miércoles, 30 de junio de 2010

Toda una vida

ROSANA ROMÁN
Tomás está deseando salir a bailar. La música repiquetea en su pecho y moviliza sus pies a los que tiene que poner freno porque ha de acompasarse a Engracia, su mujer, que con pasos torpes sortea las mesas de camino a la pista de baile. Llevan puestas sus mejores galas porque la ocasión lo merece. Una vez en ella, Tomás coge su mano y su cintura y la pasea al son de la melodía. Es un gran bailarín, le encanta bailar con Engracia, su Engracia, con quien viene haciéndolo desde hace 40 años. Ambos son maestros: Él llevándola al son de la música, ella llevándolo como nadie en la pista de la vida.
El salón está lleno de parejas de la tercera edad, muchas de ellas compuestas por dos mujeres. No están dispuestas a quedarse mirando en su butaca y bailan juntas, como lo han hecho siempre.
-Qué suerte que los chicos insistieran para que nos apuntáramos a este viaje, ¿te acuerdas de cuando nos hablaban del Imserso y nos sonaba a casa de caridad, a viejos babeantes, a silla de ruedas? -le comenta Tomás mientras se deslizan pegaditos como cuando eran novios y pasaban las tardes bailando en un garaje del barrio que alquilaban los muchachos cada fin de semana.
-Y la música - dice ella- es la misma de siempre, ¿tú crees que cuando nuestros hijos se jubilen continuarán sonando las mismas canciones?
Todo el repertorio completo de tangos, boleros y pasodobles vierte palabras de amor sobre ellos. Palabras que Tomás le va susurrando a su mujer al oído: Bésame mucho… Toda una vida…
Ahora le parece lejana su abnegación por el trabajo, que ejecutó durante tantos años y que consistía en mantener en hora el reloj de la Estación Central. Un reloj que fue el centro de su vida profesional y que acabó sucumbiendo de viejo y de pena, como él solía decir, sustituido por uno más moderno, sin gracia alguna, sin el señorío del anterior, aunque eso no pareció importarle a nadie.
Aquel reloj modernista de seis metros de altura había sido testigo de su amor por Engracia desde el principio. Un día, mientras le sacaba brillo, observó desde la escalinata que metros más abajo una muchacha recién llegada a la ciudad miraba a ambos lados desconcertada. Un recatado pañuelo cubría su cabeza, debajo se insinuaban los mechones de una larga y negra melena.
Descendió todo lo rápido que pudo antes de que la joven se perdiera en el tumulto de los andenes, pero al llegar a la entrada la encontró como clavada en el suelo, sujetando una gran maleta.
-¿Busca a alguien?
La muchacha levantó la mirada. Tomás siempre contaba que fue en aquel momento cuando se enamoró. Nadie le había conmovido nunca tanto en cuestión de segundos.
Ella estaba esperando a su tío, que debía recogerla a su llegada, y él se ofreció a acompañarla hasta la entrada principal. A Tomás le costó que Engracia soltara la maleta, pero con su seductora sonrisa consiguió que confiara en él y al final se la entregó.
El tío, que llegaba en aquel momento, salió de su coche al verla acercarse, sacó del bolsillo un billete y se lo entregó de propina a Tomás, que lo declinó con un gesto de ofensa. Al despedirse Tomás la invitó a visitarlo cuando quisiera.
Se quedó allí hasta que el auto desapareció por la avenida y entonces empezó a arrepentirse de no haber concretado una cita con ella. En aquellos momentos sintió que no sobreviviría si no volvía a verla. Pero la vio, porque ella volvió una y otra vez a la Estación Central.
Un día la invitó a subir al recinto donde se protegía la maquinaria del reloj y allí, escondidos, olvidándose del riesgo que corrían si les descubrían, dieron rienda suelta a toda la pasión que habían estado almacenando durante meses en su interior.
Todavía en la actualidad, éste es un secreto guardado por ambos. Tomás está convencido, de que, si hace balance de toda su vida, lo único perdurable ha sido Engracia, y el reloj hasta que lo reemplazaron. Por eso, cuando lo jubilaron, al contrario de lo que siempre había pensado, se sintió aliviado. Ya nada le retenía allí.
Al cabo de un buen rato de estar bailando, la pareja se retira dignamente a sus asientos. Les falta el resuello pero apenas se les nota. Tomás hubiera seguido un poco más, ha decidido que su tiempo tiene aún mucha cuerda y quiere aprovecharla, pero ella se lo lleva de la mano y los dos se sientan.
Cuando se acerca el camarero del hotel se miran cómplices y piden otra copa de champán.

jueves, 24 de junio de 2010

El silencio de la ciencia

LOLA ENCINAS
Hacía dos semanas que habían montado la barraca de los petardos. Casi todos ya teníamos nuestras provisiones de pólvora para el gran día. Era el único tema de conversación y entre nosotros presumíamos de cantidad y variedad.
Faltaban dos días para la verbena, la fiesta más esperada por los chicos del barrio.

Por fin llegó la noche mágica, aunque para mí fuera una noche trágica.
Tuve la mala suerte de que un cohete de gran potencia variara su trayectoria inicial para impactar y estallar en mi cabeza.
Logré salvar la vida pero perdí totalmente la audición y mi oreja derecha.

Un mes después del accidente, cumplí 9 años.

Me dejaron el pelo largo para disimular la pérdida y aprendí a leer en los labios con inesperada habilidad. Así pude continuar viviendo como un niño casi normal.
A pesar de la sordera, en la escuela, atendía a todas las explicaciones del profesor sin perder detalle.
Fui un estudiante brillante.
En el instituto, mis asignaturas preferidas eran las de ciencias. En especial, la química y las prácticas de laboratorio, por cuyos trabajos y exámenes siempre recibía la felicitación pública del catedrático delante del resto de mis compañeros.
En la universidad, compaginé la carrera de Química con la de Medicina.
Fueron años duros pero muy gratificantes.
Tras muchos trabajos de investigación, logré presentar las tesinas de ambas carreras: “Conservación química de un apéndice auditivo independiente” y “Regeneración fisiológica extracorpórea del tejido cartilaginoso”
Ambas alcanzaron la mención summa cum laude.
Tenía 28 años y dos doctorados.

Gracias a varias becas y a las recomendaciones de ilustres científicos, hoy en día colegas, conseguí poner en marcha un centro de investigación del cual soy el único responsable.
A pesar de haber conseguido logros sorprendentes, aún necesito un poco más de tiempo para alcanzar el éxito definitivo.
La ubicación del centro de investigación en pleno desierto mexicano no fue casual.
Aprovecho la corrupción del gobierno y la impunidad de los narcotraficantes para conseguir los dos elementos fundamentales para mi trabajo: discreción y materia prima.
Siempre he pensado que el fin justifica los medios y mucho más si el objetivo es la Ciencia.

Actualmente tengo 35 años y sigo acumulando orejas.

sábado, 19 de junio de 2010

¿Más tierra?

MARC BALLESTER
¿Manzanas? ¿Eran manzanas lo que me pediste?
¿Comieron los niños? Ya lo tenías todo decidido, ¿no?
¿Te sientes mejor, ahora? ¿Estás cómodo?
¿Y Toby, te preocupó lo que dijo el veterinario?
¿Te habló mamá? Decías que no la querías oír más, ¿verdad?
Manzanas, ¿no? ¿Y cocinar, quieres que cocine?
¿Quieres que te planche? ¿Que te lave?
¿Ahora me vas a venir con que te costó decidirlo?
¿No te sentías realizado? ¿No tenías de todo?
¿Hablaste o no con mamá?

¿Y yo, acaso yo estoy realizada? ¿Me merezco esto?
¿Crees que nos merecemos esto? ¿Y si hubiésemos probado a comenzar de nuevo?
¿No es un poco tarde ya? ¿Agua? ¿Que no puedes hablar? ¿Y tragar?
¿Seguro que mamá no te habló hoy?

¿No creías que te precipitabas?
¿Me das la otra pala?
¿Será esta tu última mirada?
Habrá que castrar a Toby. ¿No te importa?
¿Te pregunté si te habló mamá?

¿Te pregunté si te habrás comprometido?
¿Cómo? ¿No te pregunté ahora por el perro? ¿Qué tal la castración?
¿Duele? ¿Cómo? ¿Te hubiese gustado más en la parte de atrás del jardín?
¿Donde guardabas siempre el rastrillo?
¿No te pregunté por la zorra? ¿Que no es una puta?
¿Que tiene un nombre? ¿Sabes lo que pienso? ¿No te interesa?
¿Quieres saber lo que decía mamá antes de morir?

Manzanas a los muertos, ¿no era así la frase? ¿Cómo dices? ¿Que los muertos no hablan? ¿Sabes qué comerás ahora? ¿No puedes abrir más la boca? ¿Te tendré que quebrar la mandíbula? ¿No te gustaban las manzanas? ¿Más tierra?

domingo, 13 de junio de 2010

Che papusa, oí

MÓNICA SABBATIELLO
El Chantecler es un antiguo local de tango que gracias a sus arañas y espejos dorados, sus cortinas de terciopelo y piso de viejo roble lustrado, reina en un callejón de peligro, putas y proxenetas en ese barrio mestizo de Barcelona conocido como el Raval.
Los bandoneones abrazan el ambiente de humo.
La Polaca lo ve entrar y sus piernas culebrean. Tan sublime es el respingo de su corazón, tibio y callado, que no repara en eso. Sabe que en pocos minutos lo podrá recibir en sus brazos.
Tan serio como siempre, Varela deja su abrigo invernal en el vestuario, pide lo acostumbrado y lo deja en su mesa de siempre. Se aproxima a la Polaca.
-Buenas -le dice, y apenas la mira de medio lado.
Las luces son suaves. Farolillos de colores de 25 vatios se recuestan sobre los marcos de los espejos, reflejándose infinitos. La música envuelve a las pocas parejas que han llegado temprano y ya están bailando. En las mesas redondas y pequeñas, otras esperan a que se caldee el ambiente para salir a la pista.
-Buenas -responde ella.
Se plantan frente a frente, mejilla contra mejilla. Sus cuerpos pegados. Y así esperan los nuevos compases. Él ciñe su espalda y sus manos se unen. Las palmas secas y calientes.El local empieza a girar
«Me encanta dejarme llevar en este suelo gastado como la sed», piensa la Polaca, que se abandona al éxtasis.
Así hasta las dos de la madrugada.
Y luego, a esperar el siguiente viernes.
Ya van cinco años.
Nunca cruzó con él más que unas pocas palabras.
Los dos lo prefieren así.
Ahora se oye, mientras bailan…
Che papusa, oí
los acordes melodiosos que modula el bandoneón;
Che papusa, oí
los latidos angustiosos de tu pobre corazón;
Che papusa, oí
cómo surgen de este tango los pasajes de tu ayer...
Si entre el lujo del ambiente
hoy te arrastra la corriente,
mañana te quiero ver...

martes, 8 de junio de 2010

Salvación

NATÀLIA LINARES
Aquel día, la doctora se quedó hasta muy tarde en el trabajo. Quería dejarlo todo ordenado. Cerró las carpetas de archivos, terminó los informes más urgentes y los guardó en una nueva carpeta. Dejó la mesa completamente limpia y ordenada. Al salir, se quedó unos segundos contemplando el despacho. Entregó el correo en recepción y se despidió como cada viernes.

Había sido esa última paciente, Blanca, la que había rebasado sus límites.
No podía soportar por más tiempo la tensión, la mezcla de sentimientos y sensaciones reprimidas, la culpa por no saber dar respuestas a tantas vidas rotas. En numerosas ocasiones, en su butaca de psicoanalista, se refrenaba las ganas de gritar e insultar a los clientes, de echarlos escaleras abajo gritándoles un “¡¡¡cállese de una vez!!!”. El trabajo de  interpretar y analizar el comportamiento humano le había minado el alma.
Fue por ese motivo por lo que decidió escaparse lo antes posible. El destino era Canarias.

Quiso el mejor hotel. Un cinco estrellas.
Quería descansar, no pensar, no hablar con nadie. Silencio.
Necesitaba encontrarse, y en el confort que le ofrecía aquel hotel, podría dedicarse a intentarlo.

Su estado era el de alguien que entra en un laberinto de grandes setos y durante largas horas lo recorre sin encontrar la salida, y después, en un ataque de ansiedad y hastío, opta por romper la decoración arbórea a golpes, con los pies y con las manos, y entre gritos y lloros de impotencia se hace camino hacia la salida. La salvación.

De todas sus tareas, que eran muchas y diversas, una era la prioritaria. Pararse. Sumergirse en sus propias entrañas. Encontrase y llenar un vacío.

Una vez instalada en el lujoso hotel, se echó encima de la cama. Apretó el botón de las cortinas, que se deslizaron hasta dejar ver una generosa vista al mar.
Permaneció largos minutos contemplándolo. Anochecía. Nubes evasivas situadas sobre el mar gris brillante se mezclaban en el cielo rojizo, que perfilaba las montañas de fuego.

Se dio un baño confortable. Luego, al terminar, se envolvió con la toalla bien ceñida bajo las axilas.
Se tumbó en la cama y continuó observando el paisaje. Disfrutó del espectáculo hasta que oscureció definitivamente.

Notó un poco de frío y se secó el pelo. Se puso ropa cómoda de la que con prisas había metido en la bolsa de viaje.

Cuando le trajeron la cena, que había pedido en la habitación, encaró la mesa hacia el mar, se sentó y puso música clásica.
La ensalada de pollo con vinagreta de cítricos fue acompañada de un madrigal de Monteverdi: Lasciatemi morire.

Con la mirada fija en el mar, recordó su infancia con el abuelo.
En la barca, camino al acantilado donde pasaban horas pescando.
Ella, con chubasquero y botas de agua, sentada sobre una roca, cubría los anzuelos de carnaza. El abuelo lanzaba el hilo de la caña a unos setenta metros mar adentro. 
Era un hombre hecho en el mar y tenía gran destreza para interpretar el comportamiento de los peces y sus condiciones ambientales de cada momento.
El pez luchaba frenética y desordenadamente para desprenderse del anzuelo que lo mantenía atrapado. El pescador, hábil, aprovechaba las olas para dejar los peces sierra en seco, aunque algunos conseguían soltarse.

De madrugada, bajó a la playa. Sentada en la arena, miró el horizonte en silencio. Se había vestido con un blusón y unos pantalones anchos de seda.
Se descalzó. Con lentitud y serenidad se introdujo en el líquido amigo, buscando algo que le diera un vuelco a la desidia en la que se encontraba. Una ola la cubrió. Se dejó empujar, alejándose de la orilla. Notó un dolor repentino y muy intenso en el cuello. Frío, cortante. Un dolor que la desafiaba sacudiendo su cuerpo, obligándola a entablar un combate desigual. Golpes de agua a los que se resistía inútilmente, convirtiendo el enfrentamiento en un baile pactado en busca de un salto que la liberara, que la soltara del hilo que la mantenía unida a su existencia.

martes, 1 de junio de 2010

Perforación profesional

MARIA GUILERA 
Le regalaste a Marieta unos pendientes en forma de luna y ella te dijo que no tenía agujeros en las orejas. Dos días después fuisteis juntos a un colombiano del Raval que, por lo que te habían contado, tenía arte en perforar lóbulos y lo hacía a buen precio.
Ni siquiera tenía un rótulo en el balcón anunciando sus servicios, pero a pesar de ello confiaste en tu contacto, un chico que trabajaba en el bar y os traía los cafés a la oficina. Llevaba un piercing en el labio, otro en la nariz y una especie de moneda incrustada en la oreja izquierda. En la derecha, seis aros, cada uno menor que el anterior. O sea, que era un experto.

Subisteis hasta el tercer piso por una escalera estrecha y oscura que olía a excrementos de gato y al llegar al rellano os quedasteis mirando las dos puertas.
-Es ésta, seguro -dijo Marieta.
No encontrabais el timbre hasta que, fijándoos en una enorme cabeza africana pintada en la madera, visteis el relieve: un botón de cobre en una de las orejas.
-Aquí, aquí. Qué original.
Tu novia parecía excitada, como si no se diera cuenta de la mugre que había en el rellano, pero tú estabas algo preocupado.

Os abrió una mujer bajita, algo redonda sin llegar a ser gorda, que vestía unos pantalones de licra muy ajustados de color verde lima y una camisa a rayas y sin botones, tan solo con un nudo debajo del pecho.

-Pasen, por favor. Arnaldo ya les espera. Yo salgo a por unos encarguitos, pero adelante, con toda confianza. Pueden tomar lo que quieran de la heladera.
La mujer salió al tiempo que vosotros entrabais y, al cruzarse contigo, te rozó con sus pechitos el estómago. Te llegaban ahí justamente.
-Uy, perdón.
Te sonrojaste, pero ni ella ni Marieta lo advirtieron porque el recibidor estaba muy oscuro, una bombilla roja en una esquina lo iluminaba apenas.
Escuchasteis la voz del tal Arnaldo al otro lado del pisito.
-Entren, como en su casa.
Marieta se avanzó y tú la seguiste. El colombiano tenía su taller en la habitación del fondo.
Allí estaba, sentado en una silla destartalada, de las que suelen encontrarse abandonadas al lado de los contenedores. Era de estilo clásico, con el respaldo de finas barritas de madera repintadas de colores chillones.
Qué mal gusto, pensaste. Te empezabas a arrepentir de haberla llevado allí. En cualquier farmacia le hubieran agujereado las orejas con un instrumento adecuado y aséptico.

-Siéntese, señorita -le dijo Arnaldo.
Al menos él parecía limpio. Llevaba una camiseta de tirantes de un blanco impoluto. Tenía los brazos morenos y musculados. Quizá se había untado aceite, era imposible que la piel brillase así por sí misma.
Marieta se sentó frente a él en una silla distinta, más baja, con el asiento de plástico rojo.
-¿No me va a doler, verdad?
Pero no parecía importarle un poco de sufrimiento. Estaba muy sonriente.
-Primero tengo que averiguar la textura de las orejitas -dijo Arnaldo.
Y le pasó el índice y el pulgar por ambas. No una, sino muchas veces, mientras la miraba con una atención casi científica.
Marieta cerró los ojos y levantó un poco la cabeza. Estaba como transportada.
Tú te moviste un poco para hacer algo de ruido y recordarle que estabas allí. Pero ella ni siquiera respiró.
El perforador te dirigió una mirada fugaz.
-Ahorita voy a comprobar la resistencia lobular -anunció.
Y empezó a mordisquear con cuidado la oreja izquierda.
-Siempre hay que empezar por ahí -precisó.
Con la palma de su mano extendida le sujetaba a tu novia la cabeza.
Se entretuvo bastante con la operación. Luego fue a por la oreja derecha y repitió los mordisquitos.
-Parece mentira -dijo sin dejar de atenderla- pero cada una tiene su idiosincrasia y hay que asegurarse. Usted ya me entiende.

Ella parecía muy calmada, allí sentadita, con las rodillas juntas. El colombiano, en cambio, tenía las piernas abiertas en forma de uve. Así que ella, Marieta, estaba prácticamente encajada entre ellas.

-También debo cerciorarme de que no tenga ningún cuerpo extraño introducido en el interior. Podría provocar alguna infección. Que no les cobre caro no significa que no cuide la higiene -aclaró.

Sacó la lengua y con mucha delicadeza la introdujo en la oreja. La izquierda, por supuesto. Se empeñó en ello hasta que consiguió limpiarla más allá de lo que cualquier objeto hubiera conseguido.

Marieta le preguntó, con una voz que hasta entonces nunca habías escuchado, si iba a proceder igual con la derecha.
Él contestó que por supuesto, que era un profesional.
Sin embargo, algo había en la oreja derecha que requirió servicios adicionales.
-No le voy a cobrar nada extraordinario -adelantó -pero percibo en el interior un sonido que me obliga a una exploración más profunda.

Rogó que esperases un momento y se llevó a Marieta hacia otra sala.
Al cabo de una media hora, salió para dar cuenta de su estado.

-Creo que está ya preparada para la perforación, pero conviene que descanse un rato. Si quiere, puede ir a dar un paseo, a tomar un refresco, lo que le apetezca. Vuelva en un par de horas. Para entonces habremos terminado.

Te quedaste quieto, sin saber muy bien si quedarte o no. Quizás el colombiano interpretó esa inmovilidad como una invitación a cobrar sus servicios.
-Ah, bueno -dijo. Son cincuenta euros, ya ve que no abuso. Y, si prefiere, me deja ahora los pendientes y ya luego se lleva a la chica con ellos colocaditos. Claro que sí.

Le diste la caja con los pendientes y dejaste el billete sobre una mesa, al lado de un jarrón enorme lleno de bolas de colores.
-No hace falta que me acompañe -dijiste.
Te marchaste despacio por el pasillo hasta llegar al recibidor. La luz roja seguía encendida.
-Cierre bien la puerta, señor -te gritó Arnaldo.
Bajaste las escaleras pensando en Marieta. Solo en ella, en su gesto asombrado al abrir tu regalo y descubrir el par de pendientes lunares.
-¡Oh, qué pena…, si no tengo agujeros!
En mala hora tuviste esa idea. Para una vez que te sentiste romántico y decidiste perpetuar el recuerdo de la luna enmarcada en la ventana. La luna en cuarto creciente de la noche en que, por fin, te dejó subir a su casa.

Ayer te vi entrar en el Zelig con los ojos perdidos. Pediste una cerveza y fuiste a sentarte en una mesa junto a la pared. Me acerqué a saludarte y te pregunté por Marieta. A pesar de lo poco que te gusta hablar, me contaste con pelos y señales lo que te había ocurrido hacía tan solo unos días.

-¿Y qué pasó luego? ¿Volviste a buscarla?

Negaste con la cabeza baja. Por lo visto, una voz interior te dijo que sería mejor que no regresaras a por ella. Tú jamás serías capaz de poner en sus orejas más que un par de pendientes.