jueves, 27 de septiembre de 2012

Foc (VH)

Vicenç del Hoyo (Foto: Scott Cromwell)
De petit està fascinat pels colors llampants i tots els seus dibuixos estan plens d’incendis espectaculars, vermells, taronges, grocs. Quan creix sent una debilitat per les sirenes que duen els camions vermells que udolen al saltar-se els semàfors que el porta a visitar la caserna dels bombers. Els rudimentaris apagafocs sorpresos per la fascinació del nen busquen complaure’l oferint-li fer un passeig a dalt d’un camió. De jove es fa voluntari forestal per prevenir i apagar incendis als boscos. D’adult es presenta a les oposicions al cos de bombers. Passa les proves físiques. El suspenen al psicotècnic. Des d’aleshores es passa els estius traginant garrafes de benzina per camins de terra i escampant llumins.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Agua tibia (VA)

Vicente Aparicio Bádenas 
Está en una ciudad que no es la suya. Son las ocho y veinte de la mañana y es lunes. Hoy no ha ido a trabajar, porque él trabaja en su ciudad y esta ciudad no es la suya.
Ha desayunado unas rebanadas de pan con mantequilla y mermelada y luego se ha puesto a caminar para hacer tiempo antes de que saliera el tren. Ha pasado por delante de una peluquería y ha continuado caminando. Ha vuelto sobre sus pasos y ha entrado.
El agua está tibia. La chica de la peluquería le pregunta si la temperatura del agua es la adecuada y él le contesta que la temperatura del agua está muy bien. Tiene la cabeza recostada hacia atrás y el agua está tibia y los dedos de las manos de la chica de la peluquería extienden el champú por su cabeza con suavidad. Tiene los ojos cerrados y parece haberse olvidado de dónde está, parece haber detenido el tiempo tras sus ojos cerrados como si el mundo fuera solo esto, unas manos que frotan su cabeza para dejarla limpia, agua tibia, las ocho y veinte de la mañana de un lunes en una ciudad que no es la suya.

Hay un par de clientas más en la peluquería. Mira de reojo a las peluqueras y a las clientas por el espejo mientras espera. Las peluqueras trabajan y las clientas están en sus manos mientras leen revistas y hablan en voz alta de cosas sin importancia.
Su peluquera es una chica muy joven, bajita, blanca de piel y ancha de caderas. Lleva unos pantalones más anchos aún, algo extravagantes, una cinta en la cabeza y una flor tatuada en el cuello. Le pregunta cómo quiere el corte y él, guiado por un automatismo, dice que lo de siempre. Pero como esta no es su ciudad y esta no es su peluquería, se siente obligado a añadir algo. No se le ocurre nada que decir. No parece importarle, a ella.
Le gusta ver como maneja las tijeras con la mano izquierda, en una secuencia de movimientos que parece ser una coreografía. Le da la impresión de que ella está cada vez más cerca, de que su cuerpo aprovecha los movimientos rutinarios del trabajo para acercarse al suyo. Nota el roce de sus pantalones en el costado. Oye el sonido discreto de las tijeras. Siente el roce de su pierna deslizándose con delicadeza, subiendo y volviendo a bajar. Subiendo y volviendo a bajar.
Sus ojos están abiertos. Piensa en el agua tibia que moja su cabeza, el pelo limpio, un tatuaje, unas tijeras, el pubis de una mujer joven deslizándose por su costado. Las nueve menos cuarto de un lunes en una ciudad que no es la suya. Un tren que llega a la estación.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Una viuda atípica (LE)

Lola Encinas (Foto: Peter Velter)  
De regreso del cementerio y antes de despedirse, todos los amigos y parientes le reprocharon (unos a la cara y otros con sutiles indirectas) el excesivo control sentimental que había mantenido durante la ceremonia, así como una actitud muy fría y distante, inusual, desde su punto de vista, sobre todo tratándose del funeral de Eugenio, su marido.
Lamentaban profundamente que su comportamiento no hubiera sido el de la típica y desconsolada viuda, que no hubiera besado y salpicando profusamente con lágrimas, mocos y suspiros a todo bicho viviente (aunque no lo dijeron, todos lo pensaron).
Es más, a hurtadillas o en petite comité, comentaban que, cuando se acercó al féretro para despedirse, observaron en su mirada un insultante brillo a la vez que una inoportuna sonrisa, lo cual era prueba evidente de que nunca le había amado.
Ellos sí le amaban, por eso no podían contener el llanto ni las alabanzas, ante la irreparable pérdida. Consideraban a su amigo un ser humano extraordinario e irremplazable, un mesías hecho carne, y les desesperaba no poder seguir disfrutando de su presencia.
Ella sabía a ciencia cierta que nunca había sido “santo de su devoción” (en este caso, santa), de ellos por supuesto, y no digamos de su familia.
Notaba en sus miradas la desconfianza y el peso de una sentencia.
La creían responsable de la muerte de Eugenio. Siempre la habían visto y tratado como una intrusa, como una amenaza.
Alguien que podía desbaratar las armónicas y férreas relaciones tejidas en el tiempo, fundamentadas en gustos y  aficiones comunes, pero, sobre todo, en una particular filosofía sobre el futuro del mundo y sus habitantes.
Formaban un círculo hermético y elitista, difícil de traspasar; se mantenían alerta ante cualquier atisbo de intromisión.
Esta postura no estaba pactada de antemano, ni figuraba en los estatutos fantasmas del grupo, sino que de forma espontánea estaba presente en actos individuales y colectivos, en todos se reflejaba animadversión ante los extraños.

Eugenio rompió la norma establecida cuando se enamoró  de Amalia y la presentó al colectivo como su futura mujer.
La mayoría no entendieron por qué un hombre como él había buscado fuera a alguien a todas luces inferior e incapaz de proporcionarle la felicidad que podía haber hallado en alguna de las integrantes del grupo.
Pero conocían a Eugenio y sabían que cuando tomaba una decisión era irrevocable.
No podían permitirse la baja de uno de sus integrantes más carismáticos y significativos.
Una vez más, todos como si fueran uno, por el respeto y el gran aprecio que le profesaban, simularon una falsa y discreta cordialidad.
Amalia, que siempre demostró ser una mujer inteligente, les correspondió de igual forma.
Aparentó una progresiva adaptación al grupo, mostrando interés y admiración así como una incipiente comunión con sus dogmas. En realidad lo que hizo fue disfrazar los temores y la repugnancia que le producían aquellos descerebrados con su ideología fundamentalista, por lo que decidió quedarse suspendida en permanente vigía. Sabía que tarde o temprano llegaría su momento.
Eugenio al principio había imaginado que la integración podría conllevar algún que otro conflicto por parte de ambos, pero a tenor de cómo se estaban desarrollando los acontecimientos, se sentía muy feliz.
Pero eso ya pertenecía al pasado.   
Al llegar a casa, Amalia se apresuró a recoger sus pocos enseres. No le llevó mucho tiempo, era experta en no acumular cosas inútiles.
Sólo le quedaba hacer la llamada para que la informaran del punto de encuentro.
Anochecía en el viejo y abandonado aeropuerto cuando se apeó del taxi. El contacto no tardó en llegar, la puerta de la nave se abrió y antes de ascender por la escalerilla tendió con sumo cuidado el recipiente a su compañero.
Las primeras felicitaciones por el éxito de su misión las recibió mientras se desnudaba de su apariencia para adoptar su verdadera imagen.
No había duda de que el análisis y el estudio exhaustivo de la materia gris de Eugenio iba a aportar importantes claves en la investigación. Conocer las conexiones neuronales de un líder terrícola sería de gran utilidad para próximas incursiones.
Miles de agentes esperaban las últimas consignas.
Dentro, el Consejo decidía la fecha para la invasión definitiva

jueves, 6 de septiembre de 2012

Peix tropical (MG)

Maria Guilera (Foto: Lidia Marano)
De tots els animals que podies haver-me comprat per distreure la meva melangia, vas triar un peix tropical.
A l’hospital van comentar els efectes terapèutics d’algunes races de gossos, dels cavalls i fins i tot dels dofins. Però no recordo res de peixos tropicals, concretament.
T’havien explicat el que calia fer amb mi i sobretot el que no havies de deixar que passés. T’ho deien davant meu, com si jo no hi fos: que no podia estar sola, ni passar molta estona en silenci, ni mirar àlbums de fotografies. Tampoc era prudent que em deixessis asseure davant el balcó o les finestres obertes. Com que tu i jo som fills únics, orfes, i mai no hem fet gaire vida social, tots aquells consells eren difícils de seguir.
Vas passar al meu costat els tres dies de permís que t’havien donat, però el dijous em vas deixar sola, amb les finestres tancades i el balcó barrat amb un ferro que duia un candau. Et vas posar la clau a la butxaca i em vas agafar de la mà per dur-me davant l’aquari. El peix tropical nedava frenèticament d’esquerra a dreta i de dreta a esquerra. Em vas apropar una cadira i em vas dir, seu. Et farà companyia, vas afegir des de la porta. No cal que facis res, reina. Arribaré a migdia i ja portaré alguna cosa per dinar. I no pensis, vas cridar. No pensis, que ja saps que no en treus res de bo.
Així que vaig sentir com girava la clau del pany vaig començar a explicar-li tot al peix. No en veu alta, és clar. Estic sonada, però no tant. Però és veritat que quan saps que no et trairan, que guardaran el secret, és més fàcil deixar-se anar.
Li vaig dir que estava trista i que em semblava saber quan va començar tot. El dia que van promocionar el Narcís i se’n va anar a una altra oficina. Era un company simpàtic, feia riure a tothom. Quan passava pel meu davant em deixava un grapat de caramels de cafè damunt la taula. I de vegades em tocava els cabells. De fet només ho havia fet un cop, l’estiu passat, el dia que es va espatllar l’aire condicionat i em van posar un ventilador al clatell. T’has despentinat tota, va dir-me. I em va passar la mà pels cabells, el Narcís.
El peix no parava d’anar un costat a l’altre. Em penso que no hi senten, els peixos, però estic segura que capten alguna mena d’energia i ell sabia alguna cosa, intuia que m’estava confessant. Fa sis anys que visc amb l’Albert, vaig dir-li, i mai no m’ha tocat els cabells, és com si li fessin fàstic. L’Albert és fred, un home antic. Li agrada fer construccions amb les cartes, muntar castells triangulars que s’han de protegir dels corrents d’aire perquè no tingui un disgust. S’hi passa hores i triga a venir al llit. Per això jo una vegada vaig començar a tocar-me les cuixes amb la punta dels dits, per distreure’m. Ell va treure el cap i va dir-me, però nena, què fas, què són aquests gemecs. I va moure el cap mirant cap a terra mentre afegia, això sí que no m’ho hagués cregut mai de tu.
Em sembla que el peix tropical aquí es va perdre, no comprenia bé el que li explicava perquè no són el mateix les aletes que les cuixes. Però m’era igual, vaig seguir parlant perquè la idea principal em sembla que sí que l’entenia.
L’Albert és trist, vaig explicar-li. És previsible, avorrit i eixut. Quan me n’anava al llit m’agradava més pensar en el Narcís. Hi pensava tant, que la psiquiatre diu que ja no distingia les coses que ell deia o feia de les que m’imaginava. A veure, pensi, em deia amb aquella veu tan nasal, és cert que anaven cada dia a prendre un cafè a la màquina de la sala de fotocòpies? De debò m’havia convidat al terrat a fer un cigarret? Estava ben segura que ens havíem trobat casualment al lavabo, o jo el vaig seguir quan em va deixar els caramelets a la taula? Li deixava paperets grocs enganxats a la pantalla de l’ordinador perquè ell m’ho demanava? O era el que m’hagués agradat, però no m’ho demanava mai.
Jo crec que era cert, ho sé, fins i tot ens havíem donat un petó a l’ascensor, molt ràpid,  entre el pis setè i el novè. I per això no entenc res, no sé què volia dir el Cap del Departament quan em demanava que estigués per la meva feina i em deixés de tonteries. Ni m’explico que el Narcís marxés a l’oficina de Girona sense dir-me res.
Tu què creus, peix tropical, tinc raó? No és el més normal, que estigui trista, si m’he de passar tot el dia tancant les portes per no deixar que el corrent d’aire faci volar els castells de cartes, si no puc ni passar-me els dits per les cuixes i a sobre ningú, mai més, m’escabellarà per darrera de la meva taula?