viernes, 5 de noviembre de 2010

Arde Roma

Marc Ballester
Como siempre, don Juan de Villarejo y Veloso abrió la puerta del club con ese espíritu castrense tan característico en él. Oteó el amasijo de cuerpos y formaciones de a dos, descubriendo entre ellos al enemigo. En forma de avanzadilla, se desplazó hacia la barra dispensadora de lúdico y burbujeante rancho festivo. Dos cejas arqueadas respondieron defensivamente y sin dudar, a su táctica. Sus contornos ya conocidos en anteriores campañas prometían un botín excitante. No se trataba de un simulacro: ese escote era una auténtica declaración de guerra; se camuflaba y atrincheraba en él, un arsenal capaz de derrotar al más laureado comandante, pero éste no era su caso. Preparó un ataque directo. Su punto de mira, dotado del más avanzado mecanismo de precisión, localizó y marcó el objetivo con dos pupilas trazadoras. Don Juan aplicó una estrategia ofensiva por el flanco izquierdo. Un pelotón de infantería, compuesto por un cabo y cuatro dedos, se zafó de la línea defensiva (dos taburetes y un bolso), aferrándose al glúteo más cercano, que de inmediato se puso en guardia con una ligera tensión muscular. El contrataque no esperó. Don Juan reconoció al instante el impacto certero de un proyectil, en forma de extremidad inferior derecha. Constató que su lanzadera, a punto de entrar en combate, se tornaba flácida y débil. Acostumbrado a ignorar el dolor (propio y ajeno), recordó la instrucción de orden cerrado, y a la voz de “ar”: cabeza alta, pecho fuera y barriga dentro, giró ciento ochenta grados y no huyó, sino que avanzó al frente.

Con el ánimo arrestado, don Juan cruzó el umbral de su vivienda. Su hermana, que respondía al nombre de doña Inés, harta ya de soportar todo un año de cinchas, correajes, estrellas y escalafones, le espetó una ráfaga de ordenes domésticas, que impactaron en su chusquero compañero, sitiándolo en el pasillo sin opción de huida. Al mismo tiempo que Juan, rendido y sin condiciones, comenzó a ejecutar uno tras otro los encargos, Inés contestó al teléfono de campaña sustraído de la furrielería del acuartelamiento.
-Sí,... sí, es aquí..., llegó hace un momento... No, no lo puedo molestar ahora... ¿Cómo? ¡¿Una denuncia?!..., pero bueno, la verdad es que no lo entiendo..., ¿no será una equivocación... Puede ser que exageren... Pues si no está usted seguro, mejor dedíquese a interrogar a otro, que yo ya tengo bastantes problemas, ¿me ha oído? Pues adiós. ¡Sí! ¡Adiós! -Inés colgó el auricular verde camuflaje de un soberano porrazo. Miró de soslayo a su querido Juanito, meneó la cabeza y se dedicó a releer un periódico en la mesa por cuarta vez en lo que iba de día.
No pasaron más de treinta minutos hasta que se oyó por tres ocasiones el timbre ridículo con toque de corneta. Tras la puerta, dos siluetas uniformadas y, aparcado en doble fila, un vehículo con luces destellantes.
-¡Me cago en la hostia! —rabió Juan con el aliento soldado a la nevera—. Alguien avisó a la policía militar..., pondría por ello la mano en el fuego. El coronel Jiménez se estará riendo, el muy cabrón..., lleva tanto tiempo esperando una ocasión como esta... Ahora lo tiene ni que pintado. Me va a fastidiar el ascenso de febrero. Seguro que aquella furcia pechugona del club de oficiales resultó ser la hija de algún pez gordo del alto mando, o, peor aún, la mismísima fulana del coronel Jiménez... No, si encima tendré mala suerte.
Mientras tanto, Inés conversaba con la pareja en la primera posición de resistencia del hogar, el recibidor.
-Bravo, Inés, un poco más, dame tiempo, necesito pensar. -murmuró Juan desde la cocina; hasta allí llegaban las voces, que parecían aumentar de tono progresivamente, entablando una discusión encarnizada. Ella respondía, y lanzaba improperios de la peor calaña, en una lucha desigual.-...Así, Inés, sigue así..., dos contra uno, mierda para cada uno -pensó Juan al tiempo que perdía el mundo de vista y se le doblaban las rodillas.
De pronto, un golpe sordo rompió el altercado y condujo a los tres contendientes a la cocina. El cuerpo inerte de Juan se desangraba entre las garrafas de agua y el cubo de la basura. Los dos enfermeros entraron rápidamente la camilla. Espoleados por la sirena, y a golpes de acelerador, se abrieron paso por toda la Castellana, llegando en cinco minutos al Hospital Psiquiátrico Provincial.

Dos horas más tarde, con voz teñida de café de máquina, el médico de guardia llamaba a los familiares de Juan Villarejo.
-Sí, yo misma. Soy su hermana-. Respondió una ojerosa Inés.
-Su hermano, a pesar del golpe, se encuentra bien. Ha perdido mucha sangre, pero se recuperará pronto. En estos momentos, duerme.
-Gracias a Dios. -Inés miró al cielo juntando las palmas de las manos; por nada del mundo deseaba perder a su hermano. Pensaba que todo tenía sus compensaciones en esta vida.
-Cuando ingresó recuperó el conocimiento por unos momentos -continuó el hombre de la bata blanca- y afirmó ser el doctor Villarejo y que trabaja en la institución desde hace doce años. No se preocupe, con el sedante que le hemos administrado dormirá profundamente y no despertará hasta mañana por la noche, y no recordará nada de nada. De todas formas lo dejaremos ingresado durante una semana, en observación, hasta que se compense. Cuando tenga el alta, que no deje de acudir a las terapias, ni de tomar la medicación; es necesario un seguimiento.
-No, si ya le decía yo que no faltase a las visitas, pero no se puede imaginar lo difícil que es convivir con alguien así. Nuestra madre decía que era igual que un tío suyo, conocido como el camaleón; ya sabe: de casta le viene al galgo.

Inés volvió a casa a las tres de la madrugada. Entró en su habitación y se cambió de ropa. Desconectó el teléfono de colores y lo sustituyó por el negro original. Fue a la habitación de su hermano Juan y arrancó, una a una, todas las fotos de soldados, armamento, desfiles, mapas, carros de combate, insignias, y recortes de prensa; los ató y metió en el trastero, junto a los otros hatillos, clasificados cronológicamente desde 1981 hasta 1993: los de bomberos, policías, mineros, ecologistas, terroristas, travestis, políticos y toreros.
Con la ayuda de dos Tranxilium 50, Inés consiguió dormir. Al despertar, eran ya las tres de la tarde. Recordó aquel verano de 1982, el del Mundial de fútbol; cuando a Juan le dio por merendar vidrios triturados y, entre partido y partido, se colgaba del badajo la plancha de la abuela por aquello de mortificar la carne, e intentó hacer el amor en una cama de clavos; su novia tuvo que ser ingresada de urgencias en el Gregorio Marañón, y mientras Juanito la intentaba convencer de que sólo se llegaba a ser un buen fakir con mucha práctica, los médicos se peleaban con las tenazas y la dichosa tabla. Eso, al menos, resultó bastante más divertido que lo de creerse un militar.
Pero de todos los papeles, como en el mundo del cine, siempre hay uno preferido, inolvidable, capaz de ganar cualquier galardón. Para Inés nada será tan grato como recordar aquellos siete días y siete noches de la luna llena de Escorpio de 1991 en que, sin descanso y a la limón, se prendieron de un fuego disoluto, poseyéndose en el más pecaminoso de los juegos. No era Vallecas, sino Roma. No eran Juan e Inés, sino Claudio y Mesalina. No estaban cuerdos, ni falta que les hacía.

2 comentarios:

  1. ...será por eso que se habla del "teatro de la vida", que vamos de actuación en actuación más o menos afortunada, que nuestros adeptos acaban por aceptarnos tal cual nos ven, y que finalmente hasta nosotros nos terminamos creyendo que nuestra cara es la de la máscara que nos ponemos para interpretar el papel que representamos...

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  2. Uno de los cuentos más representativos de Marcos:de nuevo la caracterización perfecta del personaje mediante el lenguaje, otra vez la originalidad en la historia, narrada con una naturalidad que hace creíble lo más extraño y que avanza con fluidez hacia un final inesperado y lógico, aberrante y humano.
    Marcos es un maestro y releerlo es aprender.

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