martes, 27 de julio de 2010

Los aretes nupciales

ROSANA ROMÁN
Nadie hubiera podido imaginar que un ritual como el de hacerse agujeros en las orejas pudiera llevar a la desgracia que aquí se relata.
Todo sucedió cuando Amélie recibió la petición de matrimonio por parte del joven Germain, un apuesto muchacho que desde niño había sido el más ferviente admirador de su belleza.
Los padres de ambos eran muy buenos amigos y siempre habían mantenido la esperanza de convertirse en familia gracias a esas nupcias. Felices por el compromiso, organizaron una gran fiesta a la que fueron invitados todos los habitantes del poblado.
Bailaron y bebieron hasta el alba. Los enamorados se dejaron arrullar por la brisa, mientras contemplaban los ardientes colores del amanecer.
-Así será nuestro amor -dijo Amélie-, cada día uno nuevo, con matices distintos a cual más bello.
-Y yo los llenaré de pasión, para que nunca sean monótonos – añadió el joven.
Fue en ese momento cuando él apartó los cabellos de la larga melena de la muchacha y acercó sus labios a la delicada oreja, besándole el lóbulo y susurrándole al oído:
-Mi princesa necesita unos aretes y yo voy a regalárselos -y sacó de un pequeño saquito unos pendientes que él mismo había elaborado con metal y perlas de agua dulce.
Amélie le besó emocionada, pero respondió afligida:
-Son preciosos, los más bellos que he visto jamás, pero… no tengo orificios para prenderlos.
Al ver el rostro contrariado de su amado, la muchacha trató de quitarle importancia.
-No te preocupes, mañana mismo le pediré a Bruna que me los haga y así podré lucirlos en nuestra boda.
Pero al día siguiente, cuando Amélie fue en busca de Bruna, no la halló en su cabaña. Según le aclaró su resacoso marido, la curandera había salido, como cada día de luna llena, a buscar plantas para sus curas y ungüentos, y no volvería hasta el atardecer.
Esta contrariedad la entristeció, anulando su buen juicio pues, temiendo no poder cumplir su promesa, buscó sin resultado a alguien que le perforara las orejas.
Echaba en falta a su madre, fallecida hacía cinco años, que habría sido feliz con los preparativos de la boda y la habría ayudado para que luciera bella con su preciado regalo.
Como si el destino quisiera ponerle trabas, no halló a nadie dispuesto a solucionar su problema. Muchos dormían aun después de la larga celebración. Otros no tenían tiempo.
Así fue pasando la mañana y acercándose el momento en el que iba a encontrarse con Germain. Pensba que él se sentiría decepcionado cuando la viera con las orejas aún desnudas.
Como último recurso, Amélie decidió pedírselo al matarife de la comunidad. Un hombre tosco, con desproporcionadas manos que le resultaban muy útiles a la hora de sujetar a sus presas antes de clavarles en el cuello su siempre afilado cuchillo.
El habitáculo del matarife estaba impregnado de un olor nauseabundo a sangre cuajada que era ya perpetuo aunque no guardara piezas para desollar.
Él no puso impedimentos. Le hizo inclinar la cabeza sobre el tronco de cortar la carne y le agujereó los lóbulos de las orejas golpeando con una pesada piedra una punta afilada a modo de cincel. Luego le introdujo los aretes para que el hueco no se cerrara y la mandó a lavarse la herida con tomillo.
Amélie, dolorida pero contenta, salió dispuesta a enseñarle a Germain lo bien que lucía con sus aretes. Nunca imaginó que en aquel momento comenzaba el principio del fin.
La primera señal de que algo andaba mal fue al cabo de tres días, mientras le servía la comida a su padre. Un espasmo le impidió encoger el brazo, que se le quedó agarrotado. La olla de barro se estrelló en el suelo y a ella tuvieron que abrirle los dedos uno a uno para poder quitarle el cucharón.
Siguieron otros indicios, como el beso que no pudo devolver a Germain porque su mandíbula quedó inmóvil y la boca cerrada como una concha.
Esta vez consultaron a Bruna, quien tras conocer los síntomas, ensombreció su rostro y aseveró:
-Es Tetani. No tiene cura, ya está en la sangre. Sólo puedo aplicarle algún remedio para el dolor, hasta que muera.
El poblado entero quedó consternado por la noticia. Buscando responsables de la desgracia, encontraron a muchos a quien atribuírsela, por lo que pasaron horas discutiendo entre ellos. Se decía que la culpa era de la misma Amélie por ser tan terca y no haber esperado a Bruna; otros opinaban que la responsable era Bruna por no estar cuando la necesitaban; hubo quien defendió la teoría de que había sido el matarife, y otros, que Germain por infectarla con el metal de los pendientes.
El alcohol consumido y la tristeza general hicieron desbarrar a algunos que acabaron culpando al marido de Bruna, por no haberle contado a su regreso que la muchacha la buscaba, y hasta la madre de Amélie fue señalada porque, según decían, si no se hubiera muerto esto no habría pasado. Al final, acabaron aceptando que ninguno de ellos había prestado ayuda a la joven y todos se sintieron culpables.
Germain no se separó de ella ni un momento mientras maldecía la hora en que se le ocurrió adornar las orejas de su amada, cuando en realidad, se repetía, su belleza era tal que no necesitaba de aquellas bagatelas. En cambio ella, resignada a su suerte y cada vez más débil, le hizo prometer que la enterrarían con los pendientes puestos, porque quería llevarse consigo algo que él había hecho con tanto amor.
A pesar de las circunstancias, decidieron casarse. La novia tuvo que estar toda la ceremonia sentada y su dolor se manifestaba en las moradas ojeras a juego con la corona de violetas prendida en su cabello.
No hubo por aquellos lugares un matrimonio tan corto. Apenas pudieron disfrutar de una noche de amor. La joven agonizante pedía ayuda para soportar el dolor hasta que su alma la abandonara y Bruna le dio a beber una pócima que la sumió en un profundo sueño.
Cuentan que Germain quiso morir con ella, para que el destino los uniera por siempre en el más allá. Pero no se lo permitieron porque no había llegado su hora.
Desde entonces, dedicaba gran parte de su tiempo a buscar perlas y conchas y elaborar largos aretes que iba colgando en el gran roble que custodiaba la tumba de su joven esposa.
Narran que la brisa agitaba los adornos y el brillo del nácar hacía guiños al sol. En respuesta, sus rayos dotaban a las ramas de una belleza tal, que el árbol parecía tener luz propia.
Los días de viento, el roce de los colgantes emitía sonidos melódicos que hacían las delicias de los enamorados. Éstos, atraídos por la música, se cobijaban bajo el abrigo del roble para declararse su amor.
Y así fue como aquel lugar tan especial se llenó de magia y los hijos de los hijos de los hijos de los que allí se cortejaron fueron agraciados con el don del eterno amor.

8 comentarios:

  1. Así se escriben los cuentos clásicos, Rosana: con dosis precisas de imaginación, lenguaje acorde con las lecturas de la época, descripciones de ceremonias tan salvajes como la ocasión requiera (¡impagable esa tabla de cortar y el certero golpe del matarife!)y finales felices que redimen los sacrificios de los protagonistas.

    ResponderEliminar
  2. Hola, soy un lector de ustedes en Minneapolis, Minnesota, USA. Estoy francamente admirado por la calidad literaria de este blog de relatos. Tengo previsto afincarme en BCN desde principios de agosto y quisiera saber si podrian concederme la opcion de sumarme a su grupo si, tras realizar las pruebas que estimen oportunas, quisieran admitirme como complice de su aventura artistica. Francamente agradecido de antemano...
    CARLOS ROMERALES

    ResponderEliminar
  3. Señor Romerales,
    en la próxima reunión del grupo consideraremos su propuesta.
    Por el momento nuestro Boss se ha tomado unos días de vacaciones y sin su cualificada opinión nos es imposible tomar decisiones.
    Gracias por su interés. No desespere.

    ResponderEliminar
  4. De la lectura del relato, destaco lo siguiente:
    - La línea que separa lo que tiene remedio de lo que es irreversible (taladrar la oreja de Amélie; o por ejemplo saltarse un semáforo rojo cuando alguien cruzaba) es extremadamente delgada y cruelmente invisible.
    - La entereza de Amélie (o mujeres como Amélie) ante la enfermedad y su destino inevitable.

    ResponderEliminar
  5. guapa!! mira este link, q te vas a poner contentísima!! ay!! qué gracia me ha hecho!!!
    mua

    http://www.fotolog.com/melifunambulista/96922918

    ResponderEliminar
  6. nO MáS ArEtEs...RevOluCiöN
    Pobre Amélie.
    VamOs, que la viDa te pueDe soRprenDer, y aSí, jorobarRte hasta lA GrAn NocHe de BoDas.

    Rosana, en serio, comparto esa sensación de la brujita de Provenza, esa admiración ante un estilo clásico lleno de nostalgias por la belleza y el amor perfecto... vamos, que eres una soñadora absoluta.

    ResponderEliminar
  7. Una historia romántica, generosa , cruda situada en el medievo pero que podría ser trasladada a cualquier época.
    Lo más esencial es su brillante y bello final.

    Espiritual,sensual e imaginativa.

    Como tú, bella princesa

    ResponderEliminar
  8. Qué historia tan bonita. Me imagino el roble todo adornado con piedrecitas y la tumba debajo. También me ha gustado la imagen del principio de los dos enamorados viendo el amanecer. Cuánta belleza y poesía en unas pocas líneas...

    Por cierto acabo de entrar en el blog, no lo conocía, y quiero hacerte una sugerencia, que es la de dedicarle más espacio a los textos, porque las entradas quedan muy estrechas y eso dificulta la lectura. Eso se cambia toquiteando en la pestaña de "diseño" de blogspot.

    Muy buen blog, me pasaré por aquí más ;)

    ResponderEliminar

Escribe aquí tu opinión: tus comentarios y tus críticas nos ayudan a mejorar