jueves, 18 de octubre de 2012

El viajante (LE)

Lola Encinas (Foto: Chuck Turner) 

-Ya lo tienes, tal como habíamos quedado. He comprobado los niveles y he añadido media lata de aceite. También he cambiado unas válvulas, he revisado bujías y neumáticos, he alineado la dirección y te he puesto una batería nueva, porque la que tenías estaba hecha polvo, no hubieras llegado ni a la esquina. Una revisión y puesta a punto completa.
-¡Uf, pero esto subirá un huevo! ¿Puedes esperar hasta que vuelva? Dentro de quince días, tengo que cobrar unas comisiones atrasadas.
-No hay problema, Pedro, si fueras otro no lo haría, pero hace años que nos conocemos y sé que no me vas a fallar. De momento con este apaño puedes viajar, aunque no le aprietes mucho, que el pobre ya está para jubilarse. Tendrás que ir pensando en cambiarte de coche, sino cualquier día te dejará tirado por esos mundos.
-Gracias, Fernando, además de un buen mecánico eres un buen amigo. Si no fuera por ti…
Me puse en camino de forma inmediata, pues tenía más de 1000 kilómetros por delante. Cargué el maletero con dos garrafas de agua, por si se calentaba el radiador, los dos catálogos, las piezas que me habían pedido y el maletín.
Puse el abrigo y la manta de viaje en el asiento de atrás y dejé abierto el plano de carreteras en el asiento de al lado. Quería ahorrarme los peajes de la autopista y tampoco pensaba pasar la noche en ningún sitio. Ya no tenía dietas, los gastos corrían por mi cuenta, y un poco de aquí y otro de allá, hacían un  buen pico.
Había quedado a las doce del mediodía en la fábrica que tenían en Ourense.
Aunque las culpas fueran ajenas a nuestra empresa, no podía fallarles, ya que tenían paradas varias máquinas por una avería y estaban a la espera de las piezas de recambio. Cada hora que pasaba sin funcionar, les representaba enormes pérdidas. Ante la urgencia y teniendo en cuenta que los últimos envíos contratados a Trans-Seur, no habían cumplido el plazo de entrega, me había comprometido con su director a llevárselas personalmente.
Las ventas habían bajado bastante y no era cuestión de perder a uno de nuestros mejores clientes por un mal servicio de mantenimiento. El horno no estaba para bollos y no podía relajarme si no quería quedarme en la calle.
Tenía previsto hacer el viaje de un tirón, parando sólo lo justo, para tomar un café, estirar un poco las piernas y hacer mis necesidades. Puse  la calefacción porque empezaba a sentir frío en los pies y saqué a bulto de la guantera un cassette. Era de José Feliciano, uno de mis favoritos, y sus canciones, además de hacerme compañía, me pusieron nostálgico y me trasladaron a otros tiempos.
“No podrás olvidar, jamás, un amor como el mío…, jamás...”
En mala hora me metí en la compra del piso, pero las presiones y argumentos de Laura sobre lo absurdo que es tirar el dinero en un alquiler cuando por el mismo importe puedes obtener una propiedad, acabaron convenciéndome. Claro que en principio las cosas no estaban como ahora y éramos dos a pagar. Quién iba a suponer que ocho meses después Laura me dejaría plantado para irse a vivir a Australia con su antiguo novio.
La hipoteca me estaba desangrando, así nunca podría comprarme el coche nuevo que necesitaba para poder seguir pagándola. Era un círculo vicioso del que no sabía cómo salir. Tras las últimas reducciones de personal, quedábamos sólo dos comerciales en la empresa y cada vez tenía que viajar más.
Necesitaba un pequeño descanso, llevaba bastantes kilómetros conduciendo y paré a tomar un refrigerio. Tras quince minutos volvía a estar al volante con renovada energía.
Estaba contento, de momento el coche respondía, sobre todo en llano, y aunque en las cuestas se notaba su “edad”, se comportaba. De todos modos seguí las recomendaciones de Fernando y procuré que la aguja no pasara de los 100 Km/h.
La segunda parada fue en una estación de servicio. Hacía un frío terrible. Esta  vez pedí un café doble y un pincho de tortilla. Me sentía muy cansado, fui al servicio y al mirarme al espejo comprobé que tenía las pupilas dilatadas, por la oscuridad de la carretera y los ojos enrojecidos, por la calefacción y la falta de sueño. Me eché agua fría en la cara para espabilarme y me animé pensando que con una nueva parada tendría suficiente.
Hasta aquel momento las carreteras habían sido buenas, en algunas zonas aceptables, pero a medida que dejaba las llanuras de Castilla y me adentraba en Galicia la cosa empezó a cambiar. Constantemente tenía que reducir la marcha para paliar los bruscos vaivenes que producían piedras y baches de aquella mal denominada carretera por la que me había metido. Saqué la cabeza por la ventanilla para tener mejor visión del camino, pero la noche se resistía a dejar paso al amanecer y, además, la bruma que emanaba del bosque tejía un espeso velo que acabó derrotando la escasa luz de los faros.
No sé quién de los dos tuvo la culpa, si fui yo o fue aquel enorme tronco de castaño que de repente surgió de la niebla y se interpuso en mi trayecto. La última imagen que recuerdo son las dos vueltas de campana y mi cuerpo saliendo despedido del coche antes de que este continuara su camino por el barranco hasta finalizar en el rio.
Cuando me desperté estaba tumbado en una confortable cama. Intenté levantarme pero fue imposible. Me dolía todo el cuerpo, sobre todo la cabeza, y mi brazo y mi pierna izquierda estaban vendados e inmovilizados.
Giré la vista para intentar situarme. Me encontraba en una amplia estancia de alto techo y suelo de madera, con un gran ventanal donde pequeños regueros de agua se deslizaban por los cristales. Adosada a la pared, sobre un soporte de hierro forjado descansaban una vieja jofaina de porcelana, una jarra y una toalla. A un lado de la cama, una mesita de noche, y en el otro, una silla con mi ropa ordenada y limpia. Una fotografía antigua de boda coronaba una robusta cómoda con sobre de mármol rosa y, a su izquierda, un armario luna reflejaba en sus dos puertas toda la habitación.
¿No tenía ni idea de dónde estaba ni de cómo había llegado allí?
Se abrió la puerta y apareció una mujer guapa y joven con una bandeja, y en ella, una humeante taza de caldo y un buen trozo de apetitosa empanada. Con una amplia sonrisa de alivio y satisfacción me saludó.
-Buenos días, menos mal que ya está despierto, estaba muy preocupada, creía que al final tendría que ir a buscar a Don Julio, el médico. Tómese este caldo calentito, que le hará bien.
Me contó que cuando se dirigía a la aldea a vender y a buscar provisiones, su perro me había encontrado casualmente. Durante unos minutos estuvo dudando hasta que finalmente decidió que lo mejor era montarme en su carro y traerme hasta su casa, y más tarde pedir ayuda. No se había apartado de mi lado ni un segundo, me había cuidado y observado mi evolución, confiada en que no tardaría en despertar. 
Me dijo que había estado inconsciente dos días y medio.
¡Dos días y medio! Me parecieron una eternidad y, a la vez, un suspiro.
Ya han pasado tres años y he comprendido que el paso del tiempo es muy relativo y que siempre está en función de cómo queremos emplearlo o perderlo.
Acepté el accidente como una señal del destino y no me costó nada dar un nuevo giro a mi vida al tomar lo que hasta ahora sigo considerando una acertada decisión. Gracias a ella he descubierto la verdadera felicidad en esta vida sencilla y natural que actualmente llevo.
Lejos de trabajos anodinos y mal remunerados, lejos de hipotecas que te entierran entre bloques de cemento, lejos de concesionarios de coches y talleres de reparación, pero sobre todo lejos de esa jungla llamada ciudad y de su voraz consumismo.
A muchos, el día a día de la vida rural les puede parecer largo y aburrido pero os puedo asegurar que no es así, que siempre surgen sorpresas e imprevistos.
No me sobra el tiempo, al contrario, siempre me falta. Los animales, el huerto, el hórreo, la casa…. lo ocupan todo. Cuando no es una teja es una viga, o una puerta que rechina, o un cristal roto, y si las cosas no se cuidan, ya se sabe…
Cuando llega la noche, me siento cansado y feliz. Después de cenar y mientras Carmina duerme al niño, nos sentamos frente a la chimenea y hablamos de las cosas que nos han ocurrido en la jornada y planeamos las del día siguiente.
Soy un hombre afortunado, vivo donde y con quien quiero y disfruto de mi hogar y de mi familia. He aprendido a no crearme lo que antes consideraba necesidades y a valorar, mucho, lo que poseo.


Recuerdo que uno de mis últimos contactos con la civilización urbana, concretamente con una entidad financiera, fue la vez en que me desplacé a la capital para hacerle la transferencia bancaria a Fernando y liquidar mi deuda por la reparación del coche.
El empleado del banco me fue pidiendo los datos, destinatario, remitente, importe, y me preguntó:
-¿Qué pongo en señal de concepto? 
Le iba a contestar: “Revisión y reparación coche”.
Pero rectifiqué y dije:
–Ponga: “A pesar de tu cura, el perro ha MUERTO, pero yo... he resucitado”.
El empleado me miró muy extrañado, pero tecleó textualmente mis palabras y al darme el resguardo me confirmó:
-En tres días estará abonado en cuenta.

4 comentarios:

  1. Muerto el perro...se acabó la rabia, cuanta sabiduría en el refranero español y cuanto de realidad hay en el magnífico relato que hoy nos obsequias, Lola.
    Ahora que he cambiado yo mismo la ciudad por la vida rural, aprecio el cambio...., duro, quien lo niega, pero a la postre satisfactorio, sobre todo para las coronarias. Ah, pero todo se puede conseguir si existe Carmina.....Sin ella, hummmm! Un abrazo

    ResponderEliminar
  2. Muy buen trayecto el de tu relato, desde ese arranque en el que se presenta al coche, objeto clave, pasando luego por el pausado recorrido que nos descubre al personaje y a su historia y sacudiéndonos con las vueltas de campana que giran la historia del revés.
    Llegar al destino, culminar un cuento, es mucho más que cerrar la peripecia. Como hacen algunos clásicos, también tú has dado al final una vuelta de tuerca.
    Este relato tiene alma de viajante, desde luego. A un "comercial" ya no le pasan esas cosas...

    ResponderEliminar
  3. Solemos tener resistencia y horror al cambio, pero cuando éste se produce de forma fulminante, nos acomodamos rápidamente y se nos hace difícil hacer una marcha atrás. Nueva vida, nueva ilusión y mejor calidad de vida. No hay nada mejor, que enterrar perros y trastos viejos.

    ResponderEliminar
  4. Qué placer leerte, y apreciar el hilván tan sutil que tiene el desarrollo de las frases, puedes estar leyéndolas varias veces y, cada vez, encontrar un matiz nuevo, eso solo está al alcance de unos pocos, entre los que, afortunadamente tu te encuentras. Un placer...te espero por mi Serrallo.
    Petons

    ResponderEliminar

Escribe aquí tu opinión: tus comentarios y tus críticas nos ayudan a mejorar