miércoles, 15 de septiembre de 2010

El hombre niebla

MARC BALLESTER 

“Cuando las tinieblas se ciernen sobre una empresa, ésta deja de ser el faro que orienta y dirige las vidas de los que allí trabajan.”  
Productividad y convivencia, de Benjamin Walter

Fermín madrugó un lunes por la mañana con la inocente disposición de reincorporarse a su puesto de trabajo tras un periodo de convalescencia. Tuvo serias dificultades en localizar y reconocer las calles anexas al edificio central de la tercera subsecretaría del segundo ministerio. Aquellas paredes albergaron antaño un matadero donde se descuartizaban vacas, cerdos y otros bichos engordados para ser degollados. Los arquitectos, al reformar el edificio, habían respetado la antigua estructura, que disponía de un patio central con un sencillo claustro con argollas oxidadas incrustadas en las paredes a la altura de la cabeza, separadas unas de otras por unos dos metros de distancia; bastaba un poco de imaginación para vislumbrar la escena: animales en fila india, sedados, atados y atontados, ignorantes de su futuro cierto.
Fermín accedió con dificultad al patio- A los conserjes les costó reconocerlo y, tras pedirle su acreditación, se disculparon a pesar de que la fotografía del carné estaba desdibujada. En el claustro Fermín dudó hacia dónde debía dirigir sus pasos. En su mente se mezclaban imágenes confusas. Era propio de su enfermedad. El diagnóstico del equipo médico fue claro: se encontraba en una fase avanzada e inestable del Síndrome del Hombre Niebla (SHN), cuyos síntomas más concretos eran la invisivilidad y la olvidabilidad. El SHN fue diagnosticado por primera vez en 1769 en EEUU por el profesor John Stone. Aquellos que se aventuraban a navegar por las coordenadas del temible Triángulo de las Bermudas se arriesgaban a enfrentarse a un extraño fenómeno: la ausencia total de viento y de corrientes submarinas y la aparición de una misteriosa bruma. Un velero de más de tres palos podía llegar a detenerse totalmente durante seis u ocho semanas, permaneciendo estático como si estuviese anclado y dormido a perpetuidad, y su tripulación podía verse obligada a soportar temperaturas de más de 40 grados hasta ver agotadas las reservas de agua dulce y provisiones. Los resultados eran imprevisibles; la tripulación superviviente era rescatada en medio de crisis angustiosas de identidad. Afirmaban tornarse intangibles ante sus propios ojos y vagaban por cubierta sin rumbo y sin recuerdos, armados con cuchillos y arpones, hiriéndose unos a otros o saltando desesperados por la borda, ahogados de niebla y mar.
Después de dudar un buen rato, Fermín reconoció el letrero que indicaba su puesto de trabajo: Departamento Periférico de Asuntos Turbios e Internos. Durante cuarenta años Fermín había desempeñado con corrección y sin conflictos aparentes las tareas propias de su escalafón.  Como quería mostrar un buen estado de salud ascendió por las escaleras, aunque a mitad de camino se maldijo preguntándose por qué lo había hecho. Era uno de tantos síntomas del síndrome: iniciar una actividad y a medida que se avanzaba en la ejecución, olvidar su sentido. Cuando llegó a la última planta tropezó con un nuevo letrero que refrescó su memoria y le evitó quedarse como un pasmarote en el pasillo molestando a todo el mundo. En reiteradas  ocasiones, se vio obligado a pedir disculpas puesto que con su andar titubante chocaba a izquierda y derecha con los compañeros de su departamento, como si no lo viesen, por un momento pensó que quizás se hubieran contagiado de su mal, pero rápidamente desechó la idea. Se fijó pero no reconoció ningún rostro. Pensó que debían de ser nuevos, aunque la idea no le consoló. Gracias a una muesca en el marco de la puerta, identificó su antiguo despacho.
Abrió y entró. Dos hombres conversaban alrededor de una mesa redonda. Eso le desconcertó. Había anunciado su regreso con suficiente antelación. Allí echaba en falta la mesa cuadrada de toda la vida, y aquellas dos personas, porque en ese instante cayó en la cuenta de que antes les había asignado un sexo determinado, y ahora dudaba, no lograba situarlos en el organigrama, pero la verdad es que hicieron caso omiso a su entrada, continuaron con su franca tertulia, intercambiando sonrisas cortas y gestos largos; quizás hablando de algo importante. Fermín dio los buenos días y esperó con prudencia. Nada, no sucedió nada. Ni se giraron ni alteraron el flujo de sus palabras, y siguieron encadenando frases y elucubraciones en voz alta, ignorando al recién llegado. Carraspeó y uno de ellos alzó los ojos y miró sin verle, atravesando su cuerpo. Fermín pensó que estaba flaco pero no tanto. Aquellos intrusos no tenían ánimo de reaccionar, no solo invadían su antigua estancia sino que podrían pasarse así toda la mañana y para acabar levantándose y marchando a alguna reunión de suma importancia, como las que siempre ocupan a los directivos. Dio una palmada y ¡eureka!, le miraron y uno de ellos, ajustándose las gafas, le respondió al saludo, aunque le dijo que lo veía borroso y que costaba, a primera vista, saber quién era. Él se presentó y dudó al explicar que se reincorporaba a la subsecretaría y que aquel era su despacho desde hacía varias décadas. No le entendieron. Como su contorno era borroso no se atrevían, por respeto y asco, a tocarle, pero no dudaron en mostrar su extrañeza. Le dijeron que de ellos dependían las nuevas incorporaciones y, cómo no, las reincorporaciones; pero después de titubear, consultar listados de la plantilla de trabajadores y telefonear a las personas pertinentes, afirmaron instantes después, sin dejar lugar a dudas, que no constaba en ningún registro y que no podía regresar al trabajo puesto que allí no trabajaba ni había trabajado nunca. Fermín se puso nervioso, y aquello lo puso aún más borroso. Ellos hicieron un breve comentario jocoso comparándolo con un canal de televisión sin descodificar. Fermín les instó a que comprobasen en las orlas de años anteriores las fotos del ágape navideño. Él recordaba, aunque ya no estaba seguro, haber posado repetidas veces junto al director general. Para que se calmase un poco y porque les dolían los ojos mandaron a un auxiliar a por los anuarios de la subsecretaría. Al rato, los tres pasaban páginas y páginas, y Fermín comprobó horrorizado que no estaba en las fotos y que su lugar junto al director general, brindando con cava, lo ocupaba ahora un desconocido. Les arrancó el libro de las manos, lo cual les asustó puesto que pareció que el libro volaba solo. Fermín desaparecía segundo a segundo; buscó y rebuscó pero ahora ya no reconocía ni el rostro del director, y estaba allí, seguro. Fermín lloró, pero nadie pudo verlo. Oyó los comentarios de aquellos dos desconocidos. Decían que lo sentían mucho, que era una situación muy desagradable, pero que no se explicaban cómo se había marchado tan rápido sin abrir la puerta. Al instante recobraron las sonrisas y salieron al pasillo; al emprender la marcha no volvieron a mencionar lo sucedido, no tuvieron que esforzarse porque parecían no recordarlo. Los siguió un rato, pero como no hablaban de él ni de los anuarios, olvidó por qué seguía a alguien y a quién.
Horas más tarde, Fermín consiguió acceder al exterior del edificio. La niebla seguía allí, esperándole. Como pudo, caminó sin rumbo, sin hambre y sin rencor. Intentó ajustarse los puños de la camisa pero fue incapaz de localizar sus antebrazos, se frotó las palmas de las manos y apenas pudo ver su silueta, abrió las manos y vio a través de ellas la niebla que ocultaba los adoquines del pavimento. La niebla era cada vez más espesa, lo envolvía y diluía todo. Como no podía verse, se olvidó de sí mismo. Tan solo se acordaba de respirar y, de vez en cuando, se sorprendía con un grito porque alguien o algo le había pisado. Fermín no lo sabía entonces, pero la epidemia del síndrome no había hecho más que comenzar.

2 comentarios:

  1. No hay vacuna !
    Y según las últimas noticias,la pandemia se va extendiendo irremediablemente.

    ResponderEliminar
  2. Como lo hizo en su tiempo el Maestro ruso, también este relato nos inquieta y nos pone frente al monótono, inútil, embrutecedor y despersonalizado mundo del trabajo burocrático y alienante que nos ata como animales a punto de ser sacrificados.

    Quien avisa no es traidor:
    "...la antigua estructura, que disponía de un patio central con un sencillo claustro con argollas oxidadas incrustadas en las paredes."

    ResponderEliminar

Escribe aquí tu opinión: tus comentarios y tus críticas nos ayudan a mejorar