domingo, 31 de enero de 2010

Mi amiga

MARIA GUILERA
A la salida del cine, mientras tomábamos un café, mi amiga me contó que había muerto su abuela, por fin.
La miré mientras ella rompía el sobre del azúcar. Luego levantó la cabeza y sonrió.

Te acuerdas de mi abuela, verdad. Siempre al lado del balcón, tan tranquila.
Nunca le dio ningún trabajo a mi madre. Las cosas fueron exactamente como ella deseaba. Ojalá me muera durmiendo, sin sufrir yo ni hacer sufrir a nadie, decía.

Mi amiga suspiró. Yo la recordaba alegre, habladora, inquieta. Ahora parecía arrastrar las palabras y, además, los ojos habían perdido brillo. Removía el café con la cucharilla.

Sabes, mi abuela no supo nunca que su hija estaba enferma. A veces me preguntaba -¿Tu madre, aún no se ha levantado?- y miraba hacia la habitación como censurando una pereza que a ella, que llevaba años sin moverse, le parecía inexplicable.
Mi madre estuvo casi tres años entre el hospital y la casa. Y ella mirando por el balcón, sin enterarse.

Me pareció que mi amiga iba a llorar, pero no lo hizo. Tan solo le tembló un poco el labio inferior. Luego bajó la mirada, cogió una servilleta de papel del dispensador, empezó a doblarla con gestos precisos y siguió hablando como si yo no estuviera ahí.

Sobretodo que la abuela no sepa nada, decía siempre mamá cuando la ingresaban. Dile que estoy fuera, que he ido a arreglar la casa del pueblo. No quiero que sufra, está mayor.
Yo hubiera preferido pasar las noches a su lado, escuchar su respiración mezclada con el ruido constante de aquellos aparatos metálicos al lado de la cama. Pero no me dejaba.
No te quedes a dormir, nena. Si aquí estoy muy bien cuidada, no sabes la de veces que entran por la noche a verme. Vete con la abuela, mira que si se deja el gas abierto.

Mi amiga dobló la servilleta por la mitad. Luego, otro doblez la redujo a la cuarta parte y ahora apretaba el papel con el índice de las dos manos para conseguir un cuadrado minúsculo. Hablaba al compás de sus movimientos, golpeando las palabras.

El caso es que no sé por qué tenía miedo del gas. La abuela, que yo sepa, nunca se había acercado a la cocina, era bastante señorona. -Si yo, con una tacita de manzanilla y unas rosquillas podría vivir -decía siempre -total, para el esfuerzo que hago.
Y era verdad, casi no se movía. Pero creo que decía lo de la manzanilla para no tener que agradecer que le sirvieran la comida. Tenía su orgullo, mi abuela.

Con el dedo corazón, mi amiga hacía rodar sobre la mesa la pequeña bola en que se había convertido el papel. La controlaba con la presión de la yema sin aplastarla.

El día que mamá murió, dijo mi amiga en un tono tan bajo que me costaba oírla, la abuela seguía allí, con el ganchillo, dale que dale con esa puntilla de encaje que debía medir quilómetros, toda la vida haciéndola.
-Al menos tendrás un recuerdo de tu abuela, suspiró. -No la pongas en una sábana, niña. Mejor en una mantelería. Y cuando los invitados te pregunten, dices que la hice yo.
Eso, pensé. Lo que quieres es seguir siendo el centro de atención hasta después de muerta. Qué rabia me dio.
Ella pensando en las puntillas y su hija en el tanatorio. Qué injusticia.
Tuve unas ganas muy grandes de explicárselo todo, de que sufriera. Y lo que es la vida, fíjate. La abuela no volvió a preguntar más por mamá. Como si tuviese miedo de conocer la respuesta.
Al principio, cada día que pasaba sentía yo la tentación de contárselo. Luego ya no.

Ahora mi amiga se acercó la taza a la boca, pero la dejó otra vez en la mesa sin probar el café. Estaba frío.

Senil, me dijo el médico. Pero las analíticas, perfectas, mejor que las tuyas.
Era verdad, yo estaba anémica y además tenía insomnio. Me dolían las piernas, las tenía hinchadas. Que caminara, me decía el médico, que eso era bueno para la circulación. En cambio ella, todo el día sentada y sin ni una variz. La oía roncar toda la noche.

Levanté la mano para pedir la cuenta. Pensé que sería mejor salir a la calle y cambiar de ambiente. Mi amiga había alargado el pie y acercaba la bolita del suelo hacia ella. La camarera me hizo un gesto para indicarme que esperase un poco y yo le sonreí.

Mi amiga apartó su taza de café hasta ponerla al lado de la mía. Entonces me miró.

Más de un año así, qué asco. Y mira, justo el día que me voy al pueblo, porque yo sí que tuve que ir de verdad, se vendió la casa; justo ese día, me llama la señora que dejé cuidándola. Su abuela no está bien, me dijo. Y cuando llegué, ya había muerto. Como ella quería, mira qué suerte. En la cama, durmiendo, tan tranquila, sin sufrir.
Vámonos, ya pagaremos en la caja.

Mi amiga se levantó y aplastó la bolita con la punta del pie.
Yo te invito, me dijo.

14 comentarios:

  1. Siempre me admira lo bien que sabes hacernos ver con otros ojos la vida cotidiana, porque esta historia es "tan corriente".. y consigues, con la expresión y las palabras, que la veamos.
    Los relatos están en todas partes sólo hay que tener el arte de "sacarlos a la luz".
    Gracias, sigue.
    El Trasgu

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  2. Cada vez tengo mas claro, que la sobreprotección no es buena.
    Las puntillas son en este caso el manto de irrealidad en el que vive la abuela, sin sufrimiento y con cobardía.
    Menos mal que la amiga aplasta al final esa "espinita clavá".

    Louise

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  3. El simbolismo de la servilleta todavía se me escapa. Yo suelo escribir relatos, aunque no en este estilo tan "intimista".
    Desde las primeras líneas se puede visualizar la conversación, a la abuela observando la vida pasar y a la madre marchitándose cada día.
    Quizás un poco manido el tema de estar tomando un café. Esa situación está un poco desgastada ya.

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  4. Es lo que tienen los cuentos realistas, que pasan delante de un café porque la mayoría de conversaciones de nuestro día a día se suceden entre tazas y cucharillas, sea en la oficina o en un bar. Si quieres reproducir un acto trivial tiene que ser café en mano, o en un portal, o sentado en un banco del parque... Porque es asi como hablamos hoy en día, tomando algo o por teléfono. No hay más.
    A parte de esto: pobre abuela, quizá se enteraba de todo y tenía que disimular para que los demás vieran recompensados sus esfuerzos de ocultarle la realidad. Pobre la familia de la abuela: ocultando la verdad porque realmente es mucho más fácil. Es más simple tener la abuela al lado de la ventana que intentando ayudar en la cocina o queriendo hacer compañía a su hija enferma. Pero ni siquiera se dan cuenta que lo hacen por ellos mismos y culpan a la señora. Realmente a la sociedad de hoy le falta descubrir cuál es el lugar de nuestros mayores.

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  5. Maria
    Me ha gustado mucho. En Argentina decimos: "me gustaria ser mosca..." cuando nos hubiera gustado estar presentes en ese lugar y en esa conversacion. Fui mosca por un ratito.
    Rescato la frase: "Hablaba al compás de sus movimientos, golpeando las palabras."
    Laura de Buenos Aires

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  6. Nuestra protagonista es de aquellas maravillosas personas, que les sale de dentro un espíritu benefactor extraordinario.

    Escuchar el relato que empieza sin más importancia, que va subiendo de tono a medida que la amiga va sacando el gato que lleva en el estómago, es una terapia que demuestra la calidad humana de la protagonista.

    Ella va observando y escuchando de una manera asertiva. Sin necesidad de ser excesivamente responsiva, la amiga siente que la escuchan, que están por ella. Nadie lo había hecho antes; tuvo que cuidarse de la madre y luego de la abuela. Pero a ella, nadie la había protegido.

    Acompañar el relato con el juego que se lleva la amiga con la servilleta de papel es crear un paralelismo muy bueno con la historia, puesto que intercala un segundo plano, como si de una sombra se tratara, que da mucho juego y permite que el lector no se canse y participe del juego papirofléxico. De hecho, el sentimiento que la amiga siente por su abuela se refleja perfectamente. Crece con el tono de la explicación y acaba pataleado en el suelo como el sentimiento nieta-abuela.

    Igual que a los que escribimos nos gusta que nos lean, los humanos, en general, precisamos que nos escuchen. Querida escritora, con tu relato, se nota que eres psicóloga; no sé si tienes colgado ese título en la pared, pero sí en el corazón. Enhorabuena.

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  7. Yo que soy amante del café, que disfruto siempre de su aroma y que disfruto pasando una tarde con una amiga delante de dos tazas de café, no encuentro para nada este relato desgastado por la situación en la cual transcurre. Siempre es bueno intentar utilizar algo desgastado para darle de nuevo vidilla, como si a una camisa le pones un broche nuevo... Miles de gracias por los pequeños momentos que me regalas con tus escritos.
    Vane

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  8. Pues sí, es siempre un placer leerte, sobre todo tu capacidad de hacer historias profundas contando cosas que a simple vista parecen cotidianas. Esa habilidad, esa sensibilidad, te da un estilo propio. Enhorabuena.

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  9. Mariona,
    Has estat generosa amb les teves protagonistes.
    La una, per saber escoltar l’altra, amb paraules incisives per a treure's fora tot aquells retalls de vida tan contraposats que l'han sacsejat.
    L’àvia, centre de l’univers.En les millors famílies exiteix algún element com ella.
    La mare, l'abnegació total fins al sacrifici. Em pregunto si això, és estimar.
    Realment, sense l’existència de la postura segona, no existirien els personatges primers.
    El detall del tovalló de paper, està molt trobat. L’amiga va buidant-se del dolor a través de paraules i moviments. El gest utilitzat, doblegant el tovalló, acuradament, poc a poquet, sembla haver-la conduït a la seva pròpia decisió d’acabar amb aquells records que li fan mal. Per això, quan la pilota cau al terra, en lloc d’agafar-la, utilitza el peu per jugar amb ella. Genial.Èl quadre, és valuós en, colors... Gràcies. maria

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  10. a mí, q no me hagan puntillas, maría... cafeses, los q sean!! silencio, ni mijita!!

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  11. A veces nos rebelamos cuando la ley natural no sigue su pauta.
    Los padres no deberían sobrevivir a los hijos.
    Salvo raras excepciones el amor a una madre no es comparable al que se puede sentir por una abuela.
    Afloran sentimientos comparativos cuando juzga sus actitudes. La de la madre (hija) enferma, generosa y que desea ante todo dar una pincelada de normalidad y comprensión hacía su madre (la abuela) por considerarla mayor y mermada de facultades y evitarle preocupaciones.
    La nieta se desespera ante la pasividad de la anciana y le reprocha su "ignorancia" real o fingida, su orgullo, su egoísmo, en definitiva que siga viva y su madre haya muerto.

    A pasar de todo, me da pena esa abuela, metida en su mundo, un mundo de silencio, de recuerdos, de soledad... Centímetro a centímetro se refleja en esa puntilla que ocupa su tiempo y que quiere dejar como legado y constancia de su paso.

    María, con que mestría retratas los sentimientos más íntimos.

    Qué terapéutico es "vomitarlos" a una buena amiga delante de un aromático y estilante café.

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  12. Qué suerte pasarme por Karcoma, qué alegría encontrarme un relato tuyo, tan precioso, precioso, precioso.
    Sé que los adjetivos no dicen casi nada, pero estoy con la boca abierta. Esa servilletita de papel, ese ambiente tan bien relatado, que me lleva de la nariz a contemplarlo, participar, sentir los sentimientos de la nieta/hija, ver todo desde esa óptica, vivir esas vidas en un tramo tan corto de tiempo, casi enteras. AYYY, y esa servilletita, acompañando el momento, pausándolo, dándole realidad, vida, ritmo. GENIAL.

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  13. Ah, otra cosa. La pintura elegida está buenísima.

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  14. Ja saps que a la vida, de vegades, els instants passen pels estadis d'un café, com a la protagonista: primer calent, desprès ja fred, sense sucre. Com a l'amiga que li agrada tant el café, jo també he gaudit de la descripció de sentiments explicats. La campanya de Nescafé ja la faré un altre dia...
    El teu admirador més secret i una mica lent en comentar-te,
    Carles.

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