jueves, 13 de septiembre de 2012

Una viuda atípica (LE)

Lola Encinas (Foto: Peter Velter)  
De regreso del cementerio y antes de despedirse, todos los amigos y parientes le reprocharon (unos a la cara y otros con sutiles indirectas) el excesivo control sentimental que había mantenido durante la ceremonia, así como una actitud muy fría y distante, inusual, desde su punto de vista, sobre todo tratándose del funeral de Eugenio, su marido.
Lamentaban profundamente que su comportamiento no hubiera sido el de la típica y desconsolada viuda, que no hubiera besado y salpicando profusamente con lágrimas, mocos y suspiros a todo bicho viviente (aunque no lo dijeron, todos lo pensaron).
Es más, a hurtadillas o en petite comité, comentaban que, cuando se acercó al féretro para despedirse, observaron en su mirada un insultante brillo a la vez que una inoportuna sonrisa, lo cual era prueba evidente de que nunca le había amado.
Ellos sí le amaban, por eso no podían contener el llanto ni las alabanzas, ante la irreparable pérdida. Consideraban a su amigo un ser humano extraordinario e irremplazable, un mesías hecho carne, y les desesperaba no poder seguir disfrutando de su presencia.
Ella sabía a ciencia cierta que nunca había sido “santo de su devoción” (en este caso, santa), de ellos por supuesto, y no digamos de su familia.
Notaba en sus miradas la desconfianza y el peso de una sentencia.
La creían responsable de la muerte de Eugenio. Siempre la habían visto y tratado como una intrusa, como una amenaza.
Alguien que podía desbaratar las armónicas y férreas relaciones tejidas en el tiempo, fundamentadas en gustos y  aficiones comunes, pero, sobre todo, en una particular filosofía sobre el futuro del mundo y sus habitantes.
Formaban un círculo hermético y elitista, difícil de traspasar; se mantenían alerta ante cualquier atisbo de intromisión.
Esta postura no estaba pactada de antemano, ni figuraba en los estatutos fantasmas del grupo, sino que de forma espontánea estaba presente en actos individuales y colectivos, en todos se reflejaba animadversión ante los extraños.

Eugenio rompió la norma establecida cuando se enamoró  de Amalia y la presentó al colectivo como su futura mujer.
La mayoría no entendieron por qué un hombre como él había buscado fuera a alguien a todas luces inferior e incapaz de proporcionarle la felicidad que podía haber hallado en alguna de las integrantes del grupo.
Pero conocían a Eugenio y sabían que cuando tomaba una decisión era irrevocable.
No podían permitirse la baja de uno de sus integrantes más carismáticos y significativos.
Una vez más, todos como si fueran uno, por el respeto y el gran aprecio que le profesaban, simularon una falsa y discreta cordialidad.
Amalia, que siempre demostró ser una mujer inteligente, les correspondió de igual forma.
Aparentó una progresiva adaptación al grupo, mostrando interés y admiración así como una incipiente comunión con sus dogmas. En realidad lo que hizo fue disfrazar los temores y la repugnancia que le producían aquellos descerebrados con su ideología fundamentalista, por lo que decidió quedarse suspendida en permanente vigía. Sabía que tarde o temprano llegaría su momento.
Eugenio al principio había imaginado que la integración podría conllevar algún que otro conflicto por parte de ambos, pero a tenor de cómo se estaban desarrollando los acontecimientos, se sentía muy feliz.
Pero eso ya pertenecía al pasado.   
Al llegar a casa, Amalia se apresuró a recoger sus pocos enseres. No le llevó mucho tiempo, era experta en no acumular cosas inútiles.
Sólo le quedaba hacer la llamada para que la informaran del punto de encuentro.
Anochecía en el viejo y abandonado aeropuerto cuando se apeó del taxi. El contacto no tardó en llegar, la puerta de la nave se abrió y antes de ascender por la escalerilla tendió con sumo cuidado el recipiente a su compañero.
Las primeras felicitaciones por el éxito de su misión las recibió mientras se desnudaba de su apariencia para adoptar su verdadera imagen.
No había duda de que el análisis y el estudio exhaustivo de la materia gris de Eugenio iba a aportar importantes claves en la investigación. Conocer las conexiones neuronales de un líder terrícola sería de gran utilidad para próximas incursiones.
Miles de agentes esperaban las últimas consignas.
Dentro, el Consejo decidía la fecha para la invasión definitiva

7 comentarios:


  1. Me ha gustado mucho, no me esperaba el final, inesperado pero a la vez sutil.

    Te dejo mi dirección blog por si quieres echar un vistazo:

    http://dedosmanchadosdetinta.blogspot.com.es/

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  2. Ya no respetamos ni a los muertos. Claro que tuvo la amabilidad de no robarle en vida las neuronas cerebrales. Gracias por el aviso, no soy ningún líder terrícola, pero sí fui a la “mani” y por si acaso estaré en estado de alerta, no sea que peligren mis pares craneales.

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  3. Buceador de historias17 de septiembre de 2012, 16:15

    No quiero que su imaginación se duerma, señora Encinas!
    Demuestre que es capaz de concebir más historias a caballo entre el humor, el ingenio y el conocimiento del alma humana.
    Usted puede. Y nos lo debe a sus lectores!!

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  4. Un buen relato con final inesperado...mis felicitaciones.
    SALUDOS.

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  5. Una historia que ya conocía pero que ha vuelto a sorprenderme. Muy original Lola. Me ha gustado mucho tu forma de narrarla.

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  6. Sabes?, ya gozo de la "modernidad de internet" en esta bella campiña y no he podido resistir el acceder, casi de los primeros contactos, a tu relato y, de pronto, no se el porqué, me visto como poseído por el espíritu de Eugenio y no puedo sino susurrate al oido esto :"¿saps aquell que diu .....?
    Mil besos desde el Sur
    Angel

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  7. ME ESPERABA UN FINAL DISTINTO PERO ME GUSTA ESTE LE DA MAS SENTIDO A LAS DESCRIPCIONES QUE HACEN SUS COMPAÑEROS DE AMALIA Y DEJA VER QUE REALMENTE LA TIENEN CALADA . HAGAMOS ENTONCES UNA REFLEXION "SI NOS ENCONTRAMOS UN EXTRATERRESTRE NO SERA FACIL QUE NOS LA DE CON QUESO ¿ O SI ?" MUY BONITO LOLA..............

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