jueves, 29 de marzo de 2012

A la ciutat (VH)

Vicenç del Hoyo 
«Ja és curiós, dos anys esperant que vinguis a visitar-me, i quan finalment pots trobar un cap de setmana per deixar Tolosa, la teva família, la feina, i vens a Barcelona resulta que jo he de córrer a l’hospital Trueta de Girona, on acaben d’ingressar la mare de la meva dona. És una pena que no coincidim ni un moment en tot el cap de setmana. Quan el teu tren arribi a l’estació de Sants, jo ja seré fora i quan retorni el diumenge a la nit, tu ja seràs dalt del vagó llitera. Gaudeix del cap de setmana i de la ciutat. Posa't còmode a casa. La nevera és plena i la petita bodega que hi ha al celobert està a la teva disposició...»

He aixecat la vista de la carta que he trobat al rebedor. Ja fa molts anys que el meu germà m’ha donat les claus de casa seva. No he sabut com interpretar aquesta situació. Què faré tantes hores en una ciutat que ja no és meva, en una casa que m’és estranya i tot sol? No he tingut ganes de llegir més, i tampoc d’estar-me a dins de casa. Així que he decidit sortir a buscar un lloc per sopar. Caminar pels carrers d’una ciutat sense cap objectiu definit demana un estat d’ànim apropiat. Sé que no m’he de trobar amb ningú, tampoc he d’anar a un indret concret, de fet no sé exactament on vull anar. He de deixar que els meus peus decideixin, necessito distreure’m. No vull pensar en el caràcter hermètic del meu germà, en la dificultat que té per generar una presència real. Caminant per les voreres, travessant carrers, esperant davant del passos zebra que el semàfor canviï de color, mirant les cares dels vianants, les bufandes que les guarneixen, els gestos despreocupats dels que s’estan sense saber que són observats, dels que enfonsen les mans a les butxaques dels llargs abrics, de les parelles que aprofiten l’espera davant del vermell per abraçar-se, els meus ulls, sense buscar ningú concret, creuen identificar el rostre d’algú que potser podria haver estat un conegut d’una altra època. Penso que és molt difícil que pugui reconèixer ningú, quinze anys fora són molts i més si quan vaig marxar en tenia vint. En algun moment penso que potser el meu germà no ha marxat a Girona, que en realitat ha aprofitat per agafar una habitació a un hotel del centre de la ciutat i així poder fer turisme a la pròpia casa. Seria capaç de reconèixer-lo? Dos anys és molt de temps. Podria estar caminant per aquí mateix i no sé si podria identificar-lo. Quan vivia aquí mai vaig gaudir de la ciutat. Quina frase tan estranya! Com es fa això? Jo el que feia era fer-la servir. Anava on havia d’anar per alguna raó i si no, no hi posava els peus. Déu ser per culpa d’estar sempre molt ocupat. Bàsicament estudiar. Passejar, no ho he fet fins que he tingut un cotxet amb un nen per fer-ho. I per tal de fer això, una ciutat amb riu és molt avantatjosa, doncs ja té un lloc per on perdre les passes. El que jo recordo de la Barcelona de la meva infantesa és que no hi havia llocs per passejar, si no fos pel peculiar lloc que sempre han estat les Rambles. Ara tot ha canviat. Potser també he canviat jo. La ciutat segurament s’ha transformat al mateix ritme que jo, però en direcció oposada. Mentre jo he anat envellint, a ella l’han fet rejovenir. No sé on em portaran aquestes cabòries. I ha estat en aquest moment quan he decidit deixar-me de prejudicis i no dilatar més l’espera i enfonsar-me a la ciutat.

jueves, 15 de marzo de 2012

Haciendo las maletas (VA)

Vicente Aparicio Bádenas (Foto: Elene Usdin)
Señor policía de aduanas, confieso que he pretendido entrar ilegalmente en el país dos chorizos, tres paquetes de jamón envasado al vacío y una lata de foie.
Ahora bien, la droga, señor policía, la droga, le aseguro que es de aquel maletón que ve usted allí en manos del distinguido señor del traje beige.
Esa bestia desalmada me ha violentado sin piedad en la bodega del avión, como podrá usted comprobar si se fija  –le ruego que con discreción- en estas desgarraduras.

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En esta casa somos tres. Yo, que soy la mediana, la gorda del todo a cien y el maletín Samsonite.
El pijo capullo siempre se lleva el maletín a sus viajes first class. Ella no sé qué es más, si cutre o tacaña: carne de chino. Así que yo trago polvo en el altillo, más sola que la una, asmática perdida.

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Yo pensaba que éramos felices. Comíamos pollo a la plancha, fregábamos los platos y visitábamos exposiciones de pintura contemporánea. 
Ya no solíamos follar, pero veíamos juntos televisión basura y fumábamos canutos en el sofá .
Entonces ella dijo: “Nene, bájame de ahí arriba la maleta”.
Y yo, que soy de verlas venir, me dije: “Laureano, tienes dos opciones”.
Como no quise complacerla, me fui a la cocina a por el cuchillo. Supongo que de lo demás, será mejor que nos ahorremos los detalles.
Ay.

jueves, 8 de marzo de 2012

Tonto del culo (LE)

Lola Encinas
Aquí me tenéis, tirado sobre el parquet de mi casa y, encima, con las luces encendidas.
¡Qué forma más ridícula de morir!
Claro que esta no era mi intención. Lo único que pretendía era ponerme un poco en forma por un si acaso. Sabía que mi paciencia tenía un límite ante las provocaciones del imbécil de Solana, que no parecían tener fin.
Cada mañana al llegar a la oficina su saludo era:
-Hombre, aquí llega míster musculitos. El “melenas”, el "delirio de las nenas"…
A lo que seguía una estentórea carcajada, y las del resto de compañeros que, solidarios, se adherían a su ocurrencia. A ninguno de ellos les importaba si herían o no mi sensibilidad.

Estaba harto de sus burlas y miradas despectivas hacia mi físico y, por ese motivo, tomé la decisión de empezar a ir a un gimnasio dos días a la semana.
En un principio elegí matricularme en artes marciales, ya que al constar estas de multitud de disciplinas, tendría más posibilidades de conseguir  mis objetivos. Pero dada la complejidad de los ejercicios y la cantidad de instrumentos que había que utilizar, mis avances fueron lentísimos, por no decir nulos. Todo me costaba mucho, especialmente la coordinación de movimientos de brazos y piernas, por lo que mi instructor y entrenador me recomendó que si quería progresar debería asistir diariamente al gimnasio y, sobre todo, no dejar de practicar en casa los ejercicios aprendidos en clase.
Así lo hice.
Lo primero que me compré fue un “nunchaku”. Desde entonces, raro ha sido el día en que los bastones de los cojo… no han roto algo al salir volando por los aires.
¡No os podéis imaginar cómo está mi piso!  Destrozado.
Por no hablar de los moratones y magulladuras que decoran mi hasta hace un rato dolorido cuerpo.

A pesar de tantas dificultades, nunca pensé en tirar la toalla y rendirme. Siempre he tenido el convencimiento de que en esta vida, todo es cuestión de tiempo y de perseverancia.
Pero lo de hoy ha sido el súmmum.  Me he pegado una “real hostia” en toda la sien que ha sido mortífera, o sea, letal…, y lo peor no es que me haya muerto, sino que cuando se entere Solana, se pasará toda la semana diciendo:
 -Mira que hay que ser tonto del culo para matarse uno mismo sin querer.
Y, valga la redundancia, se partirá el ídem de risa.
Yo seguiré callado y sin poder defenderme.
Y aunque sea por una vez y sin que sirva de precedente, tendré que darle la razón a Solana.

jueves, 1 de marzo de 2012

Pasillo (MG)

Maria Guilera
La tarde en que alquilamos la casa nos gustó el pasillo, tan largo. A esa hora entraba la luz por las ventanas del comedor y dijimos, qué bonito, qué alegre. Abrimos las puertas y cada habitación fue una sorpresa.
–Ven, mira, la cocina.
–El dormitorio, ven aquí.
Cuando llegaron los de los muebles el encargado dijo
–Va a ser difícil entrar el sofá. Y tendremos que desmontar el armario. Este pasillo es muy estrecho.
Nuestro pasillo, entonces, no nos parecía estrecho. Nos gustaba experimentar y lo pintábamos a menudo: blanco, marrón, verde musgo. Incluso tuvo dos rayas rojas a juego con las puertas.

Últimamente nos costaba encontrar un color que le devolviera la luz. Quizá fue que edificaron una casa demasiado alta enfrente.
Cuando volviste, después de todo aquello, me pareció que no podíamos cruzar en el pasillo sin chocar. Así que me quedaba un rato más en el baño hasta que te oía pasar por delante de la puerta y llegar al recibidor. A las ocho salíamos juntos de casa, uno detrás del otro. Una mañana te diste la vuelta sin avisar, habías olvidado las llaves. Nos paramos para no tocarnos y dijimos
 –Perdona.
Los dos a la vez y sin mirarnos.

Ayer era domingo y después de comer te echaste a dormir en el sofá. Te despertó el timbre del teléfono. Todavía tumbado me hiciste un gesto con la mano y te aclaraste la voz para decirme
–Deja, yo contesto.
Te fuiste a hablar con el auricular pegado a la oreja al otro extremo del piso.
–Este pasillo es un túnel –gruñiste al regresar con cara de malhumor. –No tiene remedio.
Al cabo de una semana me dijiste que te ibas.

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