miércoles, 12 de mayo de 2010

Debí imaginarlo

ROSANA ROMÁN
Supo que algo ocurría cuando percibió el olor a quemado antes de alcanzar la cima de la colina. Se apresuró a cabalgar los últimos metros y contempló atónito como todo lo que habían sido su vida y su nexo de conexión con este mundo habían sido destruidos. El espectáculo era apocalíptico: toda la fortaleza había ardido.
Las piedras eran ahora de color negro y en algunos rincones todavía humeaban las vigas de madera, convertidas en carbón. Aquí y allá caminaban encorvadas algunas personas, recogiendo residuos e intentando poner orden en el patio circular sembrado de destrucción. Los cuervos revoloteaban al acecho de cualquier descuido.
El resto de la tropa llegó junto a él. También ellos tenían allí a sus familias y como el general tuvieron que reprimir la angustia que les provocaba la catástrofe.
-Hemos llegado dos días tarde -dijo el general con la mirada perdida.
-Bajemos, señor, a lo mejor hay más supervivientes.
Cabalgaron a galope mientras en la entrada se agolpaban ansiosos los pocos moradores que habían sobrevivido. A través del polvo que levantaban los cascos de los caballos, los jinetes intentaban vislumbrar a sus seres queridos. La mayoría no los encontró.
Una mujer, vestida de negro con ropas de tul que la cubrían de la cabeza a los pies, se dirigió hacia el general cuando éste desmontaba. Se lanzó a sus brazos y lloró entre su pecho.
-¿Qué ha pasado, mi Señora?
-Hace dos días, los sarracenos aprovecharon vuestra ausencia...
-Debí imaginarlo –dijo con la voz quebrada.
-No teníais modo de saberlo, mataron al emisario que os envié, no había solución.
-Debí imaginarlo -repitió el general mientras unas lágrimas de impotencia resbalaban sobre su curtido rostro.
Sujetó a la mujer por los brazos para poder mirarla a los ojos.
-¿Vuestro hijo? ¿Mi mujer? ¿Mi hijo?
Pero sólo pudo ver gestos de negación en el rostro abatido de la enlutada mujer.
-Los supervivientes estamos aquí, quedan cinco más encamados, eso es todo.
Y volvió a llorar, agradecida de que alguien pudiera hacerse cargo de aquella caótica situación.
En el suelo de la parte posterior del patio, algo más de doscientos cadáveres aguardaban uno al lado del otro para ser despedidos y enterrados. Cuatro hombres apostados a cierta distancia de ellos se encargaban de protegerlos de los cuervos que asediaban el recinto desde el día anterior.
El general mandó hacer una gran fosa donde fueron depositando los cadáveres. Sin duda urgía ya enterrarlos, pero agradeció que hubieran esperado el regreso de los soldados, pues así podrían despedirse de ellos.
Junto a los cuerpos de sus seres queridos, aquel hombre enterró allí todo resto de esperanza de vivir en familia y, aunque no de una forma consciente, así se mantuvo durante el resto de sus días, negado al amor y al calor de un hogar.
El joven noble que había muerto durante el ataque fue enterrado en la iglesia, donde bajo una losa donde se grabó su nombre. El resto, cuerpos anónimos para la posteridad, tuvieron también buena sepultura, ya que la Señora mandó colocar sobre la gran fosa colectiva una cruz de piedra de considerables dimensiones con una inscripción alusiva a su trágica muerte a manos de los infieles.
Pasaron tres años antes de que recobraran la calma y la prosperidad. Por suerte, el ejército pudo recomponerse con los hombres más jóvenes y fuertes que habían sobrevivido a la matanza y éstos no tuvieron problemas para encontrar en otros lugares a mujeres que aceptaran trasladarse al castillo.
Después de organizar la reconstrucción de la fortaleza, el general pidió abandonarla porque se sentía incapaz de continuar al frente de su ejército. La Señora no le permitió marcharse, pues no podía hacerlo, pero ante sus férreos argumentos, decidió aliviarle de parte de su carga ofreciéndole seguir a su lado como consejero de confianza.
Tuvo que aceptar para no añadir a su ánimo la culpa de deserción y, aunque para entonces lo único que deseaba era permanecer encerrado y en silencio y olvidarse de todo, asumió la pesada tarea de continuar velando por los habitantes de la fortaleza.
A partir de aquel día, el general permaneció en sus sencillas habitaciones (un dormitorio y su antecámara), que sólo abandonaba cuando la señora lo reclamaba para algún asunto o cuando salía a comer. La otra persona con la que mantenía contacto era el capitán que había quedado al mando, pero éste tuvo que acostumbrarse a reunirse con él en sus aposentos. El resto de sus actividades las llevaba a cabo en soledad, recluido voluntariamente.
Leía todo cuanto caía en sus manos, y escribía también, aunque nunca se supo el qué porque nunca se encontró.
El general llegó a viejo, pero no cambió sus hábitos hasta el fin de sus días. Durante todo aquel tiempo no se recuperó del sentimiento de culpa, de la pérdida irreparable de su gente por lo que el consideró una falta de previsión. Las facciones de su rostro se endurecieron todavía más y nadie le vio reír en los treinta años que sobrevivió a su mujer y a su hijo de seis años.
Tampoco nadie le culpó jamás, salvo él mismo, y cuanto más se mantenía en su castigo, tanto más despertaba la compasión de los que le rodeaban.
A su muerte, fue enterrado con los honores que le correspondían y vestido con el uniforme militar que no había vuelto a ponerse. Fue tal su reclusión, que algunos jóvenes nacidos después del Día Negro (como fue llamada siempre aquella desgracia) vieron por primera vez al general el día de su entierro. Todos sin embargo sabían que con su muerte perdían a un padre que había dedicado su vida a velar por ellos. Aquel día se quedaron un poco más solos.

7 comentarios:

  1. Qué triste. Un relato de tules negros. Y que gira alrededor de la culpa,esa pesada carga que agria y endurece las vidas.
    Me recuerda el autocastigo que se impone Robert de Niro en La Misión, aquella peli inglesa ambientada en las misiones de las selvas argentinas y brasileras. De Niro (un Jesuita) se cuelga todo lo más pesado sobre su cuerpo para subir por las torrenteras y así se castiga y castiga, hasta que al fin consigue redimirse.
    La culpa es tan negra.
    Me gusta Rosana, pero me parece que es la base de una novela, que la medida del cuento es estrecha. En novela, o novela corta, podrías deleitarnos con los mil vericuetos de esas psiquis atormentadas. Y a veces, cómo no, aliviadas.
    Moni

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  2. la bruja de provença13 de mayo de 2010, 13:37

    Veo las imágenes que describes con tanta precisión y hasta me parece oler el perfume que atrae a los cuervos.
    Me pregunto, porque no sé nada respecto a ejércitos medievales, si existían ya los generales, si se les conocía con ese nombre...

    Y opino como Mónica respecto a la puerta que abres con este relato y que parece dar entrada a algo mucho, mucho más largo.

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  3. ...esta vez nos llevas al realismo épico, donde no hay héroes, sino vencidos. Saludos Rosana.

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  4. A mi tambien me ha parecido muy triste, ojala la culpa no pesara nunca en las espaldas de los que no son culpables, a mi este hombre no me lo parece. Seguro que los cuervos no se siente así.

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  5. el señor autor del desierto de los tártaros debería llamarte...

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  6. lola, sólo lola20 de mayo de 2010, 0:41

    Las cosas pasas porque tienen que pasar...
    Hay cosas que no se pueden preveer.
    Nos mantendríamos en una duda constante y frenaría nuestras decisiones.
    Toda elección significa una pérdida.
    Es humano que nos autoculpemos pero debemos recordar que no todo está bajo nuestro control y que lo acontecido, no se puede cambiar.

    No hay marcha atrás.
    No hay recuperación.

    Aprendamos a vivir de nuevo, a pesar del dolor y de nuevas batallas.
    Siempre hay alguien que confía en nosotros y nos necesita.

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  7. Qué vida tan espeluznante la del pobre general. Estoy de acuerdo, como parece que alguien más ha sugerido, que este personaje merecería formar parte de un universo mayor. Deseo que te animes a crearlo.

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