minúscula habitación me intrigaba. Yo estuve presente cuando el de las mudanzas le entró los muebles.
Del vecino había soportado el ruido de sus fiestas nocturnas,  golpes de puerta y de múltiples bricolajes, los maullidos del gato en celo y otros ruidos inclasificables. Ahora yo tenía las llaves de su piso y un martillo me golpeaba la sien: ansiaba  colarme en el piso, como quien ojea un diario secreto en la búsqueda de algo que nunca se ha hecho público.
Sonia, la hija del anterior presidente de la comunidad, me había dado el día antes las llaves explicándome que el inquilino del piso contiguo al mío se había marchado dejando dentro casi todas sus pertenencias. Le habían ofrecido trabajo en Holanda y no le había dado tiempo para un traslado organizado. El propietario era un hombre anciano que casualmente había fallecido hacía pocos días. Su familia tenía que venir a recoger las llaves.
-Te dejo las llaves, seguramente vendrá el hijo del señor Gaspar a recogerlas -me había dicho Sonia.  
Había pasado toda la tarde y nadie había dado señales de querer recoger las llaves. Así que me autoconvencí de que, si entraba al piso vecino, no cometía ningún delito. Sólo quería verificar que todo estuviera en orden.
Por la noche, después de fumarme tres cigarrillos, lo decidí. Cerré ràpidamente y sin hacer ruido la puerta de mi piso y, atenta a cualquier ruido del ascensor, introduje la llave en la deseada cerradura. En un instante estaba dentro. Pulsé el interruptor, que estaba siituado en la misma posición que el mío. Entonces me di cuenta de que las persianas estaban subidas y de que desde el patio de vecinos, alguien podría verme. Volví a pulsar el interruptor. Preferí dejarlo e irme. 
Esa noche se me hizo extraño dormir sin la presencia de mi vecino.

Me desperté temprano e hice la intentona de colarme otra vez en el piso contiguo. Esta vez la luz del amanecer iluminaba el comedor. Un cuadro de grandes dimensiones encima del sofá, una lámpara de pie, un mueble vacio y, encima del mueble, un cenicero imitación de plata... No había nada destacable, era un piso sin alma. Me paseé por todas las habitaciones. Imaginaba a mi vecino ocasionando los ruidos que solían llegar a mi piso. Moviendo esta silla de una habitación a otra, o este mueble de módulos...; en la cama, en la ducha…  Antes de irme, y sin haber encontrado allí nada especial, me llevé los tapones de los radiadores, pues los míos estaban rotos. ¡Ah!, y un paquete de pienso para gatos que había en la cocina. Cómo odiaba a ese gato. Le di el paquete de pienso a Sergi mientras tomábamos un café en la cafetería de la plaza. Por la tarde vinieron a recoger las llaves.

jueves, 3 de enero de 2013

El tren (VA)

Vicente Aparicio (Foto: Enrique Toribio) 
Un hombre de facciones grandes y grotescas, y aun así imprecisas, escenifica trucos de magia en el compartimento de un tren.
Los demás (mamá, yo, algunos rostros adultos envueltos en sombras) vemos sus manos que mueven con presteza una baraja de naipes de color rojo. Hay un cinco de tréboles, una reina de picas, un siete de corazones...
Permanezco absorto. Soy una mueca de inteligencia infantil que mantiene un tenso silencio al acecho de la impostura.
El mago son sus manos. Sus manos huesudas, largas como garras, de movimientos rápidos e imprevisibles.
Mamá aprieta el bolso entre ambas manos sobre su regazo y arranca a llorar.
Su llanto no es el llanto de una madre. Es un llanto antiguo y desesperado, imposible de aceptar. 
Las ruedas del tren avanzan sobre sus carriles.
El hombre de facciones grandes exhibe su dedo índice a idéntica distancia de todas las miradas.
Pequeñas llamas se encienden alrededor, ojos que desprenden calor. Ansiedad. Ojos que miran.
El dedo permanece inmóvil como una piedra en su cueva.
Las luces se apagan. El dedo resplandece en la oscuridad mientras nuestras respiraciones se acompasan.
Vemos cómo ocurre, pero... ¿cómo explicarlo?
El dedo no está...
Su hipnotica luz...
Décimas de segundo...
El tren...
Nos arrellanamos en los asientos y cerramos los ojos.
El hombre sonríe. Devuelve los instrumentos de su magia a un maletín desvencijado que manejan con esmero sus manos incompletas.
Mamá ronca, exhausta, mientras el aire de la ventanilla mueve ligeramente su pelo.
La estación silba desde la lejanía.