jueves, 15 de septiembre de 2011

Dennis, el cubano que arrasó (MG)

Maria Guilera
Me gustan las aventuras, sobre todo inventarlas. No soy una persona temeraria aunque me haya arriesgado más de una vez a ser pillada en falta, pero no por poner mi vida en juego, para qué nos vamos a engañar. Lo mío son los riesgos calculados, siempre con cinturón de seguridad.
Por eso lo del huracán tiene mérito. O es de una temeridad lamentable, según se mire.
Una no va a Cuba esperando ver pasar un ciclón. Si me hubieran advertido sobre él igual me quedo en casa, a mí echarme atrás no me cuesta nada, no sé lo que es el orgullo ni la dignidad y donde dije digo, digo Diego y me quedo tan ancha.
Quizás alguien me lo comentó, “¡cuidado con Dennis!”, y yo creí que era la enésima broma sobre el mulato que bajo ningún concepto debía traerme de regreso a Barcelona; qué se yo.

El caso es que ese día hacía viento en la Habana. Era de agradecer porque mi compañera de viaje y yo estábamos muertas de calor. Mientras andábamos por la calle Oficios oímos la voz del Comandante hablando pausada e ininterrumpidamente.
-Ay qué gracia, es Fidel- comentamos, como si se tratase de un atractivo turístico. Que lo es, porque una espera escucharle como a las saetas en la Semana Santa sevillana. Y no resulta difícil, el hombre sigue dándole al pico aunque farfulla un poco, el tiempo pasa para todos.
Entramos en el restaurante, una terraza abierta a la calle, con pocos clientes que tomaban su cervecita Bucanero y miraban de reojo el televisor. Allí estaba Él, en lo que parecía ser una mesa redonda, hablando con el meteorólogo, con el periodista y con quienquiera que le preguntase desde un teléfono abierto. Informaba más que todos los demás, tranquilizaba, daba ideas de cómo salvar las aves, las gallinas, concretamente, y prometía techos de uralita:
-Se acabó la paja en las techumbres, caballeros, porque vuela- decía. Ordenaba a la gente tener listos su neceser y los medicamentos que tomaban: todo preparado en una bolsita por si había que evacuar el edificio en el que vivían. Y le preguntaba al meteorólogo-: Muchacho, ¿cómo tenemos al ciclón? ¿Ya en fuerza tres? ¿Y con posibilidad de llegar hasta fuerza cuatro…? No se apuren, señores, ese Dennis no va a poder con los que hicimos la Revolución, saldremos fortalecidos de este reto.
Carmen y yo -ella más, porque desde el primer momento de su llegada mostró una integración absoluta con el pueblo cubano- indagábamos entre los clientes. Uno decía una cosa, el otro le contradecía.
–Pero, ¿es peligroso?
No parecían especialmente preocupados, se encogían de hombros, sonreían, seguían bebiendo y charlando como si el huracán fuese algo cotidiano y de relativa importancia.

Tomamos un taxi para ir a Prado, a casa de Migdalia. Queríamos saludarla, era la madre de los amigos de un amigo… esas historias que siempre caen encima si anuncias que te vas a Cuba. Llevábamos unas revistas de peluquería para entregarle a Frank, su hijo estilista.
Cuando llegamos los vecinos nos gritaron desde la terraza, ya todos sabían que íbamos a visitarles.
–¡Es aquí, sí, entren, señoras, la puerta de abajo, sí, esa misma!
Subimos las escaleras con un cierto reparo, el edificio no necesitaba la ayuda de ningún huracán para caerse en cualquier momento.
Hubo abrazos incomprensiblemente emotivos dado el mutuo desconocimiento y una charla fluida y amigable, plagada de expresiones cariñosas.
Migdalia estaba sola, Frank había salido a por pan hacía dos horas.
Sí, era por el asunto ese del huracán, la gente compraba por si mañana no había luz y las panificadoras no trabajaban…
Entró una vecina, nos saludamos también con muchísimo cariño y le regalamos un par de “blume”, del cargamento de lencería que habíamos embutido en las maletas. Al rato apareció su hija, una morenita de sonrisa blanquísima que nos besó y abrazó sin pronunciar una palabra. También hubo braguitas para ella. A cambio, puso en el vídeo la cinta recuerdo de su fiesta de cumpleaños. “Mis quince” se llamaba, y se dejaba escuchar el fondo musical de Julio Iglesias entonando la balada “De niña a mujer” al tiempo que se sucedían diversas fotografías de la sonriente hija de la vecina en su paso de niña a mujer.
Llegó Orlando, el otro hijo de Migdalia, el estudiante de Bellas Artes. Más besos emocionados, más abrazos. Cuando empezamos a hablar, la madre se fue a la cocina a preparar comida y él aprovechó para quitar el sonido de la cinta de vídeo. Fue de agradecer.

A todo esto el cielo se había oscurecido de forma alarmante y las palmeras se movían con un alboroto que en nada recordaba el balanceo de los anuncios de las lunas de miel en el Caribe. Salí a la terraza con prudencia, no me acerqué demasiado al exterior porque faltaban muchísimas columnas de la que en tiempos hubo de ser una digna balaustrada de piedra.
Ya no se veía a nadie en la calle y tuve una extraña sensación en el estómago, como si el jugo de mango que había tomado minutos antes se balanceara al ritmo del viento.
Carmen salió también con la cámara.
-Con cuidadito, no se me vaya a mojar -dijo-. Qué fotos, qué fotos… A ver, usted, el abuelo, ¿le sabe mal si le hago una foto? María, ponte a su lado, ya verás qué bien…
Aproveché para sugerir una despedida amable y retirarnos.
–De ninguna manera, mujer. ¡Si Migdalia nos ha preparado la comida! No podemos irnos ahora, espera un rato, seguro que no es tan grave.
Llegó Frank sin el pan.
-La cola era larguísima –explicó tras las presentaciones, naturalmente efusivas-. Sacaban las barras de pan y se terminaban antes de llegar mi turno. Y ya no hay más, lo siento por ustedes.
Le dijimos que no importaba y comimos con un apetito fuera de toda lógica. Hablábamos de muchas cosas a la vez y todos a un tiempo. Recuerdo que profundicé con auténtico entusiasmo en el tema de los productos especiales para cabellos teñidos, sobre todo los que protegían del sol y del agua de mar. Frank estaba muy interesado y yo intentaba ignorar lo que ocurría fuera.

Otra vecina más se acercó a saludarnos. Anunció que había caído un buen pedazo de fachada.
(El plátano frito estaba riquísimo y comí cuatro o cinco “tostones” de una vez.)
Pensé en mi hija, en mis seres queridos. Bebí agua, agua no embotellada, contraviniendo los consejos de mi médico. Qué lejos quedaba Barcelona. Qué más daba, probablemente iba a ser arrastrada por un huracán, ni me iba a dar tiempo de sentir un triste retortijón en mis tripas.

Llamaron a la puerta. Migdalia abrió y llamó a su hijo:
-Orlando, mi amol, que están aquí los del Podel Popular.
Él se acercó a la puerta y yo incliné lo más que pude el respaldo de la silla para ver a esos míticos personajes defensores de la Revolución.
-Ay, miiiren, -explicaba nuestro anfitrión con cara entre compungida y orgullosa-, pero es que uno no puede dejar su casa así, con todas las cosas. Necesitamos tiempo para recoger, ustedes deben entenderlo.
Yo no conseguía oír bien la respuesta de los desalojadores. Qué lástima.
-Bueno, sí, ya sé que lo advirtieron, caballeros, pero hay que organizar las cosas. Yo tengo animales, mis perritos, y no puedo llevarlos ni tampoco dejarlos aquí, comprendan ustedes. Además, tengo unas visitas y debo atenderlas.
Me levanté como impulsada por un resorte:
-Por nosotras no se preocupen, ya nos vamos…
Orlando cerró la puerta con cara de fastidio y retomó la conversación. Pero también Carmen se había levantado de la silla y pedimos por favor, por favor, que avisaran un taxi por teléfono.

El taxista tuvo que dar un rodeo, ya no se podía circular por el malecón. Nos dejó frente a la casa de Miramar en la que nos alojábamos. El barrio parecía más seguro. -Ya veréis -nos habían comentado unos amigos en Barcelona-, es como el Pedralbes de La Habana. Y tendréis contacto con la gente, mucho mejor que en un hotel. Estaréis de lujo…
Bien, todo es relativo, sobretodo los conceptos.

El viento era cada vez más fuerte, los cristales de las casas estaban protegidos con cinta engomada, no se veía a nadie en la calle, ni siquiera un carro parqueado. El ruido de las olas era muy fuerte. Al entrar, el matrimonio que nos alquilaba la habitación nos recibió con caras serias, pero tampoco respondieron claramente a nuestras preguntas. ¿Era o no era algo grave? ¿Qué debíamos hacer?
Janier y su esposa alfombraban el suelo con camisetas, reforzaban las contraventanas con alambres, actuaban como siguiendo las pautas de un manual. Nosotras les mirábamos y nos mirábamos intentando saber qué se esperaba de nosotras exactamente.
Sin ninguna explicación, se trasladaron con su pequeña al piso superior, junto a nuestro dormitorio.

Todavía teníamos luz: el Comandante seguía en la pantalla del televisor, el meteorólogo también. El mapa de la isla, con los símbolos del huracán cruzando del sur y oriente hacia La Habana, parecían la premonición de un desastre cinematográfico. Mirábamos por la ventana y veíamos las ramas de los árboles moverse con violencia. Las palmeras parecían por momentos lápices afilados. Segundos después las hojas formaban un ángulo recto respecto al tronco.
Hablábamos poco, estábamos muy pendientes de los sonidos exteriores, que resultaban difíciles de reconocer: quizá tapacubos de las ruedas de algún coche, antenas de televisión que se rompían y rodaban por el tejado, golpes secos. Pero sobre todo gritos de pájaros, aullidos de perros.
Era inevitable, llegó el apagón. Por un extraño instinto nos agrupamos alrededor de una linterna y esperamos. Janier bajó al garaje y le seguimos. No respondía al arquetipo del cubano comunicativo y seductor. No es que no hablase por sí mismo, es que a menudo ni respondía a las preguntas. Conectó la radio del coche y, con frecuentes interrupciones, escuchamos el relato de lo que estábamos viviendo.

Pasaron dos horas muy largas hasta que anunciaron que Dennis, mi primer huracán, había salido al mar. No llegó a cruzar por la Habana Vieja, que con toda seguridad hubiera destrozado, y tuvo el buen tino de hacerlo por un pueblo limítrofe.
Subimos al dormitorio a la luz de una vela, estábamos agotadas.

En ese momento todavía lo ignorábamos, era el tercer día de nuestra estancia en la isla, pero Dennis iba a ser el único cubano que arrasaría en nuestro viaje.


8 comentarios:

  1. Apreciados lectores,

    Me es grato invitarles a participar en un concurso de relatos breves en elque, además de mostrar sus dotes literarios, podrán ganar un premio en metálico.

    Entren en http://blog.eurostarshotels.com/concurso-relatos-breves/ e infórmense de las bases del concurso.

    Saludos.

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  2. Que decir de este relato??? lo recuerdo como si fuera ayer! mi primer encuentro con tu literatura y tu forma de hacer. Aún se me ponen los pelos de punta cuando lo releo. Que maravilla y más cuando has vivido casi lo mismo en el pequeño caimán! Gracias Mariona, de nuevo me saltaron las lágrimas!
    Fiel a tu estilo siempre, Vane

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  3. Mariona, Felicitats per la genialitat de presentar la narrativa emmarcada dins les prestatgeries de llibres. És genial! En quan a la narrativa aconsegueixes unes vivències reals. L’he llegida tres cops pensant que trobaria algun indici que em permetés pensar que no responia a fets reals. No ho he aconseguit. Serà que la teva imaginació és tan viva com la realitat d’uns fets ja viscuts? M’ha agradat molt, molt. Gràcies. maria

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  4. Uff, Mi Amol, quina aventura!!!,
    ens ho has fet viure, llàstima que el Dennis no hagués estat de carn i ossos. Salutacions!!!

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  5. 3A serramià i samsó20 de septiembre de 2011, 7:45

    relat dotat d'una gran fluïdesa...Gran capacitat i força per captar l'atenció del lector fins al final. Divertida i sorprenent sorpresa final: felicitats altre cop Mariona!! Ostres, quines ganes que ens queden de continuar llegint-te!!!

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  6. También en este estilo literario/periodístico me atrapas, Mariona... No es raro que te lo premiaran, está lleno de viento y vida.

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  7. El relato tiene una cadencia más veloz que el huracán. Vas leyendo y todos los detalles, a pesar del carácter cansino de los isleños, van tomando velocidad. Se confunde el gradiente meteorológico con el fatal presagio del ciclón. Menos mal que nada pasó y todo quedó en un susto.
    Autora, como siempre nos regalas un escrito lleno de buenas descripciones y detalles. Felicitaciones. Lo único que lamento es que ningún cubano arrasase en vuestro viaje...

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  8. Felicidades de nuevo!
    A pesar de conocer el relato, me he sumergido en el mar rugiente y he sido palmera agitada por Dennis.
    Guapo chico, el de la foto.

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