miércoles, 23 de diciembre de 2009

Tengo un secreto y muchas ganas de contarlo


MARIA GUILERA
Ayer, un rato antes de cerrar, el jefe me dejó un sofá en el almacén. Dijo que el camión pasaría a recogerlo por la mañana.
No era un sofá nuevo, pero estaba bien cuidado. Le eché un vistazo y luego me senté en él. Era cómodo, muy grande, de color verde oscuro.

Patricia me llamó al móvil y me preguntó a qué hora pensaba ir al bar, que ya llevaba un rato esperando y su madre le había dicho que no llegara muy tarde.
Entonces se me ocurrió, en ese momento, y se lo dije. Que se viniera al almacén, que la esperaba.
Al principio ella no quería, pero insistí un poco.
Venga mujer, que si no fuera importante no te lo iba a pedir.

Tardó casi una hora. Para distraerme archivé unos albaranes que llevaban esperando semanas, casi desde que entré a trabajar. A mí no me importa trasladar muebles, montarlos, ni barrer el suelo. Pero meterme en aquel despacho de apenas cuatro metros cuadrados y ordenar papeles no me gusta. Es como volver al instituto y enfrentarme a las carpetas medio vacías, llenas de apuntes que nunca acabé de entender. Pero bueno, ayer era distinto. Lo guardé todo y luego me dio por pensar en quién se habría sentado en el sofá. A lo mejor una pareja de recién casados, los dos mirando la tele bien juntos, o tumbados. Incluso podría ser que más tarde hubiera habido niños saltándole encima.

Patricia me hizo una llamada perdida y levanté la puerta metálica. Estaba nervioso.
Tengo una sorpresa, le dije.
Había pensado en vendarle los ojos, pero no tenía con qué. La llevé hasta el sofá.
Qué te parece.
Se encogió de hombros. No sé, me contestó.
La abracé y le di besitos en la oreja. Eso le gustaba mucho. Se dejó hacer, pero en seguida quiso saber por qué la había hecho venir.
Es muy tarde, ya sabes que tengo que llegar pronto a casa. Puso morritos para decirlo.
No sabía cómo enfocárselo. En lugar de pasar el rato con los albaranes podría haber pensado cómo decirle que teníamos un sofá y estábamos solos. Le dije al oído
Bueno, pero tendremos un ratito, no.
Cómo dices, habla más alto.
Me senté y la cogí por la cintura. Me miró algo sorprendida, con esa expresión de niña pequeña que pone a veces. Estaba de pie frente a mí, con la cabeza inclinada y sujetándose el pelo con las manos.
Qué, dime qué quieres, me preguntó.
Pero me di cuenta de que ella ya lo sabía, porque también habló muy bajito.
Se sentó sobre mis piernas y nos besamos. Me gustaba la piel de mi novia, ella quería que yo la llamara así, mi novia. Me gustaba el contacto de sus mejillas frías y muy suaves. Me gustaba toda ella.
Se tumbó en el sofá y me agarró los hombros.
Mira a ver si hay una manta por ahí, dijo.
Fui al otro extremo del almacén y cogí un par. Eran ásperas y no estaban limpias. Pusimos una sobre el sofá y nos tumbamos. La abracé y cerré los ojos. Nos quedamos quietos y me pareció que nos latía el corazón a la vez.
Metió las manos por debajo del jerséi y me acarició la espalda. Casi sin tocarme, como si lo hiciera con las yemas de los dedos, de arriba abajo y parándose en la cintura. Allí cruzaba los brazos y me abrazaba. Yo esperaba a que volviera a empezar, estaba muy quieto y podía escuchar mi respiración. También la suya.
Nadie me había tocado así desde que mi madre dejó de hacerme masajes cuando no podía dormir, y de eso hacía ya mucho tiempo.
De pequeño me costaba coger el sueño. Era un niño miedoso. Y tuve tres padres, uno tras otro.
A los doce años se acabaron los padres y llegó mi abuela para cuidarnos. Eso le dijo a mamá, he venido para cuidaros, esto no puede seguir así.
Y se quedó en casa con nosotros. Ya nunca más cené cereales con cacao, ni volví a quedarme el último en la escuela, sin nadie que viniera a buscarme. Tampoco pasé más tardes de domingo solo en el cine, ni volvieron a colgarme la llave de casa al cuello por si no había nadie al regresar.
Mi abuela se quedó conmigo cuando mamá se marchó a Suiza de vacaciones. Me acuerdo de la postal que nos mandó, con unas montañas nevadas y un niño con un sombrero.
Un día la abuela me dijo que íbamos a cambiar de habitación. Yo en el dormitorio grande y ella en mi cuarto. Que me compraría unas estanterías y una mesa grande para que pudiera estudiar y que, si yo quería, podría colgar las fotos de la NBA en las paredes.
Y las de motos también, le pregunté muy triste.
Sí hijo, lo que quieras.

El caso es que recordar a mi madre me cambió el ánimo y me sentí raro.
Patricia seguía abrazada a mí y dijo, qué te pasa.
Cómo pudo notarlo.
Nada. Tengo frío, es mejor que nos vayamos.
Ella no preguntó nada y se puso el abrigo. Yo tenía muchas ganas de explicarle a mi novia toda mi vida y en aquel sofá hubiera podido hacerlo. Pero se estaba haciendo tarde.
Abrígate, Patrícia, le dije. Nos vamos a helar en la moto.

15 comentarios:

  1. qué incomunicación más triste y más real...

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  2. ESTA MUY BIEN, POR CIERTO,
    Esta es la pagina de mi blog: http://laxicaprotegida.blogspot.com a los que les guste ller historias y relatos, que se pasen y que se hagan seguidores y comenten. Aceptos cualquier tipo de critica siempre y cuando no sean insultos. Y, bueno, me encantaría que me dierais vuestra opinión y ospasaseis por mi blog de vez en cuando. Muchas gracias.

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  3. Esa voz, esa voz fantástica...
    Me hubiera estado leyendo horas las aventuras y desventuras de tu protagonista. Tan fluido, tan interesante.Quiero más.
    Enhorabuena María.

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  4. laquequierefinalesfelices24 de diciembre de 2009, 11:55

    No podíamos pasar unas Navidades felices, no... ¡con lo bien que había empezado la cosa! Pero claaaro... al final tristeza, pena, traumas... Y yo que pensaba que el protagonista llamaba a su novia para que le ayudara a llevarse el sofá a su casa!!! Además un sofá grande, verde botella, blandito... invita a una buena siesta de domingo viendo películas ñoñas de navidad en la TV!

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  5. La citas no son como las de antes...
    Desaprovechar una oportunidad como ésta, demuestra que no sólo ha degenerado,se ha debilitado y empobrecido el "fluido vital" masculino sino que inversamente sus preocupaciones aumentan (conscientes o inconscientes) llegando a producir cortocicuitos en su comportamiento y en su líbido.

    Al final como siempre, las que palmamos (no empalmamos) somos nosotras.

    ¡Ay Señor, que cruz!!!

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  6. el relato, estupendo, y es que hay que hablar más... está claro.
    el quiebro en el momento justo, la memoria de la piel trayendo la otra memoria y la fragilidad.

    i para colofón, Lola... la imparable.

    ets fantàstica, maria, contant històries des de dins...

    laloka

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  7. Pues lo has contado muy bien chaval

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  8. Nosotros tenemos la suerte de leer los pensamientos-recuerdos del protagonista, lástima que sea incapaz de contárselos a su novia. Esos secretos acabarán pasándole factura, tal vez en otros sofás de los que desgraciadamente no podremos saber su historia. Pero ahí estarás tú, para darles vida y sueños.
    Louise

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  9. Desafortunada Patrícia, un moment únic es veu segat per la gelor d’uns pensaments.
    Hi ha mares traumàtiques... Saps que els teus relats, sempre em fan desitjar més . Em quedo rumiant com s’acabaria si l’autora del relat, o sigui tu, el volguessi allargar. Maria gràcies i fins el proper. Apareixerà un nou llibre de Karcoma? maria

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  10. En este relato se pone de manifiesto que las circunstancias muchas veces condicionan nuestras vidas, unas veces propiciando unas líneas de actuación y otras, barrándonos el paso a nuestros deseos.
    Nuestro protagonista es además un mal colaborador, él mismo se reprime y no consigue lo que se propone, aunque tal vez no esté muy convencido de lo que quiere. Le falta confiar más en su pareja, sincerarse con ella y exigir a la relación algo más de profundidad y no conformarse con lo superficial.

    El relato en un principio sigue con finura exquisita unos cauces eróticos que prometen mucho, luego deriva en la descripción de las tiernas y tristes vivencias de niño de nuestro protagonista, también muy bien descritas.

    Estupendo como siempre, y la foto fantástica.

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  11. Es la vida... a veces las cosas parece que van a tirar por un camino y de pronto .... vivencias anteriores cambian el presente...
    Como siempre, fantásticamente pintada la realidad!!
    El Trasgu

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  12. m'has tingut enganxada des del principi.
    M'agrada't. Salutacions Maria

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  13. Noe, a veces cuesta empezar a hablar. Por eso se agradece la ayuda de los que preguntan con cuidado.

    La Protegida, bienvenida. Te devolveré la visita.

    Pantera, tú siempre quieres más. ¡Qué voracidad salvaje la tuya!

    La de los finales felices: el sofá te espera junto a la caja de polvorones (para hacerme perdonar la birria de mis finales...)

    Lola, dale tiempo al pobre chico, que es un pipiolo...

    Loka, la piel es la que mejor guarda la memoria. O eso espero.

    Anónimo, no sabes como te agradezco lo de "chaval"

    Louise, si los sofás hablaran...
    Y si yo pudiera escucharles...

    Maria, gracies per les lectures que ens fas. I sí, apareixerà un nou llibre i en seràs degudament avisada!

    Quiconusco, prometo esmerarme i superar mis complejos ante la literatura erótica. De momento, eso es lo que hay: hasta aquí puedo escribir, como decía Mayra Gómez Kemp.

    Trasgu, gracias por tu fidelidad a nuestro blog y por tus comentarios atinados. Y por tantas cosas más.

    Puigmal, m'encanta enganxar-te.

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  14. La meva ànima masculina ha quedat corpresa, el meu cor captivat i la ment m'ha viatjat a aquells moments de sofà...

    Un feliç any ple de relats de part del teu admirador ja no tan secret...

    Carles.

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  15. La pucha, cuando el protagonista empezó a pensar en su infancia, me dije, chau. Toda esa dulzura tibia al carallo. Y así fue.
    ¿Cómo no reconocer ese gatillazo? Me inclino ante un relato q me recuerda mi/nuestra idiosincracia humana, mi/nuestra perversa tendencia a perder los momentos retorciéndonos en el ayer. Ni Lacán, ni Freud pueden impedirlo. Sólo los años y la sabiduría que traen. Y no siempre. Muy bueno, María.

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