miércoles, 15 de diciembre de 2010

Paréntesis

Maria Guilera 
Es Alicia. Dice que quiere verme ahora mismo, pero en su casa no. Me ha preguntado si estoy sola y viene hacia aquí porque tenemos que hablar de algo muy serio.
–Tú ya sabes qué –me ha dicho antes de colgar.
Me siento a esperarla en el balcón. Empieza a hacer calor dentro. Igual que hace un año.

Igual que hace un año. Aquella noche, cuando Tomás me llamó para preguntarme por ella, eran casi las doce. Le noté tenso, más molesto que preocupado. No, Alicia no estaba conmigo ni la había visto en todo el día. Está bien, no pasa nada, contestó. Le pedí que, en cuanto ella llegara, me lo hiciera saber. Pero fui yo la que llamé un par de horas más tarde y fue la abuela quien respondió. Estaban en el Hospital Clínico, Alicia había sufrido un accidente.

Tres días después, cuando el doctor anunció que había alguna esperanza, Tomás y yo estábamos solos en la sala de visitas. Él me pidió que me quedara un rato más. Estaba triste y parecía muy cansado.
Bajamos a la cafetería. En el ascensor fingió buscar algo en el bolsillo y me preguntó si yo sabía, si ella me había dicho alguna vez, que ya no le quería. Le toqué la mano y no me atreví a mirarle.
-Ya lo habíamos hablado todo. Me sentí mal, pero ella mucho peor. Le juré que era una historia acabada. Lo hubiéramos olvidado. No sé por qué ha hecho esto. Quizá porque no tenemos niños –me dijo -. Alicia es mi mujer desde siempre. Quiero estar con ella toda la vida.
Me pareció que iba a llorar, pero no lo hizo.

Tardó más de dos semanas en abrir los ojos, pero nos pareció que se recuperaba con rapidez. Hablaba, quizá, con alguna incoherencia. Pero eso era normal, dijeron. Al darle el alta le explicaron que, probablemente, tendría algunas lagunas sin importancia; que poco a poco recuperaría escenas, se iría acordando de casi todo.
Tomás se la llevó a casa. Cuando le pregunté, me dijo que estaba preocupado por ella, estaba desganada y dormía mucho. Pero a mí me pareció que en realidad lo que él quería era cuidarla. Cuanto más tiempo mejor.
Yo la visitaba cada semana y no me parecía la de antes. Le costaba hablar. Ella, el alma de las fiestas, no quería ver a nadie.

Empezaba el calor del verano y le dije que viniera conmigo a Torredembarra. Siempre le gustó mi casa. Bajar a la playa por la tarde y hablar sentadas en el porche después de regar el jardín.
-¿Vendrás? Pasaremos el día solas. Bueno, con mi padre.
Antes del accidente, Alicia solía ir al huerto de atrás para saludarle. Le gustaba escuchar los nombres de las plagas de los tomates o los pimientos y oler los sacos de compuesto. Mi padre era un hombre serio. Desde que éramos unas niñas, ella le hacía reír.
-Se lo diré a Tomás, a ver qué le parece –me dijo.

Pasamos el verano juntas. Teníamos pocas visitas, me pareció que era mejor no atosigarla con caras que le parecieran nuevas. La psiquiatra me había dicho que era buena idea. Sería mejor ir a remolque de sus demandas, dejar que ella hiciera las preguntas.
Nos levantábamos tarde. Le gustaba desayunar fuera, sentada en el escalón de la cocina. Mi padre nos dejaba sobre la mesa tomates para untar el pan y una tabla con salchichón. Nos miraba desde el otro lado y cuando Alicia levantaba la vista, él le preguntaba siempre
-¿Cómo ha descansado hoy la niña? -y volvía a su trabajo.
Pasábamos el rato leyendo revistas, aunque muchas veces ella las dejaba a un lado y cerraba los ojos. Buscaba en la radio música que nunca acababa de encontrar. También le gustaba arreglarse las cejas con unas pinzas mirándose en el espejo de aumento.
-Parece mentira que me haya hecho tan mayor –dijo un día-. Tú, ¿qué edad tienes en tu cabeza?
-Treinta y dos –respondí.
-Exactamente como yo.

Dormía la siesta tanto rato que a veces tenía que despertarla.
-¿Cuántas horas dices que he dormido?
- Yo estoy igual –le mentía–. Es por el bochorno.

Una tarde se acordó de las bicicletas. Fuimos al garaje a buscarlas. Hubo que hinchar las ruedas y poner aceite. Luego cruzamos el puente hasta el pueblo y las dejamos en el callejón junto a la plaza. Fue ella quien pedaleó hasta llegar al portal del taller de Pierre.
-¿Aquí? –me preguntó.
Así era con casi todo. Me parecía que Alicia intuía más que recordaba.
-¿Quieres que te cuente quién vive en esta casa? –le dije.
Y no me contestó.

Los viernes por la tarde llegaba Tomás. Al volver de bañarnos le encontrábamos leyendo el periódico en el porche o hablando con mi padre, aunque los dos eran de pocas palabras.
Por la noche íbamos a cenar al puerto, al bar de Félix. A veces yo les decía que fueran sin mí, que prefería quedarme en casa mirando una película en la televisión. Pero entonces Alicia quería quedarse también.
-Anda, anímate –me decía Tomás–. Vamos los tres.
El bar olía a sardinas asadas. Bebíamos sangría de cava aunque Tomás dijera que no podía entender que nos gustase.

En septiembre los veraneantes empezaron a marcharse. Las dos estábamos mejor en el pueblo sin tanta gente. Después de cenar nos poníamos las chaquetas para ir a la plaza a beber algo. Fumábamos tan solo un cigarrillo. No como antes.
Una noche, después de la segunda copa de vino, le dije si guardaba las figuras que había hecho el verano anterior en el taller.
-No me acuerdo –respondió. Y se quedó mirando la copa sin añadir nada.

Cuando Tomás llamaba para saber de ella, me preguntaba.
-¿Qué hacéis? No vais en coche, verdad. Sobre todo no la dejes conducir.
Pero nada más. No había preguntas para mí. Él también parecía haber olvidado.

No regresamos a Barcelona hasta mediados de octubre. Las últimas noches mi padre había encendido la chimenea y nos preparaba pan tostado. Antes de comer las rebanadas, Alicia las frotaba con un ajo y luego las regaba con un chorrito de aceite. Masticaba el pan despacio y bebía vino del porrón. Nunca lo había hecho antes.
 -Así me gusta –le decía él –. No hay nada más sano.

Un día empezó a bromear. Se reía con los programas de humor de la televisión. El viernes, cuando se lavaba el pelo, se lo dejaba sin recoger. Llamaba a menudo a Tomás por teléfono y estaba pendiente del ruido del motor de su coche.
-Ese es Tomás –decía.
Salía a recibirle y se besaban delante de mí.
Me dijeron que para el Pilar querían estar en Barcelona, para celebrar el santo de la abuela.
Creí que de una manera u otra, la vida volvía a ser la de antes.

Al principio nos veíamos un par de veces por semana. En otoño espacié las visitas. Luego viajé a Francia y pasé las fiestas con mi hijo. El día de Navidad hablé por teléfono con Tomás y Alicia. Estaban bien. Pensaban en ir a Canarias y pasar allí el fin de año. Me pareció que todo seguía igual. O mejor. Estaban siempre juntos.
En febrero recibí una postal desde Nueva York. “Aunque no tengas novio, feliz día de San Valentín”, escribía Alicia. “Anímate, nunca es tarde”, añadía Tomás. Me pareció que eran felices. No había que dar tantas vueltas a las cosas.

Hasta hoy.
Cuando le abra la puerta, Alicia me preguntará por qué no se lo dije todo. Y yo no sabré qué contestarle.

7 comentarios:

  1. Agua pasada no mueve molinos... Muchas veces la gente prefiere revolver en el pasado que disfrutar de lo que se tiene en el presente. También ocurre que ya puedes hacerlo siempre bien, que el día que te pillan en una falta, aquel día, con esa excusa te crucifican.

    El título me parece muy bien hallado pues con una sola palabra acierta a sintetizar el texto: una historia acotada entre dos situaciones de tensión –por decirlo de alguna manera– utilizando con argucia la oportuna amnesia de Alicia. El relato presenta a una protagonista generosa que ayuda a la recuperación de su amiga. Un texto descriptivo que te llena de color, olores y sensaciones, con cálidas notas llenas de humanidad. Parecía que todo, la vida, volvía a ser la de antes, hasta que apareció el fantasma del recuerdo, quizás también el de la ira. No queda claro –y es mejor así– si Alicia recobra la memoria per se o tal vez un torpe Tomás reabre la caja de Pandora.

    ResponderEliminar
  2. ...siempre hay prioridades en la escala de valores: "primero, y sobre todo, Alicia, ponte bien, luego ya vendrá lo que tenga que venir..."

    ...y del relato me gusta hasta el "tomate" que ya no aparece en el encabezamiento...

    ResponderEliminar
  3. Hola, Mariona. Un nou relat i amb ell, una lliçó. La fidelitat en el vincle de l’amistat. Crec, que quan s’estima hi ha silencis que diuen més que les paraules. Alícia, entendrà el silenci de la protagonista. Gràcies. Bones festes a tots.Maria

    ResponderEliminar
  4. Un parèntesi, un incident i un incís en un període de necessitat d'auxilis.

    Tomàquets, alls, natura, relacions misterioses; com m'agraden les teves descripcions!

    Segueix deleitant-me amb els teus relats i amb la teva delicadesa tendra.

    El teu admirador secret et desitja uns dies plens d'alegries compartides.

    ResponderEliminar
  5. El encanto del ritmo, de las descripciones y palabras justas y ajustadas -que no es lo mismo- precisas: joya.
    Me rememora algunas pelis francesas, como las de Èric Romer, esa sutilidad en ambientes lacónicos, huertas, porches, vino y tomates, cosas que se dicen y otras que se adivinan o se callan.
    Precioso María. Atrapa desde la primer línea.

    ResponderEliminar
  6. Un texto muy bueno, María. Las descripciones me ha resultado muy evocadoras. El ritmo es perfecto. Me ha gustado mucho la historia.
    Un saludo. Iria L.

    ResponderEliminar
  7. M'encanten els escenaris: l'hort del darrera, el graó de la porta de la cuina, el porxo... seria una passada estar tot un estiu en un lloc així. Però millor un estiu més alegre, no?
    Igualment està tot tan ben descrit que gairebé hi puc veure detalls que no comentes!

    ResponderEliminar

Escribe aquí tu opinión: tus comentarios y tus críticas nos ayudan a mejorar