martes, 8 de junio de 2010

Salvación

NATÀLIA LINARES
Aquel día, la doctora se quedó hasta muy tarde en el trabajo. Quería dejarlo todo ordenado. Cerró las carpetas de archivos, terminó los informes más urgentes y los guardó en una nueva carpeta. Dejó la mesa completamente limpia y ordenada. Al salir, se quedó unos segundos contemplando el despacho. Entregó el correo en recepción y se despidió como cada viernes.

Había sido esa última paciente, Blanca, la que había rebasado sus límites.
No podía soportar por más tiempo la tensión, la mezcla de sentimientos y sensaciones reprimidas, la culpa por no saber dar respuestas a tantas vidas rotas. En numerosas ocasiones, en su butaca de psicoanalista, se refrenaba las ganas de gritar e insultar a los clientes, de echarlos escaleras abajo gritándoles un “¡¡¡cállese de una vez!!!”. El trabajo de  interpretar y analizar el comportamiento humano le había minado el alma.
Fue por ese motivo por lo que decidió escaparse lo antes posible. El destino era Canarias.

Quiso el mejor hotel. Un cinco estrellas.
Quería descansar, no pensar, no hablar con nadie. Silencio.
Necesitaba encontrarse, y en el confort que le ofrecía aquel hotel, podría dedicarse a intentarlo.

Su estado era el de alguien que entra en un laberinto de grandes setos y durante largas horas lo recorre sin encontrar la salida, y después, en un ataque de ansiedad y hastío, opta por romper la decoración arbórea a golpes, con los pies y con las manos, y entre gritos y lloros de impotencia se hace camino hacia la salida. La salvación.

De todas sus tareas, que eran muchas y diversas, una era la prioritaria. Pararse. Sumergirse en sus propias entrañas. Encontrase y llenar un vacío.

Una vez instalada en el lujoso hotel, se echó encima de la cama. Apretó el botón de las cortinas, que se deslizaron hasta dejar ver una generosa vista al mar.
Permaneció largos minutos contemplándolo. Anochecía. Nubes evasivas situadas sobre el mar gris brillante se mezclaban en el cielo rojizo, que perfilaba las montañas de fuego.

Se dio un baño confortable. Luego, al terminar, se envolvió con la toalla bien ceñida bajo las axilas.
Se tumbó en la cama y continuó observando el paisaje. Disfrutó del espectáculo hasta que oscureció definitivamente.

Notó un poco de frío y se secó el pelo. Se puso ropa cómoda de la que con prisas había metido en la bolsa de viaje.

Cuando le trajeron la cena, que había pedido en la habitación, encaró la mesa hacia el mar, se sentó y puso música clásica.
La ensalada de pollo con vinagreta de cítricos fue acompañada de un madrigal de Monteverdi: Lasciatemi morire.

Con la mirada fija en el mar, recordó su infancia con el abuelo.
En la barca, camino al acantilado donde pasaban horas pescando.
Ella, con chubasquero y botas de agua, sentada sobre una roca, cubría los anzuelos de carnaza. El abuelo lanzaba el hilo de la caña a unos setenta metros mar adentro. 
Era un hombre hecho en el mar y tenía gran destreza para interpretar el comportamiento de los peces y sus condiciones ambientales de cada momento.
El pez luchaba frenética y desordenadamente para desprenderse del anzuelo que lo mantenía atrapado. El pescador, hábil, aprovechaba las olas para dejar los peces sierra en seco, aunque algunos conseguían soltarse.

De madrugada, bajó a la playa. Sentada en la arena, miró el horizonte en silencio. Se había vestido con un blusón y unos pantalones anchos de seda.
Se descalzó. Con lentitud y serenidad se introdujo en el líquido amigo, buscando algo que le diera un vuelco a la desidia en la que se encontraba. Una ola la cubrió. Se dejó empujar, alejándose de la orilla. Notó un dolor repentino y muy intenso en el cuello. Frío, cortante. Un dolor que la desafiaba sacudiendo su cuerpo, obligándola a entablar un combate desigual. Golpes de agua a los que se resistía inútilmente, convirtiendo el enfrentamiento en un baile pactado en busca de un salto que la liberara, que la soltara del hilo que la mantenía unida a su existencia.

3 comentarios:

  1. Cada relato tuyo que leo, me gusta más. Tienes mucho talento literario que tú misma desconoces.
    Una forma muy especial y directa de regalarnos tu visión de la vida.
    A través de tus personajes nos muestras cansancio, ternura, nostalgia, impotencia, amor, soledad... sin florituras, tal cual.
    Incluso en ocasiones te permites aderezarlo con ese punto de humor agridulce que tanto me gusta.

    Eres grande, nena !!!!

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  2. la bruixa de provença10 de junio de 2010, 14:13

    En esta doctora me ha parecido reconocer a la que recibió un impactante vómito de palabras, una expulsión que liberó a su paciente y que a ella, en cambio, la saturó todavía más.

    Si es así, me parece muy interesante la recuperación del personaje.
    Y en cualquier caso, el relato nos lleva, poco a poco, a las profundidades.

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  3. Así nomás, hasta el fondo del alma.
    Así nomás, hasta sacarme esas lágrimas que andaban dándome vueltas.
    Así nomás, agarrándome la garganta...
    Entiendo al personaje hasta el fondo de mi ser.
    No sé, ahora mismo, decirte nada mas.
    Ando floja, ¿sabes?, de razonamiento últimamente.
    Ando zonza que dicen en mi país, muy zonza.

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