jueves, 12 de enero de 2012

La hermana de Jonás (VA)


Vicente Aparicio Bádenas
Por primera vez estaba lejos de casa. Habíamos llegado la noche anterior, después de más de doce horas de trayecto en tren, y el tío de César había venido a recogernos a la estación. Durante el viaje habíamos jugado a ratos al ajedrez, con un ajedrez magnético que me había regalado mi madrina, y también escuchamos música, música de David Bowie, la ELO y los Talking Heads. Habíamos tonteado con unas chicas que subieron al tren en Zaragoza. No eran muy guapas, pero una de ellas estaba como una cabra y eso nos pareció bien. También habíamos tomado cerveza, primero con ellas en el vagón-bar y luego los dos solos sentados en el suelo, en el pasillo, fuera del compartimento. El revisor nos había llamado la atención, pero sin mucho convencimiento.

El tío, un hombre pequeño que conducía con mucha calma, prácticamente no abrió la boca hasta que llegamos a la aldea. Era noche cerrada y estábamos agotados. Su mujer me fascinó. Vestía una bata de tela negra, llevaba zuecos y tenía las piernas llenas de arañazos. Me llamó la atención, sobre todo, su mirada. Una mirada con biografía. Alguien que había vivido y lo había pasado mal pero lo llevaba bastante bien. Era una mujer muy corpulenta y también era muy amable, pero aun así decía las cosas de una manera que siempre te parecían órdenes que no tenía sentido discutir. Nos hizo comer por los codos. Caldo, carne de ternera, chorizos, manzanas... Tú decías que no y ella decía que sí y no se hablaba más. La cocina era grande, con fogones de leña en el medio y el suelo de tierra. A unos metros de la mesa donde cenábamos, en la misma estancia, estaban los establos. Las vacas dormían. Me sentía lleno y muy cansado y la vida acababa de empezar y todo era distinto a lo que nunca había visto y nos fuimos a dormir.

La claridad del día me despertó en el piso de arriba y al asomarme a la ventana vi una gran extensión de color verde. Saqué de la mochila mi cámara e hice una foto antes de que mi amigo se despertara. Después estuvimos viendo a las vacas, acariciándolas y dándoles de comer. A media mañana fuimos al río a bañarnos. Atravesamos un bosque de hayas y robles que César parecía conocer muy bien. Aquí se llaman carballos, dijo. 

Sus amigos y sus amigas estaban en la explanada del río. Ellos jugaban a cartas. Ellas tomaban el sol y hablaban. Me los fue presentando. Dos de los chicos eran madrileños, otro era un primo de César que vivía en el pueblo de al lado, y también había un chico más mayor que nosotros que parecía ser el líder del grupo. Se llamaba Jonás y vivía en Santa Coloma de Gramanet, como yo, aunque no nos conocíamos de nada. Se adelantó a los demás y me golpeó en el antebrazo en señal de bienvenida. Las chicas eran tres: la hermana de Jonás, una prima de los madrileños y una amiga suya que fumaba. La hermana de Jonás me pareció muy atractiva y la saludé muy serio, haciéndome el interesante. No mostraron ningún interés. Dijeron hola y siguieron a lo suyo. Yo no.había jugado nunca antes al mus, pero como era seguro que íbamos a jugar al mus, en el tren César me había adelantado tres o cuatro nociones básicas: cerdos, grandes y chicas, juego, la puntuación, todo eso. Me explicaron más cosas y repasamos cómo iba lo de las señas y nos pusimos a jugar. Yo iba de pareja con César y los madrileños jugaban a toda velocidad: envido, paso, las veo, órdago, nuestra… Aun así nosotros ganamos la primera partida. La suerte de los novatos, dijeron ellos. Jonás y el primo de César habían desaparecido por ahí. La hermana de Jonás hablaba todo el rato con la madrileña que fumaba y yo veía sus piernas blancas enrojecidas por el sol, y su bañador negro. Cuando el juego me lo permitía, no podía evitar mirarla. Los chicos se lo tomaban muy en serio. Una vaca apareció y se echó junto a un árbol. Los madrileños ganaron el resto de partidas. Nos levantamos y nos metimos en el agua. Vi un insecto enorme que nunca había visto antes. Me dijeron que se llamaba tábano y nadamos en aquel río que estaba lleno de hierbas que subían desde el suelo hasta más arriba de nuestras cabezas y que me dijeron que era un afluente de no sé que otro río más famoso. De vez en cuando yo miraba hacia la orilla, por si la hermana de Jonás me miraba a mí, pero ella solo hablaba con sus amigas, que tampoco miraban, y yo permanecía quieto, de medio lado, con las plantas de los pies tocando el fondo del río, mientras los demás nadaban y hacían el bestia y se reían, y llegó un momento en que me cansé y di unas brazadas hasta ponerme detrás de César sin que él lo notara e intenté sumergirlo en el agua. Pero era un chaval grande y corpulento, como su tía, y yo no conseguía hundirlo, y mientras forcejeábamos para ver quién se salía con la suya, un tábano me picó. Di un grito. Y la hermana de Jonás (es decir, la madre de mi primer hijo) me miró.


6 comentarios:

  1. ¡Jo, con el tábano! Valió la pena la picada, por dolorosa que fuera, por el efecto que consiguió.
    Bonito relato, fresco, estival, que me recuerda cuando todavía podíamos bañarnos en los ríos y estirarnos a tomar el sol en la hierba. Yo me pude librar de esos tabanazos aunque, a cambio, me llevé unas cuantas picaduras de avispas, pero sin la suerte de un consuelo tan dulce.
    Como decía, narración que fluye apacible y de fácil lectura, demostrativo de que no hace falta buscar grandes eventos para obtener un buen relato.

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  2. Estoy de acuerdo con quicus. No hace falta un gran evento, ni cuentos encriptados, porque por mucho que te empeñes en complicarnos la lectura, este es tu estilo mas preciado, mas delicado, humano, honesto con el lector y por tanto mas sincero.
    Siempre es una delicia leerte así. Gracia Vicente, me ha encantado.

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  3. un viaje en tren, una cocina compartida con las vacas, una partida de mus, las hermanas, primas, amigas, enviando tábanos para dejar constancia de las cicatrices del deseo.
    Los que no han tenido ríos así en su vida, no saben lo que se han perdido.

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  4. "...hay tribus ocultas cerca del río. Esperando que caiga la noche... Esto es una escuela de calor. Deja que me acerque ... Y rueda con ritmo lento. Hasta que salga del ..."

    Un abrazo
    Jose

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  5. Hola Vicente.Nunca podia imaginar esta faceta tuya,Me ha gustado mucho este corto relato.lleno de una agil imaginacion.un calido saludo.

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  6. El tiempo tiene forma, la del recuerdo, y este relato tiene la forma del tiempo. Momentos que dejan huella. Tiempo que no se ha perdido. Con marcas de arañazos.Con miradas con biografía. Con un recorte verde en la ventana. Y con la importancia que a veces tiene una mirada. A lo mejor fue una mirada la que sacó al Jonás bíblico de interior de un gran pez. Una mirada del narrador tan cercana al joven que fue, que lo trae con claridad veraniega. Aprender así lo que es un tábano vale la pena. Da gusto recordar con un autor detallista.

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