jueves, 26 de julio de 2012

El tiempo algo deja (NL)

Natàlia Linares (Foto: Annibale Carracci)
Vi a un hombre en la mesa del fondo inclinado hacia el plato. La nariz casi tocando el cocido humeante. Sin levantar el brazo llenaba la cuchara y la boca casi simultáneamente. Vestía con gabardina, aunque estaba en la mesa del comedor, no se la había quitado. Ocupaba una mesa para dos. El pan, el vaso, la jarra de tinto, más pan fuera de la panera, un plato de olivas, la perola llena para servirse tantas veces como quisiera. No sé si el dueño del local lo había colocado allí o él había escogido esa posición y esa mesa en el rincón mirando a la pared, ausente de todo lo que allí pasaba, solo ocupado en un asunto. Llenarse la panza.
Verlo daba repulsión y tristeza. Un pobre hombre que sólo comía, sin importarle nada más distinto a eso,  y también  un hombre que comía solo, sin más compañía que su voracidad. Despertaba rechazo verle sorber y masticar el humeante cocido. Por eso tal vez las mesas colindantes estaban vacías.
Nos mirábamos sorprendidos pero nadie era capaz de increparlo. De hecho la molestia no era tanta si uno no le prestaba atención, pero era un ejercicio difícil de llevar a cabo. Es una de las características de la especie humana, la de mirarse y juzgarse. El hombre de la gabardina, ajeno a las burlas y a lo que se podía opinar, continuaba en su entrega a la codicia de rebanar y proteger su plato, sin compartir ninguna mirada ni gesto con el resto de la sala, como si su mundo estuviera concentrado en ese grasiento manjar.
Fue en una décima de segundo. En el momento en que levantaste el puño que apretaba la cuchara,  y reclamaste a la Paqui con voz gruesa y contundente “más vino”, te reconocí, y te vi.

jueves, 19 de julio de 2012

El bassal (VH)

Vicenç del Hoyo (Foto: Carmen Hache)
―Vols provar-ho? No passarà res, només hi ha una mica d’aigua. Si fas un bon salt ni et mullaràs.
El meu pare sempre m’anima a fer allò que em nego a fer. Per a ell és un estímul addicional. Si jo no vull fer alguna cosa, ell creu que “allò” és el que “cal fer”. No té cap mena de respecte per les meves pors.
―No veus que només és un petit bassal!
Ell sempre insisteix i jo davant de la pressió trobo un reforçament per a la inacció.
―Va, dóna’m la mà i saltarem  tots dos junts el bassal.
Jo tinc els braços rígids i els punys tancats. Si me l’oferís, no podria agafar ni un caramel. El meu progenitor es fa l’amable amb mi, però en realitat el que vol és que faci una cosa que ell vol i jo no.
―Que tens por? No veus que només és aigua que ha caigut del cel?
De vegades necessita trobar explicacions, com si a mi em pogués tranquil·litzar saber el nom del sentiment que viu dins meu. Quan fa això, sento el pare més lluny que si visqués a Lapònia.
―Saps què? ―em pregunta, però sense esperar que jo respongui, continua―. Quan jo era petit també tenia por a l’aigua.
I a mi què m’importa! Qui li ha dit que jo tinc por a l’aigua? Per què sempre ha d’interpretar el que dic i no pot acceptar el significat literal de les meves frases?
―Què vols fer? Que tornem enrere? No veus que hem de passar per aquí i que no tenim cap altra alternativa?
Ara intenta aclaparar-me amb la seva presumpta lògica, com si jo fos un ésser limitat i ell, amb el seu cervell privilegiat, m’hagués d’ajudar a comprendre tal com és la realitat.
―Mira, o em dónes la mà i passem o et quedes aquí sol.
És el recurs que li queda quan la lògica no funciona: l’amenaça. Li deu semblar molt raonable produir més por  a qui probablement ja en té.
―Va, si us plau. Decideix-te que estic molt cansat i necessito arribar a casa.
Ara vol tocar-me la fibra. Em vol fer pena, com si ja no me’n fés prou.
―Saps que et dic? ―tampoc ara espera resposta―. Aquí et quedes.
I ha donat un pas endavant i ha ficat el peu al bassal i s’ha enfonsat i l’he perdut de vista. Prou que li he volgut advertir que, a mi, allò em semblava un pou, però amb ell sempre ha estat impossible parlar.

jueves, 12 de julio de 2012

Las once en punto (VA)

Vicente Aparicio
El reloj de Herminio marcaba las once. Un hombre de piel blanca, con pelos en la espalda, vino a darle cuerda. Pero las manecillas no se movieron. Siguió intentándolo hasta que la pequeña rueda metálica se desprendió y rodó por el suelo. El hombre peludo dibujó extraños signos en la pared del comedor, como jeroglíficos inventados, con una tiza de color rojo. Cuando Herminio, recién llegado a las once en punto, vestido con traje y corbata, apareció en el salón con sus imponentes dos metros de altura, mostró un gran interés por los dibujos y le dijo al hombre de piel blanca con pelos en la espalda que quería comprárselos. Por respuesta recibió un sonido inarticulado, gutural. Como el otro insistiera, se enzarzaron en una pelea. La enorme mano de Herminio asestó un golpe seco en el rostro del hombre peludo. La sangre de su nariz dibujó un río de color rojo en el suelo. El reloj marcaba las once cuando las llaves de doña Eulalia anunciaron su llegada desde el otro lado de la puerta. Cargaba varias bolsas de la compra y dos palos de escoba por estrenar. Dio un grito. El hombre peludo dibujó en el suelo con la sangre de su nariz los extraños símbolos que antes había plasmado en la pared. Doña Eulalia dejó las bolsas en el suelo y miró los dedos ensangrentados del hombre peludo. Herminio se encaminó hacia el lavabo. Al pasar por la puerta, encorvó su figura para dejarse pasar. Desde el salón oyeron un ruido líquido y arqueado y, después, el borboteo de la cisterna. A las once en punto la mujer movió desplazó hacia un lado, unos centímetros, el río de sangre con el palo de una escoba. Las figuras, hipnóticamente rojas, no se movieron. La ruedecilla del reloj salió rodando, tropezó con el zócalo de mármol negro y se detuvo delante de la puerta del lavabo, junto a un trozo de tiza. Herminio abrió la puerta mientras terminaba de subirse la cremallera. Sus pies torpes de hombre grande hicieron que la ruedecilla saliera nuevamente disparada. El reloj marcaba las once. La tiza se desmenuzó en el suelo. Herminio le ofreció al hombre peludo blanco de piel un rollo de papel del inodoro. El otro se limpió la nariz y los dedos desganadamente. Después hizo quince flexiones. Al terminarlas, jadeante, se puso en pie, anduvo unos pasos y se detuvo frente a la pared. Con el índice resiguió el trazo de los jeroglíficos mientras emitía nuevamente un sonido gutural, áspero, desagradable. Doña Herminia se dio cuenta de que estaba llorando. La mujer, indiferente a él, paseó la vista por el salón hasta que localizó la ruedecilla junto a una pata de la mesa. La tomó con cuidado en sus manos y se acercó al reloj. La ruedecilla encajó perfectamente en el engranaje, pero ella no le dio cuerda. Organizó los útiles de limpieza y se puso a limpiar. A las once en punto, el suelo estaba impoluto. Cuando Herminió reiteró su oferta por el cuadro de la pared, el hombre peludo dio un grito y se marchó. Estuvieron mucho rato de pie, juntos, sin tocarse, mirando los jeroglíficos. Vamos a la cama, dijo ella. Aún no es hora, respondió él. Son ya las once, dijo ella. Y Herminio, armado de paciencia, fue a la habitación y se puso su enorme pijama.

jueves, 5 de julio de 2012

Nuestra playa (LE)

Lola Encinas (Foto: John Peri) 
Entorno los ojos y le veo como el primer día, en pie, trajinando las redes al lado de la barca con su atuendo descuidado, mostrando con descaro toda la fuerza de su belleza y su juventud.
Le descubrí al siguiente día de mi llegada a la isla, paseando por el puerto.
Le estaba observando cuando nuestras miradas se cruzaron. Me dedicó una sonrisa a modo de saludo que me turbó y me hizo bajar los ojos como a un adolescente, reacción que percibió de inmediato y le provocó una nueva sonrisa.
Desde ese instante quedó patente el poder que ejercería sobre mi voluntad.

A pesar de que estábamos en el mes de junio, el calor no era excesivo a media mañana. Cuando bajé de la habitación entregué las llaves al recepcionista y dije que no me esperaran para comer.
Me sentía feliz, aunque nervioso.
Era nuestra primera cita. Doblé la esquina y allí estaba, radiante y varonil, vestido de blanco, con un cigarrillo en la mano y una pierna apoyada en la pared. Su bella tez morena rompía la simbiosis de su cuerpo contra el muro encalado.
Alquilé un coche y nos encaminamos hacia una solitaria playa que él ya conocía.
El tiempo se detuvo, el pasado y el futuro dejaron de existir, sólo contaba ese instante, que ahora rememoro.
Mi boca paladea sus besos mezclados con sal y arena, el perfume de su cuerpo, la presión de sus manos recorriendo mi espalda, el vigor de su aliento en mi nuca… Su fuerza.

Desde ese día, mi mundo se iniciaba y se acababa en su persona. Nadie me había hecho sentir de una forma tan plena y sublime.
Era amor, era vida, era entrega, era obsesión.

Aquella tarde de mediados de octubre, fui en su busca como de costumbre. Al abrir la puerta del almacén distinguí en la penumbra sus cuerpos desnudos, entrelazados. Los besos y jadeos llenaban la estancia.
El chirrido de la puerta y la claridad exterior delataron mi presencia.
Sorprendido, se acercó a mí con la mano extendida, aplazando darme una explicación con el brillo de sus ojos y su gesto.
Me tambaleé, sentí cristales rotos en mi pecho, los celos cegaron mi mente, afloró el orgullo, la herida de la traición.
El fracaso y los años cayeron como losas de mármol sobre mi cuerpo.
Perdí la conciencia de mis actos, no le di la oportunidad que me pedía y aquella mano que segundos antes quiso retenerme, se tiñó de rojo como la mía, aferradas las dos a una navaja clavada en su pecho.

Solo han pasado unas horas y estoy en el acantilado divisando nuestra playa, acompañado por los felices recuerdos del ayer.
Quiero detener mi vida en este instante.
Quiero volver a mecer mis sueños en las olas y, borracho de espuma, enterrar bajo la arena el tesoro de su amor y de su olvido.