martes, 31 de agosto de 2010

La cama

MARIA GUILERA
No he respondido a la llamada. Al cabo de un rato, he escuchado la voz de Carmen en el contestador.
”Han dejado una cama en la esquina de Urgel con Mallorca. De los sesenta, buenísima. Llámame, me quedo ahí esperando para que nadie se la lleve”.

Tengo que hacer algo. Está llenando el loft.
”Con lo imprescindible, justo lo que necesitamos para vivir”, dice ella.
Ese no era el acuerdo. Habíamos hablado de un lugar para trabajar, de un espacio en el que cada uno se movería con libertad. Compartir, solo los gastos
Es verdad que pensé también en algo más, pero no se lo dije. Soy tímido, muy poco lanzado. Y ella me gustaba. Es tan decidida, tan directa, tan distinta a mí.
Aquel día le dije, exactamente le dije,
”¿Bajas a desayunar? Tengo que hablarte de algo”.
Y diez minutos más tarde, en el bar, le conté que me habían ofrecido un local industrial en Poble Nou y que me gustaría alquilarlo para tener allí el taller, pero que era demasiado caro.
En seguida me preguntó cuánto dinero pedían por él y los metros que tenía.
Quedamos en ir a verlo a la salida del trabajo. En su coche. Yo hace tiempo que voy y vengo en bicicleta.
”Estoy nerviosa”, me dijo al arrancar. Y puso su mano en mi pierna.
Luego empezó a hablar sin descanso. Me preguntó cómo lo había conseguido, qué clase de contactos tenía yo, pero no me dio tiempo a responder. Me explicó que estaba harta de trabajar en la empresa, que le cortaban las alas, que no podía esperar más y quería instalarse por su cuenta.
Volvió al tema del local y pareció muy admirada con mi suerte.
”Si están buscadísimos, ¿cómo lo has hecho?”, se preguntaba.

Cuando llegamos todavía entraba la luz. Los ventanales eran muy grandes, se veía la calle sin árboles y alguna fábrica abandonada.
”Casi doscientos metros cuadrados en dos plantas”, le dije.
”Fantástico, fantástico”, exclamó. “Tú arriba y yo abajo. ¿Te parece bien?”
Se descalzó y caminó sobre el suelo de cemento con los brazos abiertos, como en las películas.
”Es que ya lo estoy viendo”, decía andando de un lado a otro. “Aquí una mesa enorme, grande de verdad. Me gusta extender las telas, nada de muestrarios”.
Miró hacia arriba y se entusiasmó con las lámparas.
”Perfectas, esas no las tocamos, son de diseño antiguo, de nave industrial, qué pasada”.
Entonces me abrazó, después de lo de las lámparas. Me apretó muy fuerte la cintura. Es tan pequeñita.
Yo me quedé quieto, no sabía qué clase de abrazo era. 
Después subió las escaleras, pero su perfume se quedó abajo.
”Aquí han dejado unas cajas de madera”, gritó. “Sobre todo que no se las lleven”.
Al salir tomamos unos vinos y hablamos de dinero. Ella no parecía darle importancia, me dijo que si podía, si no me iba mal, dejara yo el importe del depósito. Que se había quedado sin efectivo después de las vacaciones; sin cash, dijo, pero que estaba a punto de cobrar un trabajo independiente.
”Te lo daré en seguida, no te apures”.
”No pasa nada”, le dije. Era verdad.
Me gustó el acuerdo. Cada uno lo suyo. Me pareció que todo sería fácil.

Aquella noche, mientras cenábamos, hablé con mi padre. No dejaba de llevarse la cuchara a la boca, pero movía la cabeza y me miraba con los ojos un poco cerrados, con atención.
”No quieras ir demasiado aprisa”, me dijo.
Luego nos sentamos en el sofá los dos y miramos un concurso de palabras difíciles en la televisión. Parecía que mi padre siempre las conociera.
”Eso mismo, sí señor”, decía. Siempre repetía la respuesta del concursante.

Dos semanas más tarde nos instalamos en el local. Yo llevé poca cosa. La mesa de caballete, el ordenador, unos libros y una lámina de Rothko. Compré unas estanterías metálicas, pero todavía no las he montado.
La ayudé con sus muebles. Unos sillones muy grandes, una mesa antigua de madera maciza. ”Recuperada”, dijo. Y un espejo de casi dos metros, con un marco de acero, que encontró en un contenedor.
”La gente no sabe lo que tira”, me gritó desde la calle. “Baja, ayúdame”.
Fue una suerte que ella hubiera elegido la planta inferior.

No me acuerdo cómo fue la primera vez. Carmen estaba a mi espalda y me abrazó, pero no sé qué había ocurrido antes, por qué lo hizo. Sé que yo estaba muy cansado y tenía miedo de quedar mal. Que cuando se quitó la pinza del pelo y se le cayó al suelo, todavía era de día. Después no la encontrábamos, había oscurecido y tuvimos que iluminar con una linterna por debajo de las cajas. Ahí estaba.
También sé que teníamos sed y ella sentenció,
”Esto no puede ser, aquí falta una nevera y unas botellas de cava”.
Empezaron a llegar electrodomésticos. No solo la nevera, también un lavavajillas, un microondas. Compramos platos de porcelana y copas de cristal para la inauguración. Dijo que ni hablar del plástico, que daba mala imagen y que la fiesta se hacía para todo lo contrario.

Yo no hubiera querido despedirme de la empresa hasta tener algunos encargos, siempre fui prudente. “Miedoso”, precisó ella.
Pero no pude compartir mi horario de trabajo con las salidas, las compras, las visitas a nuevos posibles clientes. Había que dejarse ver. Había que arriesgarse.

Me lancé a la aventura por primera vez. Dibujé mis primeros proyectos y empecé a ser libre. Me sorprendía añorando el tiempo en el que soñaba con lo que ahora tenía.

Ella me acompaña cada día a mi casa en el coche. Yo ya nunca cojo la bicicleta. Mi padre la ha guardado en el trastero.
Por las noches me cuesta dormir. No estoy seguro de lo que hago, mi idea era otra, pero no sé cuál. Me imagino solo, estudiando, dibujando, mirando libros de arquitectos clásicos, paseando por el barrio y descubriendo restos de chimeneas del siglo pasado.
Me desvelo y entonces la imagino a ella, tan feliz, en la planta inferior, medio tumbada en el sillón moviendo las piernas como una tijera. Me llama con la mano sin dejar de hablar por teléfono. Yo la obedezco siempre, dejo lo que estoy haciendo y corro escaleras abajo.
Ella sostiene el auricular entre la mejilla y el hombro y se baja la cremallera de la falda.
Luego me obliga a esperar hasta que se despide, y eso puede llevarle mucho tiempo.
Trabajamos poco.

No quiero dejar mi casa. Mi padre y yo nos llevamos bien. Él se ocupa de todo. No es indiscreto, solo me pregunta qué tal me va y si voy a cenar en casa. Nos hacemos compañía, siento que me necesita. Sé que no va a ser así siempre, que un día me iré a mi propia casa y tendré mi família, vendremos a verle los domingos con un pastel de postre y nos quedaremos un buen rato mirando los concursos de la televisión.
Para eso falta tiempo, creo.
Todo ocurre sin que me de cuenta, no tengo tiempo de pensar, no puedo decidir nada.
Ahora Carmen ha encontrado una cama. Me ha dejado el mensaje en el contestador. Creo que la cama es un mueble definitivo.

Pero tengo la sensación de que ella tampoco me quiere.

jueves, 12 de agosto de 2010

Tengo un nombre

MÓNICA SABBATIELLO

“No hay milagros; lo que aparece como tal
es caminar corriente en otro mundo.”

Ludwig Hohl

UNO
“Disculpe señor, no es culpa suya, ni de nuestros perros; soy yo, es mi mala racha”, así trato de disculparme con el viejo, un perfecto desconocido, con quien de sopetón me encuentro unida en un estrecho abrazo en pleno centro de Barcelona. Los transeúntes se paran a mirarnos como a dos bichos raros. Y no es para menos, pues danzamos un bolero ardiente en esta acera demasiado concurrida para tales profusiones. Como dos lapas, rodeados y apretujados por las irreductibles correas de nuestros respectivos chuchos –cada vez las hacen más fuertes-, a las puertas de una administración de lotería, donde el anciano ocupaba su lugar en la cola, tan tranquilo hasta que llegué yo, tensa y deprimida, con mi chow chow en celo.
Mientras danzamos se desploma sobre nosotros un aguacero que le arranca al viejo una carcajada a mandíbula batiente. Me cae tan bien en ese momento. Su perfume, su aire de galán, su risa franca.
Nos organizamos para desenredarnos, girando ambos en la misma dirección. Pero los perros están cada vez más excitados y dan vueltas en sentido contrario, hasta que nos enganchan los pies y acabamos en el suelo, empapados y desternillándonos. Hace años que no me divierto hasta las lágrimas. Cuando logramos soltarnos, nuestra mutua simpatía está sellada.
Tras las presentaciones –se llama Tomás y su setter, Miles- me dice: “La mala racha que mencionaba, creo que está a punto de terminar. Esta danza es propiciatoria. Ya lo verá.”
Lo espero hasta que comprueba que no ha sacado ni siquiera terminación, y nos reímos otro rato, resguardados bajo una marquesina. La conversación fluye de manera tan espontánea que al poco rato ya sabemos dónde vivimos: los dos en la misma calle, a pocos metros de distancia. No sé por qué, no me sorprende. Compartimos un taxi hasta la esquina de mi casa y de la suya, y llena de curiosidad, lo invito a subir. Mientras voy a la cocina, él se esfuma, va a curiosear. Nuestros perros corretean olisqueándose. Mientras preparo un tentempié reconozco mi cambio de ánimo: me siento casi alegre, lo que me resulta extraño y conmovedor.
Cuando entro, Tomás está tumbado sobre el parquet. Con sus ojos miopes escruta los microscópicos grafismos de las mariposas que copulan, esa pequeña escultura con la que remato todas mis obras. Es como mi firma.
Le había contado en el taxi, camino a casa, la causa de mi pesar, y supo así de mi obsesión por un tipo de gabardina oscura, no muy alto y algo desgarbado, que había reparado en aquellas mariposas en una perfomance extrema, como todas las que monto.
El día de la presentación, con la galería llena de gente, el extraño ignoró el escándalo de la muestra -los kilos de pegamento y de pintura, las imágenes pornográficas, mi auto-tatuaje en vivo, los gritos, la sangre, las rejas que caían, en fin, toda la parafernalia-, para dejarse atraer por los grafismos. Algo en lo que nadie nunca reparaba.
De ahí surgía todo mi pesar: por haberlo dejado marchar sin preguntarle de dónde venía ese interés.
-¿Fue un flechazo? -me preguntó Tomás en el taxi.
-No. Se trata de algo más oscuro, como si ese hombre supiera algo que yo ignoro y que debiera conocer.
-¿El significado de las inscripciones?
-Así es. Me llegan como en un dictado. Se me imponen de tal forma que casi me provoca miedo.

DOS
Cuando apoyo la bandeja en la mesa, miro a Tomás y lo siento tan familiar que se me remueve el alma. Se levanta y me dice:
-Creo que la puedo ayudar. ¿Tiene una lupa? También un cuaderno y un rotulador.
Subimos las mariposas a una repisa y copia los símbolos. Me dice que son cabalísticos. Avergonzada reconozco que no me había percatado de ello, a pesar de que en mi familia había varios estudiosos de la materia. Son letras hebreas tan pequeñas que no supe reconocerlas.
Le muestro las restantes mariposas y sus inscripciones, y de todas ellas saca apuntes. Dos horas más tarde se va a su casa. Volveremos a encontrarnos por la tarde, para ir juntos a la biblioteca que la comunidad israelita tiene en el barrio de Sant Gervasi. Allí él conoce a una experta. Tomás es un hombre de amplios recursos.

TRES
Tengo varias horas por delante y las dedico a exhumar recuerdos de mi baba Esther. Me embarga la añoranza. Hace cinco años acompañé sus restos al cementerio israelita de Buenos Aires. Ella nació en Chelm, Polonia. Y le pasó de todo. Enviudó apenas nació su única hija, mi madre. Y cuando los nazis la fueron a secuestrar, pudo dejar a mi madre con unos amigos. Pobre Baba. La internaron en el ghetto de Varsovia y de allí la deportaron a Sobibor, el campo de exterminio. Pero junto a otros, consiguió escapar. Una larga historia.
Cuando miro sus fotos, caigo en la cuenta de que fue a partir de su muerte, que empezaron a aparecer esos símbolos en mis obras. Qué extraño que no me hubiera dado cuenta antes.

CUATRO
Tomás llama al portero eléctrico. Antes de salir, me miro en un espejo. Y veo la imagen de mi abuela, con el pelo rojo bien tirante, con estas gafas de pasta que rara vez uso, con este anticuado abrigo de paño, el bolso negro pasado de moda y estos zapatos de cabritilla negra con un buen tacón.
“Baba, ¿no serás vos la que anda detrás de todo este lío, no?”. Sin esperar respuesta, salgo taconeando sobre estos desvencijados zapatos que parecen de la segunda guerra mundial.
No sé porqué me vestí así. O sí lo sé. Ella me iba inspirando.
Cuando aparezco en el hall, Tomás me examina palmo a palmo, como reconociéndome.
Nos vamos a buscar su coche a un garaje cercano, y en el trayecto a Sant Gervasi, se mantiene sumido en el silencio.

CINCO
Leonardo Bronstein es un hombre calvo y miope de sonrisa tímida que nos recibe en una sala repleta de libros y pergaminos. Cuando Tomás nos presenta, le explica que mi nombre artístico es Butterfly, y señala la coincidencia con las mariposas, como soportes artísticos de las letras hebreas.
-Los nombres suelen señalar algo para los cabalistas. Nomen est omen -respondió Leonardo Bronstein.
-Yo me puse ese apodo hace cinco años, cuando murió mi baba, porque ella me llamaba así. ¿Realmente puede tener algún significado? -dudo.
-Ya lo creo. Usted debe indagar por qué se lo puso, sin pasar tampoco por alto que se llama Esther, como su abuela. ¿Sabe que en Israel una vez al año, cuando se conmemora el Holocausto, la gente pasea por la calle llevando un distintivo que dice, en hebreo y en inglés, Tengo un nombre.
-Sí, es como decir: no soy un número tatuado -le respondí.
-¿Llevaba su abuela un número tatuado?
-Sí, pero me duele hasta mencionarlo.
-Anótelo en este papel y démelo. Hay combinaciones que siguen un orden específico, cuya finalidad vamos a descubrir. No se preocupe, la Tous la ayudará a descifrarlo. Venga conmigo, que se la presento. Tomás ya la conoce.

SEIS
La Tous es doctora en ciencias exactas y experta cabalista. Cuando nos recibe en su pequeño despacho, me anonada la profundidad de su mirada, que parece subir desde algún remoto abismo.
Con una voz apenas audible, nos explica cómo descifrará las inscripciones a través de varios sistemas. Con uno de ellos, que llamó bustrófedon, formará palabras que pondrá una encima de otra, para proceder a una lectura vertical.
La Tous se muestra tan tímida que me cuesta seguirla sin ruborizarme.
Para disimular, voy tomando notas.
Nos dice que también va a usar el gematrya, que parte del valor numérico de las palabras -atribuyéndole diez significaciones a cada letra- para llegar a otras nuevas con el mismo valor. Y otros dos métodos: el notaricón, con el que formará acrósticos, y la temurá, con la que traspondrá las letras al modo de un anagrama para que formen nuevas palabras.
Levantando apenas la vista de los papeles, nos cuenta, no sin rubor en su anguloso rostro, que ella ama la numerología, y que la aplicará a fondo para descifrar los textos de las mariposas.
-Cada letra tiene asignado un número y la lectura cabalística puede revelarnos el sentido de esos mensajes. Si obtenemos un resultado será como si usted recibiera un manual de instrucciones.
Me siento escéptica y cansada. Me dice que me llamará pasados unos meses. Todo esto lo hará gratis, por amor al arte, o mejor, a los números. Salgo confusa, como si otra realidad estuviera tratando de atraparme.
Al cruzar las puertas del edificio, una visión de Tomás en los cristales termina de aturdirme, ya que me parece reconocer al extraño visitante de la galería de arte. Pero no puede ser. El otro era más joven y tenía una melena rizada y oscura y Tomás es calvo. Estoy sufriendo una alucinación, fruto de un día tan intenso.
Comemos una pizza cerca de nuestras casas, hablando de temas livianos, y nos despedimos. Yo necesito relajar tanta tensión y llamo a mi amiga Eloísa para ir al cine.
A partir de ese momento, los días transcurren lentos, ahítos de presagios. Sólo Tomás abre brechas en este tiempo enrarecido, con sus visitas de los sábados.
Nos tomamos unos cafés bien cargados y dulces sefardíes, que son mi especialidad, y luego reunimos todas las mariposas en una mesa y las fotografiamos usando lámparas de infrarrojo.
Las ampliamos varias veces, en un improvisado laboratorio en el baño pequeño. A tal punto las expandimos, que las letras aparecen píxeladas a lo Andy Wharol. Tomás le lleva las copias de las fotos a la Tous, que continúa con sus cálculos de tabernáculo.
Al fin, tras varios meses, llega el momento tan anhelado de encontrarnos con ella. Pero justo ayer tuve convulsiones y mucha fiebre. Estoy postrada, con vahídos que me impiden levantarme.
Tomás, que tiene soluciones para todo, trae a la Tous a casa.

SIETE
Cuando entran a mi dormitorio, los veo tan blancos que sospecho lo peor. Las uñas de la Tous, recarcomidas, muestran heridas lacerantes y su respiración parece agitada.
Se sientan en las butacas y sobre mi cama despliegan un pergamino en el que aparecen palabras hebreas con reflejos tornasolados. Forman un anagrama de cinco filas horizontales y otras tantas verticales.
Las explicaciones de la Tous, emborronadas por mi fiebre, me llegan oníricas y fascinantes. Tan extrañas que llego a pensar que estoy frente a una demente. Debe percibirlo, porque me mira de una forma especial, con sus pupilas cargadas de tesoros, infundiéndome confianza. Así puedo abrir mi mente y captar algunos de sus hallazgos numéricos, como el equivalente al término “nes”, que es igual a milagro.
Y también “iel”, que alude a enhebrar significados salvando el vacío.
Me anuncia, al fin, que esos criptogramas serán para mí un gran consuelo.
-Y no sólo para usted, sino también para su abuela Esther y para Tomás.
No soy capaz de sacar ninguna conclusión.
Tomás aprovecha mi anonadamiento para introducirse detrás del biombo y salir transformado con una peluca de pelo negro y una gabardina oscura. Y entonces, cuando lo veo, lo reconozco: es el hombre de la exposición, el que contemplaba las mariposas. Aquel que había dejado escapar.
Para no desmayarme, hago respiraciones yóguicas, y aún así, no me recupero hasta que él me trae un coñac y me contagia su inopinado ataque de risa.
Ya calmados, me explica que mi abuela fue el gran amor de su vida. Que él también es judío, sefardí. Que se conocieron en Sobibor, pero que se perdieron de vista en la confusión de la fuga, y no volvieron a encontrarse nunca más. Coincidiendo con el fallecimiento de mi baba –según dedujo cuando yo le dije la fecha-, empezó a recibir mensajes en clave cabalística, en una especie de cripta que se le aparecía en los sueños.
La Tous le ayudó a interpretarlos, y así llegó hasta mi perfomance, disfrazado para pasar desapercibido, por las dudas. Sin embargo, no se podía explicar el encuentro frente a la administración de lotería. Nada se lo había augurado.
«Tú», me dice Tomás con ojos húmedos, mientras acaricia mi mano, «seguramente has leído a Borges». En su relato Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius, dice “Mientras dormimos aquí estamos despiertos en otro lado y así cada hombre es dos hombres”. Algo semejante a la propuesta de tu abuela, según ha deducido la Tous en las inscripciones de las mariposas: que le cedas un espacio en tus sueños, para que ella viva.
Y lo hemos hecho.
La metodología es secreta. No puedo desvelarla aquí sin riesgo.
Sólo puedo decir que los textos hebreos de mi abuela, montados en un cuadrado mágico de veinticinco casillas, forjaron un laberinto entre dos mundos que nos permite el intercambio. Ahora, Tomás comparte con ella el tiempo en el que yo duermo.
Cuando me despierto, cada día, encuentro sus notas, flores y dulces. Y su perfume que inunda mis ámbitos. Y una felicidad innombrable.
Sin embargo, extraño tanto al viejo Tomás.