jueves, 7 de abril de 2011

ESCRIBhIR EBN LA CAmMA (MB)

Marc Ballester 
Hoy tampoco me levanto. No estoy seguro de que el sol haya salido ya, pero no pienso levantarme a comprobarlo. Para poder hacer eso debería primero poner un pie en el suelo y, sin perder el equilibrio, estirar con todas mis fuerzas la correa de la persiana, que, por cierto, va durísima y, gracias a que el constructor no volvió nunca a repararla, yo he desarrollado un bíceps considerable, lo cual no está nada mal, aunque descompensa y enrarece mi escuálido cuerpo que con tantas horas de cama va tomando una forma algo amorfa algo escamosa porque palpo eccemas por toda mi piel, será por no levantarme, claro, ya que hace tres años que permanezco en esta habitación a oscuras y supongo que, aunque estoy a oscuras, eso no importa. La verdad es que en un principio, que me quedara a oscuras y metido en la cama, le pareció a mi familia una más de mis extrañas costumbres, aunque después de 14.727 días, 12 horas y 14 minutos ya no se extrañan de nada. Lo digo porque no vienen a verme nunca, aunque eso no es del todo cierto. Al principio hubo muchas llamadas de teléfono que yo, por supuesto, no contestaba. Siempre me ha gustado ser coherente, de qué les iba a hablar si no veía nada ni hacía nada, no les podía contar qué me había parecido la última de Almodóvar o si había visto a la tía Aurora. No les hubiera podido contestar, nada que decirles. Tampoco abrí ni respondí a las insistentes llamadas del casero, que aporreaba la puerta cada final de mes, pero el señor Florencio debe estar peor que yo, porque no lo he vuelto a oír, quizás haya muerto, siempre estuvo muy achacoso, y menudo era él para olvidársele venir a cobrar, así que solo puedo esperar que sus herederos vendan la finca y un día una bola de acero de enormes dimensiones reviente la pared del dormitorio y me entierre entre los escombros. Calculo que, como nadie ha venido en el último año, nadie me echa en falta. Quizás hubo una gran guerra nuclear, una epidemia, un cambio climático, o un sarpullido mental gratuito que prendió como un reguero de pólvora y lanzó a las muchedumbres a abandonar las ciudades, dejando todas las puertas abiertas, las camas deshechas, los coches abandonados en los atascos, cadáveres por los suelos, supermercados desvalijados. De todas formas, seguro que hay más personas como yo, que superaron los primeros días, los más críticos, sin alimentarse y decidieron estirarse en la cama a la espera de una muerte por inanición, y que después descubrieron, como yo, que tras esos primeros días, pasadas semanas y luego meses, el hambre desaparece y no solo no te mueres sino que incluso te encuentras a gusto. Se acabó correr como un poseso cada día a primera hora para atravesar la ciudad y fichar a las ocho en punto al llegar al trabajo. Se acabó dar excusas en la fábrica, en la obra y en la oficina. Se acabó: hoy no me levanto, ni mañana tampoco. Si renuncio a levantarme y a comer, no necesito el dinero, puedo esperar a ver qué pasa y entonces descubrir que no pasa nada. Se está bien. ¿No lo han probado? No sean tontos y pruébenlo. No se levanten, no enciendan la luz, bajen las persianas y corran las cortinas, no le comenten a nadie lo que han decidido y es seguro que, tras una primera extrañeza, a los pocos días nadie pensará en ustedes. Creerán que se han mudado de barrio, que se fueron a trabajar lejos, que están muy ocupados, o de vacaciones, o enfermos en un hospital, o muertos, o en prisión, o en una secta milenarista. Y no, ustedes solo estarán en la cama. Solo eso. Digamos en voz alta que este mundo de descamados no nos interesa, que se cuezan en su glamour de luces consumistas y hortalizas transgénicas. No abriremos las ventanas y permaneceremos en la posición más natural que existe, de cúbito prono, a oscuras. Coño, apenas veo lo que escribo, luego este será otro de mis textos indescifrables. Creo que dejaré por hoy de escribir en la cama y bajaré a la ferretería de aquí al lado a comprar esa lámpara que tanto me gusta. Luego, como siempre, prepararé un bocadillo y un café corto sin azúcar y, sin tiempo para cagar tranquilo, a la parada del 57.

5 comentarios:

  1. Marcos, la genialidad, el desborde de imaginación, el dedo social en la llaga. la sonrisa... Cómo me gusta releer tus cuentos que no pasan de moda, sino al contrario. Sigues ahí, por siempre.

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  2. Original y critico, me gusta!

    http://urbanitaycuentista.blogspot.com/

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  3. bruja de provenza7 de abril de 2011, 22:13

    La fantasía de no existir. De imaginar el mundo sin nosotros y comprobar lo accesorio de nuestra vida en el engranaje gigante.
    Y sin embargo, volver a la parada del 57.

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  4. Uf, menos mal. No os habéis ido. Era sólo que habéis bajado la velocidad para aplicar a rajatabla el ahorro energético.

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  5. ....EL QUE ESTÀ CLAR MARCOS, ES QUE NO DEIXAREM DE VISITARTE

    PERQUE NO DEIXAREM DE LLEGIR-TE,

    I PER UN INSTANT
    TORNARAS A CONFLUIR AMB NOSALTRES
    AMB EL QUE VAS ESCRIURE,

    QUE PREN FORÇA A MIDA QUE PASSA EL TEMPS .

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