jueves, 28 de octubre de 2010

Desig

Natàlia Linares
Dins un pot de vidre,
acumular-ne.
Tantes,
            com les que el meu cos  
                                                 ha deixat
                                                                caure.
 

I recuperar allò meu,
que encara ho sento.

Totes juntes.
milers d’elles,
suaus
           lleugeres
                           vaporoses.

Durant temps anar fent pila,
                                              sense tocar.
Observar.
Només mirant
                      com llisquen
                                            i s’enllacen entre elles.

Quan el recipient vessi,  
reomplir el meu coixí de somnis,
                        
Però, deixar-ne una,
             per  bufar-la amb força,
                                                   des del meu dit a l’aire.                                                                               


I quan estigui suspesa,
                                      ingràvida
                                                            dins l’espai

demanar un desig per tu,
                                          per mi,
                                                    per ell,
                                                                per tots.
                                                                  
Senzill,
poca cosa:
commoure’m,
d’un gest
                 d’un somriure
                                            d’un silenci.

miércoles, 20 de octubre de 2010

En esencia



Maria Guilera
Eladio Casas fue, hasta hace unas semanas, el hombre más rico de la familia. Hablando con propiedad, el único hombre rico de una familia casi extinguida.
Eladio Casas murió el doce de junio y sólo mi marido y yo estábamos en el tanatorio para recibir el pésame. Tal y como había dejado escrito, el ataúd se cerró para que nadie pudiera contemplar su cuerpo sin vida. En cambio, sobre la madera noble reposaba un marco con su fotografía. Pocos hubieran dicho que aquel chico sonriente y en mangas de camisa, con el cinturón apretando unos pantalones anchos de tela basta y alpargatas de esparto, era el difunto señor Casas.
Ninguna corona con cintas fúnebres. Sí en cambio, siguiendo otra de sus consignas, un cesto de tomillo.
La pequeña sala olía a monte.

Hoy he visitado el piso de la calle Enrique Granados, que debe cerrarse. Mi marido me ha pedido que me ocupe de vender los muebles y las pinturas. Con lo demás puedo actuar como me parezca bien.
No creí que llegara tan pronto la posibilidad de acceder al secreto. Si es que el señor Casas ha dejado alguna pista.
Su secretario está allí, nos conocemos. Me ha presentado a la gobernanta y ella me ha indicado el despacho, la biblioteca y el dormitorio del difunto señor. Luego se ha retirado con una frase antigua: -Si la señora no manda otra cosa.
He entrado en el baño. Impersonal, como el de cualquier hotel de lujo. En los estantes de mármol negro veo algunas pastillas de jabón y toallas dobladas.
Qué colonia debía usar, pienso. No hay ningún frasco.
Me miro en el espejo. Quiero saber cómo he llegado a ser la mujer del heredero.
Mi marido es el sobrino de Eladio Casas.

Recuerdo la cita, siete años atrás, con el secretario del señor Casas, poco después del funeral de mi padre. Se había acercado a mí para darme el pésame y me entregó una tarjeta. No deje de llamarme, por favor, dijo.
Luego, mi extrañeza al comprobar la información que tenía sobre mi familia. El misterio con el que envolvió la entrevista, muy breve, y la asignación mensual que recibí a partir de entonces. La matrícula en la universidad privada, los veranos en Inglaterra con profesor particular, el máster.

La luz del baño es suave, me favorece. Mi cara conserva los rasgos familiares, los de mi familia del pueblo. Sin duda nunca hubiera logrado por mí misma la elegancia que tiene la mujer del espejo. Eso es obra de Eladio Casas, mi benefactor, al que no conocí hasta la presentación oficial, un mes antes de mi boda.

Cruzo la puerta de su despacho. Me siento en la butaca de piel desgastada y pongo las manos sobre la mesa. La alianza en el anular, el anillo de prometida en el dedo corazón.
No hay sobre el escritorio nada especial, ningún papel, ningún libro. Ni siquiera un dietario, una agenda imprescindible.
En los tres cajones de la derecha, ordenados, sobres y cuartillas de distinto tamaño con su nombre impreso.
El cuarto cajón está cerrado.

Suena el teléfono, es mi marido. Yo no tengo ganas de hablar.
Todo bien, sí. Acabaré pronto. Te llamaré.

Eres demasiado seria, decía mi madre. Así no vas a encontrar novio.
No tuve que esforzarme, me lo encontraron. Supe que formaba parte de un plan que me beneficiaba, que todo estaba previsto y yo debía aceptar sin más.
No pregunte, señorita, me sugirió el secretario del señor Casas. Es por su bien.
En algún momento dijo, como de pasada, que se estaba reparando una injusticia. Si quería, podía renunciar a ello.
Pero yo era una mujer inteligente y no tenía nada que perder.

Salgo del despacho sin saber muy bien qué estoy buscando, pero con la certeza de que lo encontraré.
Voy al dormitorio. Una cama de madera, una cómoda de línea abombada. Abro los cajones y toco mudas que no parecen usadas, ropa interior con las iniciales bordadas, pañuelos doblados escrupulosamente.
El armario ropero está ordenado con una pulcritud que recuerda las tiendas inglesas de caballero. Los trajes, del negro al gris, cuelgan de las perchas guardando entre ellos una separación idéntica.
He sacado uno y he hurgado en los bolsillos. En el del chaleco hay una ramita de tomillo. Compruebo, con calma, que todos guardan una en su interior. Qué hombre tan especial.
Las manos me huelen a monte. O a tanatorio.
En el último bolsillo del último chaleco está el llavín. Con él he abierto el cajón cerrado del escritorio.

Dentro, una carpeta oscura que sé que esconde la verdad y una fotografía de mi padre, muy joven, echándole el brazo sobre los hombros a Eladio Casas. En el reverso, la dedicatoria con la misma letra picuda, con la misma tinta azul que tantas veces había visto escrita en los sobres de la casa de mi infancia, los que distribuían el escaso salario entre los implacables gastos: alquiler, gas, electricidad, mercado, varios.
He leído la frase, breve. A mi mejor amigo, con afecto. Y debajo el nombre de mi padre con una rúbrica simple, una raya inclinada.

Luego he abierto la carpeta. Papeles, títulos de compraventa, escrituras. Y una carta escrita con la misma tinta azul, palabras desesperadas que hablaban de su mujer y de mí, su hija pequeña. Suplicaba favores, pedía que le fuera devuelto, al menos, la mitad de lo perdido. En nombre de la amistad que juraron eterna.

Hasta donde yo sabía, mi padre nunca fue un jugador. O nunca más lo fue desde que Eladio Casas le ganó todas las tierras. Campos de tierra yerma en la que no crecía más que tomillo.

"Aromas del Monte", colonias y jabones. La esencia más exportada del país.

jueves, 14 de octubre de 2010

Paisajes

 (...) No ten remate o mundo, non é claro,
non é como o miramos ou nos pintan.
Tanto mundo non colle en ningún cadro!
Ten dentros, ten aforas, viravoltas,
remuíños, recunchos, laberintos
e dimensións estrañas nunca olladas (...)
Fragmento del poema “Picasso”, de Ánxeles Pena

MÓNICA SABBATIELLO
La primera la tuvo de noche. Estábamos de sobremesa cuando se puso a tiritar y a sacudir las manos sobre el mantel como si estuvieran mojadas. Chillaba: “¿No lo veis?, mirad, mirad”. Pero no veíamos nada, sólo las adormiladas presencias de siempre: la mera biblioteca, recuerdos sobre las repisas, los butacones gastados.
Desde mi lado, justo enfrente de ella, me sobresaltó su cara cubista partida a trozos por sus ojos que se volvían oblicuos, pronunciados hacia el rabillo.
“Tenéis que verlo”, persistía. “Es un cuervo, ¿no veis cómo abre y cierra las alas, es un cuervo transformista que se vuelve águila?, ¿pero no lo veis?”.
Nuestro padre la instó a mirarlo de frente. Eva giró la cabeza, aunque mantuvo el tronco en su sitio, a lo Nefertari. Su cara se contrajo y se desplomó sobre la mesa, una mejilla aplastada contra el mantel. Sollozó con hipos de niña pequeña. “Lo he espantado y era tan hermoso”, se quejaba.
Cuando se calmó, quise detalles. “¿Dónde estaba?, ¿de dónde vino?”, le pregunté. Pero madre -una mujer muy religiosa -, me frustró en el intento. “En esta casa no se invoca a los fantasmas. Ni una palabra más de todo esto”. Y para cerrarnos la boca, sirvió nuestro postre preferido. Nuestro padre, que no prueba los dulces, ensayó una explicación mientras encendía la pipa: “Lo que viste fueron los caireles movidos por la brisa y reflejados en los espejos”. Nadie replicó, aunque era una noche sin aire. A pesar de eso, me levanté a cerrar las ventanas.
Al día siguiente nos quedamos Eva y yo solas. Nos instalamos en el salón, ella con sus acuarelas y yo con un libro, creo que de Poe. De esa guisa estábamos cuando me sobresaltó la presión de su mano. “Mira, Eloísa, ahí en la hornacina: ¿no lo ves?”, dijo. Yo sólo veía la pequeña escultura de toda la vida; pero aún así me sobrecogió un escalofrío que trepaba por mi columna. Pura aprensión, sin duda.
Eva sollozó: “Se ha escabullido, como anoche. Me parece que éstos se van cuando los miro de frente”.
Muy excitada me lo describió. Era un gigante con una inflamada red de venas, rasgos cincelados, barba y pelo largos y plateados; mirada de acero enfocada a lo lejos, o que se ahondaba en sí misma, ella no lo sabía con certeza. Al vibrar emitía un resplandor argento. Estaba en la entrada de una gruta azotada por un temporal. Sus brazos abocados a una tremebunda lucha para impedir que el macizo cerrara la entrada de la gruta. Tenía la reciedumbre de un titán.
Mientras me lo contaba, yo me mostraba recelosa y ella radiante, como si Heracles en persona la hubiese trasladado entre sus brazos al Peloponeso. Y comenzó el boceto de un óleo que ha sido considerado como la mejor obra de su etapa juvenil: “Coloso vence a montaña”.
Cuando regresaron nuestros padres y les contamos lo sucedido, mamá mentó tenebrosas leyendas de la casona y dijo que Eva, por su gran sensibilidad, conectaba con los muertos, lo que incluía a nuestros bisabuelos. Y esa misma noche empezó a preparar los baúles. Nos volvíamos a Barcelona. Mi padre, demasiado consciente de su tozudez, no tuvo más remedio que ceder.
La misma tarde que llegamos a la ciudad, Eva y yo subimos a la terraza con unos refrescos. Y allí tuvo otra visión. Una especie de Olimpo con dioses en acción, todo en un estilo muy de cómic. Donde ella vislumbraba ese pavimento homérico, yo veía los macetones con hortensias, la ropa en las sogas movida por la brisa, las azoteas de siempre, y a lo lejos las torres de la Sagrada Familia emborronadas por la bruma que llegaba del mar.
Nuestro padre, bastante preocupado, organizó un periplo por consultas de psiquiatras y neurólogos; quienes, a pesar de su sapiencia no fueron capaces de hallar la causa de sus desvaríos. Poco después, Eva nos dijo que sus visiones habían desaparecido. Sin embargo, sólo nos las ocultó, aunque de eso me enteré la semana pasada, cuando fuimos a mi oftalmólogo, yo para ajustar la graduación de mis gafas y ella debido a su vista cansada.
El doctor Querol le diagnosticó un tipo infrecuente de presbicia que puede causar alucinaciones y le habló de una operación que ella descartó de plano. Al salir nos fuimos hacia el puerto y nos sentamos en una terraza frente al mar. Ella pidió una botella de cava, “para brindar por mi bendita presbicia”, dijo. Y así lo hicimos. Entrechocamos las copas varias veces. Por su cine en tres dimensiones, su universo holográfico y sus laberintos en el tiempo.
“No sufro, al contrario, estoy agradecida”, me aseguró alborozada y le creí. Y fuimos a su atelier para ver las obras que ocultaba: remolinos de guiones infinitos, como cintas sin fin, de pintura en pintura, sacudidos por un ingente ilusionismo mitológico, pesadillas circulares y sin salida de Ariadna; Parcas y nefastas profecías; Argos, que nunca podía estar del todo despierto ni del todo dormido y al que Hermes le cortaba la cabeza, como si fuera la mía, tras arrastrarlo con el sonido de su flauta a un mundo abstracto y sin orillas.
Fue una noche de tiempo comprimido. Contaminada de feroces arquetipos que ostentaban un carácter de molde, de matriz. Nos quedamos hasta que amaneció, tomando un Merlot chileno y con música de jazz, blues.
Una noche rara. No del todo mala. Que acabó cuando la luz del amanecer atravesó los ventanales y rompió el hechizo.
Nos tomamos un buen desayuno. Y volvimos al mar. Ahora para nadar en el agua fría de la mañana; para enraizarnos en esta vida humana y para festejarla.

jueves, 7 de octubre de 2010

Si falta el aire

ROSANA ROMÁN
Rogelio lleva una bolsa con ruedas. Parece que se va de viaje pero no va a ninguna parte. Un delgado tubo transparente sale de la pequeña maleta, sube por detrás de su oreja y entra en su nariz. Vive pegado a él día y noche desde aquel día en que su asma fue a más y despertó de madrugada con el diafragma cerrado impidiendo el paso del aire a sus pulmones.
Fue como estar bajo el agua aguantando la respiración y, al emerger, no poder controlar la entrada de oxígeno, ni por la boca ni por la nariz, incapaz de recuperar el aire.
Con ese ahogo infinito despertó Rogelio. Alargó la mano buscando a tientas el interruptor de la lamparita pero en su atropellado tanteo no lo encontró. Incorporándose, abrió la boca compulsivamente en busca de aire que llevar a su interior, pero sólo consiguió boquear, como un pez fuera del agua.
Abrió el cajón de la mesita de noche tratando de encontrar el inhalador y rebuscó en ella aventando todo lo que no fuera el “tubo salvador”. Aspiró con las pocas fuerzas que le quedaban, una vez, dos veces, tres. Sin resultado. Notó un sofoco subir por su garganta, quemar sus mejillas y galopar en sus sienes y se le apoderó un desespero que incitaba a gritar, aunque apenas consiguió emitir un hilo de voz convertido en lamento. Ni siquiera podía llorar porque le faltaba el ímpetu necesario para arrancar.
Antes de perder el conocimiento se lanzó sobre la mesita empujando todo lo que había en ella: la lámpara, el despertador, el vaso de agua, todo cayó al suelo con gran estruendo en un último intento de que su hermana lo escuchara, de no acabar su vida tirado en el suelo.
Después de varios días en el hospital, cuando le daban ya el alta, se enteró de que Manuela, su hermana, ya no quería hacerse cargo de él y había sugerido que le asignaran una residencia. El propio hospital tuvo que buscarle un centro donde poder recuperarse. Al cabo de un mes, se fue a su casa. La que compartía con su hermana. La que él había comprado con la indemnización que le dieron en la empresa. La que le pagó por haber estado intoxicándose durante cuarenta años. Los que tardó en empezar a ahogarse.
Le dio una semana a Manuela para que se buscara otro lugar donde vivir y se metió en su cuarto para no escucharla llorar.
Ya no fue el mismo desde entonces. No supo qué parte era la enfermedad y qué parte la decepción, pero se le agrió el carácter y se volvió más intransigente.

Sabe que de momento no va a morir, tiene todo el oxígeno que necesita aunque respirarlo se haya convertido en un tormento cotidiano. Aspira suave y poco, reservando fuerzas para la siguiente inspiración y para la siguiente y la siguiente. Y se agota, con un cansancio profundo que va acumulando, como el anhídrido en su abdomen hinchado.
Desde entonces deambula sorteando como puede el humo de los locales, las escaleras y las calles en cuesta, y cuando algún coche invade su acera, baja y lo rodea, pero mientras pasa, con una navajita que guarda para la ocasión, va rayando horizontalmente la chapa de punta a punta, y enseguida vuelve a su acera a seguir arrastrando sus miserias con ruedas.
Pero hoy ha encontrado su paraíso. Está muy cerca de su casa, en la Estación Central. Ha sido cuando se le ha ocurrido ir a tomar un café en el bar del recinto. Mientras estaba allí, ha observado que nadie se fijaba en él. No tenía que girar la cabeza, ni que ocultar la maleta tras sus piernas. Todo el mundo iba con prisa arrastrando un equipaje parecido al suyo.
Ha paseado por la estación, andén arriba, andén abajo, y se ha sentado a descansar en un banco como si esperara su tren. Luego ha vuelto a su casa vacía, con la intención de volver mañana. A eso se dedica Rogelio, a pasear por los vestíbulos de la vida, camino a ninguna parte.

viernes, 1 de octubre de 2010

Tres, una y dos

LOLA ENCINAS
Nos divertíamos mucho. Yo la admiraba por su desparpajo y extroversión, ya que ambas cualidades abrían las puertas que mi timidez y una excesiva racionalidad me cerraban.
Nos complementábamos de tal forma que cuando actuábamos por separado, nos encontrábamos incompletas. Éramos como un pack indivisible.
Pero un día, las cosas cambiaron, o tal vez fuimos nosotras, el caso es que no sé cuál fue el detonante; miento, sí que lo sé, fue Álex.
Le conocimos en una fiesta de fin de curso y nos gustó a las dos. Supongo que nosotras a él también. A partir de ese momento, al confesarnos el impacto que nos había causado, nuestra alianza hasta entonces conjunta pasó a ser individual.
Cada una de nosotras se dispuso para la batalla, haciendo gala de sus mejores armas, y por supuesto, sin desvelar la estrategia.

Lo primero y principal era que Álex se decantara hacia una de nosotras. Una vez hubiera tomado posición, se iniciaría la segunda fase: ambas, elegida y no elegida, intentaríamos seducirlo hasta culminar la conquista.
Durante un tiempo, la lucha estuvo bastante igualada, pero ante la indecisión y pasividad del objetivo empecé a dudar y desilusionarme.
Una vez más, mi mente se antepuso al corazón y llegué a la conclusión de que no merecía la pena el esfuerzo y abandoné la contienda.
El caso es que mi retirada desniveló la balanza y acabó dando la victoria a Lidia. Ella, ni por un momento pensó que su éxito pudiera ser consecuencia de mi decisión. Su bien alimentado ego no le permitía la más mínima duda.

Acababa de sentarme cuando entraron en la cafetería. Hacía lo menos seis años que no los veía. Quedamos frente por frente, lo que imposibilitó el disimulo. Lo sustituimos por una expresión de sorpresa.
Nos besamos y los invité a sentarse en mi mesa.
La charla fue un “bosquejo” actualizado de hechos.
No faltaron las típicas y consabidas anécdotas del pasado, que dejaban constancia de nuestra antigua amistad.
Como siempre, Lidia tenía el monopolio de la palabra. No paraba de hablar, se la veía radiante y satisfecha. Álex y yo nos limitábamos a sonreír, y a poco más.
A partir de ese día nos vimos con frecuencia. Compartíamos salidas y amigos comunes. Lidia presumía ante el mundo, y especialmente ante mí, de su amor y su felicidad.

Mi amiga olvidó que las guerras importantes suelen ser largas. Y que a pesar de existir períodos de aparente paz, nunca se debe subestimar al enemigo, sobre todo si ha sido ”derrotado”. La exhibición del botín conseguido fue una provocación que hizo revivir en mí los fantasmas del pasado.
Había llegado el momento de poner en práctica una nueva y muy premeditada estrategia. No iba a ser tan generosa como antaño. Algo en mi interior se rebelaba y pugnada por salir, algo que daría un vuelco definitivo a la batalla final.

Han pasado seis años más desde el casual encuentro en la cafetería. Y todo ha cambiado, incluso yo.

Este mediodía he ido a buscar a Álex. Hemos comido en un restaurante cerca de su trabajo.
Estábamos en el postre cuando Lidia ha entrado en el local. No nos ha visto.
Álex me ha cogido de la mano y me ha besado. Ha pedido el café y la cuenta.
Como hacía una tarde espléndida, hemos ido paseando tranquilamente a buscar a nuestro pequeñín a la guardería.