jueves, 5 de julio de 2012

Nuestra playa (LE)

Lola Encinas (Foto: John Peri) 
Entorno los ojos y le veo como el primer día, en pie, trajinando las redes al lado de la barca con su atuendo descuidado, mostrando con descaro toda la fuerza de su belleza y su juventud.
Le descubrí al siguiente día de mi llegada a la isla, paseando por el puerto.
Le estaba observando cuando nuestras miradas se cruzaron. Me dedicó una sonrisa a modo de saludo que me turbó y me hizo bajar los ojos como a un adolescente, reacción que percibió de inmediato y le provocó una nueva sonrisa.
Desde ese instante quedó patente el poder que ejercería sobre mi voluntad.

A pesar de que estábamos en el mes de junio, el calor no era excesivo a media mañana. Cuando bajé de la habitación entregué las llaves al recepcionista y dije que no me esperaran para comer.
Me sentía feliz, aunque nervioso.
Era nuestra primera cita. Doblé la esquina y allí estaba, radiante y varonil, vestido de blanco, con un cigarrillo en la mano y una pierna apoyada en la pared. Su bella tez morena rompía la simbiosis de su cuerpo contra el muro encalado.
Alquilé un coche y nos encaminamos hacia una solitaria playa que él ya conocía.
El tiempo se detuvo, el pasado y el futuro dejaron de existir, sólo contaba ese instante, que ahora rememoro.
Mi boca paladea sus besos mezclados con sal y arena, el perfume de su cuerpo, la presión de sus manos recorriendo mi espalda, el vigor de su aliento en mi nuca… Su fuerza.

Desde ese día, mi mundo se iniciaba y se acababa en su persona. Nadie me había hecho sentir de una forma tan plena y sublime.
Era amor, era vida, era entrega, era obsesión.

Aquella tarde de mediados de octubre, fui en su busca como de costumbre. Al abrir la puerta del almacén distinguí en la penumbra sus cuerpos desnudos, entrelazados. Los besos y jadeos llenaban la estancia.
El chirrido de la puerta y la claridad exterior delataron mi presencia.
Sorprendido, se acercó a mí con la mano extendida, aplazando darme una explicación con el brillo de sus ojos y su gesto.
Me tambaleé, sentí cristales rotos en mi pecho, los celos cegaron mi mente, afloró el orgullo, la herida de la traición.
El fracaso y los años cayeron como losas de mármol sobre mi cuerpo.
Perdí la conciencia de mis actos, no le di la oportunidad que me pedía y aquella mano que segundos antes quiso retenerme, se tiñó de rojo como la mía, aferradas las dos a una navaja clavada en su pecho.

Solo han pasado unas horas y estoy en el acantilado divisando nuestra playa, acompañado por los felices recuerdos del ayer.
Quiero detener mi vida en este instante.
Quiero volver a mecer mis sueños en las olas y, borracho de espuma, enterrar bajo la arena el tesoro de su amor y de su olvido.

6 comentarios:

  1. ¡Jo! Prosper Merimée se queda corto ante tu relato. Veo que es peligroso dejarse llevar por la lujuria; no importa el sexo.

    Historia muy humana, como lo es la infidelidad, el sentido de posesión y la intolerancia. A veces nos discutimos hasta la muerte sin dar la oportunidad a la razón y al entendimiento.

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  2. Me ha gustado mucho Lola, un relato tan bonito como triste.
    Un saludo.

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  3. El amor llega a aquel que espera, aunque lo hayan decepcionado, a aquel que aun cree, aunque haya sido traicionado, a aquel que todavía necesite amar, aunque antes haya sido lastimado y a aquel que tiene el coraje y la fe para construir la confianza de nuevo.
    Es cierto que no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos, pero también es cierto que no sabemos lo que nos hemos estado perdiendo hasta que lo encontramos.
    En pocas palabras "Embriagador", me embriaga la lectura de tu texto, se introduce en mi sistema nervioso y me produce una reacción descontrolada, temo pasar por un control de vuestros mossos y me hagan soplar, seguro que supero en este momento en más del doble el mínimo permitido. Mil besos, desde el Sur

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  4. Que bien describes el enamoramiento, que cuento tan redondo . Muy bueno Lola.

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  5. Ja se sap que tot és fugaç a aquesta vida, també l'amor.

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  6. Bruixa de Provença13 de julio de 2012, 17:50

    La mejor, quizás la única manera de mantener la pasión hasta el final, es creándolo.
    Le mató porque era suyo.

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