lunes, 28 de mayo de 2012

A veces (VA)

Vicente Aparicio (Foto: Julien Dupré)
A veces, en el barrio, coincides con el amigo de tu mejor amigo. Te cruzas con él cuando llevas a los niños al colegio o, al salir del supermercado, lo ves parado en el paso de peatones, esperando a que el semáforo se ponga de color verde. También coincidís en el andén de la estación de metro. Siempre disimuláis, discretamente, como si no os reconocierais. Habéis hablado muy pocas veces el uno con el otro, siempre por compromiso y en presencia de tu mejor amigo. Piensas que es digna vuestra manera de ignoraros: ninguno de los dos exhibe el disimulo del otro como una victoria suya. Es evidente que no os interesáis. Y eso crea un vínculo entre vosotros, un vínculo de correspondencia y respeto que no te parece fácil de alcanzar. Sospechas que a los dos os gustan esos encuentros breves e insustanciales en apariencia.


A veces te sorprendes pensando que tu madre, de muy joven, fue “pastora”. Vives en una gran ciudad. Hasta hace poco tiempo, nunca habías pensado en tu madre en esos términos. El adjetivo “pastora”, aplicado a ella, te causa extrañeza y se te aparece como un anacronismo. Además, el hecho de que esté “en femenino” te causa más extrañeza aún. Puedes aceptar como algo más o menos normal que, en su niñez y en su adolescencia, tu madre fuera “a guardar”, que es como ella se refiere siempre a la actividad que consistía en ocuparse de las cabras y las ovejas en el pueblo donde nació y creció hasta los quince o los dieciséis años. Pero no es tan fácil aceptar que ella fuera “pastora”. En cambio tu padre era "agricultor" y después fue "albañil", y ambas cosas son fácilmente aceptables y no suenan en absoluto anacrónicas. Tú eres "ingeniero" y tu mujer es "psicóloga", aunque ahora trabaje dando clases en un instituto. Tenéis dos hijos, un niño y una niña.


A veces piensas que estás demasiado pendiente del fútbol. Siempre te ha gustado el fútbol, pero antes decías que no hasta el punto casi enfermizo al que llegaban algunos de tus amigos, que no sabían pensar en otra cosa. Cuando haces planes con tu mujer para los fines de semana, antes que nada repasas mentalmente las fechas de los partidos. Intentas cuadrar todos los compromisos (con la familia, con los amigos, con el grupo de padres del colegio) para que, a poco que sea posible, no te falte tu ración de fútbol. Si ella te lo hace notar o te lo recrimina, la contradices y, no pocas veces, te enfadas y discutís. Ella sabe que mientes y tú sabes que mientes y que ella sabe que estás mintiendo, pero aún así te empeñas en seguir negando la evidencia. En los bares y en los restaurantes, siempre te sientas en el lado de la mesa que queda frente al televisor.


A veces defiendes ideas que proceden de muy adentro. Alguien da su opinión sobre cualquier tema o plantea una pregunta: tu idea se abre camino a toda prisa desde cierto nivel de profundidad y se expresa con una vehemencia que a ti mismo te sorprende. Si el otro, el que dio antes su opinión o planteó la pregunta, muestra su disconformidad, te sientes momentáneamente acorralado. Tu cerebro, tenso, busca argumentos que sostengan en pie tu punto de vista y a menudo los encuentra sin demasiado esfuerzo ni pérdida de tiempo. Sueles finalizar el combate dialéctico repitiendo la misma idea con que lo iniciaste, enarbolándola como una bandera. Más tarde (a veces casi de inmediato, otras veces, después de que hayan pasado horas o incluso días) comienzas a tener dudas. Te avergüenzas, pero no sientes la necesidad de rectificar.


A veces caminas con el teléfono móvil en las manos por el pasillo de tu casa. Abres la agenda del teléfono y buscas un nombre. Te quedas mirando en la pantalla ese nombre, pero no te decides a marcar. Llegas al final del pasillo y vuelves sobre tus pasos. Miras el reloj. Ensayas lo que vas a decir. Miras la pantalla del teléfono. Piensas. Repites sin pronunciarlas algunas frases que te sabes de memoria. Compruebas la hora que es. Caminas por el pasillo con el teléfono en las manos, y al llegar a la pared del fondo, regresas. Se hace de noche y ella llega a casa. Preparáis la cena. Cenáis. Acostáis a los niños. Te duelen las piernas. La sensación de meterte en la cama es una bendición. Pero no puedes dormir. Son las frases, que resuenan en tu cabeza. Ella duerme a tu lado. La besas.

12 comentarios:

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  2. A veces, te encuentras con textos como el tuyo en el que está presente lo que se llama la honestidad del autor. Tiene poco que ver con que las historias sean ciertas o no, pero si es importante que estén escritas con el corazón, eso las hace verosímiles y por tanto creibles e identificables para el lector.
    Gracias por ese ejercicio de honestidad tan bien currado. Siempre es un placer leerte.

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  3. Que bien expresas y describes esos silencios que algunas veces nos visitan.
    Llegan sin avisar y desconocemos su detonante.
    Tal vez se deba a la necesidad que sentimos por liberar nuestros deseos e ideas a través de la reflexión.
    El peligro que se corre en este autoanálisis, es que en el camino nos podemos encontrar de todo.
    Un poco de nostalgia, un mucho de rutina, alguna intención abortada, y sobre todo la asunción de que somos lo que somos y que estamos donde estamos...

    A veces cuando dormimos, descansamos.

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  4. Por torpeza he borrado los seis primeros comentarios de esta entrada. Vuelvo a incluirlos, aunque tendré que picarlos yo. Si alguien quiere repetirlos por su cuenta, borraré los míos. Mis torpes disculpas.
    On the road

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  5. "Sueles finalizar el combate dialéctico repitiendo la misma idea con que lo iniciaste, enarbolándola como una bandera".Jeje, pensaba que era al único que le pasaba. Permíteme que me presente, mi nombre es Mario y te he conocido a través de Google (claro). Mi blog de Relatos cortos y Poesías (míos o de otros) está casi recién nacido, pero creo que con el tiempo será decentillo. Aquí te dejo la dirección http://marioenlautopia.blogspot.com.es/ Un saludo Mario PD: te voy a enlazar en mi blog, claro

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  6. Se genera un vínculo silencioso a través de la información que recibimos al leer. Podría reconocer a los personajes por la calle: -Tú eres el de la estación de metro! - Que ternuuura me da tu madre!

    La lectora más austral.

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  7. bruja de provenza29 de mayo de 2012, 16:53

    A veces lees y te parece conocer las historias desde siempre. A veces las sientes removerse bajo la piel o golpear los barrotes de la jaula.

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  8. Gracias por el tono sincero y crudo. Lo he leído sin pausas. El párrafo de tu madre pastora es genial. El tiempo reflexivo se divide en "a veces" y en "otras veces"

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  9. A veces sientes la necesidad de escribir. Y mientras lo haces estás convencido que nada bueno se te puede ocurrir. Que no vale nada lo escribes. Que son ideas inconexas y sin hilo ninguno. Pero finalmente, cuando te paras a leer aquello que escribiste, te das cuenta que ha sucedido todo lo contrario. Y que existe un hilo que une cada idea con la anterior. Y que todo eso es mejor que si lo hubieras pensado así. Muy bueno!!

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  10. Pues vengan a cuento o no, cinco cuentos que son eso, cuentos de verdad. No llevo sombrero pero me voy a comprar uno...

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  11. Cuantas veces tenemos el teléfono en la mano, lo miramos, detrás hay alguien a quien nos morimos por llamar. Pero no lo hacemos.Es complicado ¿verdad?

    el fútbol me preocupa poco, mientras él lo ve, yo escribo poemas.

    La razón la tenemos hasta que se presenta un buen argumento, que sin desmontar nuestra idea por completo, nos hace verla de otra manera. Eso es de gente sensata.

    tu entrada me gusta. Te deseo un buen miércoles.

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  12. A veces se me escapan estos cuentos cuando se publican y luego los encuentro como un coral bajo el azul. Esta espléndida revelación del personaje respira un modoso espíritu, como si sólo registrara los hechos, sin sentir encanto ante lo insólito, ante lo que se escapa por los márgenes, lo desconocido de uno mismo y que escapa al control.
    No sé qué está pasando... pero está pasando. Los Karcomos andan tan inspirados que me emociona.

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