sábado, 14 de mayo de 2011

Viaje con destino (RR)

Rosana Román
La niebla se espesaba a medida que transitaban en dirección norte.
Sor Teresa estaba inquieta y se aferraba con más fuerza de lo habitual al volante.
-¿Qué pasa, hermana?, hoy no está muy habladora.
-Lo sé, señor Tomás, pero necesito toda mi atención para no distraerme, no puedo quitar la vista de la carretera, hay mucha niebla y no veo prácticamente nada.
El anciano, que ocupaba el asiento contiguo, sonrió con un rictus de ironía. Así empecé yo, dijo, y continuó dándole vueltas a su bastón blanco plegable.
No pudo evitar recordar como había ido perdiendo la dimensión de las cosas en una neblina cada vez más y más espesa hasta llegar a la noche en la que ahora se encontraba. Todavía recordaba cuando conducía su propio coche y no necesitaba de una monja ni de la ayuda de la residencia, donde ahora vivía, para poder desplazarse.
Sumido en sus amargos pensamientos se sobresaltó ante el inesperado frenazo.
-¡Dios mío! -exclamó la monja sin poder dar crédito a lo que veía.
-¿Qué pasa, hermana, qué ha visto?
-Ahí delante ha habido un accidente, creo que hay alguien en el suelo.
El anciano buscó a tientas la maneta de la puerta mientras para sus adentros se preguntaba adónde iba tan deprisa. Sor Teresa, en cambio, se había quedado inmóvil sin atreverse a salir. Presentía que acababa de llegar al escenario de una obra a medio representar y que a ella se le había asignado un papel sin previo estudio, un papel que debería improvisar y hacer bien, además, si quería salvar la función.
-Vamos, vamos, sor Teresa, lléveme allí, no perdamos tiempo.
La monja reaccionó, salió del coche y cogió al hombre por el brazo, llevándolo más deprisa de lo que él podía caminar. Esta vez no protestó.
Una furgoneta se había estampado contra la mediana. La parte delantera era un amasijo de hierros, el vehículo había perdido la forma de tal manera que sólo conservaba la trasera, faltaba la mitad.
Un hombre joven yacía en el suelo bañado en sangre. Por las huellas que había dejado en el suelo se podía comprobar que había salido arrastrándose del coche y dejando una alfombra roja de dos metros tras de sí. No había  perdido el conocimiento.
El anciano sacudió el brazo que la monja le sujetaba
-Hermana, por favor, dígame qué está pasando, tenga compasión de mí.
-Hay un hombre en el suelo, está muy mal, estamos llegando.
Se agachó ante el joven que extendía su brazo hacia ella. Era la primera vez que no le importaba ensuciarse su impecable hábito blanco.
Con una voz débil pero desgarrada el joven señalaba hacia la furgoneta.
-Mi violín, por favor, traiga mi violín...
La monja llevó al anciano junto al joven para que pudiera cogerle la mano y forcejeó con  la puerta trasera del vehículo hasta abrirla.
El estuche que contenía el violín estaba caído entre los asientos, pero, aparte de eso, no parecía haber sufrido ningún otro desperfecto. Al recogerlo, observó que debajo había también un teléfono móvil en perfectas condiciones. Le parecía increíble que aquel hombre le pidiera el violín antes que el teléfono, quizás tenía claro que ya no había tiempo.
Al incorporarse, se estremeció. No había visto a la otra persona que, inerte, estaba atrapada en la parte delantera. No podía verle la cara pero supo que estaba muerta porque sólo puede estarse tan quieto un cadáver.
Volvió junto al joven
-Tranquilícese, vamos a pedir una ambulancia, todo irá bien.
-Mi violín, deme el violín por favor, soy músico, ¿sabe?
Y se aferró al estuche apretándolo contra su pecho.
Mientras sor Teresa pedía una ambulancia, el señor Tomás hablaba con el joven, le contaba como en días festivos, músicos como él le habían acompañado en su soledad, cuando venían a actuar para los ancianos en su residencia. No se había parado a pensar lo dura que podía ser la vida de un músico, siempre viajando al siguiente lugar, siempre sonrientes, trajeados y ocurrentes para animar al público que, en algunos casos, como le ocurría a menudo a él, ni participaba de la fiesta.
-Le prometo que cuando venga a tocar a  nuestra residencia, voy a bailar un vals en su honor.
-¿Vd. cree que viviré?
El anciano, sentado junto al joven en el suelo, le alentó.
-Ya lo creo, he visto muchos heridos en la guerra, hijo, y no es tan fácil morirse.
No habían pasado ni quince minutos cuando se escuchó el sonido lejano de una ambulancia. La niebla estaba remitiendo y las formas empezaban a distinguirse de nuevo.
Sor Teresa observaba como el anciano seguía distrayendo al herido para que no perdiera el sentido. Daba gracias a Dios por haber aparecido allí en aquel momento, segura de que el joven llegaría a tiempo al hospital. También se alegro de que su curiosidad natural le impulsara a estar al día de las modernidades de las que disfrutaban, como aprender a conducir y el funcionamiento de los teléfonos móvil.

6 comentarios:

  1. Me ha gustado el relato, después de una breve introducción en donde presentas a Tomás y la monjita, el relato en seguida engancha, te hace sufrir por saber si han aparcado bien el vehículo en el arcén (ya sabes que el lector siempre ve más allá de lo escrito) y te tiene en tensión por saber si el músico recuperará su violín y qué es lo que finalmente ocurre, si se salva, si el instrumento no se ha roto, si el teléfono funciona, si el otro ocupante está realmente muerto.

    Es estupendo reconocer la humanidad de Tomás dando conversación al violinista, su veteranía y su “savoir faire” en estos casos de obligada sangre fría; hasta me ha sabido a poco.
    Un buen relato corto por el cual te felicito. En mi opinión de no docto en la materia, si me lo permites, yo hubiera concluido el cuento eliminando la última frase para dar un poco más de suspense –masoquista que uno es...

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  2. Sobrecoge. En la historia que yo conozco (verídica), sor Teresa era la hermana Teresa y el señor Tomás era la señora Tomasa. En medio del solitario trayecto, la señora Tomasa se sintió indispuesta. La hermana Teresa, de siempre conductora prudente, aceleró la Seat Terra por aquella carretera plagada de curvas y cubierta de niebla en busca de ayuda. Acabaron estrellándose contra un coche que venía de cara. Por eso digo que este relato sobrecoge.

    Saludos desde las telarañas del librodelasocurrencias.blogspot.com

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  3. buenos su espacio online es muy hermoso,es la tercera vez que vi tu blog, muy informativo!
    abrazo

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  4. cómo te niegas a los finales trágicos... ¡¡con lo bien que le hubiese venido a esta historia!!

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  5. Me ha atrapado en esa niebla, en ese sentimiento del cura, me ha atrapado en lo extraño del ser humano, en la peripecia final, en el desenlace. Muy bueno Rosana, suerte que tenemos de que escribas.

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  6. muy bueno!! me encantan los relatos que suceden durante el viaje!! Aqui les dejo un link de mi blog de relatos por si quieren leerlo...yo voy a leerme otros por aqui!! saludos!!
    http://huidasyretornos.blogspot.com/

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