domingo, 26 de diciembre de 2010

Histericón

Mónica Sabbatiello (texto e ilustración)
Histericón es un medicamento aromático natural coadyuvante para la corrección de la histeria. Sólo se puede obtener a través de las oficinas de Control Sanitario, responsables del seguimiento de las pacientes.

¿CUÁLES SON LOS FUNDAMENTOS DE HISTERICON?
Gracias al NOP (*) la medicina ha retomado los conceptos previos a Charcot, Breuer y Freud,  abandonando completamente las teorías que concebían el origen de la histeria como psicológico y afirmaban que afectaba por igual a hombres y mujeres. Nuevamente se la considera exclusiva de la mujer y causada por el desplazamiento del útero (histeron, en griego), movimiento que provoca las convulsiones (en sus cuatro fases: epileptoidea, de grandes movimientos, de actitudes pasionales y delirantes).

MODO DE EMPLEO
Para atraer al útero a su lugar, al levantarse y antes de acostarse, la enferma ha de inhalar las esencias del Recipiente Nº 1 -cuerno quemado, sustancias pútridas, amoníaco, orina y heces humanas- por medio del Nebulizador de compresión a pistón que acompaña al producto, a la vez que orienta el humo de los inciensos (Recipiente Nº2) hacia su zona vaginal, con sus perfumes agradables -ámbar, tomillo, láudano y nuez moscada-. Por este medio se obliga a la matriz a dejar las partes superiores fétidas y descender para aspirar los excelentes aromas que se encuentran en la zona inferior.  
El tratamiento ha de completarse con la prevención; para ello, durante la noche la paciente ha de dormir con la piedra negra o Piedra de España (Recipiente Nº3), atada sobre el ombligo por medio de las bandoleras de goma que la acompañan.

RESULTADOS
Los primeros resultados se pueden observar de una forma muy rápida.En una primera fase, con la disminución del tono e intensidad de los accesos, y en una segunda, con su desaparición total. Los mayores resultados se obtienen en el plazo de dos meses. Una vez pasado el mismo, si no se presentan mejoras, la paciente tiene que seguir las indicaciones de los Maestres de Platea, de la Escuela de Salerno, que ya en el siglo XII indicaban a sus pacientes histéricas que se masturbaran al menos una vez al día. Si a pesar de seguir estas indicaciones, persistieran los accesos, la enferma deberá atenerse a las obligaciones que se le indican a continuación y que aparecen en todas las carteleras sanitarias del país.

OBLIGACIONES
En caso de no producirse mejoras, la supervisión de las histéricas se transferirá a la Oficina de Centralización Sanitaria, que determinará si las afectadas han sido captadas por entidades maléficas, en cuyo caso se procederá a un tratamiento especial en régimen de aislamiento a cargo del Santo Prepucio en los Pabellones Especiales de Rota o Guantánamo.
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(*) NOP, Nuevo Orden Patriarcal instituido bajo la custodia mundial de la Falange Unitaria del Norte.
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Bibliografía:  A. Tallaferro - «Curso Básico de Psicoanálisis» - (Capítulo 1. Historia de la histeria)  Editorial Paidós - Buenos Aires - 1965) 

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Paréntesis

Maria Guilera 
Es Alicia. Dice que quiere verme ahora mismo, pero en su casa no. Me ha preguntado si estoy sola y viene hacia aquí porque tenemos que hablar de algo muy serio.
–Tú ya sabes qué –me ha dicho antes de colgar.
Me siento a esperarla en el balcón. Empieza a hacer calor dentro. Igual que hace un año.

Igual que hace un año. Aquella noche, cuando Tomás me llamó para preguntarme por ella, eran casi las doce. Le noté tenso, más molesto que preocupado. No, Alicia no estaba conmigo ni la había visto en todo el día. Está bien, no pasa nada, contestó. Le pedí que, en cuanto ella llegara, me lo hiciera saber. Pero fui yo la que llamé un par de horas más tarde y fue la abuela quien respondió. Estaban en el Hospital Clínico, Alicia había sufrido un accidente.

Tres días después, cuando el doctor anunció que había alguna esperanza, Tomás y yo estábamos solos en la sala de visitas. Él me pidió que me quedara un rato más. Estaba triste y parecía muy cansado.
Bajamos a la cafetería. En el ascensor fingió buscar algo en el bolsillo y me preguntó si yo sabía, si ella me había dicho alguna vez, que ya no le quería. Le toqué la mano y no me atreví a mirarle.
-Ya lo habíamos hablado todo. Me sentí mal, pero ella mucho peor. Le juré que era una historia acabada. Lo hubiéramos olvidado. No sé por qué ha hecho esto. Quizá porque no tenemos niños –me dijo -. Alicia es mi mujer desde siempre. Quiero estar con ella toda la vida.
Me pareció que iba a llorar, pero no lo hizo.

Tardó más de dos semanas en abrir los ojos, pero nos pareció que se recuperaba con rapidez. Hablaba, quizá, con alguna incoherencia. Pero eso era normal, dijeron. Al darle el alta le explicaron que, probablemente, tendría algunas lagunas sin importancia; que poco a poco recuperaría escenas, se iría acordando de casi todo.
Tomás se la llevó a casa. Cuando le pregunté, me dijo que estaba preocupado por ella, estaba desganada y dormía mucho. Pero a mí me pareció que en realidad lo que él quería era cuidarla. Cuanto más tiempo mejor.
Yo la visitaba cada semana y no me parecía la de antes. Le costaba hablar. Ella, el alma de las fiestas, no quería ver a nadie.

Empezaba el calor del verano y le dije que viniera conmigo a Torredembarra. Siempre le gustó mi casa. Bajar a la playa por la tarde y hablar sentadas en el porche después de regar el jardín.
-¿Vendrás? Pasaremos el día solas. Bueno, con mi padre.
Antes del accidente, Alicia solía ir al huerto de atrás para saludarle. Le gustaba escuchar los nombres de las plagas de los tomates o los pimientos y oler los sacos de compuesto. Mi padre era un hombre serio. Desde que éramos unas niñas, ella le hacía reír.
-Se lo diré a Tomás, a ver qué le parece –me dijo.

Pasamos el verano juntas. Teníamos pocas visitas, me pareció que era mejor no atosigarla con caras que le parecieran nuevas. La psiquiatra me había dicho que era buena idea. Sería mejor ir a remolque de sus demandas, dejar que ella hiciera las preguntas.
Nos levantábamos tarde. Le gustaba desayunar fuera, sentada en el escalón de la cocina. Mi padre nos dejaba sobre la mesa tomates para untar el pan y una tabla con salchichón. Nos miraba desde el otro lado y cuando Alicia levantaba la vista, él le preguntaba siempre
-¿Cómo ha descansado hoy la niña? -y volvía a su trabajo.
Pasábamos el rato leyendo revistas, aunque muchas veces ella las dejaba a un lado y cerraba los ojos. Buscaba en la radio música que nunca acababa de encontrar. También le gustaba arreglarse las cejas con unas pinzas mirándose en el espejo de aumento.
-Parece mentira que me haya hecho tan mayor –dijo un día-. Tú, ¿qué edad tienes en tu cabeza?
-Treinta y dos –respondí.
-Exactamente como yo.

Dormía la siesta tanto rato que a veces tenía que despertarla.
-¿Cuántas horas dices que he dormido?
- Yo estoy igual –le mentía–. Es por el bochorno.

Una tarde se acordó de las bicicletas. Fuimos al garaje a buscarlas. Hubo que hinchar las ruedas y poner aceite. Luego cruzamos el puente hasta el pueblo y las dejamos en el callejón junto a la plaza. Fue ella quien pedaleó hasta llegar al portal del taller de Pierre.
-¿Aquí? –me preguntó.
Así era con casi todo. Me parecía que Alicia intuía más que recordaba.
-¿Quieres que te cuente quién vive en esta casa? –le dije.
Y no me contestó.

Los viernes por la tarde llegaba Tomás. Al volver de bañarnos le encontrábamos leyendo el periódico en el porche o hablando con mi padre, aunque los dos eran de pocas palabras.
Por la noche íbamos a cenar al puerto, al bar de Félix. A veces yo les decía que fueran sin mí, que prefería quedarme en casa mirando una película en la televisión. Pero entonces Alicia quería quedarse también.
-Anda, anímate –me decía Tomás–. Vamos los tres.
El bar olía a sardinas asadas. Bebíamos sangría de cava aunque Tomás dijera que no podía entender que nos gustase.

En septiembre los veraneantes empezaron a marcharse. Las dos estábamos mejor en el pueblo sin tanta gente. Después de cenar nos poníamos las chaquetas para ir a la plaza a beber algo. Fumábamos tan solo un cigarrillo. No como antes.
Una noche, después de la segunda copa de vino, le dije si guardaba las figuras que había hecho el verano anterior en el taller.
-No me acuerdo –respondió. Y se quedó mirando la copa sin añadir nada.

Cuando Tomás llamaba para saber de ella, me preguntaba.
-¿Qué hacéis? No vais en coche, verdad. Sobre todo no la dejes conducir.
Pero nada más. No había preguntas para mí. Él también parecía haber olvidado.

No regresamos a Barcelona hasta mediados de octubre. Las últimas noches mi padre había encendido la chimenea y nos preparaba pan tostado. Antes de comer las rebanadas, Alicia las frotaba con un ajo y luego las regaba con un chorrito de aceite. Masticaba el pan despacio y bebía vino del porrón. Nunca lo había hecho antes.
 -Así me gusta –le decía él –. No hay nada más sano.

Un día empezó a bromear. Se reía con los programas de humor de la televisión. El viernes, cuando se lavaba el pelo, se lo dejaba sin recoger. Llamaba a menudo a Tomás por teléfono y estaba pendiente del ruido del motor de su coche.
-Ese es Tomás –decía.
Salía a recibirle y se besaban delante de mí.
Me dijeron que para el Pilar querían estar en Barcelona, para celebrar el santo de la abuela.
Creí que de una manera u otra, la vida volvía a ser la de antes.

Al principio nos veíamos un par de veces por semana. En otoño espacié las visitas. Luego viajé a Francia y pasé las fiestas con mi hijo. El día de Navidad hablé por teléfono con Tomás y Alicia. Estaban bien. Pensaban en ir a Canarias y pasar allí el fin de año. Me pareció que todo seguía igual. O mejor. Estaban siempre juntos.
En febrero recibí una postal desde Nueva York. “Aunque no tengas novio, feliz día de San Valentín”, escribía Alicia. “Anímate, nunca es tarde”, añadía Tomás. Me pareció que eran felices. No había que dar tantas vueltas a las cosas.

Hasta hoy.
Cuando le abra la puerta, Alicia me preguntará por qué no se lo dije todo. Y yo no sabré qué contestarle.