domingo, 28 de febrero de 2010

Condición humana

ROSANA ROMÁN
En cuanto me habló de su marido, supe que sería un trabajo sencillo. Un dinero fácil que me embolsaría por seguir unos días al sujeto, hacerle unas cuantas fotos y redactar un informe.
Llevo muchos años en este trabajo, los suficientes como para adivinar que un hombre como el que ella me describía resultaba de lo más aburrido a una mujer y que probablemente la causa del distanciamiento paulatino que hacía sospechar a su esposa no era un problema de faldas.
Pero también soy lo suficientemente veterano como para saber que en la vida siempre hay algo que aprender y que no te puedes fiar de nadie porque, donde menos te lo piensas, la condición humana te sorprende. Así que convencí a la mujer de que necesitaría todo un mes entero para poder asegurarle que su marido no tenía una amante, pues conocía casos de encuentros discretos, de una vez al mes, difíciles de descubrir a menos que se lleve un seguimiento exhaustivo como el que yo podía proporcionarle.
¡Qué quieren!, ya sé que era una mentira, que cuando uno se encoña, un mes es toda una vida, pero la crisis me tenía un poco seco y a ella parecía sobrarle el dinero. Por lo menos me aseguraba un mes con gastos pagados, lo cual no iba a venir nada mal a mi negocio.
Empecé el seguimiento un lunes y, como esperaba, sus actividades fueron de lo más monótonas. Trabajo, gimnasio, casa. Trabajo, clase de inglés, casa. Trabajo, reunión semanal, copa con compañeros, casa. Trabajo, gimnasio, casa. El viernes estaba ya aburrido de esperar en el coche y confié en que al menos el fin de semana la cosa cambiara. Pero el sábado sólo fue con su mujer al supermercado y por la tarde recibieron la visita de otra pareja.
Confieso que hubo otro motivo añadido por el que acepté el trabajo: ella era una preciosidad, de esas a las que te dan ganas de decirles, no se preocupe, señora, que si su marido la engaña, me ofrezco para que le devuelva la jugada. Pero uno es muy profesional y me mordí la lengua. Me limité a disfrutarla de reojo, recorrer sus largas piernas y posar mi mirada en su escote tantas veces como pude. Calculo que por lo menos debía usar una talla cien. También tenía una mirada cándida y una boca sensual, que hacía mohínes cuando me informaba y que parecía decirme, cómeme.

El domingo, tal como ella me había anticipado, su marido salió a hacer footing mientras yo, preparado ya con el atuendo oportuno, hacía calentamiento justo en la zona por donde él se movía. Cuando llegó a mi altura se giró hacia donde yo estaba y, por un momento, me sentí descubierto, pero su mirada siguió vagando por el parque hasta que se fijó en alguien que venía hacia nosotros. Era una mujer. Su cabello rubio se recogía en una coleta que se movía al viento siguiendo su pasito rápido, como un caballo al trote. Se saludaron sin tocarse. Él acompasó su paso al de ella y empezaron a alejarse. No pude escuchar lo que hablaban porque me hubiera delatado, pero les seguí con cautela y saqué unas cuantas fotos. Mientras descansaban, me paré cerca a ellos, me até la zapatilla, hice unos comedidos movimientos rítmicos como si por los auriculares que llevaba estuviera escuchando una música que no me permitiera oír nada más, pero todo fue en vano porque el potente altavoz que llevaba sólo me devolvía monosílabos. Estaba ya desanimándome cuando de repente descubrí la mirada. Era el premio a mi constancia, a mi olfato de perro sabueso, en definitiva, al trabajo bien hecho. Ella le miró con un gesto provocador, sensual, prometedor, le guiñó un ojo y se alejó. En ese momento supe que tenían un lío y también que la rubia debía estar casada, por la discreción con que ambos habían marcado las reglas de juego.
Mientras se alejaban en direcciones contrarias yo me quedé allí unos segundos, sentado en un banco, feliz por mi avance, triste por mi cliente, cuyo nombre no puedo revelar como comprenderán. Todavía hoy me hago cruces de lo gilipollas que pueden ser algunos hombres. Y de la suerte que tienen de conseguir a mujeres de bandera a pares. Me puse en marcha en busca de la atlética mujer que seducía con la mirada, pero al cruzar el parque se metió en un coche azul y se fue. Sólo me dio tiempo de hacerle una foto al coche. No pude seguirla más.
Cité a mi cliente informándole del encuentro, pero me reservé el resto de la información hasta estar más seguro. Para entonces ella estaba tan intrigada que me hubiera pagado el doble por averiguar quién era aquella mujer a la que no reconoció en ninguna foto.
Me las arreglé para acordar una cita semanal para informarla de los avances. Aunque los encuentros domingueros del parque se sucedieron, no pude descubrir ni un desliz. Pero reconozco que esperaba con ansia la cita con mi cliente en una coctelería, sentado a la barra en lugar de una mesa para disfrutar de las piernas cruzadas de aquella belleza que bien podría haber sido una modelo.
Le propuse que al domingo siguiente insistiera en ir con su marido a practicar footing, para provocar alguna reacción que nos diera juego.
-No me creerá -afirmó-, hace años que no me bajo de los tacones, ni siquiera tengo unas deportivas decentes.
-No se preocupe, o mucho me equivoco o él evitará la situación. Puede que no tenga ni que salir de casa.
El domingo ella comprobó mi pericia. Ante la propuesta inocente de una esposa dispuesta a compartir los hobbys de su marido, él tuvo una repentina indisposición y decidió quedarse en casa.
La rubia no hizo mucho ejercicio aquella mañana, la vi esperarle sentada en un banco, mirando compulsivamente el reloj hasta que se encaminó hacia el aparcamiento. Pero yo me había adelantado y esta vez no se me escapó. La seguí con el coche hasta su casa y anoté cuidadosamente en mi libreta la dirección y también todos los nombres que aparecían en los buzones del cuarto piso donde se detuvo el ascensor. Concienzudo que es uno.
En la siguiente cita con mi cliente, me informó de que el viernes su marido iría a Madrid. Un viaje de trabajo que hacía periódicamente. Tenía la certeza de que era un encuentro profesional en el que los responsables de todas las sucursales del país se reunían mensualmente para abordar estrategias de empresa.

Según ella, su marido viajaba de noche porque la conducción le resultaba más relajante. Así, aunque llegaba de madrugada al hotel, podía levantarse ya en la ciudad para evitar contratiempos, Empezó a hacerlo el invierno anterior, cuando una tormenta de nieve le impidió entrar en Madrid a tiempo para la reunión.
Mi sexto sentido me alertó. No parecía una explicación muy convincente, teniendo en cuenta de que estábamos en mayo y que el tiempo en todo el país era casi estival.
La plena disposición se paga y, aunque me apetecía visitar la capital, me cuidé bien de no mostrar interés alguno. Muy al contrario, eso suponía para mí un trastorno evidente y una dedicación de veinticuatro horas. Mi cliente estuvo de acuerdo en pagarme un extra por los desplazamientos.
A las nueve en punto esperaba al marido a la salida del párking, con el depósito lleno, un bocadillo de chorizo y una cerveza comprados en la gasolinera. Pero me sorprendí al advertir que no seguía el trayecto lógico hacia la autopista. Le seguí con gran interés por el centro de la ciudad. Según su mujer viajaba solo. O quizás no y estaba pasando a recoger a alguien, con suerte la rubia que, para entonces, tras un seguimiento matutino, ya había comprobado que trabajaba en su mismo bufete.
El coche dejó la avenida y entró en el aparcamiento de la Estación Central. Yo hice lo mismo. Desconcertado, le vi salir con la bolsa de viaje y dirigirse al interior de la estación, enseñar su billete y bajar a los andenes. Intenté seguirle pero no me dejaron pasar de ahí. Necesitaba un billete y corrí a comprarlo porque en cinco minutos salía un tren hacia Madrid. Mientras aguardaba mi turno en la taquilla busqué el reloj del vestíbulo para comprobar la exactitud de su minutero con el mío. No estaba. Un enorme andamio cubría la parte central. Pregunté al viajero que tenía delante. No llevaba reloj. ¿Cómo puede la gente ir sin reloj? Corrí cuanto pude con el billete en la mano.
Pero la suerte es del que la busca y mi empeño se vio recompensado al verlo al pie del estribo, en una de las puertas de acceso al tren, asomado mirando hacia mí, como si me esperara. Igual que en el parque. me sentí descubierto, pero su mirada pasaba de largo y se posaba en las puertas de acceso. Me giré instintivamente y. unos metros detrás de mi, vi a la rubia caminando presurosa, arrastrando su maleta y saludando con la mano. ¡Bingo!, esa era la jugada. Mientras su fiel esposa creía que viajaba en coche en un acto de responsabilidad laboral, su marido se la pegaba toda la noche en un coche cama de un tren de segunda categoría. Muy hábil, había que reconocerlo.
Me pasé el viaje controlando sus movimientos aunque después de un par de visitas a la cafetería no volvieron a salir en toda la noche. A pesar de las dificultades, conseguí sacar algunas fotos que probaban su infidelidad, en las que se les veía besándose apasionadamente, ajenos a todo, olvidando la discreción de la que habían hecho gala durante todo el mes. Era evidente que se sentían seguros. También lo era que llevaban hambre de días, a juzgar por los gemidos que escuché en varios momentos de la noche.
Dejé que se confiaran mientras a mí me daba vueltas una idea. Tanto cuidado durante todo el mes evidenciaba un interés mutuo en llevar en secreto su relación. ¿Qué pasaría si se sentían descubiertos? ¿Hasta dónde estarían dispuestos a llegar para seguir conservando su idilio? ¿Cuánto pagarían por mi silencio?
Uno ya es perro viejo en esto y también quiere jubilarse con dignidad. Así que no me siento culpable de algunas situaciones que, a fin de cuentas, no se darían si cada uno hiciera lo que debe. La rubia no me despertó ningún escrúpulo, a él le arranqué además un juramento: se esforzaría por cumplir con su mujer. Y es que en el fondo soy un sentimental.
Cité a mi cliente en la coctelería de siempre. La tranquilicé. Su marido no tenía ninguna aventura, quizás su distanciamiento se debía al estrés del trabajo, al miedo de acercarse a los cuarenta. Nada que no pudiera resolverse con amor y paciencia. Todavía me estoy escuchando, debería haber sido actor. Ella se lo tragó todo. Su mirada de agradecimiento sólo fue comparable al gesto de la firma en el cheque que me extendió. Esta vez invité yo. Qué menos.

6 comentarios:

  1. No hay duda, la literatura puede y te saca del pozo y con ella, uno respira otros aires, oye voces diferentes a las propias, y descansa de sus pesares.
    Me encantó dejarme llevar tan livianamente por este relato. Suelta, disfrutando.
    Saliendo de mis puertitas cerradas de este momento gracias a meterme en la piel de tu detective.
    ¿¿OYES MIS APLAUSOS??

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  2. la bruja de provenza2 de marzo de 2010, 22:10

    ¡Esta Estación Central será tu trampolín a la fama!
    Aunque conocía el relato, lo he leído con gusto y me he afirmado en la convicción de que nada puede una esposa contra el macho corporativo.
    En fin.

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  3. lola, sólo lola3 de marzo de 2010, 4:11

    Que gran habilidad tienes entretejiendo personajes, historiasy como fondo la Estación Central.
    Que fluida verborrea para un corto relato. Merece mayor extensión, por ejemplo ¿una novela? en la que se hablen de las venturas y desventuras de tu detective.
    Por cierto tengo que hacer un esfuerzo para verle como un "sentimental" aunque sea en el fondo.

    Pero en el mundo de la literatura todo es posible.

    Y en tí, aún más.

    Bravo Rosanita!!!!

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  4. agradable lectura, sí señora. es largo, pero no se me ha hecho (largo, se entiende). ^_^

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  5. Enganchadita hasta al final, aunque con el gran fallo de no poder enfadarme con el gran truhán y en este caso no me refiero al marido. Supongo que las cualidades de una buena narración es enarmorarse en cierta manera de sus personajes y conmigo lo has conseguido.

    Un cordial saludo.

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  6. "Ella se lo tragó todo", la rubia del parque también, ¿no?, piensa mal y acertarás, extraño pacto entre caballeros desconocidos pero a la vez creíble en los tiempos que corren...
    Bien perfilado el sabueso detective en 1ª persona y el escenario del "crimen perfecto" en un tren.
    El final de los personajes, si queda abierto a la imaginación del lector, está bastante claro en un futuro cercano, quizás si tu detective hubiera sido un profesional, informando de la verdad, hubiera dado lugar a otros finales alternativos...

    Interesante blog. Saludos.-

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