domingo, 3 de enero de 2010

El rifle


MARC BALLESTER
Llegaron unos hombres a caballo. Dejaron sus monturas en la cuadra, tras la casa. El repicar de las espuelas contra el suelo nos advirtió de su entrada. Esperaron un momento, cerciorándose de quién había en el interior. Por entre las juntas de los tablones de la pared, sentíamos sus pupilas clavarse en nosotros, contándonos. Oímos un susurro y alguien que lo contestaba, aunque no pudimos entender nada. Amartillaron sus revólveres, también distinguimos como en las recámaras de varios rifles se alojaba la munición. Agazapado, aferré con fuerza el pico, dispuesto a reventar por lo menos a uno de ellos; a mi izquierda, Manuel, mi hermano pequeño, hacía lo propio con la pala y, junto a la puerta, el viejo Pancho sostenía en alto una sartén con las dos manos. Nos habían sorprendido cenando: los platos en la mesa, Pancho vestido tan solo con el calzón y descalzo, Manuel sorbiendo la sopa y yo asando unas patatas en las brasas. Nunca nos había gustado llevar armas, nos bastábamos con nuestras manos y con la habilidad para no meternos en problemas, pero desde que habíamos descubierto la veta en la mina, nada bueno podía sucedernos. El oro y la suerte nunca vienen juntos. Hoy habíamos decidido comprar por fin una escopeta, pero bastó llegar a la cabaña para descubrir la estafa. Nunca iba a funcionar.
El pomo de la puerta giró. Cuando la primera figura traspasó el umbral, Pancho le aplastó el cráneo y el sombrero de un sartenazo. Comenzaron los disparos. El candil cayó al suelo y prendió fuego. Desde el exterior alguien disparó y gritó. También oí gritar a Manuel. Mientras el primer hombre intentaba incorporarse apoyándose en la culata del rifle, yo le descargaba el pico en el centro del pecho. Se quebró y la sangre salpicó mi frente, los ojos, la boca. El sabor de la sangre, los gritos y el humo me enfurecieron. Agarré el rifle, lo armé y disparé hacia el frente, a ciegas. Pancho chilló y rodó por el suelo. Avancé y pisé otro cuerpo y dos sombreros. Disparé de nuevo y otro hombre salió despedido hacia atrás dando con su espalda en el barro. Sus tripas le cayeron encima. Disparé en todas direcciones, hasta quedarme sin munición, y aún así continué disparando. Los caballos relincharon y dos jinetes huyeron al galope. Mis rodillas se doblaron y yo me quedé en el suelo, resoplando. Solté el rifle, me giré y busqué a Manuel. Entre el humo y las llamaradas encontré su pequeño cuerpo sin vida. Como pude lo arrastré al exterior. Volví y también arrastré a Pancho. El techo rugió por el fuego. Volví a entrar y, al salir, até a mi cintura la bolsa con las pepitas. Fui a la cuadra y puse a salvo a nuestros caballos. Al momento la cabaña se desplomó y el calor me obligó a apartarme. Esperé toda la noche hasta que se extinguió el fuego, y luego los enterré.
Al amanecer ensillé un caballo, cogí el rifle y, frente a sus tumbas, juré venganza.

5 comentarios:

  1. la bruixa de provença3 de enero de 2010, 15:51

    Hay géneros que asociaré por siempre a tardes de domingo y cine de pipas y altramuces; también a novelas de tapas coloreadas y autores emboscados tras nombres imposibles.

    Hoy te añado a mis recuerdos de infancia, Marcos. Y te veo otra vez sentado en la mesa de Sívia y leyendo este texto, con la sonrisa medio puesta y la atención de todos los karcomos atraída por el imán de tus historias.

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  2. Un relato lleno de acción trepidante, porque el oro y la codicia son buenos compañeros de viaje.

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  3. Fuego, muerte y venganza. Qué vocabulario tan "humano"!

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  4. narrativa directa. donde pone el ojo, pone la palabra. como en el viejo oeste.

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  5. Frases cortas, como gatillazos. Directas. Ritmicas. Una maravilla. Mucho ambiente. Olor a pólvora. Todos los géneros serían tuyos, Marcos?

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