miércoles, 28 de abril de 2010

Ahggg

MARC BALLESTER
...con lo bien que estaba y ahora te plantas delante te podías haber sentado en otro sitio sonrío y me quito el abrigo encojo las piernas por supuesto capullo calvo y capullo si ocupas más de un asiento te sobran los brazos así no molestarías a nadie hala a mirar por la ventana a mí que me gusta dirigir la vista hacia el frente y contemplar las cocorotas de los que me preceden y los ojos eso sí de aquellos que están a una distancia prudencial y no tú berzas que tienes los ojos hundidos todo frente eso es que te la veo reflejada en la ventana ahora sí ahora no sí no sí no sí qué estación viene ahora tú pesado te subiste creo que en el prat y no hemos parado en ninguna toca sants pero no recuerdo si el tren es directo o no y si no lo es dónde para ni idea qué miérda si para en alguna llegaré tarde a la cita se me arrugará más la blusa y la falda y mi perfume se perderá mezclado entre los de fritos y rancios efluvios de toda esta gente moros guiris currantes marujas basura y más basura jodida huelga de taxis tenía que haber alquilado un coche total luego el dinero solo sirve para eso y tú barrigudo de enfrente que asco si llevas un fideo en la comisura de los labios y sonríes idiota se te enganchó en la barba pero a quién le sonríes imbécil si te vieras con mis ojos no me sonreirías cierras los ojos y te duermes increíble sueltas el lastre un bufido y estiras una pierna me has tocado joder que nadie se da cuenta me has tocado hijodeputa ah ah ahggg si mis amigas del club cultural figueroa salcedo me viesen qué vergüenza dios mío estás roncando no me lo puedo creer si huyo se me arrugará más la falda no queda un puto sitio adonde huir que alguien se levante ya o haré alguna cometeré un acto irreparable mi psiquiatra no tendrá suficientes másters para arreglarlo mierda mierda mierda que la tonta del bolso barato se va a levantar esa es una buena plaza no se comparte con nadie ni a los lados ni enfrente joder puta más que puta se ha vuelto a sentar es imbécil no sabe adónde va o qué se podría haber quedado en su casa no es justo que nos obliguen a viajar en el mismo vagón de tren a gentes tan diferentes no es justo bien que pago mis impuestos estafar estafo eso sí pero también pago ah has doblado la pierna y estiras la otra hostia subnormal anormal ignorante en tu casa en la obra debías estar rebuznando no paras de dar coces santa margarita líbrame de los malos pensamientos que siempre me turban y aprisionan tú asno por fin ahí te quedas que yo me bajo en la próxima...

domingo, 25 de abril de 2010

Presentación del libro de relatos ARCHIPIÉLAGO

El martes 20 de abril presentamos en Barcelona nuestro segundo libro de relatos, "Archipiélago". Nos lo ha publicado Ediciones Oblicuas. Estuvieron con nosotros la periodista Mercè Sas, el escritor Antonio Tello y el editor Alberto Trinidad. Nos quedó muy buen sabor de boca. El libro ya está a la venta en Internet y, pronto, en las librerías. Gracias a todos por leernos.




Intervenció de Vicenç del Hoyo, membre de la Karcoma, a la presentació de "Archipiélago"
Jo sóc de barri. Vinc de la perifèria i avui he vingut aquí, al centre, he baixat a Barcelona com dirien els del meu carrer. Quan cercàvem una sala per presentar el nostre nou llibre jo somiava a fer-ho dins d’una nau industrial, en un espai laboral com ara un garatge ple de màquines, o a l’interior d’un magatzem d’un polígon. Per sort per vosaltres no cal que us digui que els meus companys no em van fer cap cas. Segurament estava equivocat, confonia el territori de la creació amb l’espai de la difusió. Perquè per a mi, la nostra escriptura està lligada a les vivències del suburbi, a aquella part de la ciutat a la qual no se la reconeix com a tal i que no és un lloc còmode per viure. Allà, en aquells barris, l’experiència de viure té un altre significat. Un neix amb el destí gravat a la porta de casa i, si se’l vol canviar, només l’esforç, la passió i l’atzar el poden ajudar. És un lloc de carrers  mal asfaltats, de gàbies d’ocells penjades a les finestres, de multituds que les voreres no poden contenir, d’instituts amb règim nocturn, on es pot conèixer la dieta dels veïns per les olors que es capten quan s’ascendeix per l’escala cada vespre.
La nostra modesta literatura no té ambició de ser nuclear o de centre. No habita ni en els acomodats barris residencials, ni en amples avingudes il·luminades. Es conforma amb ser, ni que sigui tangencialment. Viu de la fam de generacions sense llibres. Als nostres barris la literatura no només és el resultat d’una indústria de consum i d’entreteniment de qui necessita omplir la buidor d’un estiu sense activitat, no. El que ens passa al que vivim allà és que hem de fer créixer la realitat. Amb el món que ens envolta no en tenim prou, no ens omple i hem de crear-ne de nous. La literatura ens ofereix allò que la realitat ens nega. Necessitem una literatura a l’alçada dels nostres desitjos i somnis. Perquè l’escriptura és el territori sagrat on batega la bellesa. És aquesta recerca, i no cap altra, el que ens ha aplegat al grup Karcoma. Vivim l’escriptura com la manera de pair l’empatx que ens ha suposat i ens comporta l’existència. Cadascú des del tros de terra esqueixat i aïllat que li ha tocat viure destil·la una nova realitat a través de la paraula. Això és el que compartim i el que ens reuneix.
I us hem convocat aquí, al còmode i confortable centre, per poder compartir amb tots vosaltres els resultats de la nostra aventura, de la nostra exploració i recerca de perifèria. No sé si la lectura dels nostres relats us faran més feliços o millors persones, però nosaltres estem plens del convenciment que escriure ens fa sentir millors.

domingo, 18 de abril de 2010

Mujer verde

MÓNICA SABBATIELLO (texto y óleo)
Como cada año para esas fechas, nos juntamos en la casona de la abuela. Mi hermana pequeña, Soledad, le llevó un óleo de regalo que la abuela hizo colgar en un lugar de honor. Si menciono esto ahora es porque esa pintura se nos metió a todos hasta en los sueños.
Nos encanta visitar a la abuela. Fue actriz y bailarina. Es una mujer culta, liberal y hermosa. Y nuestra costumbre ha sido siempre quedarnos a pasar varios días. Pero esa noche nos marchamos todos. Casi escapamos.
Sobre butacas y sillones, bajo el influjo de una luz suave que entraba por los ventanales, tamizada por los rosales del añejo jardín, nos fuimos contando las novedades. Bebimos té, probamos pasteles y chocolates. La tarde declinó placentera. Joaquín sacó el saxo, Pepe los tambores y Julián el bajo. Encendimos lámparas y velas y nos pusimos a bailotear. La música y los aperitivos que prepara Alfredo tienen virtudes asociadas al alma y nos vuelven comunicativos.
Disfrutamos de ese jazz improvisado. Y yo también de la tensión sexual que surgió con un hermano de mi cuñado Pepe. Soledad nos vigilaba de cerca, nunca se le escapa nada, pero era sólo un juego gestual, vacuo e imbuido de tabú.
Todo iba tan bien hasta que en un instante brevísimo la armonía se resquebrajó, y el ambiente se modificó de manera radical, como si una corriente de aire helado hubiese abierto de golpe las ventanas.
Por buscar alguna explicación giré la cabeza y noté de refilón que la mujer verde, la mujer del óleo, me miraba de manera intensa y vibrante. Y mostraba algo que venía de lejos: una advertencia.
Todos notaron el cambio. Todos lo sufrieron en su espíritu. Y la fiesta decayó de forma irremediable. Nos dimos cuenta entonces de que la abuelita se había dormido en el sillón. La despertamos para cenar. Pusimos la mesa y comimos como ausentes, de forma desordenada, sin las exclamaciones habituales, de hummm, qué bueno, quiero la receta. Y nos despedimos pronto, no sin echarle una mirada furtiva a la mirada verde del cuadro verde.
Ya en casa, por teléfono, estuvimos toda la semana tratando de entender lo ocurrido. Seguíamos sufriendo de una fuerte melancolía, que nos llegaba de lejos, de algún no lugar sin una distancia medible ni reconocible ni oficial. Y que parecía querer decirnos algo.
Pero no entendíamos ese lenguaje, hasta que pasó la nevada. Y nos llamaron de un hospital.
La abuela había quedado sepultada en su jardín, bajo unas ramas caídas durante la tormenta de nieve. Las ramas de una gran rosa china. Estuvo dos días allí enterrada. En esos dos días no la llamé, y nadie la llamó. Allí estuvo, hasta que se derritió la nieve y el cartero la vio desde la calle, enredada en su chal rojo.
Cuando repartimos algunos de sus objetos, elegí la mujer verde. Cada tanto me dice algo con su mirada. Pero sigo sin entenderla.

lunes, 12 de abril de 2010

Vinilos

MARIA GUILERA
Entre el montón de enredos que dejaste en el garaje, encontré un disco de vinilo con una frase escrita en tinta verde.

Fue hace una semana. Estaba sentada en el suelo, con un par de cajas de madera a mi lado en las que pensaba ir guardando todo lo que tuviera algún valor. Me refiero a valor sentimental, ya sabes.
Había preparado una bolsa de plástico grande, de las que usan las comunidades de vecinos o los restaurantes para echar la basura, porque sabía que iba a necesitarla, soy más de tirar que de guardar.  No me equivoqué, estaba ya casi llena con facturas de artilugios que no recuerdo haber visto, manuales de instrucciones, programas de obras de teatro, folletos de publicidad, postales antiguas, convocatorias de reuniones de vecinos, menús de restaurantes, billetes de tren, décimos de lotería.
Alcé la vista y observé la última balda de la estantería. Allí había cosas que pesaban demasiado. Subí tres peldaños de la escalera metálica para alcanzar una maleta vieja. La bajé con cuidado, pesaba mucho.
Tú siempre te enfadabas, o fingías enfadarte, cuando me veías en esa escalera. Parece que busques lo que no tienes, mujer, me decías. Por qué no me llamas, a ver. Cualquier día te caes y tenemos un disgusto.
Me mandabas bajar y alcanzabas lo que yo buscaba mientras seguías gruñendo por lo bajo. Era un juego, los dos lo sabíamos. Porque tú eras el torpe, el que menos fuerza tenía de los dos, el que se accidentaba. Yo la que resolvía los problemas domésticos y conectaba cables, usaba el taladro y desmontaba y volvía a montar cada vez que nos mudábamos de casa.
La maleta de cuero era una de esas cosas incómodas que nunca habíamos usado, pero de las que éramos incapaces de desprendernos. No tenía ruedas, pesaba demasiado, era anticuada y cerraba mal, por eso la asegurábamos con una cuerda elástica. Debimos traerla de la casa de tus padres hace ya muchos años.
La dejé en el suelo y pensé qué podíamos haber guardado ahí dentro. Me gustaba atar cabos, elucubrar y comprobar después mis aciertos.
Tengo buena memoria, pero abrí la maleta sin ninguna idea de su contenido.
Ví una buena colección de discos antiguos, longplay, les llamábamos. Creí que, al marchar del piso de Muntaner, se los habíamos regalado a un vecino que todavía conservaba un equipo antiguo. Nosotros ya no podíamos escucharlos.
En cualquier caso, en la maleta no podían estar todos. Recuerdo que teníamos una colección importante, mis óperas, conciertos, la música que solíamos escuchar los domingos por la mañana a todo volumen. A ti te gustaba la música francesa, Brassens, Brel, Ferré. El club de la tristeza, los llamabas tú.
Era imposible que durmieran ahí tantos vinilos. Probablemente nos habíamos  resistido a darle algunos que tenían un significado especial.
Sabía que mirarlos me haría daño, que recordaría canciones que habíamos cantado juntos, músicas que habían llenado el espacio compartido de nuestra vida. Pero no pude resistirme al dolor, esa compañía cálida que me hacía sentirte todavía vivo y a mi lado.
Me senté en el suelo y saqué el primer disco. Era de Joan Baez. No recordaba haberlo visto antes. Ni los de Janis Joplin, Sonny and Cher, Bob Dylan, Donovan, The Doors, Frank Zappa, Pink Floyd…
Esa no era la música que escuchábamos, quizá alguien te dejó esos discos para que los guardaras, o podía ser que los hubieras recogido de algún sitio. Sí, eso debía ser. Seguro que los viste al lado de algún contenedor y te pareció que no podías permitir que se perdieran, que era una lástima. Tú eras así, un nostálgico.
Cogí un disco de Paul Anka. Su rostro aniñado ocupaba casi toda la carátula. En una esquina, con esa caligrafía inequívocamente americana, estaba escrito el título de una canción que había sido  muy popular, “Diana”.
Y con tinta verde, una dedicatoria. Para Miguel.
También un dibujo, un corazón verde que en otro momento me hubiera parecido ridículo y que ahora me nubló la vista.
Miguel eras tú, mi Miguel. Quién te dio, te regaló, te envió esos discos.
Los saqué de sus fundas y los miré alterada, pero con una meticulosidad implacable. En todos las mismas palabras, sin firma, aunque para mí ella ya era Diana.
Vacié la maleta pero no encontré nada más.
Con una energía que creí haber perdido dos meses atrás, cuando la policía me comunicó tu accidente, seguí vaciando las estanterías del garaje. Todavía no he terminado.

Fuiste otro Miguel para alguien, o quizá eras el mismo.  Os reísteis juntos, hicisteis planes.  Estuviste a mi lado muchas veces sin pensar en mí.
Pero cuándo, durante cuánto tiempo. Muy al principio, cuando todavía existían los discos de vinilo. Cuando queríamos tener un niño.
Quizá encuentre más cosas aquí, lo revisaré todo, no tengo nada más importante que hacer.

Ahora sé que existe una vida escondida, horas que no pasamos juntos, palabras que nunca escuché, sueños que no compartimos. Mientras los busque, estarás conmigo. Benditos celos.

miércoles, 7 de abril de 2010

On van?

VICENÇ DEL HOYO
—He vingut a endur-me el que és meu! —va dir Ramon amb la mirada baixa però amb aire resolutiu. La frase havia sonat com una pedrada—. No vull compartir res més amb tu.
Ramon ha entrat a la casa com una ventada que s’escola per una escletxa i remou les cortines, aixeca papers i fa petar finestres i portes. L’Àngela encara és al portal quan ell ja està al mig de la sala, sorrut, mirant la catifa.
—Em sap molt greu que t’ho prenguis així —diu amb veu de vellut l’Àngela—. Pensava que, si més no, podríem ser amics. Tres anys no passen en va.
Ramon, al sentir les paraules, fa una mena de ganyota que pretén ser un somriure. Continua estudiant la geometria dels dibuixos de la catifa. A ells sembla adreçar-se quan diu:
—Una vegada més t’equivoques: els anys passen en va. Tot és gratuït i res no deixa de ser un fútil entreteniment.
—No sé perquè dius tot això —continua tenint el venut a la gola, inclús algú amb l’oïda fina podria apreciar que s’ha fet una mica més espès—. Saps que, des del principi, m’he pres la nostra relació amb molta seriositat. Però a tot el que té un principi se li pot veure el final, i la nostra parella no ha estat pas un excepció. Ara, el que podem fer és que tingui un acabament digne, a l’alçada de la història viscuda, o podem posar-li una mala cloenda, com si es tractés d’un tall fet amb un cop de destral. Que sigui un o altre, només depèn de nosaltres.
Ha estat una llarga arenga durant la qual l’Àngela ha tancat la porta sigil·losament i ha avançat fins a la sala. Més que caminar, seriem més exactes si diguéssim que ha reptat, tal com ho faria una boa constrictor.
—No entens res —diu el Ramon fent un pas enrere—. No m’interessa el final. Del que jo parlo és de tota la història. Tu ho has dit: el que té principi té fi. Per això mateix, el que no té principi no existeix. Vinc a endur-me tot el que constitueix la meva aportació a la nostra relació.
—Estic disposada a solucionar i compensar tots els sotracs que la cessació del nostre enllaç —diu l’Àngela, ara amb un matís sedós a la veu— t’hagi provocat. Què vols, les nostres fotografies? No tindràs tan pèssim gust com per demanar-me els regals que m’has anat fent durant tots aquests anys?    .
Mentre ella ha parlat, ens adonem que el Ramon ha deixat sobre l’esmentada catifa una caixa de plàstic. Té a la part de dalt una nansa. Tot fa pensar que és una caixa de les que els operaris utilitzen en els seus quefers quotidians. L’obre, i treu un sinistre cúter. Una lluent i esmolada fulla il·lumina la sala. L’espetegar que s’ha produït solapa el fregadís d’esses de l’Àngela. .
—Continues sense entendre —el Ramon parla, però mira el sofà amb melangia, alhora que li clava l’agut tallant i comença a buidar la groga esponja interna—. La pregunta que t’has de fer és, on van a parar les paraules que t’he dit tots aquests anys? On habiten totes les mirades que t’he llençat? On són tots els batecs que la teva presència al meu cor ha provocat? Això és el que vull.
—Ets boig! —per fi, la veu ja ha adoptat l’ordinària gamma dels teixits de fabricació nacional—. Es pot saber per què estàs fent malbé el sofà? De què és culpable?
—Els esdeveniments viuen en els escenaris —explica amb paciència Ramon. Després que ha esbudellat el sofà, pren un martell de grans dimensions de la caixa i sense que ella pugui evitar-ho, descarrega un cop fabulós sobre l’envà que separa la sala del dormitori. Apareix el sagnant color de la rajola esmicolada—. Jo no puc tornar enrere en el temps, la meva intenció, però, és convertir el nostre passat en irreal, en un somni. Mai t’has preguntat per què sabem que els somnis són somnis?
—Ets boig! —va repetint amb veu de vell parrac estripat, tapant-se la cara amb les mans, des que li ha vist l’ànima al sofà—. Ets boig!
Ell fa caure la paret a terra. Continua les seves doctes explicacions.
—Perquè quan despertem no trobem els escenaris on transcorren els somnis. I si no tenen una ubicació tangible, senzillament no poden existir. Desfent l’escenari de la nostra relació desapareix el lloc on habiten els fets i els sentiments generats durant aquest temps.
Un cop que l’habitatge no es pot reconèixer —ha buidat els continguts dels armaris, ha esmicolat la ceràmica i la porcellana, ha abonyegat l’alumini, ha deformat l’acer inoxidable, ha esbocinat la roba, ha... en definitiva, ha derruït la casa—, guarda l’instrumental emprat com si fos un expert cirurgià. Tanca la caixa i, abans de marxar, diu:
—Ja et pots quedar les fotografies. Ara seran tan irreals com un somni.

jueves, 1 de abril de 2010

Albacete


VICENTE APARICIO
NOTA. Este relato puede herir tal vez la sensibilidad de algunas personas que me conocen. Pido disculpas.

Lo están pasando tan bien hoy...
Les gusta jugar, entretienen el tiempo jugando. Clara, porque opina que la vida no puede tomarse muy en serio. Samuel, por una inclinación enfermiza a afirmar sus conocimientos. Adoran los concursos televisivos, los naipes, todos los juegos de mesa.
¿Capital de Bangladesh...? Dacca. ¿Autor del ensayo ‘Adiós a la razón’...? Feyerabend. ¿Conversión de la s en ‘r’ en posición intervocálica...? Rotacismo. ¿Mítico defensa brasileño que jugó en el Atlético de Madrid...? Luiz Pereira. ¿Director de ‘La fiera de mi niña’...? Howard Hawks.
De tanto repetirlas, conocen muchas de las respuestas. Aunque siempre quedan dudas, fallos de la memoria, errores del fabricante... Comparten su amor por el diccionario como un secreto casi inconfesable.
Clara toma café con leche. Samuel, cualquier refresco, a veces cerveza.
Incluso ahora, durante todos estos últimos meses tan extraños, la vida transcurre despacio los fines de semana, moderadamente placentera en torno a una mesa, o frente al televisor.
Si se trata de responder preguntas, casi siempre gana ella. Él domina mejor los juegos de cartas, las estructuras matemáticas con cálculos y probabilidades y recuentos dentro de la cabeza... Ella atesora una cultura más amplia, más enciclopédica.
Samuel toma del mazo una nueva tarjeta.
- ¿Capital de provincia española más próxima a Portugal...?
Clara enciende un cigarrillo y no contesta aún, pues Clara es, a pesar de todo, lenta e insegura. Samuel bebe un sorbo de su mediana, para entretener la espera.
Ella tuerce el gesto. Su dedo índice extendido parece estar recorriendo en el aire, con gran trabajo, el mapa de la península Ibérica.
Tarda más de la cuenta en contestar. Samuel tiene la certeza de que volverá a hacerlo, correctamente, en el último segundo. La mira, impaciente pero queriéndola mucho, queriéndola desde siempre porque a los dos les gusta jugar, y porque lo están pasando tan bien hoy, y porque quererse es una hermosa costumbre.
Clara aún no contesta. Samuel repasa mentalmente la lista de las provincias andaluzas, termina con éxito la enumeración y, satisfecho, sonríe para sí.
- Me aburro - le dice medio en broma, medio en serio. Ella permanece en silencio. Sus ojos marrones parecen haberse extraviado, fuera de la habitación, fuera del mapa, lejos, lejos...
- ¡Albacete? -responde Clara al fin, subrayando su respuesta con una risa nerviosa. Y resopla, como si ciertamente regresara de un ímprobo esfuerzo.
Samuel no puede contener una súbita carcajada, pues Clara tiene la sana costumbre de bromear. Y sin embargo, en la expresión de su cara cree leer un desconcierto nuevo, un poco excesivo para ser simplemente teatro. Samuel conoce a Clara. Clara no bromea.
No importa. Lo están pasando tan bien hoy....

Hoy es domingo.
Dos horas más tarde están dando uno de esos paseos que antes no daban por culpa de la pereza. Hace un día limpio, de un azul casi artificial. Las manos entrelazadas, Samuel y Clara pasean por el parque y se sientan en la hierba a leer. Ella hojea el dominical de un periódico. Él subraya pasajes de una novela centroeuropea de entreguerras.
Juegan a las cartas. Samuel va sumando partidas. Cuando ya van cinco a cero, Clara propone jugárselo todo a la carta más alta. El tute no está hecho para ella, y menos hoy que parece tan distraída, tan cansada. Samuel accede, y vuelve a ganar. «Hoy no es mi día de suerte», dice Clara mientras enciende un cigarrillo, sonriente. Se besan.
Samuel se echa a llorar.
Durante largos segundos, no dicen nada. Ella recoge sus lágrimas con el dedo índice, muy despacio, y besa sus mejillas.
- ¿Sabes por qué te quiero? -dice Clara-. Porque eres un hombre bueno. Eres un hombre bueno y sé que entiendes muchas cosas, porque hay que ser bueno saberlas. Te quiero por eso.
Juegan a cerrar los ojos, y ya están viajando juntos por todo el planeta. Primero comen una crêpe de frambuesas con nata junto al embarcadero del río Moldava, luego recorren el porche de una iglesia en el centro histórico de Segovia, atentos a las explicaciones de una guía turística. Ven una puesta de sol desde el muelle de los Holandeses, en Saint Malo, mujeres pedaleando por las calles de Bangkok, corales y peces de colores en las aguas del Mar Rojo. Hacen el amor en una tienda de campaña, en un pueblecito de Euskadi.
Es tan grande el mundo, se dicen el uno al otro, tan inabarcable. Hay tantos sitios por fotografiar.
Juegan a a encadenar sílabas, a recordar números de teléfono, a hacerse cosquillas sin piedad. Clara suplica una tregua y Samuel inmediatamente se la concede. Se calzan, recuperan la compostura.
- ¿Nos vamos?- dice ella-. Me está volviendo a doler la cabeza.
Todo va muy deprisa, después.
El dolor de cabeza crece.
Están en casa, preparando la cena, y el dolor de cabeza crece.
Samuel hierve el arroz y prepara un sofrito. Clara friega los platos del mediodía, para hacer sitio. Samuel pone la mesa. Clara se sienta en el sofá. Samuel regresa a la cocina, recoge del mármol los desperdicios y los tira al cubo de la basura.
¿Qué hace una bayeta nueva en el cubo de la basura?, se pregunta Samuel.
Sentada en el sofá, Clara no acierta a contestar. ‘Los guantes...’, dice Clara, ‘...rotos...’, añade mientras sus ojos extraviados parecen volver a buscar alguna respuesta.
Las manos de Clara tiemblan, sus frases se interrumpen a mitad de camino. Clara no está bien.
Viajan en una ambulancia.
Cómo es posible, se pregunta Samuel, confundir una bayeta con dos guantes. Un reloj de pared con un cuadro. Una lata de anchoas con un paquete de Camel..
Tres horas de espera en un pasillo de hospital y Clara se quiere ir. No comprende qué hace aquí.
El médico mira a Samuel a los ojos. Samuel comprende.
No habrá más quimioterapia.
Habitación 1329. Turnos de noche y turnos de día. Clara quiere fumar.
Clara hace planes y los repite maquinalmente cada cinco minutos: hemos de comprar unas sillas para el balcón, hay que llamar al técnico de la calefacción, ¿me has traído la ropa interior?
¿Dónde está el termostato de la sábana para escribir los calmantes?
Habitación 1329. Crisis comiciales, impotencia, bomba de perfusión. Clara quiere fumar.
Clara es una niña grande que besa a todas las visitas, hace muecas y coge berrinches. Buenas noches, dice, túmbate aquí conmigo, ¿estás cansado?
Cómo es posible, se pregunta Samuel, ver a la gente de color rojo. Confundir a tu hermana con tu suegro, a tu marido con una enfermera. Cómo es posible fumarse las sábanas.
Habitación 1329. Cada vez más ceguera, más desequilibrio, más caídas. Más delgadez.
Clara tiene un hospital, una cama, calmantes, gente que le aprieta la mano mientras ella aprieta los dientes.
Cada vez más morfina, más somnolencia, más quietud.
Madrugada. Un apretón de manos. Silencio.
Samuel enciende un cigarrillo antes de avisar a la familia. El tabaco se consume, la ceniza cae al suelo.

El médico dice: ‘Lo sentimos mucho’, y le entrega a Samuel una hoja mecanografiada. ‘Exitus’, puede leer Samuel, en latín. Ahí está también el nombre exacto de la enfermedad. Un nombre impronunciable, se dice Samuel, la consecuencia más o menos previsible de la alteración de un gen dentro de una cabeza. Un cromosoma. Hace tiempo que todo estaba escrito: bastaba con echarle un vistazo a una revista especializada.
Samuel le da las gracias por todo al doctor, y le tiende la mano.
- Ya nos preocuparemos cuando tengamos que preocuparnos -había dicho Clara más de una vez estos últimos meses, desde detrás de su sonrisa.
En un edificio de paredes grises de obra, techos altos y ventanas grandes de aluminio gris con discretas persianas, un señor trajeado, muy comedido, pregunta: "¿La familia querrá ver...?"
Un día, meses después, el psicólogo le dice a Samuel: "Yo creo que ya no hace falta que sigamos viéndonos... Tú decides".
Nunca nada será igual. Y los años pasan, pasan, pasan..