miércoles, 28 de septiembre de 2011

Principios (RR)














Rosana Román
No, señoría, no es así. Yo no le rompí el cristal con el codo a ese señor, él me atropelló a mí cuando yo cruzaba por el paso de cebra.

Esa fue mi declaración, pero nadie la creyó. No pude aportar testigos porque era de noche, tampoco dio positivo en alcohol. Supongo que fue un despiste, pero a todo el mundo le pareció más lógico que yo atacara un coche que haber sido atropellado por él.
La injusticia me desespera y reconozco que me enfadé al oír la sentencia, eso no me benefició. Ahora, por llamar corrupto al juez estoy pagando más que por romper un cristal que nunca rompí o, mejor dicho, que sí rompí pero con mi cuerpo.
Desde el penal de Aranjuez, espero a que este malentendido se aclare. Mi abogado dice que tenga paciencia, pero yo creo que lo que espera es que pasen los seis meses y que salga con la pena cumplida. Mientras, mi atropellador pretende que le pague los desperfectos del coche, a lo que me he negado por principios. No sé cuando saldré.

jueves, 22 de septiembre de 2011

El matambre es ideal como fiambre (MS)

Foto: Marina Abramovic
Texto: Mónica Sabbatiello
Tenés que sacarle toda la grasa a la carne porque sino te la vas a encontrar en el matambre, y será algo duro y desagradable, aquel día me llevó media hora quitársela, es lo que más trabajo te da, tenés que hacerlo con un cuchillo bien afilado, aparte preparás una picada con mucho ajo, perejil y vinagre, yo le puse seis dientes ese día porque era de una res robusta como mi gordo que yo creía que estaba trabajando solo en el taller, y no usando su zanahoria, y que no se te olvide, tenés que hervir algunas zanahorias, aunque si las querés poner crudas tenés que cortarlas en tiritas muy finas, yo escuchaba la radionovela en la cocina, como siempre, y no la sentí llegar a esa meneona de culo grasiento, una vez que le sacaste la grasa, le ponés la picada de ajo y perejil y las zanahorias fileteadas, y le agregás dos o tres huevos duros enteros, lo enrrollás bien, y ahí viene lo difícil, tenés que coserlo con una aguja grande y un hilo fuerte de algodón, porque el nylon es malo para la salud, el matambre que hice aquel día era de más de un kilo, de un vaca obesa que estaba con el gordo que le metía su zanahoria como si fuera por el orto de un matambre y jadeaban sobre la mesa llena de virutas, lo ideal es que alguien te ayude a coserlo, que te lo sujete sobre la mesada, y después lo ponés a hacer en el horno fuerte y le agregás caldo para que esté jugoso como la picha del gordo, que entraba y salía tan roja y húmeda del agujero de la gorda, te vas a dar cuenta que está hecho cuando al pincharlo lo sientas supertierno, como está él ahora conmigo aunque aquel día cuando me vio entrar se enfrió de golpe, dejá enfriar el matambre para sacarle los hilitos con la punta del cuchillo, yo me acerqué sin hacer ruido con el cuchillo grande y la muy puta no se dio cuenta porque tenía los ojos cerrados, no te olvidés de cortarlo en lonchas de unos dos centímetros y decorarlo con remolachas y tomates en una fuente mejor blanca, como se puso mi pobre gordo que se desmayó y se quedó tirado en el suelo mientras yo le clavaba a esa vaca el cuchillo en la garganta, podés adornarlo con hojas de albahaca, después se lo metí en el pecho y en la panza muchas veces, manché todo, pero él me ayudó a cubrir la sangre con serrín y a quemar mi ropa y la de ella en el horno del fondo, y me pidió disculpas, ¡está tan arrepentido!, es la primera vez me dijo, podés calentarlo antes de servirlo, ahora andamos bien, también es ideal frío como fiambre, como ella, que la metimos cortadita en el congelador grande, es una carne dulzona y algo dura, pero no resulta desagradable si la condimentás bien, te puedo dar unos kilos para un asadito y para albóndigas, aunque para matambre no, porque esa parte está rajada y se te escaparía todo el relleno, pero ¿qué te pasa?, estás pálida, ¿otra vez se te bajó la tensión?

jueves, 15 de septiembre de 2011

Dennis, el cubano que arrasó (MG)

Maria Guilera
Me gustan las aventuras, sobre todo inventarlas. No soy una persona temeraria aunque me haya arriesgado más de una vez a ser pillada en falta, pero no por poner mi vida en juego, para qué nos vamos a engañar. Lo mío son los riesgos calculados, siempre con cinturón de seguridad.
Por eso lo del huracán tiene mérito. O es de una temeridad lamentable, según se mire.
Una no va a Cuba esperando ver pasar un ciclón. Si me hubieran advertido sobre él igual me quedo en casa, a mí echarme atrás no me cuesta nada, no sé lo que es el orgullo ni la dignidad y donde dije digo, digo Diego y me quedo tan ancha.
Quizás alguien me lo comentó, “¡cuidado con Dennis!”, y yo creí que era la enésima broma sobre el mulato que bajo ningún concepto debía traerme de regreso a Barcelona; qué se yo.

El caso es que ese día hacía viento en la Habana. Era de agradecer porque mi compañera de viaje y yo estábamos muertas de calor. Mientras andábamos por la calle Oficios oímos la voz del Comandante hablando pausada e ininterrumpidamente.
-Ay qué gracia, es Fidel- comentamos, como si se tratase de un atractivo turístico. Que lo es, porque una espera escucharle como a las saetas en la Semana Santa sevillana. Y no resulta difícil, el hombre sigue dándole al pico aunque farfulla un poco, el tiempo pasa para todos.
Entramos en el restaurante, una terraza abierta a la calle, con pocos clientes que tomaban su cervecita Bucanero y miraban de reojo el televisor. Allí estaba Él, en lo que parecía ser una mesa redonda, hablando con el meteorólogo, con el periodista y con quienquiera que le preguntase desde un teléfono abierto. Informaba más que todos los demás, tranquilizaba, daba ideas de cómo salvar las aves, las gallinas, concretamente, y prometía techos de uralita:
-Se acabó la paja en las techumbres, caballeros, porque vuela- decía. Ordenaba a la gente tener listos su neceser y los medicamentos que tomaban: todo preparado en una bolsita por si había que evacuar el edificio en el que vivían. Y le preguntaba al meteorólogo-: Muchacho, ¿cómo tenemos al ciclón? ¿Ya en fuerza tres? ¿Y con posibilidad de llegar hasta fuerza cuatro…? No se apuren, señores, ese Dennis no va a poder con los que hicimos la Revolución, saldremos fortalecidos de este reto.
Carmen y yo -ella más, porque desde el primer momento de su llegada mostró una integración absoluta con el pueblo cubano- indagábamos entre los clientes. Uno decía una cosa, el otro le contradecía.
–Pero, ¿es peligroso?
No parecían especialmente preocupados, se encogían de hombros, sonreían, seguían bebiendo y charlando como si el huracán fuese algo cotidiano y de relativa importancia.

Tomamos un taxi para ir a Prado, a casa de Migdalia. Queríamos saludarla, era la madre de los amigos de un amigo… esas historias que siempre caen encima si anuncias que te vas a Cuba. Llevábamos unas revistas de peluquería para entregarle a Frank, su hijo estilista.
Cuando llegamos los vecinos nos gritaron desde la terraza, ya todos sabían que íbamos a visitarles.
–¡Es aquí, sí, entren, señoras, la puerta de abajo, sí, esa misma!
Subimos las escaleras con un cierto reparo, el edificio no necesitaba la ayuda de ningún huracán para caerse en cualquier momento.
Hubo abrazos incomprensiblemente emotivos dado el mutuo desconocimiento y una charla fluida y amigable, plagada de expresiones cariñosas.
Migdalia estaba sola, Frank había salido a por pan hacía dos horas.
Sí, era por el asunto ese del huracán, la gente compraba por si mañana no había luz y las panificadoras no trabajaban…
Entró una vecina, nos saludamos también con muchísimo cariño y le regalamos un par de “blume”, del cargamento de lencería que habíamos embutido en las maletas. Al rato apareció su hija, una morenita de sonrisa blanquísima que nos besó y abrazó sin pronunciar una palabra. También hubo braguitas para ella. A cambio, puso en el vídeo la cinta recuerdo de su fiesta de cumpleaños. “Mis quince” se llamaba, y se dejaba escuchar el fondo musical de Julio Iglesias entonando la balada “De niña a mujer” al tiempo que se sucedían diversas fotografías de la sonriente hija de la vecina en su paso de niña a mujer.
Llegó Orlando, el otro hijo de Migdalia, el estudiante de Bellas Artes. Más besos emocionados, más abrazos. Cuando empezamos a hablar, la madre se fue a la cocina a preparar comida y él aprovechó para quitar el sonido de la cinta de vídeo. Fue de agradecer.

A todo esto el cielo se había oscurecido de forma alarmante y las palmeras se movían con un alboroto que en nada recordaba el balanceo de los anuncios de las lunas de miel en el Caribe. Salí a la terraza con prudencia, no me acerqué demasiado al exterior porque faltaban muchísimas columnas de la que en tiempos hubo de ser una digna balaustrada de piedra.
Ya no se veía a nadie en la calle y tuve una extraña sensación en el estómago, como si el jugo de mango que había tomado minutos antes se balanceara al ritmo del viento.
Carmen salió también con la cámara.
-Con cuidadito, no se me vaya a mojar -dijo-. Qué fotos, qué fotos… A ver, usted, el abuelo, ¿le sabe mal si le hago una foto? María, ponte a su lado, ya verás qué bien…
Aproveché para sugerir una despedida amable y retirarnos.
–De ninguna manera, mujer. ¡Si Migdalia nos ha preparado la comida! No podemos irnos ahora, espera un rato, seguro que no es tan grave.
Llegó Frank sin el pan.
-La cola era larguísima –explicó tras las presentaciones, naturalmente efusivas-. Sacaban las barras de pan y se terminaban antes de llegar mi turno. Y ya no hay más, lo siento por ustedes.
Le dijimos que no importaba y comimos con un apetito fuera de toda lógica. Hablábamos de muchas cosas a la vez y todos a un tiempo. Recuerdo que profundicé con auténtico entusiasmo en el tema de los productos especiales para cabellos teñidos, sobre todo los que protegían del sol y del agua de mar. Frank estaba muy interesado y yo intentaba ignorar lo que ocurría fuera.

Otra vecina más se acercó a saludarnos. Anunció que había caído un buen pedazo de fachada.
(El plátano frito estaba riquísimo y comí cuatro o cinco “tostones” de una vez.)
Pensé en mi hija, en mis seres queridos. Bebí agua, agua no embotellada, contraviniendo los consejos de mi médico. Qué lejos quedaba Barcelona. Qué más daba, probablemente iba a ser arrastrada por un huracán, ni me iba a dar tiempo de sentir un triste retortijón en mis tripas.

Llamaron a la puerta. Migdalia abrió y llamó a su hijo:
-Orlando, mi amol, que están aquí los del Podel Popular.
Él se acercó a la puerta y yo incliné lo más que pude el respaldo de la silla para ver a esos míticos personajes defensores de la Revolución.
-Ay, miiiren, -explicaba nuestro anfitrión con cara entre compungida y orgullosa-, pero es que uno no puede dejar su casa así, con todas las cosas. Necesitamos tiempo para recoger, ustedes deben entenderlo.
Yo no conseguía oír bien la respuesta de los desalojadores. Qué lástima.
-Bueno, sí, ya sé que lo advirtieron, caballeros, pero hay que organizar las cosas. Yo tengo animales, mis perritos, y no puedo llevarlos ni tampoco dejarlos aquí, comprendan ustedes. Además, tengo unas visitas y debo atenderlas.
Me levanté como impulsada por un resorte:
-Por nosotras no se preocupen, ya nos vamos…
Orlando cerró la puerta con cara de fastidio y retomó la conversación. Pero también Carmen se había levantado de la silla y pedimos por favor, por favor, que avisaran un taxi por teléfono.

El taxista tuvo que dar un rodeo, ya no se podía circular por el malecón. Nos dejó frente a la casa de Miramar en la que nos alojábamos. El barrio parecía más seguro. -Ya veréis -nos habían comentado unos amigos en Barcelona-, es como el Pedralbes de La Habana. Y tendréis contacto con la gente, mucho mejor que en un hotel. Estaréis de lujo…
Bien, todo es relativo, sobretodo los conceptos.

El viento era cada vez más fuerte, los cristales de las casas estaban protegidos con cinta engomada, no se veía a nadie en la calle, ni siquiera un carro parqueado. El ruido de las olas era muy fuerte. Al entrar, el matrimonio que nos alquilaba la habitación nos recibió con caras serias, pero tampoco respondieron claramente a nuestras preguntas. ¿Era o no era algo grave? ¿Qué debíamos hacer?
Janier y su esposa alfombraban el suelo con camisetas, reforzaban las contraventanas con alambres, actuaban como siguiendo las pautas de un manual. Nosotras les mirábamos y nos mirábamos intentando saber qué se esperaba de nosotras exactamente.
Sin ninguna explicación, se trasladaron con su pequeña al piso superior, junto a nuestro dormitorio.

Todavía teníamos luz: el Comandante seguía en la pantalla del televisor, el meteorólogo también. El mapa de la isla, con los símbolos del huracán cruzando del sur y oriente hacia La Habana, parecían la premonición de un desastre cinematográfico. Mirábamos por la ventana y veíamos las ramas de los árboles moverse con violencia. Las palmeras parecían por momentos lápices afilados. Segundos después las hojas formaban un ángulo recto respecto al tronco.
Hablábamos poco, estábamos muy pendientes de los sonidos exteriores, que resultaban difíciles de reconocer: quizá tapacubos de las ruedas de algún coche, antenas de televisión que se rompían y rodaban por el tejado, golpes secos. Pero sobre todo gritos de pájaros, aullidos de perros.
Era inevitable, llegó el apagón. Por un extraño instinto nos agrupamos alrededor de una linterna y esperamos. Janier bajó al garaje y le seguimos. No respondía al arquetipo del cubano comunicativo y seductor. No es que no hablase por sí mismo, es que a menudo ni respondía a las preguntas. Conectó la radio del coche y, con frecuentes interrupciones, escuchamos el relato de lo que estábamos viviendo.

Pasaron dos horas muy largas hasta que anunciaron que Dennis, mi primer huracán, había salido al mar. No llegó a cruzar por la Habana Vieja, que con toda seguridad hubiera destrozado, y tuvo el buen tino de hacerlo por un pueblo limítrofe.
Subimos al dormitorio a la luz de una vela, estábamos agotadas.

En ese momento todavía lo ignorábamos, era el tercer día de nuestra estancia en la isla, pero Dennis iba a ser el único cubano que arrasaría en nuestro viaje.


jueves, 8 de septiembre de 2011

La fórmula de la cordialidad (NL)

Natàlia Linares Castelló
Me encuentro a menudo con mi vecino, que ahora ya no lo es, pero como pasa con los amores, ha quedado entre nosotros ese vínculo de cordialidad sin fruto, sin interés alguno ni recompensa, más que la de mantener las formas, que hace que cada vez que nos vemos, nos paremos a hablar, y siempre terminemos con la frase:
-Bueno, a ver si quedamos, y te enseñamos el piso.
-Si eso, nos llamamos. Así veo donde vivís ahora.
Con esa fórmula afable hemos estado pasando todo el invierno, y nos ha ido de fábula. Es como un código de buenas maneras que sin previo aviso hemos acordado y usado tantas veces como nos hemos encontrado.
-Nos llamamos, ¡eh!
-Sí, sí, nos llamamos, a ver qué día quedamos.
Han ido pasando los meses y, a cada uno, nos ha sido cómodo, ingeniarnos excusas para no poder quedar. Cuando el que ha hecho de emisor, por aquello de la cortesía, ha propuesto quedar un día, rápidamente el receptor de la invitación ha debido responder con una explicación corta y lógica para deshacer la oferta.
-¡Oye, de este fin de semana no pasa! Quedamos este sábado.
-¡Uy!! Este fin de semana no estoy. Quedamos el otro.
-Pues el otro yo tampoco.
-Bueno, pues nos llamamos, ¡eh! A ver qué día nos va bien.
-Eso, eso, nos llamamos.

Siempre que me he encontrado con mi vecino, que ahora ya no lo es, ha ido solo y con un poco de prisa, pero este miércoles me he topado en la acera con los tres. Él con su esposa, que empujaba el carrito del bebé.
Cuando he visto al bebé no he preguntado por su nombre, me ha parecido estúpido preguntar:
- Y.. ¿cómo se llama?
Y si me suelta un nombre como Aniceta, o Arsenio, qué cara puedo poner ante una respuesta así. He preferído ser circunspecta y limitarme a la cordialidad.
La cara de ella es un poema de amargura, me la imagino cenando en su casa a la luz de una vela y sin sonrisa ninguna. Él ha intentado ser chistoso sin demasiada fortuna y convertir el encuentro en una conversación agradable, como si con sus gracias, pudiera hacerla quedar más amigable a ella. Como si eso se pegara como un vulgar virus gastrointestinal.
No hace falta que ella sea una persona cercana, ni tan siquiera una burda imitación de la exagerada amabilidad de su esposo, solo con que fuese un poco menos misántropa, sin dejar de serlo, sería suficiente.
Mientras cuento los segundos durante esa conversación arrolladora, e incómoda, pienso en que seguramente cualquier desconocido, un transeúnte encontrado en el metro, me mostraría una cara más amable que la que me ofrece la que había sido mi vecina, y que ahora no lo es, y que junto a su marido me está invitando, otra vez, a cenar para que pueda ver su nuevo piso.
A favor de ellos, tengo que reconocer que buenos vecinos si han sido, de hecho son los vecinos ideales para compartir paredes.
En los tres años que han vivido en mi bloque, me ha dado la impresión de que levitaban, porque no se les oía andar, ni hablar, ni abrir ni cerrar puertas ni ventanas, ni nada de nada. Han sido vecinos modélicos en cuanto al silencio y la discreción.
Cenaban en su terraza cuando llegaba el buen tiempo y hasta que llegaban las primeras lluvias, y nunca se pudo oír conversación alguna, sólo el ruido de los tenedores, que por descuido, seguramente, repicaban en el plato, y el ruido del agua cuando llenaban los vasos, y nada más. Tal vez no hablaban, o lo hacían tan sumamente bajo, que no parecía que estuvieran allí.
Una vez supuse que miraban la televisión, por un comentario que me hizo él, sobre un programa que me recomendaba que viera, por su calidad temática. Hasta ese día, había pensado que no tenían.
Me acomplejaba el hecho de que ellos sí que me debían oír a mí, igual que al resto de los vecinos, a los que yo oía también.
Las paredes son finas, y las ganas de hablar y comunicarse, demasiado grandes como para que aquellas las puedan contener.

Hoy he llamado. Se ha puesto ella al teléfono,
-Hola, soy Rocío, ¿te acuerdas de mí, y de que habíamos quedado para cenar mañana en tu casa?
-Sí.
-Que no me va bien. Me ha surgido un imprevisto. Si acaso, lo dejamos para otro día, para el martes, si os va bien.
-Vale. Si no va bien, nos llamamos.
-Sabía por la respuesta que me iban a llamar. Y así ha sido.
Ha llamado él con la excusa de que el día que yo propongo, aunque en un principio creían que sí, no pueden por algo de un cumpleaños.
No he prestado demasiada atención, porque no me importa la excusa, sino el hecho. Y el hecho es que me libero de tan pesado compromiso.
-Que si acaso ya nos llamamos.
Mejor seguir con la formula de la cordialidad, que funciona de fábula.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Veïns (VH)

Vicenç del Hoyo
A principis de l’estiu la van portar a casa. Els veïns eren de viatge. De tot l’edifici, vaig ser l’únic a respondre a l’intèrfon. Una furgoneta especialitzada en transport de mercaderies venia de l’aeroport. Era una maleta que no havia arribat a la seva destinació. S’havien compromès a retornar-la al lloc d’origen. Un cop signat el comprovant, la van deixar al passadís de l’entrada. No molestava, però només obrir la porta era el primer que vèiem. Una voluminosa maleta de plàstic dur blau fosc. Les suaus i voluminoses formes arrodonides de la maleta contrastaven amb el minúscul i esquifit cadenat que hi penjava. L’Àngela em va demanar, passada una setmana, que la dugués a l’habitació de la planxa. Per tal de no introduir-la dins de la nostra casa, jo no l’hagués mogut del rebedor. Ara bé, si la tancàvem dins d’una cambra la seva presència es faria més invisible. Vaig fer el que l’Àngela havia proposat. Com que no tenia rodes vaig haver d’aixecar-la a pes. Era plom. No podia entendre que pogués pesar tant. Camí de l’habitació em va relliscar i va caure a terra. Va produir un so sòlid i compacte.

―Si és roba, n’hi ha per passar un any de vacances ― va deduir l’Àngela.


Allà va quedar unes setmanes. La porta dels veïns no s’obria mai. De fet no els coneixíem gaire. Una tarda ens havien convidat a prendre una copa. Es va allargar i vàrem tornar a casa a les quatre de la matinada. Eren simpàtics, com només ho són els nens afortunats o els adults que no coneixen el patiment. Irradiaven una mena d’alegria natural que només atorga la verdadera felicitat. Després d’aquella nit ens havíem creuat altres cops amb ells, i malgrat que ens prometíem repetir la vetllada mai es va arribar a concretar. No pas perquè nosaltres no volguéssim anar-hi, sinó perquè ells sempre tenien una agenda molt ocupada. Sovint tenien convidats. Parelles joves, que a vegades trucaven per equivocació a casa nostra. Ho feien tan sovint, això d’equivocar-se, que algun cop havia tingut el rampell de sospitar que els donaven malament l’adreça a propòsit. Apareixien ben vestits i contents, amb una ampolla de vi italià o un whisky de malta sota el braç, trucant insistentment el timbre. Els adreçàvem a la porta del davant. Aquelles nits sentíem xiscles i esclats de rialles fins la matinada.
Ara semblaven desapareguts per sempre. La bústia acumulava correspondència. Els sobres sobresortien per l’obertura. L’Àngela, a vegades, els agafava i els dipositava sobre el prestatge del nostre passadís. Passats uns mesos, quan de l’estiu no quedava cap record i els arbres ja començaven a perdre les fulles, la dona de fer feines li va preguntar que què feia amb la maleta, que si volia que la poses sobre l’armari.


―No, ja ho farà el meu marit ―va respondre.


Aquell vespre, quan vaig arribar a casa, vaig trobar l’Àngela estirada al sofà. Estava en roba interior.
―Avui he canviat la roba de l’armari ―em va dir, però jo no vaig saber entendre-ho.


Amb les llargues cames nues estirades sobre el sofà, l’Àngela desprenia un perfum de novetat. La seva mirada tenia alguna cosa de ferotge, com si fos d’un altre continent. Eren unes calcetes i un sostenidors de pell de lleopard. La taula era parada com si esperéssim uns convidats, però només hi havia dos plats, dues copes i una ampolla de vi blanc austríac dins d’una glaçonera.
―Deixa que em canviï de roba ―vaig proposar.
Vàrem sopar com si un cambrer invisible ens servís. No vàrem tenir temps de menjar les postres. El sofà va ser l’escenari de les nostres urgències.
Dels veïns mai més vàrem saber res.