viernes, 21 de septiembre de 2012

Agua tibia (VA)

Vicente Aparicio Bádenas 
Está en una ciudad que no es la suya. Son las ocho y veinte de la mañana y es lunes. Hoy no ha ido a trabajar, porque él trabaja en su ciudad y esta ciudad no es la suya.
Ha desayunado unas rebanadas de pan con mantequilla y mermelada y luego se ha puesto a caminar para hacer tiempo antes de que saliera el tren. Ha pasado por delante de una peluquería y ha continuado caminando. Ha vuelto sobre sus pasos y ha entrado.
El agua está tibia. La chica de la peluquería le pregunta si la temperatura del agua es la adecuada y él le contesta que la temperatura del agua está muy bien. Tiene la cabeza recostada hacia atrás y el agua está tibia y los dedos de las manos de la chica de la peluquería extienden el champú por su cabeza con suavidad. Tiene los ojos cerrados y parece haberse olvidado de dónde está, parece haber detenido el tiempo tras sus ojos cerrados como si el mundo fuera solo esto, unas manos que frotan su cabeza para dejarla limpia, agua tibia, las ocho y veinte de la mañana de un lunes en una ciudad que no es la suya.

Hay un par de clientas más en la peluquería. Mira de reojo a las peluqueras y a las clientas por el espejo mientras espera. Las peluqueras trabajan y las clientas están en sus manos mientras leen revistas y hablan en voz alta de cosas sin importancia.
Su peluquera es una chica muy joven, bajita, blanca de piel y ancha de caderas. Lleva unos pantalones más anchos aún, algo extravagantes, una cinta en la cabeza y una flor tatuada en el cuello. Le pregunta cómo quiere el corte y él, guiado por un automatismo, dice que lo de siempre. Pero como esta no es su ciudad y esta no es su peluquería, se siente obligado a añadir algo. No se le ocurre nada que decir. No parece importarle, a ella.
Le gusta ver como maneja las tijeras con la mano izquierda, en una secuencia de movimientos que parece ser una coreografía. Le da la impresión de que ella está cada vez más cerca, de que su cuerpo aprovecha los movimientos rutinarios del trabajo para acercarse al suyo. Nota el roce de sus pantalones en el costado. Oye el sonido discreto de las tijeras. Siente el roce de su pierna deslizándose con delicadeza, subiendo y volviendo a bajar. Subiendo y volviendo a bajar.
Sus ojos están abiertos. Piensa en el agua tibia que moja su cabeza, el pelo limpio, un tatuaje, unas tijeras, el pubis de una mujer joven deslizándose por su costado. Las nueve menos cuarto de un lunes en una ciudad que no es la suya. Un tren que llega a la estación.

6 comentarios:

  1. piano piano, calma,soledad i un poco, sólo un poco, de intimidad soñada.
    me gusta mucho.

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  2. Has puesto palabras acertadas a un momento cotidiano y a la imaginación de muchos hombres,
    Felicidades.

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  3. Como siempre me he quedado con ganas de mas, ahora que ya me has mostrado al personaje y con cuatro trazos has creado la intriga. Excelente!!!

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  4. Como siempre me he quedado con ganas de mas, ahora que ya me has mostrado al personaje y con cuatro trazos has creado la intriga. Excelente!!!

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  5. La de "planes" que se pierde uno, por tímidez, por falta de tiempo, por tener los ojos cerrados, por no estar en su ciudad, por que el tren está llegando, en definitiva por soñar deseando y no vivir actuando.

    Pero en fin, mañana será martes.

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  6. Ciertas peluquerías resultan ser mejor remedio para el alma que iglesias, mezquitas, o consultas de psicólogos. Algunas, a veces, escalan a niveles de coctelerías. Es cuestión del ánimo con el que nos acercamos a ellas y de la suavidad con la que somos tratados.

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