martes, 19 de enero de 2010

El duelo del reloj


ROSANA ROMÁN
El día 20 del mes de mayo del año 2002 el reloj del vestíbulo de la Estación Central, que había funcionado con una precisión suiza ininterrumpidamente durante cincuenta años, se paró.
Tomás, su encargado, todavía guardaba recortes de prensa de su inauguración por el rey Alfonso XIII durante la Exposición Universal de 1929, que su padre, relojero también, le había entregado con solemnidad años después como prueba del importante legado laboral que le transmitía. Desde entonces, gracias a sus cuidados el enorme engranaje del reloj modernista no se había parado, hasta aquel insólito día de mayo.
La primera vez que ocurrió no se dio cuenta, pues fue durante la hora de la comida. Al regresar se encontró con el desagradable descubrimiento de que el reloj marcaba siete minutos menos de la hora exacta. Primero pensó que era un retraso, y durante tres días investigó sin resultado hasta la última pieza.
Pero la segunda vez él estaba allí y pudo comprobar con precisión lo que había pasado: el reloj se paraba quedando en completo silencio. Ocurrió a las 6,17 de la tarde y, aunque intentó hacerlo funcionar, le resultó imposible. A los 22 minutos exactos, el alegre tictac volvió de nuevo, dejando al hombre perplejo. Él, que a fuerza de dedicación había desarrollado una simbiosis con el reloj hasta el punto de poder escuchar a varios metros el roce de una manecilla o el ligero chirriar del engranaje, estaba desconcertado.
Al llegar a casa le explicó a su esposa lo ocurrido y ella le quitó importancia:
-Nos hacemos viejos, Tomás, todos tendremos que jubilarnos pronto.
Pero él sabía que eso no podía ser. No con un reloj tan noble como aquel.
Aquella noche no pudo dormir. Por la mañana, mientras desayunaba en la cafetería, Juan, el dueño, encendió el televisor. En aquel mismo momento daban la noticia de que en alguna ciudad de Rusia cuyo nombre no alcanzó a escuchar se había producido un accidente ferroviario con 22 víctimas. Había ocurrido el día anterior, poco después de las 6 de la tarde.
Algo resonó en su cabeza y fue a por el periódico a la barra del bar. Allí la información era más amplia y la leyó contrariado, extrayendo de ella lo que más le había llamado la atención: 22 muertos a las 6,17 de la tarde.
Salió precipitadamente en busca de su registro diario. La semana anterior el reloj se había parado siete minutos y, aunque no podía concretarlo con exactitud, sabía que había sido entre la una y las dos del mediodía.
El jefe de estación le buscó la información en Internet y confirmó sus dudas. Efectivamente, ese día había ocurrido otra tragedia, esta vez en China, aunque la noticia era corta por falta de datos. Lo que sí se sabía era que, además de los heridos, hubo siete víctimas que murieron en el incendio que se ocasiono en el vagón de cola.
Casi se había olvidado de la extraña coincidencia cuando, al cabo de un mes, el reloj volvió a pararse de la misma forma y, para desespero de Tomás, esta vez permaneció 47 minutos en silencio antes de reanudar su marcha.
Bajó del engranaje y corrió todo lo que pudo hasta la cafetería.
-¿Han dado alguna noticia de un accidente ferroviario?
-No. ¿Qué ocurre?- preguntó el camarero.
-Ha habido un accidente muy grave, pero no sé dónde. Lo único que sé es que ha sido hace menos de una hora y que han muerto 47 personas.
Tomás se hizo con el mando del televisor y pasó por varios canales hasta encontrar la noticia. Allí estaba, todavía sin imágenes porque acababa de ocurrir. Esta vez en la India. Un tren sobrecargado de viajeros había descarrilado. Aún no se conocía el número de víctimas.
-¿Cómo sabes que hay 47 muertos? -le preguntaron.
Tomás se encogió de hombros.
-No importa –dijo mientras dejaba el mando sobre la mesa y salía abatido de la cafetería.
Subió de nuevo a su recinto y se sentó frente al reloj. Se puso a reflexionar en voz alta sobre cómo podría hacerle entender el mal que se hacía a sí mismo, y que también le hacía a él, con esa actitud, loable pero delicada, pues no corrían tiempos de nostalgia sino de prisas y de cambio, dos cosas peligrosas para la continuidad de ambos.
Como temía, el jefe le mandó llamar.
- En poco tiempo el reloj se ha parado varias veces, tenemos quejas de los viajeros que han perdido trenes a causa de ello.
- Lo sé, señor, pero al reloj no le pasa nada, su maquinaria está en perfecto estado.
- Entonces ¿cómo explicas sus retrasos?
- No son retrasos, señor, el reloj nunca se retrasa, sólo se para muy de vez en cuando.
- Llámalo como quieras, Tomás, pero me veo obligado a poner en conocimiento de mis superiores la necesidad de sustituirlo por una máquina eléctrica que no dé problemas ni requiera un mantenimiento constante.
Tomás se removió en su asiento. Pensó en Engracia, su mujer, que por fin podría pasar largas temporadas en el pueblo, cosa que deseaba y de la que hablaba a menudo cuando se refería a su jubilación. Había imaginado tantas veces ese momento que le sorprendió su entereza.
- Podría bajar la voz, no hace falta que se entere nadie todavía.
- Pero... ¿qué dices, Tomás?, si está la puerta cerrada.
- Ya, ya.
De pronto, empezó a sonar un repiqueteo de carillones, al principio algo frenético y después con una cadencia fúnebre, como si se tratara de las campanas de una iglesia.
-Tocan a muerto -dijo el relojero.
El jefe se puso en pie.
-¿De dónde coño sale ese ruido?
Y tal como había empezado, tras unos minutos, después de un golpe seco, se hizo el silencio.

8 comentarios:

  1. L'únic final possible per a un rellotge tan sensible

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  2. De la misma manera que algunos hombres llegan a parecerse a sus perros, e incluso, en determinados casos de convivencia exagerada, a sus mujeres, los hay que acoplan el latido de sus corazones al de la maquinaria de un reloj.
    Cosas más raras se han visto.
    Yo no, pero estoy segura que tu percepción sensorial las ha captado.
    Por eso las cuentas con tanto detalle, Rosana.

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  3. De toda la saga de la estación éste y "El primer amor" son los que más me gustan.
    Este relato en particular está cargado de sensibilidad.
    El relojero, es un personaje secundario.
    Son como dos viejos colegas interrelacionados por el trabajo y con cierta dependencia el uno del otro.
    Pero un día, el reloj incia su andadura en solitario.
    Durante muchos años ha sido mudo testigo de llegadas, de despedidas, de ilusiones, de proyectos, de vida... Pero está cansado y agotado, el dolor le ha envejecido y grita ante la muerte con su silencio.

    Es un corazón que deja de latir.

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  4. monica.sabbatiello@gmail.com22 de enero de 2010, 15:34

    Una estilo depurado,excelente. Una historia tierna, compasiva. Enhorabuena Rosana.

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  5. Me saltó el comentario (anterior) con mi mail (¿qué pasó, ¿qué tecla toqué?, lo ignoro) antes de terminar de decir lo que quería. Iba a agregar que me retumba hondo cuando en los cuentos aparece una mirada de gente mayor y referencias a esos pueblos que uno imagina al sol, con campanas de iglesia o música de carillones.
    ¡Qué envidia me da veros a todos crecer tanto literariamente!!

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  6. Estupendo relato, vaya que sí. Con vuestro permiso, "me hago del club".

    Un abrazo.

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  7. ¡Guau! Qué bien hilado. Después de leerlo he pensado "Se me tendría que haber ocurrido algo así".

    El único "pero" que le encuentro es "Casi se había olvidado de la extraña coincidencia cuando, al cabo de un mes, el reloj volvió a pararse de la misma forma".
    ¿Cómo podría olvidar tan increíbles coincidencias?

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  8. rosana... me parece un relato sublime!! creo q el mejor que he leido escrito por ti. es fantástico. no le sobra ni le falta nada. muchísimas felicidades!!

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