viernes, 29 de abril de 2011

Caracoles (MG)

Maria Guilera
En mi familia las cosas siempre pasan cuando estamos comiendo. Ellos se pelean con los cubiertos en la mano, un pedazo de carne pinchado en el tenedor o un cachito de pan mojado en el huevo frito. Se caen en el mantel manchas de salsa y mi madre se levanta, se va y luego vuelve a sentarse, retira el plato frío con cara de asco y dice esta comida ya no vale nada. También a veces, pocas, se ríen y se atragantan, se ponen la servilleta delante de la boca y echan la silla hacia atrás, se dan golpes en la espalda, quita, quita, qué bruta eres. O nos mandan callar cuando empiezan las noticias y el volumen del televisor es tan alto que los vecinos golpean la pared y entonces mi padre también la aporrea y dice a ver quién tiene más huevos.
Hasta mi abuelo se murió en la mesa. Ya habíamos terminado de comer, pero él estaba con los brazos cruzados, la cabeza reposando sobre el hule, durmiendo diez minutos, solo diez minutos, avisadme que si no me duele luego la cabeza. Se murió durmiendo y no se cayó de la silla, contaba mi padre. Lo que fue para ver y no creer, les decía a todos, es que no se cayó de la silla. Cuando nos dimos cuenta el pobre -y aquí siempre mi padre suspiraba hondo- ya estaba frío.

Ayer tuve que decirlo porque se me echaba el tiempo encima. Que había una fiesta de fin de año y que si podía ir. Qué vas a ir tú si todavía no te limpias los mocos, dijo mi padre. Mi madre me preguntó que con quiénes iba y yo que con la Malena y el Sixto. Dónde va a ser, y yo, pues en el bar del Niño. Bueno, esos son del barrio, dijo ella sin levantar los ojos del plato. Como si son de la China, le contestó mi padre y mis hermanos se rieron, de la China, ja, ja, de la China, y a mí se me puso una bola enorme en la garganta y pensé que no iba a poder hablar más, que lloraría y me moriría de la rabia.
Mi madre se fue a la cocina y trajo una cazuela de caracoles. Venga, dijo, que me han salido para mojar pan. Mi padre se sirvió el primero y empezó a chuparlos sin usar el palillo ni la punta del tenedor. Los aspiraba y luego nos enseñaba la cáscara vacía. Veis, veis, limpia como una patena. Me daba asco. Le odiaba. Hubiera querido clavarle el tenedor en el brazo y ver cómo le salía la sangre a chorros.
Yo voy a la fiesta, dije. No es nada malo, van todos los del instituto. Pero esta niña es idiota o es que no hablo claro, gritó. Que tú no vas y no vas.
Le caía un hilillo de salsa roja. Límpiate, le dijo mi madre y le acercó la servilleta a la barbilla. Quita de ahí, gritó él y le empujó el brazo sin mirarla, a ver si ni en casa puedo comer como me da la gana.
Llamaron a la puerta y mis hermanos se levantaron corriendo a ver quién llegaba antes a abrir. Escuché la voz de Sixto grande, el padre del Sixto. Se puede, dónde está el jefe, a ver, que traigo un asunto. Era tan alto que siempre que entraba en casa se golpeaba la cabeza en el arco del pasillo. Joder con la cosa esta, un día me abro la crisma. Entró al comedor y se sentó en la silla de mi abuelo. Coño, Juliana, caracoles, esto se avisa. Mi padre le llenó el vaso de vino y luego le acercó la cazuela. Come Sixto, cómetelos con cuernos, que tu mujer te los pone como estos.
Se reían y pegaban golpes en la mesa y yo miré a mi madre que movía la cabeza. Eso quería decir que me callara y no dijera nada más de la fiesta, pero yo pensé que estaba harta de que me mandara siempre mi padre, de que nos mandara a todos él, que era el más burro, más burro que los nenes, que tenían excusa porque eran pequeños, pero él ya sería burro para siempre y encima todos a callar. Y entonces dije, Sixto, verdad que tu hijo irá al bar del Niño la Nochevieja, verdad que tú le dejas. Y él dijo claro que sí, a ver si con unos bailes se echa novia, que ya tengo la mosca tras la oreja. Entonces yo miré a mi padre con miedo, pero le miré, y le dije, ves papa, lo ves.
Él aplastó un caracol con el dedo gordo y gritó, pues tú no vas, mira por donde, tú te vienes a casa de los tíos y no se hable más, mecagüen la puta. El Sixto grande le dio una palmada en el hombro y le dijo, que no te fías de mi hijo, venga hombre, si es medio maricón. Maricón entero, dijo mi padre, que lo sepas. Se puso de pie, tropezó con la estufa de butano y la tiró al suelo. La putadeoros, dijo mientras la levantaba con una rabia que pensé que nos la iba a tirar por la cabeza.
Este hombre nos mata a todos un día, dijo mi madre. Él me señaló sin mirarme. Y ésta se viene o se queda atada a la pata de la mesa, que a mí nadie me dice cómo tengo que educar a mis hijos.
Mira que eres bruto, le dijo el Sixto grande medio riendo y metió la mano en la cazuela para coger otro caracol, pero mi padre le gritó, a gorrear a tu casa, vale, que ya has comido bastante. Los nenes estaban muy quietos, como si les hubieran pegado a la silla y no abrían la boca y yo pensé, no, ni lo pensé, me salió de dentro, al Sixto no le digas eso, que es más persona que tú. Y voy a la fiesta, que lo sepas.
Me fijé en cómo se le movía la mandíbula mientras se me acercaba. Cogí la cuchara y me puse unos caracoles en el plato. Sin mirarle.
Chupé un caracol porque la salsa era lo que más me gustaba, pero tenía un nudo en la garganta y no podía tragar. Me pareció que podía pasar cualquier cosa. Escupí la cáscara en el plato y vi la mano de mi padre sobre el hule de la mesa. Me quedé quieta. Ahora me va a dar un tortazo, pensé. Pero no pasó nada.
Ten, coño, que te dejas lo mejor, me dijo. Y me acercó el palillero. Entonces levanté un poco la vista del plato y vi cómo se giraba hacia el Sixto grande. Estos desgraciados, le dijo. Quieren ir de fiesta y no saben ni comer como dios manda.
Luego puso la cazuela delante de los dos y fueron picando de dentro. El Sixto grande se limpió la barbilla con papel de cocina que cortó del rollo y me hizo un guiño que solo vi yo.

jueves, 21 de abril de 2011

Tinta invisible (RR)

Rosana Román
Aquella mañana se levantó nervioso pero a la vez radiante: la ilusión de su vida se convertía por fin en realidad. A las ocho en punto, cogió la bolsa de piel llena de cartas y se la cargó al hombro. Luego se subió a la bicicleta y, mientras pedaleaba, dejó que el aire golpeara su rostro. Ya no tendría que volver a imitar al cartero jugando a llevar cartas a todas las casas de la zona, porque ahora el cartero era él.
Camino de su primer cliente, recordó el sueño que había tenido tres años atrás, un sueño que había cambiado el curso de su vida.
No podía abarcarlo con claridad pero en él, una mujer le susurraba al oído: “Permite que ocurra, cumple tu deseo, sé cartero”.
Cuando despertó sólo recordaba imágenes vagas: una mujer, postrada en una cama, le hablaba para abrirle una ventana a su futuro, pero la imagen se desvanecía con rapidez. Después le pareció que quien le hablaba era un ángel que le indicaba el camino.
Durante años se había preguntado por el significado de aquel sueño, aunque ahora había perdido importancia, porque estaba seguro de que seguía su propia vocación.
Ana le esperaba en la puerta, junto al buzón instalado en la verja. El olor de la higuera cercana se mezcló agradablemente con la visión de la niña.
-Dame noticias -dijo.
Pero él sólo llevaba una carta de una compañía aseguradora.
-¿De quién esperas carta?-preguntó conmovido al ver sus ojos deseosos y su actitud resuelta.
-De mi madre.
En ese momento, una mujer mayor llegó hasta ellos y tomó por el hombro a la niña estrechándola hacia ella.
-Perdone a mi nieta -dijo
-Mamá dijo que tendría noticias suyas... -y se fue llorando hacia el interior de la casa.
-Mi nieta no ha asumido todavía la pérdida de su madre -continuó la mujer.
-Comprendo.
-¿No quiere pasar? -le invitó la anciana abriendo de par en par la verja de hierro.
-No gracias, tengo mucho trabajo, pero.. ¿estará bien la chiquilla?
-Sí, no se preocupe. Ana se quedó con la promesa de su madre y ella sólo asocia que las noticias o se dan por televisión o radio, o las trae el cartero. Supongo que le parecerá más íntimo recibir una carta...
-Y es también una visión más romántica -añadió él mientras subía a su bicicleta.
-Es usted nuevo, ¿verdad, joven?
-Sí, señora, hoy es mi primer día de trabajo.
-Que tenga suerte, y venga cuando quiera.
Así lo hizo. Durante los siguientes doce años, se detuvo cada día unos minutos en casa de Ana. Ella, junto a la higuera que fue testigo del paso del tiempo, le esperaba fielmente cada mañana antes de ir a la escuela, y siguió haciéndolo después cuando iba al instituto.
Él jamás le trajo la esperada carta, pero la consolaba con su compañía y con otras noticias de la comunidad.
No supieron en qué momento dejaron de hablar de su madre para hablar de ellos y hacerse grandes amigos; tampoco sabrían concretar cuándo se enamoraron, pero sí que se esperaron mutuamente. Ella para verle a diario, él para verla crecer.
Un día Ana, refiriéndole lo acertada que había estado su madre poco antes de morir, le repitió literalmente sus palabras: “Espera al cartero, te traerá mi amor”
Fue entonces cuando él tuvo la certeza de que el destino se escribe con tinta invisible, más allá de cualquier lugar.

viernes, 15 de abril de 2011

La llegenda dels segles (VH)

Vicenç del Hoyo
Faltava una setmana per al Carnestoltes. Agnès, la nova dissenyadora del despatx, m’havia convidat a un sopar. “És imprescindible portar un barret”, m’havia advertit. “Sinó, no t’obriran la porta”. Així que vaig decidir aprofitar la tarda del dissabte per intentar trobar la capsa on recordava que hi havia la boina de l’avi i, creia que també, un imprecís barret de gàngster que algú m’havia regalat en algun aniversari. “Segur que estarà a l’altell”, vaig pensar deixant anar un badall. Calia utilitzar l’escala, però al anar a buscar-la a la galeria vaig recordar que el veí se l’havia endut per pintar unes habitacions, ara que la dona l’havia deixat definitivament. Així que, després de trucar insistentment al timbre de la seva porta, vaig deduir que no hi hauria possibilitat de recuperar-la aquella tarda. A l’altra banda no hi havia ningú. De retorn a casa vaig dir-me que no volia ajornar la recerca del barret, però alhora no estava disposat a anar a la ferreteria a comprar una escala nova. “Sempre passa el mateix”, pensava. Durant un any no li havia fet cap cas. Li vaig haver de treure la pols per prestar-la al separat, i ara que no la tenia, em resultava imprescindible. Així que vaig dedicar una estona a pensar en com podria enfilar-me fins a l’altell, obrir la porta i començar a treure caixes i embalums fins trobar la hipotètica capsa dels barrets. L’alçada de la taula del menjador podria permetre arribar-hi. Ara bé, era impossible que la pugués fer passar fins al passadís. Encara que aconseguís fer-la passar per la porta, l’estretor del passadís no admetia l’ample de la taula. No se’m va ocórrer una altra cosa que posar una cadira sobre quatre piles de llibres per aconseguir més alçada. De libres en tenia un tou, el problema era que havien de ser amples i sòlids per poder aguantar el pes de la cadira i el meu. Feia mesos que un pertinaç mal de genoll m’havia obligat a deixar de jugar a tennis, la qual cosa creia jo que havia estat la darrera línea de contenció de la meva descarada panxa. Era poc agradable sentir un pes permanent sota el diafragma. M’ho notava a les cames. Havia arribat l’època de ser prudent i assegurar la cadira. De la vella enciclopèdia feia uns anys que me n’havia desfet i les guies telefòniques no acomplien els requisits: eren gruixudes però massa toves. Em vaig decidir per uns quants catàlegs d’art. Les tapes eren dures i podien aguantar el pes. Vaig pensar en protegir-los embolcallant-los amb paper de diari. Preparar una mena de trona des d’on obrir la porta de l’altell em va ocupar una estona. Un cop assegurada, vaig pensar que era un bona torre de Babel. La base, els fonaments de la meva construcció, era una àmplia mostra de la història de l’art europeu. Vaig dubtar si podria resistir tot el pes de la meva vagància. Vaig arrossegar una altra cadira per tal de poder pujar amb més facilitat sobre la torre de Babel. Per fi havia pogut tocar la porta de l’altell, però va ser per descobrir que tenia un petit pany del qual faltava la clau i, malgrat que no estava tancat, no podria obrir-lo si no m’ajudava amb algun objecte per fer palanca, com per exemple un tornavís. No em va quedar més remei que anar a buscar-lo. En vaig portar de tres mides diferents pensant que potser no tots servirien. Quan per fi estava en condicions d’obrir la gruta dels malendreços, vaig notar una vibració a la butxaca. Era el mòbil!
-Hola, Agnès! Què tal? -vaig dir.
-Et sento estrany -em va respondre.
-És que estic a l’altell i, potser, tot ressona. Estic buscant el barret, per al sopar.
-Ah, mira! -va exclamar-. Et trucava per això. Que hi ha canvi de plans. No ha de ser un barret, sinó que el que cal és dur una peça vermella. Pot ser un barret, però.
No vaig poder respondre. La cadira va relliscar i vaig donar-me un fortíssim cop de cap contra el terra per culpa de la cadira del costat. La història de l’art va quedar escampada pel passadís i la casualitat va voler que un catàleg de Magritte quedés obert. Es veia la reproducció d’un quadre on es mostra una cadira ridículament petita sobre una immensa cadira de pedra. Era com una premonició invertida. "La llegenda dels segles", hi havia escrit a sota.
Jo vaig d’haver d’anar a l’hospital. Sis punts de sutura. Em van embenar el cap. Per fi havia aconseguit un barret. Llàstima que era blanc.

jueves, 7 de abril de 2011

ESCRIBhIR EBN LA CAmMA (MB)

Marc Ballester 
Hoy tampoco me levanto. No estoy seguro de que el sol haya salido ya, pero no pienso levantarme a comprobarlo. Para poder hacer eso debería primero poner un pie en el suelo y, sin perder el equilibrio, estirar con todas mis fuerzas la correa de la persiana, que, por cierto, va durísima y, gracias a que el constructor no volvió nunca a repararla, yo he desarrollado un bíceps considerable, lo cual no está nada mal, aunque descompensa y enrarece mi escuálido cuerpo que con tantas horas de cama va tomando una forma algo amorfa algo escamosa porque palpo eccemas por toda mi piel, será por no levantarme, claro, ya que hace tres años que permanezco en esta habitación a oscuras y supongo que, aunque estoy a oscuras, eso no importa. La verdad es que en un principio, que me quedara a oscuras y metido en la cama, le pareció a mi familia una más de mis extrañas costumbres, aunque después de 14.727 días, 12 horas y 14 minutos ya no se extrañan de nada. Lo digo porque no vienen a verme nunca, aunque eso no es del todo cierto. Al principio hubo muchas llamadas de teléfono que yo, por supuesto, no contestaba. Siempre me ha gustado ser coherente, de qué les iba a hablar si no veía nada ni hacía nada, no les podía contar qué me había parecido la última de Almodóvar o si había visto a la tía Aurora. No les hubiera podido contestar, nada que decirles. Tampoco abrí ni respondí a las insistentes llamadas del casero, que aporreaba la puerta cada final de mes, pero el señor Florencio debe estar peor que yo, porque no lo he vuelto a oír, quizás haya muerto, siempre estuvo muy achacoso, y menudo era él para olvidársele venir a cobrar, así que solo puedo esperar que sus herederos vendan la finca y un día una bola de acero de enormes dimensiones reviente la pared del dormitorio y me entierre entre los escombros. Calculo que, como nadie ha venido en el último año, nadie me echa en falta. Quizás hubo una gran guerra nuclear, una epidemia, un cambio climático, o un sarpullido mental gratuito que prendió como un reguero de pólvora y lanzó a las muchedumbres a abandonar las ciudades, dejando todas las puertas abiertas, las camas deshechas, los coches abandonados en los atascos, cadáveres por los suelos, supermercados desvalijados. De todas formas, seguro que hay más personas como yo, que superaron los primeros días, los más críticos, sin alimentarse y decidieron estirarse en la cama a la espera de una muerte por inanición, y que después descubrieron, como yo, que tras esos primeros días, pasadas semanas y luego meses, el hambre desaparece y no solo no te mueres sino que incluso te encuentras a gusto. Se acabó correr como un poseso cada día a primera hora para atravesar la ciudad y fichar a las ocho en punto al llegar al trabajo. Se acabó dar excusas en la fábrica, en la obra y en la oficina. Se acabó: hoy no me levanto, ni mañana tampoco. Si renuncio a levantarme y a comer, no necesito el dinero, puedo esperar a ver qué pasa y entonces descubrir que no pasa nada. Se está bien. ¿No lo han probado? No sean tontos y pruébenlo. No se levanten, no enciendan la luz, bajen las persianas y corran las cortinas, no le comenten a nadie lo que han decidido y es seguro que, tras una primera extrañeza, a los pocos días nadie pensará en ustedes. Creerán que se han mudado de barrio, que se fueron a trabajar lejos, que están muy ocupados, o de vacaciones, o enfermos en un hospital, o muertos, o en prisión, o en una secta milenarista. Y no, ustedes solo estarán en la cama. Solo eso. Digamos en voz alta que este mundo de descamados no nos interesa, que se cuezan en su glamour de luces consumistas y hortalizas transgénicas. No abriremos las ventanas y permaneceremos en la posición más natural que existe, de cúbito prono, a oscuras. Coño, apenas veo lo que escribo, luego este será otro de mis textos indescifrables. Creo que dejaré por hoy de escribir en la cama y bajaré a la ferretería de aquí al lado a comprar esa lámpara que tanto me gusta. Luego, como siempre, prepararé un bocadillo y un café corto sin azúcar y, sin tiempo para cagar tranquilo, a la parada del 57.