jueves, 31 de mayo de 2012

Glamour (LE)

Lola Encinas (Foto: Henri Cartier-Bresson)
Aquel otoño fue uno de los más fríos de los últimos años.
El parque estaba poco frecuentado. Pero cada tarde, alrededor de las cinco, lloviera o luciese el tímido sol, allí estaba la dama fiel a su cita diaria.
Se sentaba siempre en el mismo banco. Al cabo de unos minutos cerraba los ojos. Al verla, cualquiera hubiera pensado que estaba descansando, pero no era así, le gustaba perder la mirada en su interior y no en un horizonte que actualmente sentía demasiado cercano.
Cuando abría los ojos de nuevo, tenían el brillo especial que suelen impregnar los recuerdos.
Mientras las visiones se sucedían en la pantalla imaginaria de su memoria, las expresiones de su rostro iban variando: de un rictus plácido y  sonriente pasaba a uno de dolor; lágrimas y suspiros se mezclaban teñidos de nostalgia.
A pesar de todo, su mirada tenía la dignidad y la sabiduría de distinguir la fantasía de la realidad.
Ella sabía que el paso del tiempo es inexorable  y que no existe retorno.
Deleitarnos de tanto en tanto con una selectiva proyección de vivencias pasadas nos ayuda a aceptarlo.

Desde hace unos días el banco está vacío.

He sabido que la protagonista de mi historia fue una famosa y “glamourosa” actriz norteamericana en los últimos años del cine mudo.
Cuando su estrella dejó de brillar, eligió esta ciudad para su retiro, ya que era el lugar donde había vivido los mejores momentos de su vida.
Ella sabía que estaba representando su último guión, le habían asignado protagonizar el papel de una anciana sola y enferma, un papel que no era de su gusto. Por eso, con orgullo y profesionalidad decidió adelantar el desenlace de la obra antes de que lo notara su público.
La función ha finalizado.
Mi más ferviente ovación por ese mutis, digno de una diosa en su crepúsculo y mil veces representado en el Gran Teatro del Mundo.

lunes, 28 de mayo de 2012

A veces (VA)

Vicente Aparicio (Foto: Julien Dupré)
A veces, en el barrio, coincides con el amigo de tu mejor amigo. Te cruzas con él cuando llevas a los niños al colegio o, al salir del supermercado, lo ves parado en el paso de peatones, esperando a que el semáforo se ponga de color verde. También coincidís en el andén de la estación de metro. Siempre disimuláis, discretamente, como si no os reconocierais. Habéis hablado muy pocas veces el uno con el otro, siempre por compromiso y en presencia de tu mejor amigo. Piensas que es digna vuestra manera de ignoraros: ninguno de los dos exhibe el disimulo del otro como una victoria suya. Es evidente que no os interesáis. Y eso crea un vínculo entre vosotros, un vínculo de correspondencia y respeto que no te parece fácil de alcanzar. Sospechas que a los dos os gustan esos encuentros breves e insustanciales en apariencia.


A veces te sorprendes pensando que tu madre, de muy joven, fue “pastora”. Vives en una gran ciudad. Hasta hace poco tiempo, nunca habías pensado en tu madre en esos términos. El adjetivo “pastora”, aplicado a ella, te causa extrañeza y se te aparece como un anacronismo. Además, el hecho de que esté “en femenino” te causa más extrañeza aún. Puedes aceptar como algo más o menos normal que, en su niñez y en su adolescencia, tu madre fuera “a guardar”, que es como ella se refiere siempre a la actividad que consistía en ocuparse de las cabras y las ovejas en el pueblo donde nació y creció hasta los quince o los dieciséis años. Pero no es tan fácil aceptar que ella fuera “pastora”. En cambio tu padre era "agricultor" y después fue "albañil", y ambas cosas son fácilmente aceptables y no suenan en absoluto anacrónicas. Tú eres "ingeniero" y tu mujer es "psicóloga", aunque ahora trabaje dando clases en un instituto. Tenéis dos hijos, un niño y una niña.


A veces piensas que estás demasiado pendiente del fútbol. Siempre te ha gustado el fútbol, pero antes decías que no hasta el punto casi enfermizo al que llegaban algunos de tus amigos, que no sabían pensar en otra cosa. Cuando haces planes con tu mujer para los fines de semana, antes que nada repasas mentalmente las fechas de los partidos. Intentas cuadrar todos los compromisos (con la familia, con los amigos, con el grupo de padres del colegio) para que, a poco que sea posible, no te falte tu ración de fútbol. Si ella te lo hace notar o te lo recrimina, la contradices y, no pocas veces, te enfadas y discutís. Ella sabe que mientes y tú sabes que mientes y que ella sabe que estás mintiendo, pero aún así te empeñas en seguir negando la evidencia. En los bares y en los restaurantes, siempre te sientas en el lado de la mesa que queda frente al televisor.


A veces defiendes ideas que proceden de muy adentro. Alguien da su opinión sobre cualquier tema o plantea una pregunta: tu idea se abre camino a toda prisa desde cierto nivel de profundidad y se expresa con una vehemencia que a ti mismo te sorprende. Si el otro, el que dio antes su opinión o planteó la pregunta, muestra su disconformidad, te sientes momentáneamente acorralado. Tu cerebro, tenso, busca argumentos que sostengan en pie tu punto de vista y a menudo los encuentra sin demasiado esfuerzo ni pérdida de tiempo. Sueles finalizar el combate dialéctico repitiendo la misma idea con que lo iniciaste, enarbolándola como una bandera. Más tarde (a veces casi de inmediato, otras veces, después de que hayan pasado horas o incluso días) comienzas a tener dudas. Te avergüenzas, pero no sientes la necesidad de rectificar.


A veces caminas con el teléfono móvil en las manos por el pasillo de tu casa. Abres la agenda del teléfono y buscas un nombre. Te quedas mirando en la pantalla ese nombre, pero no te decides a marcar. Llegas al final del pasillo y vuelves sobre tus pasos. Miras el reloj. Ensayas lo que vas a decir. Miras la pantalla del teléfono. Piensas. Repites sin pronunciarlas algunas frases que te sabes de memoria. Compruebas la hora que es. Caminas por el pasillo con el teléfono en las manos, y al llegar a la pared del fondo, regresas. Se hace de noche y ella llega a casa. Preparáis la cena. Cenáis. Acostáis a los niños. Te duelen las piernas. La sensación de meterte en la cama es una bendición. Pero no puedes dormir. Son las frases, que resuenan en tu cabeza. Ella duerme a tu lado. La besas.

jueves, 17 de mayo de 2012

Tarzán (MG)

Maria Guilera
–Anirem a passar el cap de setmana a fora –va dir el meu pare–. Però no et vull donar feina, reina.
–Ja m’explicaràs com es fa, això –va contestar la mare.
–Sortirem sense bosses, ni menjar, ni res de res. Viurem dos dies com si fóssim salvatges, buscant-nos l’aliment al bosc, rentant-nos amb l’aigua del riu, dormint sota els estels.
–Sí, sí –vaig dir jo, que tenia set anys, acabava de llegir Tarzán de los Monos en castellà i creia que el meu pare em salvaria dels lleons del Montseny.
La mare va fer un gest estrany i se’l va mirar des de molt amunt. Després es va aixecar de la taula.
–Amb mi no hi comptis –va dir des de la cuina.

Dissabte vam sortir tots dos.
–Mira, mare, mira –deia ell–, amb les mans a les butxaques!
 La mare, amb una cara llarga, em va donar un petonet i va tancar la porta.
–Ara, quan tombem la cantonada, comprarem pa, llonganissa, fruits secs i galetes de xocolata va dir-me el pare mentre em picava l’ullet.
I jo em vaig deixar anar de la seva mà i em vaig quedar molt trista.

jueves, 10 de mayo de 2012

Cel obert (NL)

Natàlia Linares
Vaig sortir al pati per airejar l'esperit atrapat de 9 a 2 en el tedi laboral. Intentava aïllar-me i connectar una estona curta amb mi, aspirant el fum de la darrera cigarreta. En aquest afany vaig fixar la mirada en els vidres de l'edifici, sense veure'ls, perquè la meva visió em va portar a allò que reflectien. La claredat del cel, ara pintat de  núvols blancs  en moviment, i l’escalfor del sol em van portar a un lloc paradisíac, com si em trobés en una illa solitària estirada sobre la fina sorra contemplant com passa el temps alla dalt, com qui mira una imatge en moviment sense esperar que passi res, només el senzill fet de gaudir del moment.
-Miri, miri. S'hi fixa? -em va dir en Miquel, el neteja vidres, que va aparèixer del no-res-. Ha vist el cop? -em deia, ara guiant els meus ulls cap a un punt concret de la gran vidriera-. Allà, on és més fosc, va ser on es va encastar un ocell abans d'ahir. Va ser espectacular. Va caure fulminat per l'impacte. El pobre va creure que era cel obert. I cregui’m -va continuar-, no és el primer que veig matar-se aquí. El reflex els enganya. Uns topen, cauen, i al terra reprenen el vol i en l'aire, ja sostinguts, tornen a caure, i així van repetint, fins que ja no s'aixequen. Altres queden mal ferits però segueixen el rumb volant amb l'ala o un ull malmès. En aquell moment han de pensar que el món s'ha tornat boig, l'aire, el gas s'ha solidificat i és dur com una paret. Quina confusió, pobres.
En Miquel, el netejavidres, va deixar de filosofar sobre ornitologia i va tornar a les seves tasques.
Jo vaig acabar el cigarret i la meva illa que es reflectia en els vidres de l'edifici es va fondre en un quadrat i tancat dins d'un pati de celobert.

jueves, 3 de mayo de 2012

Primeres paraules (VH)

Vicenç del Hoyo (Foto: Ulita Zlatkova)
El fet de fer-ho entre tres i sis cops al dia, cinc cops per setmana, no treu que cada vegada que he de començar senti el cuquet a la boca de l’estòmac i noti que em falta aire, o que em sobri un batec de cada tres. Provo d’omplir l’espera de l’inici de la cerimònia mirant-me al mirall, maquillant-me les galtes, repassant la pintura dels llavis, pentinant-me i repentinant-me. Intento no pensar en res, en cap idea, i sobretot allunyar de mi tot sentiment. Encara que sóc davant del mirall, em prohibeixo veure’m des de fora. Només em puc permetre pensar en els detalls, en cada acció, no vull pensar en el conjunt. Em nego a imaginar-me com em veuran els que estan asseguts als bancs. Repassar la meva roba, raspallar-la, mirar la faldilla, vigilar que les mitges estiguin impecables, llustrar les sabates. Convèncer-me que jo he passar desapercebuda, que tot el que jo digui quedarà surant en l’aire inaudible per a tothom i, per tant, que serà oblidat. Només són unes frases necessàries perquè tothom fixi els sentiments, només es tracta d’ajudar a fer un ritual de comiat. Però, tot això que em repeteixo una i altra vegada, s’esfuma sempre que entro a la sala i em trobo tota una primera fila de persones emocionades, ploroses, que, només veure’m, sembla que la seva sensibilitat augmenta. Fileres de persones expectants i jo esperant que la música que havia acompanyat la meva entrada disminueixi el volum. Aleshores és quan dic les primeres paraules:
―No hi ha esdeveniment més comú que el del naixement i el de la mort. Avui ens hem reunit aquí per celebrar aquest darrer.