jueves, 27 de diciembre de 2012

Cuento de Navidad (LE)

Lola Encinas (Foto: Gennadi Blohin)   
Ahora que se acerca el final, soy consciente de las cosas que he desaprovechado y que, ya, son imposibles de recuperar.

Guardo en la memoria aquellos felices días de mi infancia en que jugaba y corría, junto a mis hermanos, por el patio de la casa solariega bajo la atenta mirada de mi madre.
Todo era una novedad, investigábamos hasta el más recóndito rincón, a veces con cierto temor pero la mayoría de las veces con imprudencia. Más de una regañina nos habíamos ganado por ello, pero el mundo era inmenso y tentador y nosotros aceptábamos su invitación a descubrirlo.

Añoro las dulces manos de María cuando me acariciaba. La primera vez que lo hizo, me puse a temblar y quise esconderme, después era yo quien la buscaba.
También recuerdo su primer beso… ¿Qué habrá sido de ella? ¿Dónde estará ahora?

Su hermano Carlos era detestable, aprovechaba cualquier ocasión para maltratarme, aún puedo oír sus risas y burlas ante mis gritos y mi posterior huida.
¡No todos los recuerdos son agradables!
Estoy convencido de que sentía celos de mi amistad con María, pasábamos mucho tiempo juntos y ello le privaba de poder jugar con ella.
En fin, no creo que ni siquiera me recuerde.

Ha pasado el tiempo, he crecido, la familia se ha ido dispersando y hoy no puedo evitar estas elucubraciones cargadas de nostalgia.
Nunca conocí a mi padre. Desapareció el invierno anterior a mi nacimiento, mi madre nunca me explicó los detalles de su marcha y yo, por respeto, no se lo pregunté. Ella cubría todas mis necesidades.
Recuerdo que había un mes en el que mi madre languidecía, se le nublaban los ojos y su protección se acentuaba. Cuando alguno de nosotros se retrasaba o distraía, nos llamaba hasta desgañitarse sin moverse de la puerta, esperando a que estuviéramos todos dentro. Sólo entonces recuperaba el color y la alegría y, felices, nos poníamos a cantar.

Por desgracia, hasta ahora no he comprendido los motivos de su preocupación.
Cuando se produjo mi traslado a la ciudad, al principio sentí tristeza, sobre todo porque no fue por decisión propia. No obstante, me autoconvencí de que podía ser una aventura divertida e interesante y que tal vez, había llegado la hora de independizarme, de hacer mi vida, y si las cosas no iban bien o me arrepentía, siempre podría regresar al hogar....

¡Que ingenuidad la mía, el retorno no existe para nosotros!

Aquí estoy dejando mi testimonio a quien pueda interesarle en estas mis horas finales. Tras unas rejas que me privan de libertad, como un Segismundo cualquiera, lamentando mi destino y, sobre todo, tomando conciencia de mi identidad y de mi corta existencia.

No quiero pecar de arrogante al constatar el paralelismo de unas informaciones que casualmente he oído estos días, pero creo que se acerca la fecha de celebración del nacimiento de un hombre al que, según dice la Historia, sacrificaron para salvar al mundo.
Vivió treinta y tres años. Comparado conmigo, toda una eternidad.
Su destino estaba prefijado antes de su nacimiento, igual que el mío.
Él se llamaba Jesús y era un hombre.
Yo me llamo Kiko y soy un pavo.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Carveriana 3 (MG)

Maria Guilera (Foto:Alfred Eisenstaedt)
Us diré la tercera de les coses que van fer del Ricard un gran obès: descobrir que la Tere, que li havia jurat que al seu costat era la dona més feliç de la terra, li posava les banyes amb el veí.

La primera, ja feia uns mesos, estripar el full amb els resultats de l’analítica, on unes petites estrelles indicaven els escandalosos nivells de sucre i colesterol.
La segona va ser que el senyor Eudald traspasés la botiga de llegum cuit i, al seu lloc, hi obrissin El Palau del Burger.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Carveriana 2 (VH)

Vicenç del Hoyo
Quan vaig de viatge sempre hi ha tres coses que oblido. La segona és regar les plantes perquè no pateixin una set perllongada. La tercera és mirar l’interior de la nevera i posar una mica de seny als compartiments gèlids per tal de no trobar un llobarro amb els ulls penjant que hauria sobreviscut millor a la meva absència en el congelador. I la primera és deixar-li les claus a la veïna perquè vingui a donar beguda i menjar al gat. Malaguanyat.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Carveriana (VA)

Vicente Aparicio
La primera de las cosas que acabaron con mi madre fue el pollo. Nunca le había gustado cocinar, pero con los años fue desarrollando una aversión enfermiza hacia ese animal muerto, piel, grasa y tendones, que de tanto en tanto se le ofrecía como sacrificio en el mármol de la cocina. La comida favorita de papá.
La segunda fue la alergia. Primero a los ácaros, la ropa vieja, los vacíos interestelares en el interior de los armarios. Después también a las cosas de fuera.
Lo tercero fueron los gin tonics.  

sábado, 1 de diciembre de 2012

La derrota (MS)

Mónica Sabbatiello (Ilustración: Egon Schiele) 
Como si sus huesos escatimaran para sí las esquirlas de todas las guerras y cada músculo la oscuridad de todas las rendiciones. Así caminaba, asfixiada. Con un batir de nervios y de rebeldía de gota en todas sus articulaciones.
Y en su andar  iba alcanzando mínimas conquistas que no apreciaba por anticiparse al dolor del paso siguiente.
Lechosas nubes se interponían entre sus ojos y las baldosas que debía pisar, las pocas que aún se mantenían enteras tras los bombardeos.
Y por hallarse débil y mareada, en cada estrella de estas baldosas percibía constelaciones. Con precaución posaba sus pies sobre la Osa Mayor y el peso de sus años disolvía las estrellas en charcos plateados.  Cada paso un vértigo, cada vértigo un superarse para seguir.
Cada hueso aferrado a las esquirlas de todas las guerras la volvía rígida, pesada e insegura. No llegaré, se decía, aunque no tenía destino. Cada intento de fijar alguna meta se comprimía en nuevos desánimos. La extrema precaución para no caerse era la única forma que había encontrado de eludir los graves pesares.
Berlín se mostraba como un museo de fantasmas.
Se le acabó el camino de estrellas y aparecieron las montañas de cascotes. Nos rendimos, murmuraban unos seres enflaquecidos que comentaban las noticias junto a una hoguera.
¿Nos rendimos?, se preguntó ella, y decidió que no, que bordearía las ruinas, aunque le llevara el resto de su vida.
Un camión cargado de vencedores pasó despacio a su lado. Y voces extranjeras rebotaron contra su piel.
Un ruso se bajó y se puso a su lado. Una mole de cara roja.
Debo estar viva –razonó ella-, pues tengo miedo.
El hombre le parloteaba en un alemán precario. Ella se detuvo, atenta, como si oyera alguna melodía del otro lado del tiempo. 
El soldado le dijo: Mujer, ¿por qué caminas como una vieja si eres casi una niña?, ¿estás herida?
La mujer no quería más historias ni historia, no más la vulva en carne viva, abusos, violaciones.
Y en cambio, como si no le hubiera ocurrido, se subió a las botas del vencedor, como una niña.
Se abrazó a su espalda de gigante y le dijo: No soy una vieja, pero me muero. ¿Puedes llevarme al otro lado? Camina.

jueves, 15 de noviembre de 2012

La vida es un tango (LE)

Lola Encinas (Foto: Pedro J. Pacheco) 
¡Cuántos recuerdos guarda este Barrio de Mi Buenos Aires querido!
Arrabales de negra pasión, regados por lluvia carmesí y la alegre cháchara de bacanes y pebetas tomando mate en cualquiera de los muchos cafetines que florecen en sus calles, mientras alargan la noche como si fuera la última farra de su vida.

Sombras verdes de celos y traiciones se mueven bajo la quieta luz de un farol.
Allí estaba, también, mi amigo Garufa, tomándose un café con leche y una ensaimada Mano a mano con La cieguita y su vieja. Se las había encontrado sentadas en un banco del parque japonés por el que pasaba todas las tardes y las invitó y aprovechó para darle a la nena su regalo de La noche de Reyes.


Conocía  a mucha gente, por no decir a todos, y también cada rincón donde con mis amigos nos bebíamos hasta las lágrimas… pero como vos sabés, todo cambió en mi vida el día que te encontré.
Dije Adiós, muchachos y me fui solo con vos al viejo bailongo.
Hablamos, bailamos y nos besamos al son de La cumparsita, y antes de llevarte a casa volvimos a besarnos, a bailar y a hablar.
¿Os acordàs de esa primera noche?
Cada día que pasaba, sentía más Nostalgia por Volver a recorrer de nuevo el Caminito que me llevaba al Choclo, el local de la negra Malena y también nuestro.
Me gustaba tomarme allí  con vos La última copa, con  música y A media luz  hasta que el alba nos encontraba abrazados y Mareados de amor.
Así se sucedían los días cuando aquel jueves fui a buscarte Cuesta abajo hacia la calle Corrientes, 3, 4 y 8. Nadie salió de la casa a recibirme. La puerta estaba entreabierta, entré y sólo encontré un gato de porcelana maullando al vacío y a una vitrola que en un rincón lloraba el Silencio de tu Ausencia.

Pasó el tiempo y cuando ya no la esperaba Volvió una noche, mientras un viejo Bandoneón arrabalero desgranaba las tristes notas de una Balada para un loco.

Sí, mi querida Margot, …antes Margarita..., ese loco había sido yo, un loco que fue capaz de decir Llévatelo todo y acepta el humilde y sincero Cambalache que te ofrezco en este Arrabal amargo en el que vivimos.
Pero todo lo mío, era poco para ti…
Creía que habías regresado para regalarme la Confesión de tu amor y un perdón por tu traición y tu abandono.
Pero estaba equivocado, tus Ojos se cerraron para mí. Se abrió la puerta y apareció el otario de turno que esperabas, pagó tu copa, cogiste el abrigo y salisteis del brazo.
Aquel Desencuentro me llenó de dolor y Desencanto y a punto estuvo de hacer surgir de mi boca un Adiós, pampa mía y pegar la vuelta para siempre.
Pero mi corazón tenaz y paciente sabe que al final llegará
El día que me quieras y que volveremos a ser felices.
Y hasta que esto suceda pasaré las noches entre un Tomo y obligo, llenando mi cuerpo de alcohol y mi mente de olvido.
Y mientras, la Madreselva en flor trepará por mi ventana para embriagar mi presente con aromas del pasado. Con el perfume de siempre.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Desequilibri (MG)

Maria Guilera (Foto: André Kertész)
M’agraden les seves jaquetes de llana, com es pentina els cabells i se’ls recull amb els dits; el gest suau que fa amb les mans quan em diu que no m’enfadi. M’agrada el balanceig del seu cos al caminar i com alça el cap de tant en tant i es queda mirant el cel, com si hi busqués alguna cosa. I quan es treu les ulleres, hi juga una estona i se les torna a posar.
M’agraden les paraules lentes que semblen cansades, els llavis mig oberts a punt de dir allò que sovint calla. L’olor que deixa quan se’n va i d’altres rastres subtils que impedeixen el buit de la seva absència. M’agrada el que pensa i com ho explica. El que desitja, el que somia, el que l’indigna.
Sé que és perfecte. I tinc por que s’adoni que no fem parella.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Cementiri (VH)

Vicenç del Hoyo
Va tenir una vida molt curta, però va morir inesperadament. Tothom va quedar trastornat per l'inesperat traspàs. Van oficiar el funeral el bisbe i cinc mossens. Alguns havien de dir algunes paraules de record. Altres volien extreure alliçonaments de la seva coneixença. Després van parlar els seus germans. Un per un van recordar-lo des que era un infant. Altres van cantar cançons que van commoure fins i tot els més insensibles. El funeral es va fer llarg i emotiu. El primer avís el va donar el cor de l’avi, que no va poder resistir tanta emoció. Va morir al banc de l’església. Els que eren allà van pensar que podien aprofitar i afegir-lo a l’enterrament. El funeral es va anar allargant. Després van començar a morir-ne de més joves. Van afegir nous taüts a l’altar. Cada cop hi havia menys gent per fer parlaments. Quan per fi només va quedar el darrer supervivent, va tancar l’església i va escriure a la porta: "cementiri".

viernes, 26 de octubre de 2012

Asfalto (VA)

Vicente Aparicio (Foto: Steve Douglass)
Un hombre salió de casa y enfiló la carretera. Era una larga cinta de asfalto con dos líneas blancas paralelas pintadas en los márgenes. El hombre no llevaba equipaje. Su rostro no reflejaba ninguna emoción. Caminó durante horas.
Llegó a una casa. Abrió la puerta, atravesó el salón, subió unas escaleras. Entró en el despacho y me vio.
Le oí llegar. Dejé de teclear y me volví hacia él.
-¿Adónde me llevas? -preguntó.
-Sigue tu camino -le dije-. He construido para ti una carretera.
-¿Por qué me tratas tan mal? -me recriminó.
Me di la vuelta y volví a la máquina de escribir.
Bajó las escaleras, cerró la puerta y se reincorporó a la carretera. Era una cinta de asfalto con dos líneas blancas en los márgenes.
-Me das pena -le oí decir detrás de mí-. Mátame de una vez, inútil, haz el favor de romper ese folio.

jueves, 18 de octubre de 2012

El viajante (LE)

Lola Encinas (Foto: Chuck Turner) 

-Ya lo tienes, tal como habíamos quedado. He comprobado los niveles y he añadido media lata de aceite. También he cambiado unas válvulas, he revisado bujías y neumáticos, he alineado la dirección y te he puesto una batería nueva, porque la que tenías estaba hecha polvo, no hubieras llegado ni a la esquina. Una revisión y puesta a punto completa.
-¡Uf, pero esto subirá un huevo! ¿Puedes esperar hasta que vuelva? Dentro de quince días, tengo que cobrar unas comisiones atrasadas.
-No hay problema, Pedro, si fueras otro no lo haría, pero hace años que nos conocemos y sé que no me vas a fallar. De momento con este apaño puedes viajar, aunque no le aprietes mucho, que el pobre ya está para jubilarse. Tendrás que ir pensando en cambiarte de coche, sino cualquier día te dejará tirado por esos mundos.
-Gracias, Fernando, además de un buen mecánico eres un buen amigo. Si no fuera por ti…
Me puse en camino de forma inmediata, pues tenía más de 1000 kilómetros por delante. Cargué el maletero con dos garrafas de agua, por si se calentaba el radiador, los dos catálogos, las piezas que me habían pedido y el maletín.
Puse el abrigo y la manta de viaje en el asiento de atrás y dejé abierto el plano de carreteras en el asiento de al lado. Quería ahorrarme los peajes de la autopista y tampoco pensaba pasar la noche en ningún sitio. Ya no tenía dietas, los gastos corrían por mi cuenta, y un poco de aquí y otro de allá, hacían un  buen pico.
Había quedado a las doce del mediodía en la fábrica que tenían en Ourense.
Aunque las culpas fueran ajenas a nuestra empresa, no podía fallarles, ya que tenían paradas varias máquinas por una avería y estaban a la espera de las piezas de recambio. Cada hora que pasaba sin funcionar, les representaba enormes pérdidas. Ante la urgencia y teniendo en cuenta que los últimos envíos contratados a Trans-Seur, no habían cumplido el plazo de entrega, me había comprometido con su director a llevárselas personalmente.
Las ventas habían bajado bastante y no era cuestión de perder a uno de nuestros mejores clientes por un mal servicio de mantenimiento. El horno no estaba para bollos y no podía relajarme si no quería quedarme en la calle.
Tenía previsto hacer el viaje de un tirón, parando sólo lo justo, para tomar un café, estirar un poco las piernas y hacer mis necesidades. Puse  la calefacción porque empezaba a sentir frío en los pies y saqué a bulto de la guantera un cassette. Era de José Feliciano, uno de mis favoritos, y sus canciones, además de hacerme compañía, me pusieron nostálgico y me trasladaron a otros tiempos.
“No podrás olvidar, jamás, un amor como el mío…, jamás...”
En mala hora me metí en la compra del piso, pero las presiones y argumentos de Laura sobre lo absurdo que es tirar el dinero en un alquiler cuando por el mismo importe puedes obtener una propiedad, acabaron convenciéndome. Claro que en principio las cosas no estaban como ahora y éramos dos a pagar. Quién iba a suponer que ocho meses después Laura me dejaría plantado para irse a vivir a Australia con su antiguo novio.
La hipoteca me estaba desangrando, así nunca podría comprarme el coche nuevo que necesitaba para poder seguir pagándola. Era un círculo vicioso del que no sabía cómo salir. Tras las últimas reducciones de personal, quedábamos sólo dos comerciales en la empresa y cada vez tenía que viajar más.
Necesitaba un pequeño descanso, llevaba bastantes kilómetros conduciendo y paré a tomar un refrigerio. Tras quince minutos volvía a estar al volante con renovada energía.
Estaba contento, de momento el coche respondía, sobre todo en llano, y aunque en las cuestas se notaba su “edad”, se comportaba. De todos modos seguí las recomendaciones de Fernando y procuré que la aguja no pasara de los 100 Km/h.
La segunda parada fue en una estación de servicio. Hacía un frío terrible. Esta  vez pedí un café doble y un pincho de tortilla. Me sentía muy cansado, fui al servicio y al mirarme al espejo comprobé que tenía las pupilas dilatadas, por la oscuridad de la carretera y los ojos enrojecidos, por la calefacción y la falta de sueño. Me eché agua fría en la cara para espabilarme y me animé pensando que con una nueva parada tendría suficiente.
Hasta aquel momento las carreteras habían sido buenas, en algunas zonas aceptables, pero a medida que dejaba las llanuras de Castilla y me adentraba en Galicia la cosa empezó a cambiar. Constantemente tenía que reducir la marcha para paliar los bruscos vaivenes que producían piedras y baches de aquella mal denominada carretera por la que me había metido. Saqué la cabeza por la ventanilla para tener mejor visión del camino, pero la noche se resistía a dejar paso al amanecer y, además, la bruma que emanaba del bosque tejía un espeso velo que acabó derrotando la escasa luz de los faros.
No sé quién de los dos tuvo la culpa, si fui yo o fue aquel enorme tronco de castaño que de repente surgió de la niebla y se interpuso en mi trayecto. La última imagen que recuerdo son las dos vueltas de campana y mi cuerpo saliendo despedido del coche antes de que este continuara su camino por el barranco hasta finalizar en el rio.
Cuando me desperté estaba tumbado en una confortable cama. Intenté levantarme pero fue imposible. Me dolía todo el cuerpo, sobre todo la cabeza, y mi brazo y mi pierna izquierda estaban vendados e inmovilizados.
Giré la vista para intentar situarme. Me encontraba en una amplia estancia de alto techo y suelo de madera, con un gran ventanal donde pequeños regueros de agua se deslizaban por los cristales. Adosada a la pared, sobre un soporte de hierro forjado descansaban una vieja jofaina de porcelana, una jarra y una toalla. A un lado de la cama, una mesita de noche, y en el otro, una silla con mi ropa ordenada y limpia. Una fotografía antigua de boda coronaba una robusta cómoda con sobre de mármol rosa y, a su izquierda, un armario luna reflejaba en sus dos puertas toda la habitación.
¿No tenía ni idea de dónde estaba ni de cómo había llegado allí?
Se abrió la puerta y apareció una mujer guapa y joven con una bandeja, y en ella, una humeante taza de caldo y un buen trozo de apetitosa empanada. Con una amplia sonrisa de alivio y satisfacción me saludó.
-Buenos días, menos mal que ya está despierto, estaba muy preocupada, creía que al final tendría que ir a buscar a Don Julio, el médico. Tómese este caldo calentito, que le hará bien.
Me contó que cuando se dirigía a la aldea a vender y a buscar provisiones, su perro me había encontrado casualmente. Durante unos minutos estuvo dudando hasta que finalmente decidió que lo mejor era montarme en su carro y traerme hasta su casa, y más tarde pedir ayuda. No se había apartado de mi lado ni un segundo, me había cuidado y observado mi evolución, confiada en que no tardaría en despertar. 
Me dijo que había estado inconsciente dos días y medio.
¡Dos días y medio! Me parecieron una eternidad y, a la vez, un suspiro.
Ya han pasado tres años y he comprendido que el paso del tiempo es muy relativo y que siempre está en función de cómo queremos emplearlo o perderlo.
Acepté el accidente como una señal del destino y no me costó nada dar un nuevo giro a mi vida al tomar lo que hasta ahora sigo considerando una acertada decisión. Gracias a ella he descubierto la verdadera felicidad en esta vida sencilla y natural que actualmente llevo.
Lejos de trabajos anodinos y mal remunerados, lejos de hipotecas que te entierran entre bloques de cemento, lejos de concesionarios de coches y talleres de reparación, pero sobre todo lejos de esa jungla llamada ciudad y de su voraz consumismo.
A muchos, el día a día de la vida rural les puede parecer largo y aburrido pero os puedo asegurar que no es así, que siempre surgen sorpresas e imprevistos.
No me sobra el tiempo, al contrario, siempre me falta. Los animales, el huerto, el hórreo, la casa…. lo ocupan todo. Cuando no es una teja es una viga, o una puerta que rechina, o un cristal roto, y si las cosas no se cuidan, ya se sabe…
Cuando llega la noche, me siento cansado y feliz. Después de cenar y mientras Carmina duerme al niño, nos sentamos frente a la chimenea y hablamos de las cosas que nos han ocurrido en la jornada y planeamos las del día siguiente.
Soy un hombre afortunado, vivo donde y con quien quiero y disfruto de mi hogar y de mi familia. He aprendido a no crearme lo que antes consideraba necesidades y a valorar, mucho, lo que poseo.


Recuerdo que uno de mis últimos contactos con la civilización urbana, concretamente con una entidad financiera, fue la vez en que me desplacé a la capital para hacerle la transferencia bancaria a Fernando y liquidar mi deuda por la reparación del coche.
El empleado del banco me fue pidiendo los datos, destinatario, remitente, importe, y me preguntó:
-¿Qué pongo en señal de concepto? 
Le iba a contestar: “Revisión y reparación coche”.
Pero rectifiqué y dije:
–Ponga: “A pesar de tu cura, el perro ha MUERTO, pero yo... he resucitado”.
El empleado me miró muy extrañado, pero tecleó textualmente mis palabras y al darme el resguardo me confirmó:
-En tres días estará abonado en cuenta.