jueves, 5 de abril de 2012

Evelyn (NL)

Natàlia Linares
Voy a contaros la historia del aspecto de mi nariz, para que nadie más me pregunte sobre ello.
Yo era un hombre de aspecto atlético, tenía veintinueve  años y justo empezaba a trabajar en la General Motors Company. Tenía un futuro  prometedor, fue en esa época cuando conocí  a Evelyn en la taberna Flan O`Brien
Ella se me acercó. Era una mujer alta y esbelta, con estilo y elegancia. De esas chicas atractivas, sin complejos, que saben sacar partido de sus atributos. Llevaba un traje chaqueta negro y una camisa blanca con tres botones estratégicamente desabrochados.
Yo en un principio creí que se equivocaba de persona. Me inquietó un poco su entrada
-¿Tu vives por el centro, verdad? -me preguntó apoyándose en el borde de mi taburete.
-Pues sí.
Al principio sentí que invadía mi espacio físico.
-Es que yo también, y creo que te tengo visto.
-¡Ah!  Pues somos vecinos. Encantado.
Con voz susurrante y una sonrisa, me lanzó un galanteo refiriéndose a mi nariz. Y me preguntó si yo era griego o tenía descendencia griega.
-Tienes una hermosa nariz. ¿No te lo ha dicho nadie? -me dijo tocándola de manera delicada con la punta de la yema de su índice.
A lo largo de la vida conoces a pocas personas que signifiquen verdaderamente algo para ti. ¿Era ella una de esas personas? Cada vez que he conocido a una mujer me he plateado ese dilema. Pensé que tal vez, si la dejaba escapar, perdía la oportunidad de establecer contacto con alguien que, verdaderamente, pudiera ser  importante en mi vida.
Nos tomamos un güisqui largo.
Intuimos atracción física entre nosotros y quedamos citados para el día siguiente.
Por la mañana, al salir de la ducha contemplé mi cara reflejada en el espejo. No podía creerme que, de la nada, hubiera quedado citado por segunda vez con la misma mujer. ¿Podría ser que fuera la mujer que andaba buscando?
Al cabo de poco tiempo se instaló en mi piso, con la intención de continuar manteniendo su vivienda, ya que su sueldo como asesora en una empresa farmacéutica se lo permitía.
Al principio era agradable oír las alabanzas y demás lisonjas hacia mi turgencia griega, que, por otra parte, siempre he reconocido como una entrada garantizada a posibles relaciones. Una nariz recta y grande pero en proporción  con el  resto de la cara es garantía de éxito.
En  breve, me di cuenta de que Evelyn tenía una fijación perturbada hacia mi nariz.
Ella  reconocía  mi valor estético y se sentía orgullosa de tener a un compañero con ese apéndice tan elegante  y  distinguido. Lo peor de todo era que ese reconocimiento iba en aumento. Solo se fijaba en el bienestar de mi nariz; que si un pelo por aquí, que si limpieza de poros, que si un poco de maquillaje para quitar brillos… Eran exagerados los cuidados que le dedicaba. Cuando íbamos a la playa se hacía aparatoso y desorbitado el interés por protegir mi nariz.
-Cremita expresa para ella -decía abriendo un tubo de crema comprado ex profeso para la ocasión, y sólo para los siete centímetros de piel. Luego, una sombrilla en miniatura que solo tapaba ese trozo de carne huesuda.
Oler su piel, su pelo, su sexo, sus manos. Esos eran los preámbulos que le excitaban. Cualquier aspecto de nuestra vida en común, como comprarse ropa, zapatos, o preparar una cena, siempre tenía que ser sometido antes a la opinión olfativa.
-A ver qué dice mi kuki -decía, refiriéndose a la nariz.
Evelyn estaba enamorada. Pero no de mí.  De hecho, era con mi nariz con quien mantenía más conversación.  La miraba fijamente a ella y le hablaba, como si la nariz supiera algo o  albergara el cerebro en sus fosas y fuera la que pensara y tomara decisiones. 
Con el tiempo, entre ellos dos me habían anulado, invalidado. Habían suplantado mi persona. La nariz se había llevado todas las singularidades que componían mi ser. Mi nariz era antes que yo, ocupaba un primer lugar, por delante de mí. Siempre.
Delante del espejo, ya no la consideraba una parte mía, sino una rival a quien empecé a odiar. Era besada, lamida, acariciada, limpiada, adorada, reconocida…
Cada vez  la notaba más grande y pesada. Yo dejé de ser yo,  para convertirme en el resto, en la parte pegada a una nariz que, por otra parte,  ya no era mía. La nariz poseía mi ser. Yo solo podía sentirme el bulto que la acompañaba.
Puede que la explicación estuviera en que mi nariz hubiera nacido antes que yo. Tal vez salió del útero materno en primer lugar, precediéndome, y por eso me aventajaba. Había experimentado antes las impresiones, afectos, emociones, corazonadas, premoniciones, percepciones, de los que me miraban en el paritorio y exclamaban:
-¡Qué nariz más hermosa! 
Para cuando yo llegué, ella ya se había hecho con todos los que allí estaban, pasando a ser la protagonista de mi nacimiento.
La única solución para darle un giro al destino fue armarme de valor  y golpearla bien fuerte con algo contundente. Escogí una llave inglesa, para deformar ese perfil que le daba identidad y con la intención de que ningún cirujano pudiera reconstruirla. 
Yo quería amar a Evelyn,  y que ella me amara a mí.
El dolor fue indescriptible, caí desmayado y sangrando.
Me desperté  con vendajes. El resto ya os lo podéis imaginar.
Evelyn cayó en una depresión. Lloraba todos los días  preocupada por su querida y amada nariz que tanto adoraba y que ahora había perdido gran parte de esa personalidad arrolladora que la tenía hipnotizada. 
Empezó a mirarme a los ojos y a los labios, pero no con el mismo afán. Sino buscando en mi rostro algo, aunque sólo fuera un segmento del recuerdo. Evelyn anhelaba  la existencia hierática que la cautivó y daba sentido a su  relación conmigo. Mi rostro, para Evelyn, estaba lleno de añoranza y tristeza, de ausencia de lo que más apreciaba de mí.
Una noche llegó muy tarde y a la siguiente los dos sabíamos que no iba a volver.

2 comentarios:

  1. A vegades un meteix no és reconeix en les coses que diu, que fa, que pensa. Altres cops podem trobar alienes algunes parts del cos: no sóc la meva mà o la meva orella. El que realment és meu i de ningú més és la meva tristesa o dolor. Per això, s'entén que pugui donar-me una trompada al nas per tal reconeixer-me.

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  2. bruja de provenza7 de abril de 2012, 23:22

    Alucino con esta historia.
    Me rindo ante la expresión, el humor, la espontaneidad y la filosofía vital que muestra.
    De narices, Natàlia.

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