jueves, 12 de abril de 2012

Ese encuentro en la calle (MS)

Texto e ilustración: Mónica Sabbatiello
Después de tanto tiempo, esa punzada de pena. Fue a causa de una mujer que caminaba unos pasos por delante en el barrio gótico. Arrastraba una cojera apenas perceptible y era pelirroja, como Enriqueta. También mostraba ciertos rasgos ridículos, como la manera  cursi de llevar ese pequeñísimo paquete de pastelería que colgaba de su meñique por una cuerda fina y a rayas y que daba la impresión de encontrarse siempre a punto de caer. O el sombrero, minúsculo como un plato de postre, trepado a su coronilla. O los ojos, sí, los ojos achinados, hundidos en cuencas profundas, ojos que parecían preguntarse sobre el mundo, cuestionarlo, dudarlo. Los miró cuando ella se paró a hablar con un hombre de gabardina, un hombre, que, oh coincidencia, se parecía a él, en ese pelo gris casi blanco y tupido, en esos bigotes a lo Dalí, en esas cejas arbitrarias y encrespadas y, sobre todo, en esas orejas fabulosas, colgantes y puntiagudas.
Notó el temblor de la mujer al intercambiar los saludos, justo al rozarle la mejilla de barba mal cortada, cuando le acercó los labios y se detuvo un instante, oliéndolo; sí, oliéndolo como si buscara un rastro del pasado, un hilo de historias aún no del todo muertas.
Y no del todo muertas para él también. Mariano se dio cuenta porque el hombre  tuvo que secarse  las manos con un pañuelo que sacó del bolsillo de atrás del pantalón, en un gesto clandestino, como si quisiera ocultar un pecado, haciéndolo regresar de prisa a su tumba de tela. 
No pudo evitar un temblor de remembranzas.
Se miraban como sin querer hacerlo, hacían tropezar sus palabras, se reían con nervios, ella miraba demasiado hacia el suelo, él hacia los lados, como con vergüenza. 
Estuvo tentado de acercarse. Era tanto lo que esos dos se guardaban. Y a punto de decirles, déjense de joder, díganse todo, bésense, vayan al hotel de la esquina, cómanse las masitas, salten las barreras. No pierdan esta oportunidad.
Pero no se animó. En cambio subió a su piso, recogiendo antes la correspondencia. Se sentó y vio el sobre azul. Después de tanto tiempo. Y leyó su carta sin dejar de acariciar el lomo de su gata.

4 comentarios:

  1. Enriqueta es catalana, en ningún otro lugar del mundo se llevan los pastelitos tal y como ella lo hace.
    Enriqueta es mayor. A Enriqueta le tiembla el alma al ritmo del tortell de nata i crema.
    A Enriqueta le vendría bien ese empujón y todos queremos dárselo.
    Me ha gustado mucho esa fotografía callejera que penetra tan bien la escena. La veo.

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  2. No hay peor cosa que aplazar o dejar de hacer lo que uno desea en cada momento.

    Nunca más se nos presentará una segunda oportunidad.

    Dejamos flotando la pregunta sin respuesta...

    Nos olvidamos.

    Y casi siempre nos arrepentimos.


    Mónica, muy certero ese brochazo decadente.

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  3. Tensión narrativa, detallismo pictórico y sensitivo, el arte de la sugerencia

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  4. Es agradable comprobar que aun existen artistas que saben captar los detalles del alma a traves de este maravilloso lenguaje que es el cuerpo y sus gestos. No se juzgan sus acciones. Tus trozos de vida (tanto si los pintas como cuando los relatas) son como una película de un gran director.
    Albert Fosc

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