sábado, 27 de marzo de 2010

Anacleta la coqueta

LOLA ENCINAS
Su verdadero nombre es Anacleta, pero se hace llamar Ana porque le parece más “chic”.
Ya desde pollita era muy presumida y dedicaba la mayor parte de la jornada a su belleza y aseo personal.
El brillante color de su plumaje llama la atención.
Una erecta y roja cresta corona su cabeza.
Sus ojos son negros, de penetrante mirada. Su pico es de un bello color anaranjado, corto y fuerte, aunque en determinadas ocasiones puede ser suave como el terciopelo.

Cada sábado visita el Salón de Belleza, el que regenta Norita, la oveja más veterana de la granja, al lado del abrevadero.
La sesión se inicia con un masaje, seguido de un aplique de barro y un baño relajante; después vienen el cepillado y la manicura.
Le hacen un precio especial como clienta VIP que es y no le escatiman atenciones para tenerla contenta. Con ello pretenden premiar su fidelidad y que su envidiada imagen sirva de reclamo para el resto del gallinero.

Pero nosotras somos más sencillas.
Saltamos del palo al primer canto. Nos pasamos el día incubando. Enseñando a picotear a nuestros pollitos. Ejercitando el esfínter para la puesta de huevos. Comiendo. Comentando un poco como van las cosas por la granja. Etc., etc.
O sea que entre el madrugón y tanta actividad acabamos agotadas y nos vamos a dormir muy pronto.
¡No tenemos tiempo para nada!.

Cuando Ana regresa al corral, se forman corrillos donde se cuecen comentarios de toda índole, la mayoría de censura.
La mayoría de miradas que provoca su paso son una mezcla de envidia y de admiración. Otras de embobamiento y deseo.
(Supongo que no hace falta que os aclare el sexo de quien mira de una manera u otra).
El caso es que su llegada nunca pasa inadvertida.
No goza de muchas simpatías en la granja y la antipatía que inspira incluso se extiende a corrales vecinos.

Se rumorea que las joyas que posee las ha conseguido con malas artes y que por su culpa un apuesto gallo feneció las últimas navidades.
Dicen que cuando la vio por primera vez quedó prendado de tal manera que empezó a desatender al resto de las gallinas y dejó de cantar al alba, que era cuando se fue a dormir tras una intensa y agotadora noche romántica.
Su amo, el granjero no estaba para sutilezas ni romanticismos y tomó una drástica decisión.
A él lo sustituyó por otro gallo más joven y de momento se quedó de segundón a la espera de nuevas misiones.
A ella, se la regaló a su vecino, nuestro amo, aprovechando que era el día de su cumpleaños.

Nuestro gallo, Kiko, es un veterano en lides amorosas. Desde el principio se ha dado cuenta de la inutilidad de sus provocaciones y encuentros.
La tiene catalogada como una casquivana que sólo busca placer y juego, que nunca ha querido asimilar su papel productivo y reproductor.
Nos ha dicho que es una vaga, que nosotras sí que somos unas buenas gallinas responsables.

La pasada noche, hemos oído unos pasos en el gallinero.
Nos hemos apretado las unas con las otras y hemos cerrado los ojos.
Después de un leve revoloteo y un ahogado cloc-cloc, cuando los hemos abierto, Ana había desaparecido.
Entre la paja he visto algo brillante, me he acercado con cautela y he comprobado con sorpresa que era uno de sus anillos. Lo he guardado bajo el ala para dárselo por la mañana.
Pero hoy. cuando paseaba con mis pollitos, he mirado por la ventana de la cocina y he visto un cuerpo inerte y desnudo encima de una mesa. Me ha dado mucha pena y, aunque no estoy segura del todo, mucho me temo que sea el de ella..

Ya sé que estamos en diciembre y que se aproximan días duros para todos nosotros...

Ella quizás haya sido la primera en caer. Quién sabe si por su belleza o por su mala cabeza... No quiero saberlo.

Aunque en mi interior pienso que ha hecho muy bien en vivir siempre como ha querido. ¿No llevamos las gallinas la etiqueta de “putas”?

¡¡¡Pues que le quiten lo bailao!!!

6 comentarios:

  1. esperaba como agua de mayo otro relato tuyo.
    Te has superado a ti misma, cuanta inteligencia destilan tus párrafos.
    Un beso

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  2. jajaja, tiene razón: de llevar mala fama, que sea por algo. Si el final va a ser el mismo para todas las gallinas, al menos disfrutar la vida mientras dure. (Pobre anacleta)

    PD. He leído tu texto en el blog El lector impertinente, y despertó mi curiosidad. Por eso estoy aquí

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  3. Muy divertido. No conocía este texto y me ha sorprendido. Qué capacidad de meterte en la piel de tus protagonistas, "La pasada noche, hemos oído unos pasos en el gallinero.Nos hemos apretado las unas con las otras y hemos cerrado los ojos."
    Las veo, las noto, las siento. genial Lola

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  4. la bruja de provença29 de marzo de 2010, 11:03

    Tu relato tiene la frescura y el ritmo de la oralidad.
    Puedo imaginarme un entorno atento a tu expresión, a tu gesto, a tus silencios.
    No es fácil conseguirlo, pero ayuda haber sido niña en un tiempo en el que los cuentos se escuchaban en silencio y aguantando la respiración.
    Y aplaudo, claro, ese epílogo que le da la vuelta a lo que hubiera sido una moraleja y nos descubre la verdad.

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  5. Me ha gustado mucho tu historia. Me hace pensar en las fábulas con animales de protagonistas que siempre contienen una aleccionante moraleja en su epílogo.

    No sé bien por qué las gallinas tienen un buen cartel y reparto en este tipo de historias. De la Fontaine nos deleitó con su avariciosa gallina de los huevos de oro. Con tu sentido irónico estás más cerca de Orwell y sus analfabetas gallinas a las que el cerdo escatima comida.

    Prefiero quedarme con tu historia que arranca la sonrisa. La buena de Anacleta sabe tomarse bien la vida y disfrutar cada segundo.
    Por cierto, excelente el papel responsable y serio del gallo Kiko, que además de beneficiarse de las gallinas las adoctrina en su papel productivo y reproductor; las deja contentas, satisfechas y realizadas, ¿qué más se puede pedir?

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  6. Qué bien me lo paso con tus textos. Siempre VEO lo que cuentas.
    Y eso es muy divertido.
    Me gustó mucho. Ojalá que el anillo de la gallina "clueca" tenga poderes, tipo anillo de Los Beatles, para liberar a la que nos narra la historia. Mónica

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