sábado, 26 de noviembre de 2011

La isla del lago (LE)

Lola Encinas
Se acercaba la semana santa y las agencias competían ofertando viajes y estancias en lujosos hoteles a precios irrisorios. 
Todos mis amigos ya tenían planificado cómo pasar esos días. Unos optaban por el viejo continente, incluso repetían países para recrearse en el recuerdo. Les gustaba patearse las ciudades y sus museos, para luego presumir de su cultura viajera.
A los amantes del mar, ávidos de sol, agua y arena, no les importaba cruzar el Atlántico para disfrutar de las idílicas playas caribeñas. 
Otros, los aventureros, se arriesgaban a viajar a países en los que vivir o morir era cuestión de suerte, y en los que los turistas occidentales suelen ser blanco de atentados fundamentalistas. 
Ninguna de las opciones elegidas por ellos atrajo mi interés y no me importó quedarme descolgada del grupo. 
Últimamente  me encontraba muy cansada y apática. Necesitaba una cura intensiva de sueño y un cambio de aires. 
Empecé a mirar folletos de Balnearios y Hoteles con programas que se adaptaran a mis necesidades. Tras varias consultas y llamadas no conseguí encontrar ninguna habitación libre. 
Me quedé decepcionada pero me fui haciendo a la idea de que pasar esos días en la ciudad, paseando, leyendo, escuchando música, durmiendo, también podía resultar agradable, terapéutico y sobre todo económico. 
Dejé el periódico sobre la mesita y entonces vi la foto de la isla y la cabaña de madera. Era un anuncio para pasar la Semana Santa en plena naturaleza. 
Llamé al número de contacto a pesar de tener la convicción de que ya estaría ocupada, pero aun así sentía curiosidad por conocer más ampliamente los detalles sobre aquel atractivo refugio. 
Una amable voz me comunicó que acababan de anular una reserva y que estaba libre. Me puso al corriente de todos los pormenores. Las condiciones económicas eran perfectas para mi bolsillo. Muy emocionada di las gracias a mi interlocutor y colgué. 
Quedamos esa misma mañana para la firma del contrato, la entrega de llaves y un plano para llegar al bucólico destino. 
Bajé del armario la maleta mediana y una bolsa y empecé a llenarlas. De vez en cuando, desviaba la vista a la foto. Estaba exultante de alegría, no me podía creer que hubiese tenido tanta suerte. El lugar era precioso, un lago rodeado de abetos con una pequeña isla en el centro y en ella, como única construcción, una cabaña y dos embarcaderos. La imagen inspiraba la paz y la tranquilidad que tanta falta me hacían. 
Me bastó media hora para prepararlo todo. De camino a la agencia inmobiliaria llené el depósito del coche, paré en el supermercado y cargué comida para toda la semana. 
Tras cuatro horas de autopista y una por carreteras secundarias, llegué a una bifurcación de caminos forestales, consulté el plano y media hora más tarde estaba frente al lago. Aparqué el coche bajo unos árboles cercanos al embarcadero y cargué el equipaje en la barca. 
A pesar de no haber remado nunca me hice enseguida con la técnica. Además, la distancia que me separaba de la isla era relativamente pequeña. 
Empezaba a anochecer cuando introduje la llave en la cerradura. Me temblaban las manos y al abrir la puerta una agradable calidez me dio la bienvenida. Encendí todas las luces interiores y exteriores y también la chimenea. 
Recorrí la casa. La decoración era de un gusto exquisito y el mobiliario, de estilo rústico pero muy confortable. 
Adosado a la casa había una especie de garaje con una barca y aperos de pesca. 
Me sentí feliz ante la perspectiva de vivir en aquel lugar de ensueño que parecía estar hecho a mi medida. 
Los primeros días pasaron volando. Distribuía mi tiempo entre pasear, escribir, leer y cocinar. Las tardes las dedicaba a bordear la isla con la barca y a vanos intentos de pesca. 
No había ningún medio de comunicación con el mundo civilizado, ni radio, ni televisión, ni teléfono. La situación geográfica impedía la recepción y cobertura de las ondas. 
Estar aislada de noticias externas por unos días me parecía un castigo muy relajante. 
Se acercaba el final de las vacacione. Me daba cierta tristeza tener que abandonar aquel hogar donde me sentía pletórica y cargada de energía. 
La tarde anterior a mi partida quise  llevar el equipaje al coche, pero por mucho que remaba apenas me separaba de la isla. 
Parecía que a cada golpe de remo la orilla se alejara cada vez más o que la barca estuviera anclada. Este extraño suceso me dejó agotada y preocupada, pensé que alguna corriente interna del lago impedía temporalmente el avance de la embarcación y que se solventaría en las próximas horas. 
Volví a la cabaña, cené y me acosté temprano, quería madrugar, y llegar a casa con un día de antelación, necesitaba de ese tiempo para adaptarme de nuevo a la vida normal. 
Dormí de un tirón hasta las siete. 
Al cerrar la puerta eché una última mirada y me encaminé al embarcadero. La barca había desaparecido. Estaba segura de haberla dejado bien amarrada la tarde anterior. Oteé todo el lago sin ningún resultado, di la vuelta a la isla buscándola y no hallé ni rastro.
Marqué el número de la inmobiliaria para exponer mi situación y que solventaran el problema. Pero desgraciadamente no se produjo el milagro. Seguía sin haber cobertura. 
Intenté serenarme y pensar, llegué a la conclusión de que, al ver que no entregaba las llaves el día previsto, vendrían a buscarme. También supuse que tendrían un equipo de limpieza y mantenimiento después de cada estancia y  que podría regresar con ellos. 
Era cuestión de horas, no me quedaba otra opción más que esperar. 
Pasé el día como siempre. Al llegar la noche cogí una manta y me estiré en el sofá. 
Fue una noche inquieta, llena de extrañas pesadillas. Por la mañana salí y con gran sorpresa vi que la barca estaba atracada en el embarcadero. Además, en su interior había varias bolsas, paquetes y cajas, la mayoría con víveres, también había ropa, libros, revistas y prensa. 
Cogí un periódico, era del día anterior. En primera página y con gran tipografía decía “Semana trágica para los turistas españoles”. Debajo, tres fotos escalofriantes.
La primera se refería a  un accidente de avión en el aeropuerto de Orly, en el momento del despegue. Debido a una ráfaga de viento, el avión se había escorado tocando una de sus alas la pista e incendiándose de inmediato. No había supervivientes. 
La segunda estaba tomada en un zoco de Estambul lleno de turistas extranjeros, donde un terrorista se había inmolado cargado de explosivos. Entre las víctimas había un grupo de españoles. 
En la tercera se veían más de cuarenta cuerpos alineados en la arena. Un tsunami había arrasado las concurridas playas del sur. 
Parecía una maldición, eran los tres destinos elegidos por mis amigos. Todos se encontraban en las listas de los fallecidos. 
Estaba tan trastornada por las noticias que por un instante olvidé mi propia situación. Saqué todas las cajas y sin entrar a buscar mis cosas subí a la barca y me puse a remar con todas mis fuerzas, pero sucedió lo mismo que el día anterior. 
Una enorme atracción magnética me mantenía fija en el mismo punto. Me lancé al agua  y empecé a nadar hacia la orilla. Cuando creía haber avanzado bastante después de veinte minutos nadando miré hacia atrás y con desespero comprobé que seguía a dos metros del embarcadero. 
Han pasado tres años desde el último intento de fuga. Tengo asumido que nunca saldré de mi isla. 
Y aunque parezca extraño no me ha costado nada adaptarme a esta nueva vida. 
He aprendido a pescar. No echo nada en falta. Además, cada lunes encuentro la barca repleta de todo lo que necesito. 
Me siento feliz en mi refugio.

12 comentarios:

  1. A veces me encantaría encontrar una isla así...

    ResponderEliminar
  2. La madurez es aceptar que está uno en el lugar al que ha llegado. En vez de rebelarse si no responde a sus expectativas, adaptarse al entorno, sobrevivir con lo que encuentre en su propia isla y, con suerte, aceptar regalos de amigos invisibles.

    ResponderEliminar
  3. Por qué será que el final de esta historia en lugar de parecernos horrible nos resulta hasta deseable?
    Será porque esa idílica situación vive en el deseo escondido de muchos de nosotros.
    Eso es lo que me parece más interesante de tu cuento, que conecta, que no deja indiferente, que obliga incluso a pensar cómo lo viviría yo...
    Enhorabuena y gracias

    ResponderEliminar
  4. ¡Jo! No tiene nada que ver, pero la lectura me ha llevado, por relación, al cuento didáctico de “Quién se ha llevado mi queso”, pero con barcas, islas paradisíacas y he seguido con mi imaginación en la casita de investigación de Mikael Blomkvist en el primer libro de Millennium.
    No obstante, si algún día regresas y la agencia no te cobra los extras, vale la pena que nos indiques la dirección, porque es un chollo eso de estar mantenido, informado y calentito.
    La narración, como siempre, es atractiva por su fácil lectura y porque parece extraída de la vida misma, como en una conversación que puedas tener entre amigos. Me gusta el estilo. La fotografía es de ensueño. Felicitaciones.

    ResponderEliminar
  5. Buen relato, supongo que muchos queremos la tranquilidad de un lugar paradisíaco, lejos del ruido y las obligaciones.. la vida se puede disfrutar de muchas maneras, aunque en la isla probablemente falte algo de buena compañía ;) un saludo Lola!

    ResponderEliminar
  6. Algunos quemaron los barcos para no volver, otros querian volver y se encontraron sin barcas. Tal vez sea una metàfora de la vida. Nunca se regresa.

    ResponderEliminar
  7. ...¿cómo no?..teniendo la barca repleta de todo lo que necesita,,,a más de una le gustaría...pero la perfección sería, que de vez en cuando los amigos le hicieran una visita,,, entonces,, sería el paraíso,,,
    Saludos!!!!

    ResponderEliminar
  8. Me estoy planteando seriamente pedirle a tu protagonista el telefono de la agencia de alquiler. Seria fantástico poder desaparecer en tu isla durante los próximos cuatro años.

    ResponderEliminar
  9. Lo que en un principio nos relata un paraíso , finalmente para mi se convierte en una tortura!
    No me gustaría imaginarme quedar secuestrada en un sitio así, por mucha tranquilidad y paz que se respire!
    Necesito el contacto de la gente..que se le va a hacer... pero por unos días sería estupendo poder disfrutar de esta cabaña del Lago!
    -MarietaMariona-

    ResponderEliminar
  10. ¿Cuento/metáfora del momento presente? ¿Acaso necesitemos volver al principio, formas de vida más naturales? Estado de sobrevivencia... Si hay quien nos traiga lo necesario, cada lunes...
    El cuento engancha, tiene suspense, me gusta mucho, Lola.

    ResponderEliminar
  11. ¡Qué cague tía! Yo no sé como a la mayoría de gente que te comenta le parece que mola, yo me he quedado blanca... Parece una historia de "Dimensió Desconeguda / Altres límits". Pero mira, ya te digo que a mi no me pasa, irme sola a una cabaña?? No, gracias... hasta cuando voy con colegas paso miedo! ¿Es que no veis series americanas vosotros o qué os pasaaaa?

    ResponderEliminar

Escribe aquí tu opinión: tus comentarios y tus críticas nos ayudan a mejorar