viernes, 27 de abril de 2012

Abecedario axopéntrico (resumen) (VA)

Vicente Aparicio Bádenas
A minúscula.
Abecedario.
Abeto. Abismo. Abolladura. Abubilla.
Ácimo. Acólito. Acunar.
ADN. Adusto. Aeda. Aerofagia. Afasia. Afijo. Áfono. Ágape. Agenda. Ágora. Agua. Ahí.
Ahora.
Aire. 
Ajá. Ají. Ajo. 
Ala. Alero. Aleta. Aleteo.
Aliño. Alondra. Alunizaje. Allá. Allí. Ama. Amar. Ame. Amo. Amor. Ana. Anillo. Anuro. Añada. Añadir. Añal. Año. Aorta. Aparejar. Apero. Apiñar. Apoyo. Apurado. Aquel. Aquella. Aquellas. Aquello. Aquellos. Ara. Are. Ares. Aries. Ariosto. Aro. As. Asa. Asar. Así. Asimétrico. Aso. Asomar. Asomara. Asomarás. Asunto. Ata. Ato. Atún. Aún. Aunar. Ave. Avemaría. Avispa. Avutarda. Axial. Axioma. Axopéntrico. Ayuda. Ayuno. Azalea. Azar. Azimut. Azor. Azote. Azuzar.
B minúscula.
Baca. Beca. Bis. Boca. Bucal. Buxopéntrico.
C minúscula.
Etcétera
y Z

jueves, 19 de abril de 2012

La tradición (LE)

Lola Encinas
Se acercaba el gran día, el 23 de abril. La fiesta del Dragón.
Los mejores trovadores y juglares del reino ya habían llegado a la aldea y afinaban sus voces e instrumentos, rodeados por la chiquillería.
Todas las despensas estaban llenas, los barriles de vino a rebosar, las casas engalanadas y los mejores trajes limpios en los baúles.
En la plaza mayor del pueblo, se había instalado una plataforma que serviría de escenario para la presentación de las mozas.
Este año el pueblo tendría que elegir entre cinco bellas doncellas que, casualmente, cumplían los 18 años el día de la fiesta, requisito indispensable para poder presentarse como candidatas.
Se sentían orgullosas y felices por haber sido seleccionadas y cada una albergaba la esperanza de ser la ganadora de la votación popular.
Brunilda era la muchacha que tenía más posibilidades de ser elegida, no sólo por ser la hija del alcalde (un detalle a tener en cuenta),  sino por méritos propios, es decir, por su espléndido físico, sus rubios y largos cabellos, enormes ojos azules, talle de avispa y un sinfín de atractivos más. Era la mejor, pero ya se sabe que en esta vida la envidia es muy mala consejera… Todas las chicas, ante su previsible derrota, le dedicaban sin disimular lacerantes miradas y exabruptos.
Pero Brunilda ya estaba acostumbrada a inspirar entre las féminas ese tipo de sentimientos desde que era niña. Era el precio que debía pagar por su belleza y donaire. El caso es que por una mayoría aplastante fue votada como vencedora.
Por fin llegó la jornada del Dragón, la que todos esperaban con ilusión tras un año de trabajo y sacrificios.
Hubo alguna que otra pelea, pero sobre todo, música, baile, risas y besos. No les importaba el derroche de comida y vino de esos días, ya que estaban seguros que la elección de Brunilda les compensaría el próximo año con excelentes cosechas.
Al anochecer, todos se retiraron a sus casas, excepto la comitiva destinada a acompañar a la joven Brunilda, que estaba radiante con la corona de flores y su túnica blanca. El brillo de su mirada delataba excitación  y deseo: faltaba muy poco para la entrega de su cuerpo.
No tardaron en llegar y allí estaba él, sobre el risco de su cueva. El Señor de señores. Dominando al condado y a sus vasallos. Marcando el territorio con el fuego de sus ojos y su boca.
Con un rugido de satisfacción, aceptó la ofrenda.
La noche sería larga, cargada de pasión y lascivia. Un intercambio justo: juventud y belleza por experiencia y fuerza.

Mientras, en el pueblo, el joven Jorge esperaba impaciente la llegada del nuevo día que le retornaría a su amada, una vez cumplido el tradicional “derecho de pernada”, convertida en una experta mujer capaz de transmitirle a él, su futuro esposo, los inagotables y draconianos placeres del sexo.

jueves, 12 de abril de 2012

Ese encuentro en la calle (MS)

Texto e ilustración: Mónica Sabbatiello
Después de tanto tiempo, esa punzada de pena. Fue a causa de una mujer que caminaba unos pasos por delante en el barrio gótico. Arrastraba una cojera apenas perceptible y era pelirroja, como Enriqueta. También mostraba ciertos rasgos ridículos, como la manera  cursi de llevar ese pequeñísimo paquete de pastelería que colgaba de su meñique por una cuerda fina y a rayas y que daba la impresión de encontrarse siempre a punto de caer. O el sombrero, minúsculo como un plato de postre, trepado a su coronilla. O los ojos, sí, los ojos achinados, hundidos en cuencas profundas, ojos que parecían preguntarse sobre el mundo, cuestionarlo, dudarlo. Los miró cuando ella se paró a hablar con un hombre de gabardina, un hombre, que, oh coincidencia, se parecía a él, en ese pelo gris casi blanco y tupido, en esos bigotes a lo Dalí, en esas cejas arbitrarias y encrespadas y, sobre todo, en esas orejas fabulosas, colgantes y puntiagudas.
Notó el temblor de la mujer al intercambiar los saludos, justo al rozarle la mejilla de barba mal cortada, cuando le acercó los labios y se detuvo un instante, oliéndolo; sí, oliéndolo como si buscara un rastro del pasado, un hilo de historias aún no del todo muertas.
Y no del todo muertas para él también. Mariano se dio cuenta porque el hombre  tuvo que secarse  las manos con un pañuelo que sacó del bolsillo de atrás del pantalón, en un gesto clandestino, como si quisiera ocultar un pecado, haciéndolo regresar de prisa a su tumba de tela. 
No pudo evitar un temblor de remembranzas.
Se miraban como sin querer hacerlo, hacían tropezar sus palabras, se reían con nervios, ella miraba demasiado hacia el suelo, él hacia los lados, como con vergüenza. 
Estuvo tentado de acercarse. Era tanto lo que esos dos se guardaban. Y a punto de decirles, déjense de joder, díganse todo, bésense, vayan al hotel de la esquina, cómanse las masitas, salten las barreras. No pierdan esta oportunidad.
Pero no se animó. En cambio subió a su piso, recogiendo antes la correspondencia. Se sentó y vio el sobre azul. Después de tanto tiempo. Y leyó su carta sin dejar de acariciar el lomo de su gata.

jueves, 5 de abril de 2012

Evelyn (NL)

Natàlia Linares
Voy a contaros la historia del aspecto de mi nariz, para que nadie más me pregunte sobre ello.
Yo era un hombre de aspecto atlético, tenía veintinueve  años y justo empezaba a trabajar en la General Motors Company. Tenía un futuro  prometedor, fue en esa época cuando conocí  a Evelyn en la taberna Flan O`Brien
Ella se me acercó. Era una mujer alta y esbelta, con estilo y elegancia. De esas chicas atractivas, sin complejos, que saben sacar partido de sus atributos. Llevaba un traje chaqueta negro y una camisa blanca con tres botones estratégicamente desabrochados.
Yo en un principio creí que se equivocaba de persona. Me inquietó un poco su entrada
-¿Tu vives por el centro, verdad? -me preguntó apoyándose en el borde de mi taburete.
-Pues sí.
Al principio sentí que invadía mi espacio físico.
-Es que yo también, y creo que te tengo visto.
-¡Ah!  Pues somos vecinos. Encantado.
Con voz susurrante y una sonrisa, me lanzó un galanteo refiriéndose a mi nariz. Y me preguntó si yo era griego o tenía descendencia griega.
-Tienes una hermosa nariz. ¿No te lo ha dicho nadie? -me dijo tocándola de manera delicada con la punta de la yema de su índice.
A lo largo de la vida conoces a pocas personas que signifiquen verdaderamente algo para ti. ¿Era ella una de esas personas? Cada vez que he conocido a una mujer me he plateado ese dilema. Pensé que tal vez, si la dejaba escapar, perdía la oportunidad de establecer contacto con alguien que, verdaderamente, pudiera ser  importante en mi vida.
Nos tomamos un güisqui largo.
Intuimos atracción física entre nosotros y quedamos citados para el día siguiente.
Por la mañana, al salir de la ducha contemplé mi cara reflejada en el espejo. No podía creerme que, de la nada, hubiera quedado citado por segunda vez con la misma mujer. ¿Podría ser que fuera la mujer que andaba buscando?
Al cabo de poco tiempo se instaló en mi piso, con la intención de continuar manteniendo su vivienda, ya que su sueldo como asesora en una empresa farmacéutica se lo permitía.
Al principio era agradable oír las alabanzas y demás lisonjas hacia mi turgencia griega, que, por otra parte, siempre he reconocido como una entrada garantizada a posibles relaciones. Una nariz recta y grande pero en proporción  con el  resto de la cara es garantía de éxito.
En  breve, me di cuenta de que Evelyn tenía una fijación perturbada hacia mi nariz.
Ella  reconocía  mi valor estético y se sentía orgullosa de tener a un compañero con ese apéndice tan elegante  y  distinguido. Lo peor de todo era que ese reconocimiento iba en aumento. Solo se fijaba en el bienestar de mi nariz; que si un pelo por aquí, que si limpieza de poros, que si un poco de maquillaje para quitar brillos… Eran exagerados los cuidados que le dedicaba. Cuando íbamos a la playa se hacía aparatoso y desorbitado el interés por protegir mi nariz.
-Cremita expresa para ella -decía abriendo un tubo de crema comprado ex profeso para la ocasión, y sólo para los siete centímetros de piel. Luego, una sombrilla en miniatura que solo tapaba ese trozo de carne huesuda.
Oler su piel, su pelo, su sexo, sus manos. Esos eran los preámbulos que le excitaban. Cualquier aspecto de nuestra vida en común, como comprarse ropa, zapatos, o preparar una cena, siempre tenía que ser sometido antes a la opinión olfativa.
-A ver qué dice mi kuki -decía, refiriéndose a la nariz.
Evelyn estaba enamorada. Pero no de mí.  De hecho, era con mi nariz con quien mantenía más conversación.  La miraba fijamente a ella y le hablaba, como si la nariz supiera algo o  albergara el cerebro en sus fosas y fuera la que pensara y tomara decisiones. 
Con el tiempo, entre ellos dos me habían anulado, invalidado. Habían suplantado mi persona. La nariz se había llevado todas las singularidades que componían mi ser. Mi nariz era antes que yo, ocupaba un primer lugar, por delante de mí. Siempre.
Delante del espejo, ya no la consideraba una parte mía, sino una rival a quien empecé a odiar. Era besada, lamida, acariciada, limpiada, adorada, reconocida…
Cada vez  la notaba más grande y pesada. Yo dejé de ser yo,  para convertirme en el resto, en la parte pegada a una nariz que, por otra parte,  ya no era mía. La nariz poseía mi ser. Yo solo podía sentirme el bulto que la acompañaba.
Puede que la explicación estuviera en que mi nariz hubiera nacido antes que yo. Tal vez salió del útero materno en primer lugar, precediéndome, y por eso me aventajaba. Había experimentado antes las impresiones, afectos, emociones, corazonadas, premoniciones, percepciones, de los que me miraban en el paritorio y exclamaban:
-¡Qué nariz más hermosa! 
Para cuando yo llegué, ella ya se había hecho con todos los que allí estaban, pasando a ser la protagonista de mi nacimiento.
La única solución para darle un giro al destino fue armarme de valor  y golpearla bien fuerte con algo contundente. Escogí una llave inglesa, para deformar ese perfil que le daba identidad y con la intención de que ningún cirujano pudiera reconstruirla. 
Yo quería amar a Evelyn,  y que ella me amara a mí.
El dolor fue indescriptible, caí desmayado y sangrando.
Me desperté  con vendajes. El resto ya os lo podéis imaginar.
Evelyn cayó en una depresión. Lloraba todos los días  preocupada por su querida y amada nariz que tanto adoraba y que ahora había perdido gran parte de esa personalidad arrolladora que la tenía hipnotizada. 
Empezó a mirarme a los ojos y a los labios, pero no con el mismo afán. Sino buscando en mi rostro algo, aunque sólo fuera un segmento del recuerdo. Evelyn anhelaba  la existencia hierática que la cautivó y daba sentido a su  relación conmigo. Mi rostro, para Evelyn, estaba lleno de añoranza y tristeza, de ausencia de lo que más apreciaba de mí.
Una noche llegó muy tarde y a la siguiente los dos sabíamos que no iba a volver.