jueves, 7 de octubre de 2010

Si falta el aire

ROSANA ROMÁN
Rogelio lleva una bolsa con ruedas. Parece que se va de viaje pero no va a ninguna parte. Un delgado tubo transparente sale de la pequeña maleta, sube por detrás de su oreja y entra en su nariz. Vive pegado a él día y noche desde aquel día en que su asma fue a más y despertó de madrugada con el diafragma cerrado impidiendo el paso del aire a sus pulmones.
Fue como estar bajo el agua aguantando la respiración y, al emerger, no poder controlar la entrada de oxígeno, ni por la boca ni por la nariz, incapaz de recuperar el aire.
Con ese ahogo infinito despertó Rogelio. Alargó la mano buscando a tientas el interruptor de la lamparita pero en su atropellado tanteo no lo encontró. Incorporándose, abrió la boca compulsivamente en busca de aire que llevar a su interior, pero sólo consiguió boquear, como un pez fuera del agua.
Abrió el cajón de la mesita de noche tratando de encontrar el inhalador y rebuscó en ella aventando todo lo que no fuera el “tubo salvador”. Aspiró con las pocas fuerzas que le quedaban, una vez, dos veces, tres. Sin resultado. Notó un sofoco subir por su garganta, quemar sus mejillas y galopar en sus sienes y se le apoderó un desespero que incitaba a gritar, aunque apenas consiguió emitir un hilo de voz convertido en lamento. Ni siquiera podía llorar porque le faltaba el ímpetu necesario para arrancar.
Antes de perder el conocimiento se lanzó sobre la mesita empujando todo lo que había en ella: la lámpara, el despertador, el vaso de agua, todo cayó al suelo con gran estruendo en un último intento de que su hermana lo escuchara, de no acabar su vida tirado en el suelo.
Después de varios días en el hospital, cuando le daban ya el alta, se enteró de que Manuela, su hermana, ya no quería hacerse cargo de él y había sugerido que le asignaran una residencia. El propio hospital tuvo que buscarle un centro donde poder recuperarse. Al cabo de un mes, se fue a su casa. La que compartía con su hermana. La que él había comprado con la indemnización que le dieron en la empresa. La que le pagó por haber estado intoxicándose durante cuarenta años. Los que tardó en empezar a ahogarse.
Le dio una semana a Manuela para que se buscara otro lugar donde vivir y se metió en su cuarto para no escucharla llorar.
Ya no fue el mismo desde entonces. No supo qué parte era la enfermedad y qué parte la decepción, pero se le agrió el carácter y se volvió más intransigente.

Sabe que de momento no va a morir, tiene todo el oxígeno que necesita aunque respirarlo se haya convertido en un tormento cotidiano. Aspira suave y poco, reservando fuerzas para la siguiente inspiración y para la siguiente y la siguiente. Y se agota, con un cansancio profundo que va acumulando, como el anhídrido en su abdomen hinchado.
Desde entonces deambula sorteando como puede el humo de los locales, las escaleras y las calles en cuesta, y cuando algún coche invade su acera, baja y lo rodea, pero mientras pasa, con una navajita que guarda para la ocasión, va rayando horizontalmente la chapa de punta a punta, y enseguida vuelve a su acera a seguir arrastrando sus miserias con ruedas.
Pero hoy ha encontrado su paraíso. Está muy cerca de su casa, en la Estación Central. Ha sido cuando se le ha ocurrido ir a tomar un café en el bar del recinto. Mientras estaba allí, ha observado que nadie se fijaba en él. No tenía que girar la cabeza, ni que ocultar la maleta tras sus piernas. Todo el mundo iba con prisa arrastrando un equipaje parecido al suyo.
Ha paseado por la estación, andén arriba, andén abajo, y se ha sentado a descansar en un banco como si esperara su tren. Luego ha vuelto a su casa vacía, con la intención de volver mañana. A eso se dedica Rogelio, a pasear por los vestíbulos de la vida, camino a ninguna parte.

8 comentarios:

  1. Me parece muy bueno el crescendo, la intensidad del pánico.
    Me he ahogado con Rogelio y con él me he quedado en la Estación Central, sentada a su lado y mirando esos trenes que ya no echan humo.
    Solo tengo que prestar atención y no confundirme de maleta.

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  2. Así me veré yo, si llego..., como el pobre Rogelio.
    En mi caso, no recibiré ninguna indemnización ya que no será por una enfermedad profesional.

    Pero vamos al relato.
    Retratas de forma magistral como se siente una persona cuando le falta el oxígeno.
    Transmites la angustia.
    Con pocas palabras, las justas, expones una situación familiar y personal muy triste y decadente.

    Como tantas y tantas de las que nos rodean diariamente.
    Realismo puro y duro.
    Incluso dejas entrever la denuncia contra los que inconscientemente y de forma egoísta invaden el espacio ajeno sin ningun tipo de consideración.
    Pobre Rogelio !!!
    Pero es un cabrón y tiene muy mala leche por rayar con "premeditación y alevosía" los coches mal aparcados.
    En fin me gusta mucho y me siento identificada en muchos aspectos.

    Pero aviso, si me encuentro el coche con alguna raya, iré a la Estación Central, me sentaré al lado de Rogelio, y le pisaré el tubito transparente.

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  3. En mi opinión, acertada y fantástica revisión de "YO CONTRA EL MUNDO". Por mala leche que se tenga, por mucho resentimiento que se acumule, el mundo siempre acaba ganando.

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  4. Se siente fácilmente la agonía, el miedo de dejar de respirar. Pero tu cuento habla de algo más que eso. Habla de irresponsabilidad en el trabajo, de miseria personal, de dependencia, de soledad y de personas obligadas a cuidar de otras.

    Un cordial saludo.

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  5. Pobre Rogelio, toda la vida trabajando, dándolo todo al Capital. Te sueltan en el tiempo que ya no les eres útil, con una indemnización de mierda, cuando tú has dejado la salud y la alegría.
    Toda la vida dando cobijo a Manuela para que en el momento en que precisas la vuelta, te gire la espalda. No me extraña que se agrie tu carácter.
    La historia no es extraña puesto que es la descripción de unas vivencias que, a nuestra escala y con nuestras circunstancias también sufrimos los que usamos corbata.
    El relato me gusta, tiene muchos puntos que nos hacen pensar y meditar. El episodio del vestíbulo lo veo más como una forma de querer integrarse en una normalidad, sin ser blanco de miradas, ni preguntas compasivas.

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  6. Me ha costado avanzar por el interior de la pesadilla... leía y me ahogaba, paraba. Volvía a leer y me ahogaba. Era quizás el recuerdo de sueños de ahogo, no lo sé, era quizá algo que pasó y no recuerdo, me ahogué, y resucité, quizás. Algo debe ser que me frenaba a llegar al final del cuenta. Hoy al fin lo pude leer entero, y he de decir que tras respirar muy hondo me alegré muchísimo de saberlo a salvo a Rogelio, ya más tranquilo, en la estación. Dame fuelle, Roxana, dame fuelle.

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  7. Qué alegría llegar al final para descubrir que todos tenemos nuestro lugar en el mundo.

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  8. me ha encantado rosana, nose si lo leeras pero he encontrado un ratito y he leido tu cuento.
    mencanta la descripcion de esa sensacion de ahogo que tortura y no llega a matar.

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