jueves, 24 de junio de 2010

El silencio de la ciencia

LOLA ENCINAS
Hacía dos semanas que habían montado la barraca de los petardos. Casi todos ya teníamos nuestras provisiones de pólvora para el gran día. Era el único tema de conversación y entre nosotros presumíamos de cantidad y variedad.
Faltaban dos días para la verbena, la fiesta más esperada por los chicos del barrio.

Por fin llegó la noche mágica, aunque para mí fuera una noche trágica.
Tuve la mala suerte de que un cohete de gran potencia variara su trayectoria inicial para impactar y estallar en mi cabeza.
Logré salvar la vida pero perdí totalmente la audición y mi oreja derecha.

Un mes después del accidente, cumplí 9 años.

Me dejaron el pelo largo para disimular la pérdida y aprendí a leer en los labios con inesperada habilidad. Así pude continuar viviendo como un niño casi normal.
A pesar de la sordera, en la escuela, atendía a todas las explicaciones del profesor sin perder detalle.
Fui un estudiante brillante.
En el instituto, mis asignaturas preferidas eran las de ciencias. En especial, la química y las prácticas de laboratorio, por cuyos trabajos y exámenes siempre recibía la felicitación pública del catedrático delante del resto de mis compañeros.
En la universidad, compaginé la carrera de Química con la de Medicina.
Fueron años duros pero muy gratificantes.
Tras muchos trabajos de investigación, logré presentar las tesinas de ambas carreras: “Conservación química de un apéndice auditivo independiente” y “Regeneración fisiológica extracorpórea del tejido cartilaginoso”
Ambas alcanzaron la mención summa cum laude.
Tenía 28 años y dos doctorados.

Gracias a varias becas y a las recomendaciones de ilustres científicos, hoy en día colegas, conseguí poner en marcha un centro de investigación del cual soy el único responsable.
A pesar de haber conseguido logros sorprendentes, aún necesito un poco más de tiempo para alcanzar el éxito definitivo.
La ubicación del centro de investigación en pleno desierto mexicano no fue casual.
Aprovecho la corrupción del gobierno y la impunidad de los narcotraficantes para conseguir los dos elementos fundamentales para mi trabajo: discreción y materia prima.
Siempre he pensado que el fin justifica los medios y mucho más si el objetivo es la Ciencia.

Actualmente tengo 35 años y sigo acumulando orejas.

6 comentarios:

  1. Impresionante la historia y la imagen. Me queda la duda de si el protagonista oye mejor o es simple estética. Me recuerda a las madres de postguerra que todavía ahora acumulan "por si acaso" y es que como diría nuestro doble doctor honoris causa: Más vale que zozobre....
    Muy original. Lola.

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  2. Es perfecta esa forma de narrar tan natural, casi como un resumen biográfico, que no auguraría, de no ser por la imagen, el sorprendente desenlace.
    Debieras escribir un final alternativo para poder publicar el relato sin ese aporte visual, no?

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  3. Buenísimo.
    Esa sobriedad de medios.
    Progresión normal hasta que... llegamos a México, maravilloso, terrible, surrealista México, donde eso que dices, sin duda, es posible.
    Me gusta mucho este cuento tan tan sobrio y tan tan negro.

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  4. Suerte que en esta historia de un resentimiento al protagonista no le da por cargar contra el gremio de los pirotécnicos. Hubiera acabado con las Fallas y las Hogueras. Eso sí que es un trauma acústico.

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  5. Envidiable la capacidad que tienes, Lola, para continuar sorprendiéndonos con el desenlace de tus relatos. Siempre fracasamos en el ejercicio mental de intentar adelantarnos y conocer el final antes de que nuestros ojos nos vayan remitiendo la lectura del texto.
    Este científico, que toda madre quisiera tener como hijo modélico, capaz de superar adversidades del mayor calado, resulta ser un desalmado vengador de esa sociedad que le privó de la audición.
    Uno no puede fiarse ni de su sombra. Por suerte la ficción es sólo imaginación, y como persona eres maravillosa y buena amiga. Un besazo.

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  6. Ehooooooooo!!!! toc, toc, me oyes??
    Estas que te sales.
    Saludos!

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