jueves, 1 de abril de 2010

Albacete


VICENTE APARICIO
NOTA. Este relato puede herir tal vez la sensibilidad de algunas personas que me conocen. Pido disculpas.

Lo están pasando tan bien hoy...
Les gusta jugar, entretienen el tiempo jugando. Clara, porque opina que la vida no puede tomarse muy en serio. Samuel, por una inclinación enfermiza a afirmar sus conocimientos. Adoran los concursos televisivos, los naipes, todos los juegos de mesa.
¿Capital de Bangladesh...? Dacca. ¿Autor del ensayo ‘Adiós a la razón’...? Feyerabend. ¿Conversión de la s en ‘r’ en posición intervocálica...? Rotacismo. ¿Mítico defensa brasileño que jugó en el Atlético de Madrid...? Luiz Pereira. ¿Director de ‘La fiera de mi niña’...? Howard Hawks.
De tanto repetirlas, conocen muchas de las respuestas. Aunque siempre quedan dudas, fallos de la memoria, errores del fabricante... Comparten su amor por el diccionario como un secreto casi inconfesable.
Clara toma café con leche. Samuel, cualquier refresco, a veces cerveza.
Incluso ahora, durante todos estos últimos meses tan extraños, la vida transcurre despacio los fines de semana, moderadamente placentera en torno a una mesa, o frente al televisor.
Si se trata de responder preguntas, casi siempre gana ella. Él domina mejor los juegos de cartas, las estructuras matemáticas con cálculos y probabilidades y recuentos dentro de la cabeza... Ella atesora una cultura más amplia, más enciclopédica.
Samuel toma del mazo una nueva tarjeta.
- ¿Capital de provincia española más próxima a Portugal...?
Clara enciende un cigarrillo y no contesta aún, pues Clara es, a pesar de todo, lenta e insegura. Samuel bebe un sorbo de su mediana, para entretener la espera.
Ella tuerce el gesto. Su dedo índice extendido parece estar recorriendo en el aire, con gran trabajo, el mapa de la península Ibérica.
Tarda más de la cuenta en contestar. Samuel tiene la certeza de que volverá a hacerlo, correctamente, en el último segundo. La mira, impaciente pero queriéndola mucho, queriéndola desde siempre porque a los dos les gusta jugar, y porque lo están pasando tan bien hoy, y porque quererse es una hermosa costumbre.
Clara aún no contesta. Samuel repasa mentalmente la lista de las provincias andaluzas, termina con éxito la enumeración y, satisfecho, sonríe para sí.
- Me aburro - le dice medio en broma, medio en serio. Ella permanece en silencio. Sus ojos marrones parecen haberse extraviado, fuera de la habitación, fuera del mapa, lejos, lejos...
- ¡Albacete? -responde Clara al fin, subrayando su respuesta con una risa nerviosa. Y resopla, como si ciertamente regresara de un ímprobo esfuerzo.
Samuel no puede contener una súbita carcajada, pues Clara tiene la sana costumbre de bromear. Y sin embargo, en la expresión de su cara cree leer un desconcierto nuevo, un poco excesivo para ser simplemente teatro. Samuel conoce a Clara. Clara no bromea.
No importa. Lo están pasando tan bien hoy....

Hoy es domingo.
Dos horas más tarde están dando uno de esos paseos que antes no daban por culpa de la pereza. Hace un día limpio, de un azul casi artificial. Las manos entrelazadas, Samuel y Clara pasean por el parque y se sientan en la hierba a leer. Ella hojea el dominical de un periódico. Él subraya pasajes de una novela centroeuropea de entreguerras.
Juegan a las cartas. Samuel va sumando partidas. Cuando ya van cinco a cero, Clara propone jugárselo todo a la carta más alta. El tute no está hecho para ella, y menos hoy que parece tan distraída, tan cansada. Samuel accede, y vuelve a ganar. «Hoy no es mi día de suerte», dice Clara mientras enciende un cigarrillo, sonriente. Se besan.
Samuel se echa a llorar.
Durante largos segundos, no dicen nada. Ella recoge sus lágrimas con el dedo índice, muy despacio, y besa sus mejillas.
- ¿Sabes por qué te quiero? -dice Clara-. Porque eres un hombre bueno. Eres un hombre bueno y sé que entiendes muchas cosas, porque hay que ser bueno saberlas. Te quiero por eso.
Juegan a cerrar los ojos, y ya están viajando juntos por todo el planeta. Primero comen una crêpe de frambuesas con nata junto al embarcadero del río Moldava, luego recorren el porche de una iglesia en el centro histórico de Segovia, atentos a las explicaciones de una guía turística. Ven una puesta de sol desde el muelle de los Holandeses, en Saint Malo, mujeres pedaleando por las calles de Bangkok, corales y peces de colores en las aguas del Mar Rojo. Hacen el amor en una tienda de campaña, en un pueblecito de Euskadi.
Es tan grande el mundo, se dicen el uno al otro, tan inabarcable. Hay tantos sitios por fotografiar.
Juegan a a encadenar sílabas, a recordar números de teléfono, a hacerse cosquillas sin piedad. Clara suplica una tregua y Samuel inmediatamente se la concede. Se calzan, recuperan la compostura.
- ¿Nos vamos?- dice ella-. Me está volviendo a doler la cabeza.
Todo va muy deprisa, después.
El dolor de cabeza crece.
Están en casa, preparando la cena, y el dolor de cabeza crece.
Samuel hierve el arroz y prepara un sofrito. Clara friega los platos del mediodía, para hacer sitio. Samuel pone la mesa. Clara se sienta en el sofá. Samuel regresa a la cocina, recoge del mármol los desperdicios y los tira al cubo de la basura.
¿Qué hace una bayeta nueva en el cubo de la basura?, se pregunta Samuel.
Sentada en el sofá, Clara no acierta a contestar. ‘Los guantes...’, dice Clara, ‘...rotos...’, añade mientras sus ojos extraviados parecen volver a buscar alguna respuesta.
Las manos de Clara tiemblan, sus frases se interrumpen a mitad de camino. Clara no está bien.
Viajan en una ambulancia.
Cómo es posible, se pregunta Samuel, confundir una bayeta con dos guantes. Un reloj de pared con un cuadro. Una lata de anchoas con un paquete de Camel..
Tres horas de espera en un pasillo de hospital y Clara se quiere ir. No comprende qué hace aquí.
El médico mira a Samuel a los ojos. Samuel comprende.
No habrá más quimioterapia.
Habitación 1329. Turnos de noche y turnos de día. Clara quiere fumar.
Clara hace planes y los repite maquinalmente cada cinco minutos: hemos de comprar unas sillas para el balcón, hay que llamar al técnico de la calefacción, ¿me has traído la ropa interior?
¿Dónde está el termostato de la sábana para escribir los calmantes?
Habitación 1329. Crisis comiciales, impotencia, bomba de perfusión. Clara quiere fumar.
Clara es una niña grande que besa a todas las visitas, hace muecas y coge berrinches. Buenas noches, dice, túmbate aquí conmigo, ¿estás cansado?
Cómo es posible, se pregunta Samuel, ver a la gente de color rojo. Confundir a tu hermana con tu suegro, a tu marido con una enfermera. Cómo es posible fumarse las sábanas.
Habitación 1329. Cada vez más ceguera, más desequilibrio, más caídas. Más delgadez.
Clara tiene un hospital, una cama, calmantes, gente que le aprieta la mano mientras ella aprieta los dientes.
Cada vez más morfina, más somnolencia, más quietud.
Madrugada. Un apretón de manos. Silencio.
Samuel enciende un cigarrillo antes de avisar a la familia. El tabaco se consume, la ceniza cae al suelo.

El médico dice: ‘Lo sentimos mucho’, y le entrega a Samuel una hoja mecanografiada. ‘Exitus’, puede leer Samuel, en latín. Ahí está también el nombre exacto de la enfermedad. Un nombre impronunciable, se dice Samuel, la consecuencia más o menos previsible de la alteración de un gen dentro de una cabeza. Un cromosoma. Hace tiempo que todo estaba escrito: bastaba con echarle un vistazo a una revista especializada.
Samuel le da las gracias por todo al doctor, y le tiende la mano.
- Ya nos preocuparemos cuando tengamos que preocuparnos -había dicho Clara más de una vez estos últimos meses, desde detrás de su sonrisa.
En un edificio de paredes grises de obra, techos altos y ventanas grandes de aluminio gris con discretas persianas, un señor trajeado, muy comedido, pregunta: "¿La familia querrá ver...?"
Un día, meses después, el psicólogo le dice a Samuel: "Yo creo que ya no hace falta que sigamos viéndonos... Tú decides".
Nunca nada será igual. Y los años pasan, pasan, pasan..

14 comentarios:

  1. Me ha vuelto a conmover tu cuento, la historia, los recuerdos. Está escrito de forma magistral, admirable Vicente.
    Se que es casualidad, pero en días como hoy en que se conmemora la muerte de Cristo, una pregunta me corroe por dentro ¿por qué siempre se mueren los buenos?

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  2. Però la vida és així, la trivialitat quotidina es barreja amb la trascendència més absoluta. Jugar a les cartes i estar-se a punt de morir. Són així l'es coses. No hi ha manera de prendre's la vida seriosament. Per més mal que ens faci viure-la. Gràcies per compartir literatura i vida.

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  3. Hola, estoy muy lejos de ti ahora. He hecho click y he leído esta historia (recordado, en realidad)Desde tan lejos es difícil comentar estas cosas tan personales y tan verdaderas, pero, si tu quieres, siempre andaré al lado mientras la vida siga caminando. Te saludé por correo, pero no debías estar.Besos

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  4. Vicente, felicidades por transmitir de esa forma, literaria, (como si fuera tan sencillo), la desolación, la impotencia, la incertidumbre; frente a la enfermedad que sufre una persona querida, hasta el día que uno se convierte en el testigo de su muerte. Y luego llega la rabia, la tristeza, la soledad, el desaliento, el desanimo.
    Genial Vicente!!!, Un abrazo.

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  5. Nos han aleccionado muchas veces sobre la importancia del objeto en un relato. El clavo está ahí tan solo por si luego, alguien, quiere colgar en él un cuadro.
    Qué perfecto es el nombre de esa ciudad en el momento en que lo escribes. Un nombre capaz de desmoronar la esperanza, de abrirle la puerta a los miedos. La palabra que indica el principio del fin.
    Y pasan los años. Pasan, pasan, pasan...

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  6. Fa temps que segueixo als karcoma des de l'anonimat, sembla talment com si us conegués un per un.
    Ara però, no puc deixar de fer un petit comentari, quan he captat la infinita sensibilitat que conté la descripció d'aquest relat, que dedueixo pels comentaris, real.
    Et felicito per ser ser tant valent en el seu moment i també ara.
    Perdona l'atreviment.

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  7. lola, sólo lola5 de abril de 2010, 8:16

    Saber expresar en un relato vivencias personales con la sensibilidad y maestría como lo haces, es una cualidad que poseen muy pocos escritores.
    Poder transmitir a través de palabras escritas sentimientos tan profundos y reales, para que podamos compartir y sentir como nuestros, define tu calidad como persona.

    "Y aunque nada será igual. Y los años sigan pasando...."

    Que extraordinario y maravilloso homenaje es, dejar constancia de unas felices vivencias compartidas y de una triste soledad impuesta.


    Felicidades por escribir así y Gracias por ser como eres.

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  8. Me has dejado los pelos de punta. Increible sensibilidad, qué bien escrito.

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  9. Cercano, hondo, inmenso.
    Se ha parado mi mente.
    No hay más que silencio.
    ¿Cómo decirte el silencio?

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  10. Es un bellísimo relato!
    Habitación 1329: impresionante sucesión de imágenes que describen con mucha claridad ese momento de mucha angustia y ansiedad que crece y marea.
    Gracias Vicente por poner en palabras lo que no se puede.

    Pienso que quien ha conocido el amor, cree para siempre que es posible y va por más!

    Laura de Bs As.

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  11. Lo he sentido, lo siento y mucho.
    Me trae recurdos personales y lo siento y mucho.
    Y los años pasan, pasan, pasan y lo siento y mucho.
    Un abrazo

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  12. Un abrazo, no sé decir nada más, tú sabes.

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  13. Una cosa buena tuvo Clara... y fue el amor de Samuel hasta el final. Muchas personas con una larga vida no cuentan con un Samuel a su lado.
    Un relato precioso. Seguro que Clara estaria encantada.
    Un besazo de Lourdes y Carlos

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  14. En su momento me quedó pendiente contestar vuestros amables comentarios. Supongo que no sabía muy bien qué decir. Así que, simplemente, gracias...

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