jueves, 23 de febrero de 2012

El hombre del rincón (RR)

Rosana Román (Foto: Brent Lynch)
Acomodado en una mesa del rincón de la cafetería leía una carta con matasellos del extranjero.
El camarero se acercó intentando no estorbarle demasiado. La avidez con que leía, la concentración que demostraba, intimidaban al joven que, bloc en mano, se acercaba sigiloso. No era un cliente habitual, pero eso era normal, porque la cafetería se encontraba en el interior de la Estación Central, donde era frecuente ver a todo tipo de personas en tránsito.
El hombre, con voz solemne se dirigió a él antes de que le preguntara.
-Espero a alguien, pediré después.
Mientras hablaba, sacó un cigarrillo de la pitillera y se lo puso en los labios. El camarero, solícito, le acercó con rapidez un encendedor. Fue tan hábil que el hombre no pudo por menos que sobresaltarse.
-Podía haberme matado ahora mismo si se hubiera tratado de un arma -dijo el hombre mientras le agradecía con la cabeza el gesto.
El camarero no entendió muy bien el comentario, pero le sonrió y volvió a la barra para observarle con discreción. Debía de tener unos cincuenta años y su porte era distinguido. Buen traje, cabello abundante pero con buen corte, bien afeitado  y con unas manos suaves con uñas cuidadas. De los que dejan buenas propinas.
También le recordó a las películas de policías y gángsters, porque no daba la espalda a nadie y tenía a la vista la puerta de entrada. Quizás el comentario del hombre sobre el arma le había disparado la imaginación.
Pasaron dos horas y el hombre seguía esperando. Por fin se había decidido a pedir una copa de brandy y ya iba por la tercera. Cada vez que estrenaba consumición releía la carta. Era como si necesitara infundirse ánimos para digerir su contenido. Cada vez más sombrío, fumaba sin descanso un cigarrillo tras otro.
Se acercó para cambiarle el cenicero, pero el hombre, como cada vez que le servía, había doblado en dos el papel, con lo que no hubo forma de descubrir nada. Una de las veces le pareció que estaba escrita a mano, pero no podría asegurarlo.
La cafetería, como siempre, se llenaba y vaciaba a medida que llegaban o salían trenes. Había dejado de oler a café y ahora predominaba el olor a cerveza, alcohol y tortilla de patata.
Hacía un cuarto de hora que había terminado su turno. Era la primera vez que no tenía prisa por marcharse. Albergaba un interés diferente al de otras tardes, estaba deseando saber a quién esperaba el hombre del rincón con aquella contenida paciencia.
Mientras secaba un vaso tras otro, seguía observándole. La mirada del hombre estaba fija en la puerta de entrada, desviada sólo cuando de nuevo releía la carta.
Un rato después el hombre consultó el reloj, guardó la carta doblada en el bolsillo de su chaqueta gris, dejó un billete en la mesa, se levantó y salió al vestíbulo.
Mi reino por esa carta, pensó el camarero, y se le planteó una duda: podía seguirle o quedarse y ver si al final llegaba la persona esperada, por si su tren, o cualquier otro imprevisto, la hubiera retrasado. En ese momento se dio cuenta de que su interés por el hombre del rincón era lo que más le acuciaba, de modo que se quitó el delantal negro y salió tras él.
Empezó a seguirle con discreción, pero no era fácil. El hombre se giraba cada dos por tres como si se guardara las espaldas, aunque quizás sólo era para abarcar más espacio buscando a la persona a la que esperaba.
Cuando dobló la esquina que daba a los servicios, el joven apretó el paso. De pronto fue tironeado y empujado hacia la pared.
-¿Por qué me sigues?
-Perdone, yo no le sigo, simplemente llevo el mismo camino, acabo de terminar mi jornada.
Un disimulado puñetazo en el estómago le dejó sin aliento por unos segundos. El joven abrió la boca buscando  el aire.
-Volveré a hacer la pregunta: ¿por qué me sigues? ¿Quién eres?
-Nadie, no soy nadie, un camarero que le ha servido en el bar, nada más.
El hombre pareció reconocerle y lo soltó. Él mismo le compuso la camiseta. Luego le habló mientras sacaba un cigarrillo de su pitillera y se la acercaba al joven invitándole.
El camarero desechó la invitación con la mano. Todavía no había recuperado la normalidad en su respiración.
-Sé que me sigues, he dado una vuelta a la estación antes de abordarte. ¿Tienes alguna explicación?
El joven titubeo pero por fin decidió sincerarse:
-Curiosidad.
-¿Cómo?
-Sí, curiosidad. Me muero por saber el contenido de la carta y por saber a quién esperaba.
Vio al hombre reír por primera vez en toda la tarde. Le pareció una carcajada sarcástica, humillante.
-Deberías limitarte a hacer tu trabajo y dejarme hacer el mío –dijo recuperando el control y bajando el tono de voz-. Saber a quién espero no es cosa tuya, así que no te sorprendas cuando me veas mañana, y los días que hagan falta, de nuevo en la misma mesa.
De repente, le entraron unas ganas terribles de alejarse de aquel hombre. En el fondo, pensaba, qué le importaba a él todo aquel asunto, cómo era posible que hubiera dejado volar su imaginación hasta el extremo de seguirle.
Ya se alejaba, convencido de que todo se debía a su desbordante fantasía, cuando escuchó la advertencia.
-Más vale que te metas en tus asuntos. Y ten cuidado porque ya sabes el refrán: la curiosidad mató al gato.

5 comentarios:

  1. La mayoría de avances,inventos y descubrimientos de la humanidad han sido fruto de la curiosidad.
    Quién diga que no es curioso miente o está muerto.
    Yo prefiero arriesgarme conociendo todos los secretos que se me hayan presentado en la vida incluso el contenido y el remitente de tu misteriosa carta.

    Como es habitual, tienes un gran dominio en los relatos del género negro. ¿Por qué será?

    Predisposición,Elección, Influencias magistrales...

    Me gusta ese final abierto y con un toque de humor refranero que nos deja abierta la puerta a la imaginación y por supuesto, a una segunda entrega.

    Bravo Rosanita !!!!

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  2. Rosana, este cuento engancha, te lleva, respira.
    Lo que dice Lola, de tu vena para el género negro, pues que sí, tiene vida y libros leídos y amados, afinidades y pasión. Me parece que puede calzar de manera magistral, con ese espíritu en blanco y negro que respira, en un proyecto proustiano.
    Aquí, un café de estación central.
    Allá, un puerto.
    Venganzas.
    Espejos.
    La oscuridad de una iglesia.
    O unos guantes largos sobre una colcha de hotel... el detective que los huele...
    Es tu sino Rosana. Tú gran forma de ser evocativa, en celuide literario.

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  3. Nos has dejado con las ganas de saber más: ¿era un policía?, ¿un espía?, ¿un caza recompensas?, ¿un investigador privado? o ¿sólo se trataba de un inspector del ferrocarril?
    En este magnífico relato, bien estructurado y de cuidado detalle, nos quedamos ávidos de saber qué pasa con el empedernido fumador y el curioso camarero. Nos debes una segunda parte.

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  4. bruja de provença24 de febrero de 2012, 0:20

    En la próxima Semana Negra de Barcelona te queremos ver con al gabardina de solapa levantada, las gafas oscuras y la sonrisa de medio lado para que nos firmes la novela CON EL DESENLACE.
    Eso de los finales ambiguos déjalo para las que siempre estamos entre Pinto y Valdemoro. Tú escribirás una magistral y sorprendente explicación al misterio.

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  5. Gran blog. Si se me permite, estaré por aquí curioseando vuestros relatos a menudo. ¡Un saludo!

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