miércoles, 9 de diciembre de 2009

Primer amor


ROSANA ROMÁN
En cuanto la vio supo que era ella. Desde la barra la observó mientras cruzaba el bar para sentarse a la mesa. Su belleza madura no le había cambiado la fisonomía. La hubiera reconocido en cualquier lugar, pero jamás había pensado en la posibilidad de reencontrarla allí, en su cafetería de la Estación Central, leyendo un libro y tomando café.
Nunca había tenido tanto interés en asistir a la escuela como en primer y segundo grado de primaria, los dos cursos que impartía la maestra más joven y bonita del colegio.
No había vuelto a pensar en ella en años, pero mirándola descubrió que había estado más presente en su vida de lo que imaginaba. Reconocía en ella a todas las mujeres con las que se había relacionado sentimentalmente.
La revivió junto al encerado, haciendo con tizas de colores primorosos dibujos con los que ilustraba a sus alumnos: las partes de una flor, el corazón humano…
Y escuchaba de nuevo los pacientes consejos que le daba al corregir su ortografía: “La h de ayer, guárdala para hoy”.
Le parecía estar oliendo aún su perfume fresco, que él aspiraba con disimulo. Notaba los dedos posándose en su cabeza y entrelazándose en el pelo en un intento de ordenar sus cabellos rebeldes. “Muy bien, Juanito, sigue así, muy bien presentado”, le decía ella sin imaginar la cantidad de veces que había repetido la página para dejarla pulcra y conseguir así el premio de su caricia.
Recordaba el amor que le inculcó por los libros, la forma de abrirlos y de tratarlos con sumo cuidado, como si escondieran un tesoro. Siempre rodeada de ellos, igual que ahora, sumergida en su lectura mientras bebía distraídamente el café.
¿Le reconocería? Estaba seguro de que no. Cómo iba a reconocerlo treinta años después. ¿Cuántos alumnos habrían pasado por sus clases? Ni siquiera le parecía posible que recordara su nombre. No, no iba a pasar por eso, prefería perder la oportunidad antes que arriesgarse a sentir la bochornosa realidad del olvido.
Pero por fin se armó de valor y se acercó a ella por detrás. Aspiró buscando el aroma que conservaba en su memoria. No era el mismo perfume de entonces, aunque también le gustó.
-¿Desea alguna cosa más? -le dijo mientras buscaba anhelante su mirada.
-No, gracias.
En ese momento anunciaron un tren por megafonía. Ella cerró el libro, se levantó y se dirigió con su maleta de ruedas hacia la puerta. Él la abrió para dejarla pasar y, cuando la tuvo cerca, no pudo evitar que las palabras escaparan de su boca precipitadamente:
-El bar es mío.
Ella parpadeó. “Enhorabuena”, dijo sonriente, y se mezcló entre la gente camino del tren. Antes de torcer hacia el andén la vio pararse un momento y girarse hacia la cafetería. Él seguía todavía allí, sujetando la puerta, y la despidió con la mano. Ella le devolvió el saludo.

6 comentarios:

  1. "El bar es mío, como mis recuerdos. Tú no."

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  2. Un relato nostálgico y real.
    De forma casual los recuerdos del ayer toman vida en el presente, un aroma, un libro, la misma mujer...
    Una incógnita queda flotando en el aire ¿le habrá reconocido?.
    La subjetiva respuesta, queda a gusto del consumidor y cada uno
    interpretará el gesto final según sea su deseo.

    Un final abierto y una frase clave reivindicando el triunfo:

    -"El bar es mío"-

    Con que poco, se dice tanto....

    Genial, querida amiga!!!! Bravo!!!

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  3. Ahí me gusta verte: en los cuentos que atrapas al aire, mostrando lo humano de los personajes y sin tomar partido.
    Ahí me gusta verte: en el espacio que creas para que hablen ellos y tomando la distancia suficiente para que no te lean el pensamiento.
    Un relato muy bien llevado, Rosana.
    De esos que parecen haber buscado al autor que los cuente. Y mira por donde, has sido la elegida.

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  4. Rosana, este final es de cine.
    Muy bueno.
    Un Saludo

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  5. Me gusta tanto. ¡Cómo no!, un hombre que mantiene las alas al aire, sin pararse en esos detalles triviales -ja ja-, como las arrugas, la piel que tiende a caer de una maestra ya mayor... me gusta ver la vida desde el lado ideal, porque existe, acaso minoritariamente, pero existe. Y me gusta la manera tan rauda, suelta, que tienes de contarlo.

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  6. qué bonito!! me ha dicho vicente... el de la profe es mejor q el del reloj, léetelo... y tenía razón, el tío!!

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