domingo, 26 de diciembre de 2010

Histericón

Mónica Sabbatiello (texto e ilustración)
Histericón es un medicamento aromático natural coadyuvante para la corrección de la histeria. Sólo se puede obtener a través de las oficinas de Control Sanitario, responsables del seguimiento de las pacientes.

¿CUÁLES SON LOS FUNDAMENTOS DE HISTERICON?
Gracias al NOP (*) la medicina ha retomado los conceptos previos a Charcot, Breuer y Freud,  abandonando completamente las teorías que concebían el origen de la histeria como psicológico y afirmaban que afectaba por igual a hombres y mujeres. Nuevamente se la considera exclusiva de la mujer y causada por el desplazamiento del útero (histeron, en griego), movimiento que provoca las convulsiones (en sus cuatro fases: epileptoidea, de grandes movimientos, de actitudes pasionales y delirantes).

MODO DE EMPLEO
Para atraer al útero a su lugar, al levantarse y antes de acostarse, la enferma ha de inhalar las esencias del Recipiente Nº 1 -cuerno quemado, sustancias pútridas, amoníaco, orina y heces humanas- por medio del Nebulizador de compresión a pistón que acompaña al producto, a la vez que orienta el humo de los inciensos (Recipiente Nº2) hacia su zona vaginal, con sus perfumes agradables -ámbar, tomillo, láudano y nuez moscada-. Por este medio se obliga a la matriz a dejar las partes superiores fétidas y descender para aspirar los excelentes aromas que se encuentran en la zona inferior.  
El tratamiento ha de completarse con la prevención; para ello, durante la noche la paciente ha de dormir con la piedra negra o Piedra de España (Recipiente Nº3), atada sobre el ombligo por medio de las bandoleras de goma que la acompañan.

RESULTADOS
Los primeros resultados se pueden observar de una forma muy rápida.En una primera fase, con la disminución del tono e intensidad de los accesos, y en una segunda, con su desaparición total. Los mayores resultados se obtienen en el plazo de dos meses. Una vez pasado el mismo, si no se presentan mejoras, la paciente tiene que seguir las indicaciones de los Maestres de Platea, de la Escuela de Salerno, que ya en el siglo XII indicaban a sus pacientes histéricas que se masturbaran al menos una vez al día. Si a pesar de seguir estas indicaciones, persistieran los accesos, la enferma deberá atenerse a las obligaciones que se le indican a continuación y que aparecen en todas las carteleras sanitarias del país.

OBLIGACIONES
En caso de no producirse mejoras, la supervisión de las histéricas se transferirá a la Oficina de Centralización Sanitaria, que determinará si las afectadas han sido captadas por entidades maléficas, en cuyo caso se procederá a un tratamiento especial en régimen de aislamiento a cargo del Santo Prepucio en los Pabellones Especiales de Rota o Guantánamo.
-----  -----
(*) NOP, Nuevo Orden Patriarcal instituido bajo la custodia mundial de la Falange Unitaria del Norte.
-----  -----
Bibliografía:  A. Tallaferro - «Curso Básico de Psicoanálisis» - (Capítulo 1. Historia de la histeria)  Editorial Paidós - Buenos Aires - 1965) 

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Paréntesis

Maria Guilera 
Es Alicia. Dice que quiere verme ahora mismo, pero en su casa no. Me ha preguntado si estoy sola y viene hacia aquí porque tenemos que hablar de algo muy serio.
–Tú ya sabes qué –me ha dicho antes de colgar.
Me siento a esperarla en el balcón. Empieza a hacer calor dentro. Igual que hace un año.

Igual que hace un año. Aquella noche, cuando Tomás me llamó para preguntarme por ella, eran casi las doce. Le noté tenso, más molesto que preocupado. No, Alicia no estaba conmigo ni la había visto en todo el día. Está bien, no pasa nada, contestó. Le pedí que, en cuanto ella llegara, me lo hiciera saber. Pero fui yo la que llamé un par de horas más tarde y fue la abuela quien respondió. Estaban en el Hospital Clínico, Alicia había sufrido un accidente.

Tres días después, cuando el doctor anunció que había alguna esperanza, Tomás y yo estábamos solos en la sala de visitas. Él me pidió que me quedara un rato más. Estaba triste y parecía muy cansado.
Bajamos a la cafetería. En el ascensor fingió buscar algo en el bolsillo y me preguntó si yo sabía, si ella me había dicho alguna vez, que ya no le quería. Le toqué la mano y no me atreví a mirarle.
-Ya lo habíamos hablado todo. Me sentí mal, pero ella mucho peor. Le juré que era una historia acabada. Lo hubiéramos olvidado. No sé por qué ha hecho esto. Quizá porque no tenemos niños –me dijo -. Alicia es mi mujer desde siempre. Quiero estar con ella toda la vida.
Me pareció que iba a llorar, pero no lo hizo.

Tardó más de dos semanas en abrir los ojos, pero nos pareció que se recuperaba con rapidez. Hablaba, quizá, con alguna incoherencia. Pero eso era normal, dijeron. Al darle el alta le explicaron que, probablemente, tendría algunas lagunas sin importancia; que poco a poco recuperaría escenas, se iría acordando de casi todo.
Tomás se la llevó a casa. Cuando le pregunté, me dijo que estaba preocupado por ella, estaba desganada y dormía mucho. Pero a mí me pareció que en realidad lo que él quería era cuidarla. Cuanto más tiempo mejor.
Yo la visitaba cada semana y no me parecía la de antes. Le costaba hablar. Ella, el alma de las fiestas, no quería ver a nadie.

Empezaba el calor del verano y le dije que viniera conmigo a Torredembarra. Siempre le gustó mi casa. Bajar a la playa por la tarde y hablar sentadas en el porche después de regar el jardín.
-¿Vendrás? Pasaremos el día solas. Bueno, con mi padre.
Antes del accidente, Alicia solía ir al huerto de atrás para saludarle. Le gustaba escuchar los nombres de las plagas de los tomates o los pimientos y oler los sacos de compuesto. Mi padre era un hombre serio. Desde que éramos unas niñas, ella le hacía reír.
-Se lo diré a Tomás, a ver qué le parece –me dijo.

Pasamos el verano juntas. Teníamos pocas visitas, me pareció que era mejor no atosigarla con caras que le parecieran nuevas. La psiquiatra me había dicho que era buena idea. Sería mejor ir a remolque de sus demandas, dejar que ella hiciera las preguntas.
Nos levantábamos tarde. Le gustaba desayunar fuera, sentada en el escalón de la cocina. Mi padre nos dejaba sobre la mesa tomates para untar el pan y una tabla con salchichón. Nos miraba desde el otro lado y cuando Alicia levantaba la vista, él le preguntaba siempre
-¿Cómo ha descansado hoy la niña? -y volvía a su trabajo.
Pasábamos el rato leyendo revistas, aunque muchas veces ella las dejaba a un lado y cerraba los ojos. Buscaba en la radio música que nunca acababa de encontrar. También le gustaba arreglarse las cejas con unas pinzas mirándose en el espejo de aumento.
-Parece mentira que me haya hecho tan mayor –dijo un día-. Tú, ¿qué edad tienes en tu cabeza?
-Treinta y dos –respondí.
-Exactamente como yo.

Dormía la siesta tanto rato que a veces tenía que despertarla.
-¿Cuántas horas dices que he dormido?
- Yo estoy igual –le mentía–. Es por el bochorno.

Una tarde se acordó de las bicicletas. Fuimos al garaje a buscarlas. Hubo que hinchar las ruedas y poner aceite. Luego cruzamos el puente hasta el pueblo y las dejamos en el callejón junto a la plaza. Fue ella quien pedaleó hasta llegar al portal del taller de Pierre.
-¿Aquí? –me preguntó.
Así era con casi todo. Me parecía que Alicia intuía más que recordaba.
-¿Quieres que te cuente quién vive en esta casa? –le dije.
Y no me contestó.

Los viernes por la tarde llegaba Tomás. Al volver de bañarnos le encontrábamos leyendo el periódico en el porche o hablando con mi padre, aunque los dos eran de pocas palabras.
Por la noche íbamos a cenar al puerto, al bar de Félix. A veces yo les decía que fueran sin mí, que prefería quedarme en casa mirando una película en la televisión. Pero entonces Alicia quería quedarse también.
-Anda, anímate –me decía Tomás–. Vamos los tres.
El bar olía a sardinas asadas. Bebíamos sangría de cava aunque Tomás dijera que no podía entender que nos gustase.

En septiembre los veraneantes empezaron a marcharse. Las dos estábamos mejor en el pueblo sin tanta gente. Después de cenar nos poníamos las chaquetas para ir a la plaza a beber algo. Fumábamos tan solo un cigarrillo. No como antes.
Una noche, después de la segunda copa de vino, le dije si guardaba las figuras que había hecho el verano anterior en el taller.
-No me acuerdo –respondió. Y se quedó mirando la copa sin añadir nada.

Cuando Tomás llamaba para saber de ella, me preguntaba.
-¿Qué hacéis? No vais en coche, verdad. Sobre todo no la dejes conducir.
Pero nada más. No había preguntas para mí. Él también parecía haber olvidado.

No regresamos a Barcelona hasta mediados de octubre. Las últimas noches mi padre había encendido la chimenea y nos preparaba pan tostado. Antes de comer las rebanadas, Alicia las frotaba con un ajo y luego las regaba con un chorrito de aceite. Masticaba el pan despacio y bebía vino del porrón. Nunca lo había hecho antes.
 -Así me gusta –le decía él –. No hay nada más sano.

Un día empezó a bromear. Se reía con los programas de humor de la televisión. El viernes, cuando se lavaba el pelo, se lo dejaba sin recoger. Llamaba a menudo a Tomás por teléfono y estaba pendiente del ruido del motor de su coche.
-Ese es Tomás –decía.
Salía a recibirle y se besaban delante de mí.
Me dijeron que para el Pilar querían estar en Barcelona, para celebrar el santo de la abuela.
Creí que de una manera u otra, la vida volvía a ser la de antes.

Al principio nos veíamos un par de veces por semana. En otoño espacié las visitas. Luego viajé a Francia y pasé las fiestas con mi hijo. El día de Navidad hablé por teléfono con Tomás y Alicia. Estaban bien. Pensaban en ir a Canarias y pasar allí el fin de año. Me pareció que todo seguía igual. O mejor. Estaban siempre juntos.
En febrero recibí una postal desde Nueva York. “Aunque no tengas novio, feliz día de San Valentín”, escribía Alicia. “Anímate, nunca es tarde”, añadía Tomás. Me pareció que eran felices. No había que dar tantas vueltas a las cosas.

Hasta hoy.
Cuando le abra la puerta, Alicia me preguntará por qué no se lo dije todo. Y yo no sabré qué contestarle.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Renuncias

Rosana Román
María y Rosa tienen mesa reservada al fondo del restaurante. Es una mesa de dos, que les guardan todos los jueves. A ambas les gusta ir a comer juntas y solas. Nada que ver con las comidas llenas de restricciones que hacen con sus respectivas familias, cuando las van a buscar a la residencia.
Van hablando sobre los estudios universitarios para la tercera edad. Depositan sus bastones en el rincón y se sientan con cierta torpeza.
Mientras se acomodan con ilusión, les preparan los montaditos. Ni los han de pedir: el camarero lleva cuatro en cada plato, abre una botella de vino, les sirve  y se dispone a tomar nota. Apunta para no olvidarse, no porque tenga mala memoria, sino porque conoce a las “insaciables abuelas”, como él las denomina. Ese día no es una excepción.
Ya a solas, María interrumpe la conversación para interesarse por la comida.
–Tienen buena pinta. Ese de paté me está diciendo: ¡cómeme!
–Pues te vas a llevar una sorpresa, porque no es paté solo.
María lo degusta con detenimiento mientras mira a su amiga.
–Tienes razón, bajo esa capa hay otra de sobrasada.
–Y además lleva trocitos de huevo duro –añade Rosa, contenta por haber sido la primera en hacer el descubrimiento.
–Muy original, pero me sigo quedando con este de ibérico. La grasita me recuerda al tocino del pueblo de mi marido, que en paz descanse, que yo ya lo hago sin él.
Se ríen traviesas y brindan.
Al poco rato, el camarero deposita una bandeja con cuatro sepias a la plancha. María la acomoda entre las dos, coge una de las sepias y se la sirve en el plato.
–Volviendo a lo de antes, ¿y por qué no seguiste estudiando? –le pregunta a Rosa.
–Mi madre me necesitaba. Éramos ocho hermanos y yo la única chica, así que ya te imaginas a quién le tocó ayudar en casa.
Rosa responde al tiempo que unta una patata brava en la salsa y se la lleva a la boca justo al terminar la frase. María va asintiendo con la cabeza mientras la escucha, luego se explica ella también.
–Yo lo intenté, pero a mi padre le pareció una pérdida de tiempo. Juanito, mi hermano, ya sabes, fue el único de la familia que estudió para médico. Se suponía que al resto, como éramos chicas, nos mantendrían nuestros maridos.
El camarero se acerca de nuevo con una bandeja rebosante de calamares a la romana y retira la anterior ya vacía.
–¡Mantenerme mi marido…! Si no hubiera sido por los años que me tiré cosiendo…
–Y yo en la tintorería.
–Pues eso.
–¿Puedes traer más alioli, muchacho?
María hace su petición disponiéndose a dar buena cuenta de los aros rebozados.
–Están tiernos –dice con la boca llena.
Y Rosa la mira con sus ojitos risueños cercados de arrugas y le pasa el cuenco de patatas.
–Come bravas, que se enfrían.
Se mete un calamar entero en la boca. Su cara se ilumina.
–Pues es verdad, están en su punto. Aunque ahora, con el fijador que me recomendó el médico, no se me mueven los dientes muerda lo que muerda.
–Es que el doctor Roca es un cielo. Por cierto, ¿cómo te ha salido el colesterol?
–Por las nubes –responde Rosa, bañando otra patata en la salsa rosa–. Vamos a hacer corto –concluye.
–Ahora nos traen el alioli –apunta María untando la suya y retomando la conversación–. Intenté estudiar cuando mis hijos crecieron, pero no pude me combinar el horario. A Juan no le gustaba llegar a casa y que yo no estuviera. No veas cómo se ponía si no encontraba la cena lista.
–Vamos, que la cosa se quedó en agua de borrajas.
–Eso mismo.
–Pues parecido me pasó a mí, porque al quedarme viuda, empezaron a llegar los nietos y ya me tienes ahí, durante siete años, haciéndome cargo de ellos la mayor parte del día.
–¿Quieres limón?
–Sí, pásamelo.
Han empezado a hablar con frases cortas, intercalando novedades pero sin extenderse para no perder bocado. En poco rato han dado buena cuenta de la tercera bandeja y el camarero se acerca ya con la siguiente, junto con el alioli.
El joven realiza la misma operación. Retira la bandeja vacía y coloca en su lugar una aromática fuente llena de pulpitos salteados con ajo y perejil en abundante aceite. Antes de retirarse rellena las copas de vino.
–Umm... –dice María–. Esta combinación de pulpitos con alioli es genial.
–¿Y a ti qué te han dicho? –pregunta Rosa.
–Que tengo que hace dieta para bajar los kilos que me sobran.
–Ya, lo de siempre –responde Rosa sirviéndose en el plato–. Y claro, te habrá restringido la sal…
–Efectivamente. Me ha prohibido la sal, los fritos y el alcohol.
–Lo de siempre –vuelve a apostillar Rosa antes de beber.
–¿Qué te han prohibido a ti? –pregunta María con sorna.
–La sal y el azúcar. ¿Te imaginas?
Ríen de nuevo, con una carcajada algo contenida para no atragantarse. A Rosa le tiembla un poco el pulso al dejar la copa en la mesa. Después, le hace un gesto al camarero para que se acerque.
–Raúl, hijo, guárdanos los pastelillos de crema con arándanos, que son los primeros que se acaban.
–Tranquilas, doña Rosa, ya los tengo reservados y además el cocinero dice que les agradecería mucho su opinión sobre un nuevo postre con chocolate blanco que ha creado.
–Faltaría más. Con todo placer. ¿Verdad, María?
–¡Faltaría más!

viernes, 19 de noviembre de 2010

Presentación del libro de relatos ARCHIPIÉLAGO

Antes del verano presentamos en Barcelona nuestro segundo libro de relatos, "Archipiélago", publicado por Ediciones Oblicuas
El texto que sigue a continuación corresponde a la presentación que hicimos en la Biblioteca Jaume Fuster.
Gracias por leernos.



Maria Guilera
Fa alguns anys, al restaurant del Laie, en un sopar que com tantes vegades tenia el fons sonor de les nostres converses al voltant de llibres i d’autors, algú va preguntar-se pel secret dels éxits literaris.

L’anàlisi dels best-sellers ens va ocupar tot el primer plat. Quins temes triaven els escriptors de culte, quin tipus de llenguatge feien servir, quantes pàgines tenien els llibres, qui en feia la difusió, com es mantenien a les llibreries…

Amb el segon plat va arribar l’allau d’idees per escriure novel·les d’èxit assegurat.

Novel·les? Segur? No seria millor dedicar-se al llibre d’auto-ajuda?

Cadascun de nosaltres tenia un tema en el qual, amb una mica d’esforç i una bona dosi d’imaginació, podia autonomenar-se especialista: el tracte amb persones carregades de conflictes, la integració d’emigrants, la reinserció dels drogodepenents, els adolescents desorientats, els nens hiperactius, o els polítics corruptes. Tots necessitaven un llibre per alliberar-se dels seus problemes o per mantenir l’engany. El secret estava en donar allò que volien.

No teniem un tovalló de paper per anotar les idees genials que se’ns acudien, el restaurant tenia el seu punt d’elegància. Quina llàstima, estavem en un moment de màxima creativitat i no és prudent deixar que s’escapin entre els aromes del Priorat joies com aquelles.

Quan van arribar els postres, el nostre futur com a grup es presentava brillantíssim.
Llavors algú va baixar a la terra, o potser només a les estovalles, i va dir:
-És això, realment, el que volem escriure? És per això que ens trobem, que llegim el que hem anat pensant, que intentem buscar ben endins imatges, sentiments i records? És aquí a on volem anar a parar?

Vam assaborir amb silenci les profiteroles, el tiramisú, el sorbet de gerds i el formatge manxec.

No. Sabíem que les trobades eren per a una altra cosa. El que volíem a l’escriure era deixar sortir de l’interior les històries que, de vegades, fins i tot nosaltres ignoràvem. Volíem crear un món petit, a la mesura de la nostra individualitat, per alliberar les paraules que ens confessaven els personatges. Volíem seguir imaginant els secrets que amagava el noi de l’autobús, la veïna que s’amagava cada cop que ens veia arribar, o el vell que bevia des de feia tants anys a la mateixa taula del bar de la cantonada.

Així vam seguir una setmana i una altra.
Escrivint per calmar la necessitat d’escriure.
Per explicar-nos els altres o per fer-nos preguntes.
Per comprendre.
Escrivint, és clar, perquè algú ens llegís i se sentís a prop del que dèiem.
Aplegant els relats va nèixer “Punto y Karcoma”, el primer fill del nostre col·lectiu.

I quatre anys després arriba “Archipiélago”, amb cinquanta-set illes-conte, des de les quals hem llançat als lectors missatges dins l’ampolla.

Més que un oceà que abarqui extensos territoris, el nostre és un mar tranquil que acull nàufrags sense pànic que es deixen portar per les ones.
Nàufrags sense rumb que arriben a la costa i senten als peus l’escalfor de la sorra càlida.
Nàufrags que s’endinsen en paisatges desconeguts amb els sentits oberts a la sorpresa.
Nàufrags que troben, en alguna platja, el lloc per contemplar l’horitzó sense presses.

Amb nàufrags així, dóna gust ser illes.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Per culpa de l'amor

Vicenç del Hoyo
En un ampli despatx de catifes amb estampat de girafa, mobles treballats pel temps i pel drap de la Paquita, la veterana dona de fer feines, i parets de colors pastí - o s’ha de dir pastel?-, un consumat i consumit advocat es gronxa en el fosc butacot que el presideix. De pell negra, com la seva consciència. Seu darrera d’un escriptori d’una època en què encara es feien servir tinters i les plomes dels esplomissats gansos. Somriu lleument. No sabrem mai si és de felicitat o és el plec que li fa la pell de la cara per una veritable deformació professional. ¿Quins desperfectes a l’ànima i a les galtes li poden esdevenir a qui té per lema, en la vida professional: «Es pot dir sí, o es pot dir no, però indiscutiblement, s’ha de dir somrient.»? Així que tenim en escena a un autèntic campió a treure sempre el millor partit de les mai clares lleis, dotat de la gosadia per endinsar-se en els racons més foscos de la legalitat. Davant seu, asseguts a l’altre cantó de la ja esmentada taula, tenim un senyor d’uns quaranta cinc anys i una dona, que si fa o no fa deu ser de la mateixa promoció, tot i que calcular l’edat de les dones és una empresa cada cop més complicada, i expressar-la, arriscada; entre cremes facials, líftings, estades al congelador, hormones i els tics gestuals que manifesten la immaduresa social en què tots vivim en aquests temps que més que córrer, volen -bé, volar és una enganyosa manera de parlar, perquè mai hi havia hagut tanta immobilitat com ara-, l’aspecte d’una dona pot ser similar, tant si té vint anys com cinquanta.
Deixem-nos de tant preàmbul; la qüestió és que l’experimentat advocat, a escassos mesos de la seva jubilació rep una vulgar i anònima parella amb la presumpta intenció de divorciar-se. Les previsibles preguntes satisfan la curiositat professional del lletrat. El matrimoni no té descendència, la separació serà per mútua concordança. Hi ha béns immobles i també un petit capital que es repartirà sense cap conflicte. L’entès picaplets ja veu que no tindrà ocasió de lluir la valuosa saviesa adquirida en milers de confrontacions en les sales i avantsales dels jutjats de la ciutat. Més que un cas és un tràmit, pensa. Comença a omplir el formulari que cal tramitar per a l’obtenció del divorci.
-Causes? -pregunta sense aixecar la mirada del full.
-Per amor -respon ella mirant el que fins ara ha estat el seu marit. Ell assenteix amb una cara no massa expressiva.
L’advocat tanca amb força els ulls. Un instant només. Els obre i se’ls mira.
-Perdonin, però de vegades l’orella em falla. Ha dit ardor? D’estòmac? -Les paraules del advocat han perdut la seguretat inicial.
-No, no. Senzillament per amor -repeteix ella.
El picaplets es repapa a la butaca, posa el caputxó a l’estilogràfica, i amb mirada incrèdula sentencia xiuxiuejant:
-L’actual llei del divorci concedeix la separació a tothom que la demani, però el document que cancel·la el contracte matrimonial exigeix una causa, una raó, i aquesta raó l’ha de poder entendre el migrat cervell del jutge i, molt em temo, que això no ho entenc ni jo. Per amor, la gent normal, des dels llunyans avantpassats que van habitar les nostres cavernes, i que, sobre la seva conducta exemplar s’ha construït la tradició de la qual vostès i jo formem part, i que està recollida i reglamentada per la legalitat vigent, i que serveix perquè els jutges imparteixin justícia, per amor, repeteixo, la gent s’ha casat i es continua casant, però mai, mai que ningú recordi s’ha separat. Per tant, si pretenen una sol·licitud de divorci, val més que pensem en aportar alguna altra explicació.
Ha estat una llarga parrafada que l’ha deixat sobtadament exhaust, tanmateix el plec del rostre que indicava un somriure permanent sembla vacil·lant. Però encara li queda esma per afegir, amb un to més alt:
-No m’estaran prenent el pèl? -Acompanya les paraules amb la mà crispada prement l’estilogràfica.
-Res més llunyà de les nostres intencions -diu el marit, entomant la paraula per primera vegada. La veu serena i profunda contrasta amb l’agut to atenorat de l’advocat. L’home prossegueix-. El que tracta d’explicar la que fins ara ha estat la meva dona és que ens estimem sense fissures i des de fa molt de temps, i que just per aquesta raó, la vida se’ns fa insípida. Si ella és la rajola vocàlica, jo soc el ciment consonàntic, i amb aquest material, en lloc de construir una catedral de joia i goig, hem edificat un vulgar monument governamental. Ens sentim empantanegats, ennuegats pel licor de l’amor. Res del que fa, diu o pensa ella em molesta. Els seus defectes són per a mi virtuts. Tanta harmonia i comprensió fan de la vida una travessia per prats i valls sense muntanyes ni cims: l’absència d’obstacles -cap repte a la vista!- és el pitjor horitzó en què algú pugui sentir-se empresonat.
-No em voldrà fer creure que no tenen conflictes? Això és impossible! -diu l’advocat recuperant l’etern somriure-. Segur que hi ha alguna infidelitat.
-No nego que els cossos de les joves són cobejables -prossegueix el marit- però només cal esperar que obrin la boca per perdre tot interès. Si hi ha dones o homes interessants, jo no m’hi he creuat. Possibilitats d’anar al llit amb algú, només cal esperar-les per trobar-les. Però, o em fa mandra, o em sembla massa sòrdid. La nostra decisió és començar una nova vida que esperem plena de desitjables dificultats i delerosos entrebancs.
 L’advocat no ho dóna tot per perdut, insisteix:
-No em diran que mai han disputat per la família. Segur que hi ha algun cunyat que fa la vida impossible.
-Sentim defraudar-lo -Ara, pren la paraula ella-, la casualitat ha volgut que fóssim els dos fills únics. Quantes vegades no hem enyorat una cunyada malparida com les de tothom. En el nostre cas ni els sogres donen guerra. Joves i plens de vitalitat encara, han emprés la darrera travessia, despreocupats de la seva descendència. 
Ell afegeix:
-A totes les novel·les, films, òperes i obres de teatre hi ha dificultats, problemes per resoldre. La nostra és la vida menys literària que hom pugui imaginar. Amb quina enveja veiem els embolics de les parelles que apareixen a les telesèries. La nostra vida conjugal està plena fins a vessar d’amor estèril. No sap com envegem els crits, cops de porta, males cares, confessions als amics amb què la resta dels humans nodreixen la seva vida. Per què a nosaltres ens ha tocat tanta desgràcia?
Arribat a aquest punt, l’advocat agafa parsimoniós el formulari del divorci i l’estripa en bocins menuts. Sembla impossible, però ha perdut el somriure.
-Per què no proven amb un psiquiatre?

viernes, 5 de noviembre de 2010

Arde Roma

Marc Ballester
Como siempre, don Juan de Villarejo y Veloso abrió la puerta del club con ese espíritu castrense tan característico en él. Oteó el amasijo de cuerpos y formaciones de a dos, descubriendo entre ellos al enemigo. En forma de avanzadilla, se desplazó hacia la barra dispensadora de lúdico y burbujeante rancho festivo. Dos cejas arqueadas respondieron defensivamente y sin dudar, a su táctica. Sus contornos ya conocidos en anteriores campañas prometían un botín excitante. No se trataba de un simulacro: ese escote era una auténtica declaración de guerra; se camuflaba y atrincheraba en él, un arsenal capaz de derrotar al más laureado comandante, pero éste no era su caso. Preparó un ataque directo. Su punto de mira, dotado del más avanzado mecanismo de precisión, localizó y marcó el objetivo con dos pupilas trazadoras. Don Juan aplicó una estrategia ofensiva por el flanco izquierdo. Un pelotón de infantería, compuesto por un cabo y cuatro dedos, se zafó de la línea defensiva (dos taburetes y un bolso), aferrándose al glúteo más cercano, que de inmediato se puso en guardia con una ligera tensión muscular. El contrataque no esperó. Don Juan reconoció al instante el impacto certero de un proyectil, en forma de extremidad inferior derecha. Constató que su lanzadera, a punto de entrar en combate, se tornaba flácida y débil. Acostumbrado a ignorar el dolor (propio y ajeno), recordó la instrucción de orden cerrado, y a la voz de “ar”: cabeza alta, pecho fuera y barriga dentro, giró ciento ochenta grados y no huyó, sino que avanzó al frente.

Con el ánimo arrestado, don Juan cruzó el umbral de su vivienda. Su hermana, que respondía al nombre de doña Inés, harta ya de soportar todo un año de cinchas, correajes, estrellas y escalafones, le espetó una ráfaga de ordenes domésticas, que impactaron en su chusquero compañero, sitiándolo en el pasillo sin opción de huida. Al mismo tiempo que Juan, rendido y sin condiciones, comenzó a ejecutar uno tras otro los encargos, Inés contestó al teléfono de campaña sustraído de la furrielería del acuartelamiento.
-Sí,... sí, es aquí..., llegó hace un momento... No, no lo puedo molestar ahora... ¿Cómo? ¡¿Una denuncia?!..., pero bueno, la verdad es que no lo entiendo..., ¿no será una equivocación... Puede ser que exageren... Pues si no está usted seguro, mejor dedíquese a interrogar a otro, que yo ya tengo bastantes problemas, ¿me ha oído? Pues adiós. ¡Sí! ¡Adiós! -Inés colgó el auricular verde camuflaje de un soberano porrazo. Miró de soslayo a su querido Juanito, meneó la cabeza y se dedicó a releer un periódico en la mesa por cuarta vez en lo que iba de día.
No pasaron más de treinta minutos hasta que se oyó por tres ocasiones el timbre ridículo con toque de corneta. Tras la puerta, dos siluetas uniformadas y, aparcado en doble fila, un vehículo con luces destellantes.
-¡Me cago en la hostia! —rabió Juan con el aliento soldado a la nevera—. Alguien avisó a la policía militar..., pondría por ello la mano en el fuego. El coronel Jiménez se estará riendo, el muy cabrón..., lleva tanto tiempo esperando una ocasión como esta... Ahora lo tiene ni que pintado. Me va a fastidiar el ascenso de febrero. Seguro que aquella furcia pechugona del club de oficiales resultó ser la hija de algún pez gordo del alto mando, o, peor aún, la mismísima fulana del coronel Jiménez... No, si encima tendré mala suerte.
Mientras tanto, Inés conversaba con la pareja en la primera posición de resistencia del hogar, el recibidor.
-Bravo, Inés, un poco más, dame tiempo, necesito pensar. -murmuró Juan desde la cocina; hasta allí llegaban las voces, que parecían aumentar de tono progresivamente, entablando una discusión encarnizada. Ella respondía, y lanzaba improperios de la peor calaña, en una lucha desigual.-...Así, Inés, sigue así..., dos contra uno, mierda para cada uno -pensó Juan al tiempo que perdía el mundo de vista y se le doblaban las rodillas.
De pronto, un golpe sordo rompió el altercado y condujo a los tres contendientes a la cocina. El cuerpo inerte de Juan se desangraba entre las garrafas de agua y el cubo de la basura. Los dos enfermeros entraron rápidamente la camilla. Espoleados por la sirena, y a golpes de acelerador, se abrieron paso por toda la Castellana, llegando en cinco minutos al Hospital Psiquiátrico Provincial.

Dos horas más tarde, con voz teñida de café de máquina, el médico de guardia llamaba a los familiares de Juan Villarejo.
-Sí, yo misma. Soy su hermana-. Respondió una ojerosa Inés.
-Su hermano, a pesar del golpe, se encuentra bien. Ha perdido mucha sangre, pero se recuperará pronto. En estos momentos, duerme.
-Gracias a Dios. -Inés miró al cielo juntando las palmas de las manos; por nada del mundo deseaba perder a su hermano. Pensaba que todo tenía sus compensaciones en esta vida.
-Cuando ingresó recuperó el conocimiento por unos momentos -continuó el hombre de la bata blanca- y afirmó ser el doctor Villarejo y que trabaja en la institución desde hace doce años. No se preocupe, con el sedante que le hemos administrado dormirá profundamente y no despertará hasta mañana por la noche, y no recordará nada de nada. De todas formas lo dejaremos ingresado durante una semana, en observación, hasta que se compense. Cuando tenga el alta, que no deje de acudir a las terapias, ni de tomar la medicación; es necesario un seguimiento.
-No, si ya le decía yo que no faltase a las visitas, pero no se puede imaginar lo difícil que es convivir con alguien así. Nuestra madre decía que era igual que un tío suyo, conocido como el camaleón; ya sabe: de casta le viene al galgo.

Inés volvió a casa a las tres de la madrugada. Entró en su habitación y se cambió de ropa. Desconectó el teléfono de colores y lo sustituyó por el negro original. Fue a la habitación de su hermano Juan y arrancó, una a una, todas las fotos de soldados, armamento, desfiles, mapas, carros de combate, insignias, y recortes de prensa; los ató y metió en el trastero, junto a los otros hatillos, clasificados cronológicamente desde 1981 hasta 1993: los de bomberos, policías, mineros, ecologistas, terroristas, travestis, políticos y toreros.
Con la ayuda de dos Tranxilium 50, Inés consiguió dormir. Al despertar, eran ya las tres de la tarde. Recordó aquel verano de 1982, el del Mundial de fútbol; cuando a Juan le dio por merendar vidrios triturados y, entre partido y partido, se colgaba del badajo la plancha de la abuela por aquello de mortificar la carne, e intentó hacer el amor en una cama de clavos; su novia tuvo que ser ingresada de urgencias en el Gregorio Marañón, y mientras Juanito la intentaba convencer de que sólo se llegaba a ser un buen fakir con mucha práctica, los médicos se peleaban con las tenazas y la dichosa tabla. Eso, al menos, resultó bastante más divertido que lo de creerse un militar.
Pero de todos los papeles, como en el mundo del cine, siempre hay uno preferido, inolvidable, capaz de ganar cualquier galardón. Para Inés nada será tan grato como recordar aquellos siete días y siete noches de la luna llena de Escorpio de 1991 en que, sin descanso y a la limón, se prendieron de un fuego disoluto, poseyéndose en el más pecaminoso de los juegos. No era Vallecas, sino Roma. No eran Juan e Inés, sino Claudio y Mesalina. No estaban cuerdos, ni falta que les hacía.

jueves, 28 de octubre de 2010

Desig

Natàlia Linares
Dins un pot de vidre,
acumular-ne.
Tantes,
            com les que el meu cos  
                                                 ha deixat
                                                                caure.
 

I recuperar allò meu,
que encara ho sento.

Totes juntes.
milers d’elles,
suaus
           lleugeres
                           vaporoses.

Durant temps anar fent pila,
                                              sense tocar.
Observar.
Només mirant
                      com llisquen
                                            i s’enllacen entre elles.

Quan el recipient vessi,  
reomplir el meu coixí de somnis,
                        
Però, deixar-ne una,
             per  bufar-la amb força,
                                                   des del meu dit a l’aire.                                                                               


I quan estigui suspesa,
                                      ingràvida
                                                            dins l’espai

demanar un desig per tu,
                                          per mi,
                                                    per ell,
                                                                per tots.
                                                                  
Senzill,
poca cosa:
commoure’m,
d’un gest
                 d’un somriure
                                            d’un silenci.

miércoles, 20 de octubre de 2010

En esencia



Maria Guilera
Eladio Casas fue, hasta hace unas semanas, el hombre más rico de la familia. Hablando con propiedad, el único hombre rico de una familia casi extinguida.
Eladio Casas murió el doce de junio y sólo mi marido y yo estábamos en el tanatorio para recibir el pésame. Tal y como había dejado escrito, el ataúd se cerró para que nadie pudiera contemplar su cuerpo sin vida. En cambio, sobre la madera noble reposaba un marco con su fotografía. Pocos hubieran dicho que aquel chico sonriente y en mangas de camisa, con el cinturón apretando unos pantalones anchos de tela basta y alpargatas de esparto, era el difunto señor Casas.
Ninguna corona con cintas fúnebres. Sí en cambio, siguiendo otra de sus consignas, un cesto de tomillo.
La pequeña sala olía a monte.

Hoy he visitado el piso de la calle Enrique Granados, que debe cerrarse. Mi marido me ha pedido que me ocupe de vender los muebles y las pinturas. Con lo demás puedo actuar como me parezca bien.
No creí que llegara tan pronto la posibilidad de acceder al secreto. Si es que el señor Casas ha dejado alguna pista.
Su secretario está allí, nos conocemos. Me ha presentado a la gobernanta y ella me ha indicado el despacho, la biblioteca y el dormitorio del difunto señor. Luego se ha retirado con una frase antigua: -Si la señora no manda otra cosa.
He entrado en el baño. Impersonal, como el de cualquier hotel de lujo. En los estantes de mármol negro veo algunas pastillas de jabón y toallas dobladas.
Qué colonia debía usar, pienso. No hay ningún frasco.
Me miro en el espejo. Quiero saber cómo he llegado a ser la mujer del heredero.
Mi marido es el sobrino de Eladio Casas.

Recuerdo la cita, siete años atrás, con el secretario del señor Casas, poco después del funeral de mi padre. Se había acercado a mí para darme el pésame y me entregó una tarjeta. No deje de llamarme, por favor, dijo.
Luego, mi extrañeza al comprobar la información que tenía sobre mi familia. El misterio con el que envolvió la entrevista, muy breve, y la asignación mensual que recibí a partir de entonces. La matrícula en la universidad privada, los veranos en Inglaterra con profesor particular, el máster.

La luz del baño es suave, me favorece. Mi cara conserva los rasgos familiares, los de mi familia del pueblo. Sin duda nunca hubiera logrado por mí misma la elegancia que tiene la mujer del espejo. Eso es obra de Eladio Casas, mi benefactor, al que no conocí hasta la presentación oficial, un mes antes de mi boda.

Cruzo la puerta de su despacho. Me siento en la butaca de piel desgastada y pongo las manos sobre la mesa. La alianza en el anular, el anillo de prometida en el dedo corazón.
No hay sobre el escritorio nada especial, ningún papel, ningún libro. Ni siquiera un dietario, una agenda imprescindible.
En los tres cajones de la derecha, ordenados, sobres y cuartillas de distinto tamaño con su nombre impreso.
El cuarto cajón está cerrado.

Suena el teléfono, es mi marido. Yo no tengo ganas de hablar.
Todo bien, sí. Acabaré pronto. Te llamaré.

Eres demasiado seria, decía mi madre. Así no vas a encontrar novio.
No tuve que esforzarme, me lo encontraron. Supe que formaba parte de un plan que me beneficiaba, que todo estaba previsto y yo debía aceptar sin más.
No pregunte, señorita, me sugirió el secretario del señor Casas. Es por su bien.
En algún momento dijo, como de pasada, que se estaba reparando una injusticia. Si quería, podía renunciar a ello.
Pero yo era una mujer inteligente y no tenía nada que perder.

Salgo del despacho sin saber muy bien qué estoy buscando, pero con la certeza de que lo encontraré.
Voy al dormitorio. Una cama de madera, una cómoda de línea abombada. Abro los cajones y toco mudas que no parecen usadas, ropa interior con las iniciales bordadas, pañuelos doblados escrupulosamente.
El armario ropero está ordenado con una pulcritud que recuerda las tiendas inglesas de caballero. Los trajes, del negro al gris, cuelgan de las perchas guardando entre ellos una separación idéntica.
He sacado uno y he hurgado en los bolsillos. En el del chaleco hay una ramita de tomillo. Compruebo, con calma, que todos guardan una en su interior. Qué hombre tan especial.
Las manos me huelen a monte. O a tanatorio.
En el último bolsillo del último chaleco está el llavín. Con él he abierto el cajón cerrado del escritorio.

Dentro, una carpeta oscura que sé que esconde la verdad y una fotografía de mi padre, muy joven, echándole el brazo sobre los hombros a Eladio Casas. En el reverso, la dedicatoria con la misma letra picuda, con la misma tinta azul que tantas veces había visto escrita en los sobres de la casa de mi infancia, los que distribuían el escaso salario entre los implacables gastos: alquiler, gas, electricidad, mercado, varios.
He leído la frase, breve. A mi mejor amigo, con afecto. Y debajo el nombre de mi padre con una rúbrica simple, una raya inclinada.

Luego he abierto la carpeta. Papeles, títulos de compraventa, escrituras. Y una carta escrita con la misma tinta azul, palabras desesperadas que hablaban de su mujer y de mí, su hija pequeña. Suplicaba favores, pedía que le fuera devuelto, al menos, la mitad de lo perdido. En nombre de la amistad que juraron eterna.

Hasta donde yo sabía, mi padre nunca fue un jugador. O nunca más lo fue desde que Eladio Casas le ganó todas las tierras. Campos de tierra yerma en la que no crecía más que tomillo.

"Aromas del Monte", colonias y jabones. La esencia más exportada del país.

jueves, 14 de octubre de 2010

Paisajes

 (...) No ten remate o mundo, non é claro,
non é como o miramos ou nos pintan.
Tanto mundo non colle en ningún cadro!
Ten dentros, ten aforas, viravoltas,
remuíños, recunchos, laberintos
e dimensións estrañas nunca olladas (...)
Fragmento del poema “Picasso”, de Ánxeles Pena

MÓNICA SABBATIELLO
La primera la tuvo de noche. Estábamos de sobremesa cuando se puso a tiritar y a sacudir las manos sobre el mantel como si estuvieran mojadas. Chillaba: “¿No lo veis?, mirad, mirad”. Pero no veíamos nada, sólo las adormiladas presencias de siempre: la mera biblioteca, recuerdos sobre las repisas, los butacones gastados.
Desde mi lado, justo enfrente de ella, me sobresaltó su cara cubista partida a trozos por sus ojos que se volvían oblicuos, pronunciados hacia el rabillo.
“Tenéis que verlo”, persistía. “Es un cuervo, ¿no veis cómo abre y cierra las alas, es un cuervo transformista que se vuelve águila?, ¿pero no lo veis?”.
Nuestro padre la instó a mirarlo de frente. Eva giró la cabeza, aunque mantuvo el tronco en su sitio, a lo Nefertari. Su cara se contrajo y se desplomó sobre la mesa, una mejilla aplastada contra el mantel. Sollozó con hipos de niña pequeña. “Lo he espantado y era tan hermoso”, se quejaba.
Cuando se calmó, quise detalles. “¿Dónde estaba?, ¿de dónde vino?”, le pregunté. Pero madre -una mujer muy religiosa -, me frustró en el intento. “En esta casa no se invoca a los fantasmas. Ni una palabra más de todo esto”. Y para cerrarnos la boca, sirvió nuestro postre preferido. Nuestro padre, que no prueba los dulces, ensayó una explicación mientras encendía la pipa: “Lo que viste fueron los caireles movidos por la brisa y reflejados en los espejos”. Nadie replicó, aunque era una noche sin aire. A pesar de eso, me levanté a cerrar las ventanas.
Al día siguiente nos quedamos Eva y yo solas. Nos instalamos en el salón, ella con sus acuarelas y yo con un libro, creo que de Poe. De esa guisa estábamos cuando me sobresaltó la presión de su mano. “Mira, Eloísa, ahí en la hornacina: ¿no lo ves?”, dijo. Yo sólo veía la pequeña escultura de toda la vida; pero aún así me sobrecogió un escalofrío que trepaba por mi columna. Pura aprensión, sin duda.
Eva sollozó: “Se ha escabullido, como anoche. Me parece que éstos se van cuando los miro de frente”.
Muy excitada me lo describió. Era un gigante con una inflamada red de venas, rasgos cincelados, barba y pelo largos y plateados; mirada de acero enfocada a lo lejos, o que se ahondaba en sí misma, ella no lo sabía con certeza. Al vibrar emitía un resplandor argento. Estaba en la entrada de una gruta azotada por un temporal. Sus brazos abocados a una tremebunda lucha para impedir que el macizo cerrara la entrada de la gruta. Tenía la reciedumbre de un titán.
Mientras me lo contaba, yo me mostraba recelosa y ella radiante, como si Heracles en persona la hubiese trasladado entre sus brazos al Peloponeso. Y comenzó el boceto de un óleo que ha sido considerado como la mejor obra de su etapa juvenil: “Coloso vence a montaña”.
Cuando regresaron nuestros padres y les contamos lo sucedido, mamá mentó tenebrosas leyendas de la casona y dijo que Eva, por su gran sensibilidad, conectaba con los muertos, lo que incluía a nuestros bisabuelos. Y esa misma noche empezó a preparar los baúles. Nos volvíamos a Barcelona. Mi padre, demasiado consciente de su tozudez, no tuvo más remedio que ceder.
La misma tarde que llegamos a la ciudad, Eva y yo subimos a la terraza con unos refrescos. Y allí tuvo otra visión. Una especie de Olimpo con dioses en acción, todo en un estilo muy de cómic. Donde ella vislumbraba ese pavimento homérico, yo veía los macetones con hortensias, la ropa en las sogas movida por la brisa, las azoteas de siempre, y a lo lejos las torres de la Sagrada Familia emborronadas por la bruma que llegaba del mar.
Nuestro padre, bastante preocupado, organizó un periplo por consultas de psiquiatras y neurólogos; quienes, a pesar de su sapiencia no fueron capaces de hallar la causa de sus desvaríos. Poco después, Eva nos dijo que sus visiones habían desaparecido. Sin embargo, sólo nos las ocultó, aunque de eso me enteré la semana pasada, cuando fuimos a mi oftalmólogo, yo para ajustar la graduación de mis gafas y ella debido a su vista cansada.
El doctor Querol le diagnosticó un tipo infrecuente de presbicia que puede causar alucinaciones y le habló de una operación que ella descartó de plano. Al salir nos fuimos hacia el puerto y nos sentamos en una terraza frente al mar. Ella pidió una botella de cava, “para brindar por mi bendita presbicia”, dijo. Y así lo hicimos. Entrechocamos las copas varias veces. Por su cine en tres dimensiones, su universo holográfico y sus laberintos en el tiempo.
“No sufro, al contrario, estoy agradecida”, me aseguró alborozada y le creí. Y fuimos a su atelier para ver las obras que ocultaba: remolinos de guiones infinitos, como cintas sin fin, de pintura en pintura, sacudidos por un ingente ilusionismo mitológico, pesadillas circulares y sin salida de Ariadna; Parcas y nefastas profecías; Argos, que nunca podía estar del todo despierto ni del todo dormido y al que Hermes le cortaba la cabeza, como si fuera la mía, tras arrastrarlo con el sonido de su flauta a un mundo abstracto y sin orillas.
Fue una noche de tiempo comprimido. Contaminada de feroces arquetipos que ostentaban un carácter de molde, de matriz. Nos quedamos hasta que amaneció, tomando un Merlot chileno y con música de jazz, blues.
Una noche rara. No del todo mala. Que acabó cuando la luz del amanecer atravesó los ventanales y rompió el hechizo.
Nos tomamos un buen desayuno. Y volvimos al mar. Ahora para nadar en el agua fría de la mañana; para enraizarnos en esta vida humana y para festejarla.

jueves, 7 de octubre de 2010

Si falta el aire

ROSANA ROMÁN
Rogelio lleva una bolsa con ruedas. Parece que se va de viaje pero no va a ninguna parte. Un delgado tubo transparente sale de la pequeña maleta, sube por detrás de su oreja y entra en su nariz. Vive pegado a él día y noche desde aquel día en que su asma fue a más y despertó de madrugada con el diafragma cerrado impidiendo el paso del aire a sus pulmones.
Fue como estar bajo el agua aguantando la respiración y, al emerger, no poder controlar la entrada de oxígeno, ni por la boca ni por la nariz, incapaz de recuperar el aire.
Con ese ahogo infinito despertó Rogelio. Alargó la mano buscando a tientas el interruptor de la lamparita pero en su atropellado tanteo no lo encontró. Incorporándose, abrió la boca compulsivamente en busca de aire que llevar a su interior, pero sólo consiguió boquear, como un pez fuera del agua.
Abrió el cajón de la mesita de noche tratando de encontrar el inhalador y rebuscó en ella aventando todo lo que no fuera el “tubo salvador”. Aspiró con las pocas fuerzas que le quedaban, una vez, dos veces, tres. Sin resultado. Notó un sofoco subir por su garganta, quemar sus mejillas y galopar en sus sienes y se le apoderó un desespero que incitaba a gritar, aunque apenas consiguió emitir un hilo de voz convertido en lamento. Ni siquiera podía llorar porque le faltaba el ímpetu necesario para arrancar.
Antes de perder el conocimiento se lanzó sobre la mesita empujando todo lo que había en ella: la lámpara, el despertador, el vaso de agua, todo cayó al suelo con gran estruendo en un último intento de que su hermana lo escuchara, de no acabar su vida tirado en el suelo.
Después de varios días en el hospital, cuando le daban ya el alta, se enteró de que Manuela, su hermana, ya no quería hacerse cargo de él y había sugerido que le asignaran una residencia. El propio hospital tuvo que buscarle un centro donde poder recuperarse. Al cabo de un mes, se fue a su casa. La que compartía con su hermana. La que él había comprado con la indemnización que le dieron en la empresa. La que le pagó por haber estado intoxicándose durante cuarenta años. Los que tardó en empezar a ahogarse.
Le dio una semana a Manuela para que se buscara otro lugar donde vivir y se metió en su cuarto para no escucharla llorar.
Ya no fue el mismo desde entonces. No supo qué parte era la enfermedad y qué parte la decepción, pero se le agrió el carácter y se volvió más intransigente.

Sabe que de momento no va a morir, tiene todo el oxígeno que necesita aunque respirarlo se haya convertido en un tormento cotidiano. Aspira suave y poco, reservando fuerzas para la siguiente inspiración y para la siguiente y la siguiente. Y se agota, con un cansancio profundo que va acumulando, como el anhídrido en su abdomen hinchado.
Desde entonces deambula sorteando como puede el humo de los locales, las escaleras y las calles en cuesta, y cuando algún coche invade su acera, baja y lo rodea, pero mientras pasa, con una navajita que guarda para la ocasión, va rayando horizontalmente la chapa de punta a punta, y enseguida vuelve a su acera a seguir arrastrando sus miserias con ruedas.
Pero hoy ha encontrado su paraíso. Está muy cerca de su casa, en la Estación Central. Ha sido cuando se le ha ocurrido ir a tomar un café en el bar del recinto. Mientras estaba allí, ha observado que nadie se fijaba en él. No tenía que girar la cabeza, ni que ocultar la maleta tras sus piernas. Todo el mundo iba con prisa arrastrando un equipaje parecido al suyo.
Ha paseado por la estación, andén arriba, andén abajo, y se ha sentado a descansar en un banco como si esperara su tren. Luego ha vuelto a su casa vacía, con la intención de volver mañana. A eso se dedica Rogelio, a pasear por los vestíbulos de la vida, camino a ninguna parte.

viernes, 1 de octubre de 2010

Tres, una y dos

LOLA ENCINAS
Nos divertíamos mucho. Yo la admiraba por su desparpajo y extroversión, ya que ambas cualidades abrían las puertas que mi timidez y una excesiva racionalidad me cerraban.
Nos complementábamos de tal forma que cuando actuábamos por separado, nos encontrábamos incompletas. Éramos como un pack indivisible.
Pero un día, las cosas cambiaron, o tal vez fuimos nosotras, el caso es que no sé cuál fue el detonante; miento, sí que lo sé, fue Álex.
Le conocimos en una fiesta de fin de curso y nos gustó a las dos. Supongo que nosotras a él también. A partir de ese momento, al confesarnos el impacto que nos había causado, nuestra alianza hasta entonces conjunta pasó a ser individual.
Cada una de nosotras se dispuso para la batalla, haciendo gala de sus mejores armas, y por supuesto, sin desvelar la estrategia.

Lo primero y principal era que Álex se decantara hacia una de nosotras. Una vez hubiera tomado posición, se iniciaría la segunda fase: ambas, elegida y no elegida, intentaríamos seducirlo hasta culminar la conquista.
Durante un tiempo, la lucha estuvo bastante igualada, pero ante la indecisión y pasividad del objetivo empecé a dudar y desilusionarme.
Una vez más, mi mente se antepuso al corazón y llegué a la conclusión de que no merecía la pena el esfuerzo y abandoné la contienda.
El caso es que mi retirada desniveló la balanza y acabó dando la victoria a Lidia. Ella, ni por un momento pensó que su éxito pudiera ser consecuencia de mi decisión. Su bien alimentado ego no le permitía la más mínima duda.

Acababa de sentarme cuando entraron en la cafetería. Hacía lo menos seis años que no los veía. Quedamos frente por frente, lo que imposibilitó el disimulo. Lo sustituimos por una expresión de sorpresa.
Nos besamos y los invité a sentarse en mi mesa.
La charla fue un “bosquejo” actualizado de hechos.
No faltaron las típicas y consabidas anécdotas del pasado, que dejaban constancia de nuestra antigua amistad.
Como siempre, Lidia tenía el monopolio de la palabra. No paraba de hablar, se la veía radiante y satisfecha. Álex y yo nos limitábamos a sonreír, y a poco más.
A partir de ese día nos vimos con frecuencia. Compartíamos salidas y amigos comunes. Lidia presumía ante el mundo, y especialmente ante mí, de su amor y su felicidad.

Mi amiga olvidó que las guerras importantes suelen ser largas. Y que a pesar de existir períodos de aparente paz, nunca se debe subestimar al enemigo, sobre todo si ha sido ”derrotado”. La exhibición del botín conseguido fue una provocación que hizo revivir en mí los fantasmas del pasado.
Había llegado el momento de poner en práctica una nueva y muy premeditada estrategia. No iba a ser tan generosa como antaño. Algo en mi interior se rebelaba y pugnada por salir, algo que daría un vuelco definitivo a la batalla final.

Han pasado seis años más desde el casual encuentro en la cafetería. Y todo ha cambiado, incluso yo.

Este mediodía he ido a buscar a Álex. Hemos comido en un restaurante cerca de su trabajo.
Estábamos en el postre cuando Lidia ha entrado en el local. No nos ha visto.
Álex me ha cogido de la mano y me ha besado. Ha pedido el café y la cuenta.
Como hacía una tarde espléndida, hemos ido paseando tranquilamente a buscar a nuestro pequeñín a la guardería.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Nochevieja

VICENTE APARICIO
Nochevieja en la Ciudad Hermosa. Son las ocho de la tarde y me llamo Andrés Almansa, fotógrafo profesional. Una multitud de paseantes y compradores serpentea por la Calle Principal, camino de la Plaza Mayor. Saboreo el placer anónimo de caminar en sentido contrario. Aborrezco la alegría unidireccional, los itinerarios sin sorpresas, las fotografías que alguien hizo antes. Me detengo en un supermercado a comprar un racimo de uvas.
Elegí ser fotógrafo porque soy impaciente. Capto instantes. Llego, veo y disparo. No tengo tiempo para darle más vueltas. El tiempo es oro, corre deprisa y me hago viejo. No anhelo ser inmortal. Anticipen el vano placer de la inmortalidad los aspirantes a artistas. No pretendo salvar el mundo. No me interesan los monumentos. Prefiero las copas de vino, las mujeres fáciles y la caída de las bufandas sobre los rostros ateridos de frío.
Son las nueve y media de la noche y la habitación de mi hotel respira el confort de una calefacción bien educada, con vistas a la Catedral. Vine a la Ciudad Hermosa por azar. El bolígrafo cayó ahí y pintó una mota azul sobre la superficie del mapa. Si eres un avión, el mundo camina muy despacio. En un par de horas aterrizas en la otra punta del planeta. Lavo los granos de uva, los seco con una toalla y los pongo en un vaso de cristal, sobre la mesilla de noche. Me tumbo en la cama. Enciendo el televisor, y un cigarrillo.
Soy un adulto. Soy un adulto y nunca había estado antes tan seguro. Si yo fuera un pusilánime, esa desgracia esencial haría que se me saltaran las lágrimas. Andrés Almansa no llora, si no es de alegría. Tengo sueño y falta mucho para las doce. Podría quemar la noche en brazos de una mujer, pero es tan sencillo tener sexo. El televisor farfulla y no le presto atención. Bajo el volumen. Alguien dice algo, al otro lado de las delgadas paredes. Alguien contesta. Soy un adulto y nunca dejaré de ser un adulto. Tengo hambre, pero no me apetece comer.
Son las once de la noche y lo más importante en la vida es saber estar atento. ‘Fumar puede dañar el esperma y reduce la fertilidad’, leo en la cajetilla de tabaco. Desconecto el teléfono móvil. Oigo el estruendo de la cisterna del inodoro en la habitación de al lado, alguien que se lava los dientes, una maquinilla de afeitar. Pongo la almohada a mis pies. Oigo risas y retazos sueltos de una conversación, la puerta de la habitación que se abre y se cierra, pasos, más risas, palabras que atraviesan el pasillo y se adentran en el júbilo de la noche.
Nochevieja en la Ciudad Hermosa. Me despierto sobresaltado y la luz de la lámpara hiere mis ojos confundidos. La televisión parpadea en silencio. Mis vecinos han vuelto a casa: a través del tabique, les oigo jugar a los jadeos. Sobre la mesilla, el vaso intacto con sus granos de uva. Monto el trípode, encuadro, conecto el flash, aprieto el autodisparador. Yo, la fruta y el despertador. Bostezo. Mis vecinos, dichosos, acezantes, parecen no tener sueño, aún. Paladeo el dulzor de los granos de uva, la lentitud de masticarlos y deglutirlos uno a uno. Son las cinco de la mañana, siento el calor de una lágrima en la mejilla y ya es Año Nuevo en la Ciudad Hermosa.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

El hombre niebla

MARC BALLESTER 

“Cuando las tinieblas se ciernen sobre una empresa, ésta deja de ser el faro que orienta y dirige las vidas de los que allí trabajan.”  
Productividad y convivencia, de Benjamin Walter

Fermín madrugó un lunes por la mañana con la inocente disposición de reincorporarse a su puesto de trabajo tras un periodo de convalescencia. Tuvo serias dificultades en localizar y reconocer las calles anexas al edificio central de la tercera subsecretaría del segundo ministerio. Aquellas paredes albergaron antaño un matadero donde se descuartizaban vacas, cerdos y otros bichos engordados para ser degollados. Los arquitectos, al reformar el edificio, habían respetado la antigua estructura, que disponía de un patio central con un sencillo claustro con argollas oxidadas incrustadas en las paredes a la altura de la cabeza, separadas unas de otras por unos dos metros de distancia; bastaba un poco de imaginación para vislumbrar la escena: animales en fila india, sedados, atados y atontados, ignorantes de su futuro cierto.
Fermín accedió con dificultad al patio- A los conserjes les costó reconocerlo y, tras pedirle su acreditación, se disculparon a pesar de que la fotografía del carné estaba desdibujada. En el claustro Fermín dudó hacia dónde debía dirigir sus pasos. En su mente se mezclaban imágenes confusas. Era propio de su enfermedad. El diagnóstico del equipo médico fue claro: se encontraba en una fase avanzada e inestable del Síndrome del Hombre Niebla (SHN), cuyos síntomas más concretos eran la invisivilidad y la olvidabilidad. El SHN fue diagnosticado por primera vez en 1769 en EEUU por el profesor John Stone. Aquellos que se aventuraban a navegar por las coordenadas del temible Triángulo de las Bermudas se arriesgaban a enfrentarse a un extraño fenómeno: la ausencia total de viento y de corrientes submarinas y la aparición de una misteriosa bruma. Un velero de más de tres palos podía llegar a detenerse totalmente durante seis u ocho semanas, permaneciendo estático como si estuviese anclado y dormido a perpetuidad, y su tripulación podía verse obligada a soportar temperaturas de más de 40 grados hasta ver agotadas las reservas de agua dulce y provisiones. Los resultados eran imprevisibles; la tripulación superviviente era rescatada en medio de crisis angustiosas de identidad. Afirmaban tornarse intangibles ante sus propios ojos y vagaban por cubierta sin rumbo y sin recuerdos, armados con cuchillos y arpones, hiriéndose unos a otros o saltando desesperados por la borda, ahogados de niebla y mar.
Después de dudar un buen rato, Fermín reconoció el letrero que indicaba su puesto de trabajo: Departamento Periférico de Asuntos Turbios e Internos. Durante cuarenta años Fermín había desempeñado con corrección y sin conflictos aparentes las tareas propias de su escalafón.  Como quería mostrar un buen estado de salud ascendió por las escaleras, aunque a mitad de camino se maldijo preguntándose por qué lo había hecho. Era uno de tantos síntomas del síndrome: iniciar una actividad y a medida que se avanzaba en la ejecución, olvidar su sentido. Cuando llegó a la última planta tropezó con un nuevo letrero que refrescó su memoria y le evitó quedarse como un pasmarote en el pasillo molestando a todo el mundo. En reiteradas  ocasiones, se vio obligado a pedir disculpas puesto que con su andar titubante chocaba a izquierda y derecha con los compañeros de su departamento, como si no lo viesen, por un momento pensó que quizás se hubieran contagiado de su mal, pero rápidamente desechó la idea. Se fijó pero no reconoció ningún rostro. Pensó que debían de ser nuevos, aunque la idea no le consoló. Gracias a una muesca en el marco de la puerta, identificó su antiguo despacho.
Abrió y entró. Dos hombres conversaban alrededor de una mesa redonda. Eso le desconcertó. Había anunciado su regreso con suficiente antelación. Allí echaba en falta la mesa cuadrada de toda la vida, y aquellas dos personas, porque en ese instante cayó en la cuenta de que antes les había asignado un sexo determinado, y ahora dudaba, no lograba situarlos en el organigrama, pero la verdad es que hicieron caso omiso a su entrada, continuaron con su franca tertulia, intercambiando sonrisas cortas y gestos largos; quizás hablando de algo importante. Fermín dio los buenos días y esperó con prudencia. Nada, no sucedió nada. Ni se giraron ni alteraron el flujo de sus palabras, y siguieron encadenando frases y elucubraciones en voz alta, ignorando al recién llegado. Carraspeó y uno de ellos alzó los ojos y miró sin verle, atravesando su cuerpo. Fermín pensó que estaba flaco pero no tanto. Aquellos intrusos no tenían ánimo de reaccionar, no solo invadían su antigua estancia sino que podrían pasarse así toda la mañana y para acabar levantándose y marchando a alguna reunión de suma importancia, como las que siempre ocupan a los directivos. Dio una palmada y ¡eureka!, le miraron y uno de ellos, ajustándose las gafas, le respondió al saludo, aunque le dijo que lo veía borroso y que costaba, a primera vista, saber quién era. Él se presentó y dudó al explicar que se reincorporaba a la subsecretaría y que aquel era su despacho desde hacía varias décadas. No le entendieron. Como su contorno era borroso no se atrevían, por respeto y asco, a tocarle, pero no dudaron en mostrar su extrañeza. Le dijeron que de ellos dependían las nuevas incorporaciones y, cómo no, las reincorporaciones; pero después de titubear, consultar listados de la plantilla de trabajadores y telefonear a las personas pertinentes, afirmaron instantes después, sin dejar lugar a dudas, que no constaba en ningún registro y que no podía regresar al trabajo puesto que allí no trabajaba ni había trabajado nunca. Fermín se puso nervioso, y aquello lo puso aún más borroso. Ellos hicieron un breve comentario jocoso comparándolo con un canal de televisión sin descodificar. Fermín les instó a que comprobasen en las orlas de años anteriores las fotos del ágape navideño. Él recordaba, aunque ya no estaba seguro, haber posado repetidas veces junto al director general. Para que se calmase un poco y porque les dolían los ojos mandaron a un auxiliar a por los anuarios de la subsecretaría. Al rato, los tres pasaban páginas y páginas, y Fermín comprobó horrorizado que no estaba en las fotos y que su lugar junto al director general, brindando con cava, lo ocupaba ahora un desconocido. Les arrancó el libro de las manos, lo cual les asustó puesto que pareció que el libro volaba solo. Fermín desaparecía segundo a segundo; buscó y rebuscó pero ahora ya no reconocía ni el rostro del director, y estaba allí, seguro. Fermín lloró, pero nadie pudo verlo. Oyó los comentarios de aquellos dos desconocidos. Decían que lo sentían mucho, que era una situación muy desagradable, pero que no se explicaban cómo se había marchado tan rápido sin abrir la puerta. Al instante recobraron las sonrisas y salieron al pasillo; al emprender la marcha no volvieron a mencionar lo sucedido, no tuvieron que esforzarse porque parecían no recordarlo. Los siguió un rato, pero como no hablaban de él ni de los anuarios, olvidó por qué seguía a alguien y a quién.
Horas más tarde, Fermín consiguió acceder al exterior del edificio. La niebla seguía allí, esperándole. Como pudo, caminó sin rumbo, sin hambre y sin rencor. Intentó ajustarse los puños de la camisa pero fue incapaz de localizar sus antebrazos, se frotó las palmas de las manos y apenas pudo ver su silueta, abrió las manos y vio a través de ellas la niebla que ocultaba los adoquines del pavimento. La niebla era cada vez más espesa, lo envolvía y diluía todo. Como no podía verse, se olvidó de sí mismo. Tan solo se acordaba de respirar y, de vez en cuando, se sorprendía con un grito porque alguien o algo le había pisado. Fermín no lo sabía entonces, pero la epidemia del síndrome no había hecho más que comenzar.