lunes, 28 de diciembre de 2009

Tal vez me equivoqué


NATÀLIA LINARES
Estoy en la puerta del restaurante fumándome un cigarro con Pepe, el único de mis compañeros que es de aquí. Los demás hemos emigrado desde nuestros países esperando mejorar.
Hace tres años que llegué y todavía tengo días en que me siento sola, muy sola, aunque hace unos meses conseguí la reagrupación de  mis hijos. Mi hombre se quedó en el poblado. No quiere venir, ni yo quiero que lo haga. A él le va bien quedarse allí trabajando el campo, y con la Verónica, con la que tiene un menester escondido desde hace tiempo.
A mí aquí me tratan bien. Pepe me está contando que pasará el fin de semana con su madre y sus hermanos. Pronto terminamos el pitillo y regresamos al trabajo. A Pepe le queda bien el gorrito del uniforme. Le oculta la calva y hace que te fijes más en sus ojos, que son verdes y muy expresivos.
Nuestra especialidad es la hamburguesa en todas sus variedades, junto con las patatas fritas, las alitas de pollo y el pescadito frito. Todo ello a gusto del consumidor. Les gusta mucho cómo las cocino.
La plancha siempre está caliente.
Pepe viene de lavarse las manos y se dispone a descongelar paquetes de pollo. Yo ya estoy en la plancha, acabo de atarme el delantal.
Hoy hace calor y hay mucho trabajo. Muchos clientes. La semana pasada Mario avisó de que esta no vendría, precisamente esta.
-Otra burguer y un nº 4.
Trabajamos rápido.
-Un 8 con un plus de queso.
A veces mis gotas de sudor caen encima de lo que cocino, El sudor cae de la frente y resbala por mi nariz. De nada sirve el gorrito, así que mi ardor y mi esfuerzo van a la mesa 13.
-Plato 10 para llevar.
-Prepara dos más para llevar.
Esta vez les obsequio con ración doble de mi vigor y mi tesón .
Pepe está preparando salsas y ensaladas. Yo estoy con tres platos a la vez: huevo frito aquí, patatas acá y allá, ese con doble de queso, la cebolla que no se me queme.
Tal vez me equivoqué. O tal vez no. Un impulso de superación me llevó hacia la aventura. Mis hijos no me lo perdonarán nunca. Aunque aquí tienen de todo, ellos eran más felices en casa.
-Un especial nº 5.
Este se lo llevan con toque especial de mi deseo, mi ansia y mi perseverancia.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Tengo un secreto y muchas ganas de contarlo


MARIA GUILERA
Ayer, un rato antes de cerrar, el jefe me dejó un sofá en el almacén. Dijo que el camión pasaría a recogerlo por la mañana.
No era un sofá nuevo, pero estaba bien cuidado. Le eché un vistazo y luego me senté en él. Era cómodo, muy grande, de color verde oscuro.

Patricia me llamó al móvil y me preguntó a qué hora pensaba ir al bar, que ya llevaba un rato esperando y su madre le había dicho que no llegara muy tarde.
Entonces se me ocurrió, en ese momento, y se lo dije. Que se viniera al almacén, que la esperaba.
Al principio ella no quería, pero insistí un poco.
Venga mujer, que si no fuera importante no te lo iba a pedir.

Tardó casi una hora. Para distraerme archivé unos albaranes que llevaban esperando semanas, casi desde que entré a trabajar. A mí no me importa trasladar muebles, montarlos, ni barrer el suelo. Pero meterme en aquel despacho de apenas cuatro metros cuadrados y ordenar papeles no me gusta. Es como volver al instituto y enfrentarme a las carpetas medio vacías, llenas de apuntes que nunca acabé de entender. Pero bueno, ayer era distinto. Lo guardé todo y luego me dio por pensar en quién se habría sentado en el sofá. A lo mejor una pareja de recién casados, los dos mirando la tele bien juntos, o tumbados. Incluso podría ser que más tarde hubiera habido niños saltándole encima.

Patricia me hizo una llamada perdida y levanté la puerta metálica. Estaba nervioso.
Tengo una sorpresa, le dije.
Había pensado en vendarle los ojos, pero no tenía con qué. La llevé hasta el sofá.
Qué te parece.
Se encogió de hombros. No sé, me contestó.
La abracé y le di besitos en la oreja. Eso le gustaba mucho. Se dejó hacer, pero en seguida quiso saber por qué la había hecho venir.
Es muy tarde, ya sabes que tengo que llegar pronto a casa. Puso morritos para decirlo.
No sabía cómo enfocárselo. En lugar de pasar el rato con los albaranes podría haber pensado cómo decirle que teníamos un sofá y estábamos solos. Le dije al oído
Bueno, pero tendremos un ratito, no.
Cómo dices, habla más alto.
Me senté y la cogí por la cintura. Me miró algo sorprendida, con esa expresión de niña pequeña que pone a veces. Estaba de pie frente a mí, con la cabeza inclinada y sujetándose el pelo con las manos.
Qué, dime qué quieres, me preguntó.
Pero me di cuenta de que ella ya lo sabía, porque también habló muy bajito.
Se sentó sobre mis piernas y nos besamos. Me gustaba la piel de mi novia, ella quería que yo la llamara así, mi novia. Me gustaba el contacto de sus mejillas frías y muy suaves. Me gustaba toda ella.
Se tumbó en el sofá y me agarró los hombros.
Mira a ver si hay una manta por ahí, dijo.
Fui al otro extremo del almacén y cogí un par. Eran ásperas y no estaban limpias. Pusimos una sobre el sofá y nos tumbamos. La abracé y cerré los ojos. Nos quedamos quietos y me pareció que nos latía el corazón a la vez.
Metió las manos por debajo del jerséi y me acarició la espalda. Casi sin tocarme, como si lo hiciera con las yemas de los dedos, de arriba abajo y parándose en la cintura. Allí cruzaba los brazos y me abrazaba. Yo esperaba a que volviera a empezar, estaba muy quieto y podía escuchar mi respiración. También la suya.
Nadie me había tocado así desde que mi madre dejó de hacerme masajes cuando no podía dormir, y de eso hacía ya mucho tiempo.
De pequeño me costaba coger el sueño. Era un niño miedoso. Y tuve tres padres, uno tras otro.
A los doce años se acabaron los padres y llegó mi abuela para cuidarnos. Eso le dijo a mamá, he venido para cuidaros, esto no puede seguir así.
Y se quedó en casa con nosotros. Ya nunca más cené cereales con cacao, ni volví a quedarme el último en la escuela, sin nadie que viniera a buscarme. Tampoco pasé más tardes de domingo solo en el cine, ni volvieron a colgarme la llave de casa al cuello por si no había nadie al regresar.
Mi abuela se quedó conmigo cuando mamá se marchó a Suiza de vacaciones. Me acuerdo de la postal que nos mandó, con unas montañas nevadas y un niño con un sombrero.
Un día la abuela me dijo que íbamos a cambiar de habitación. Yo en el dormitorio grande y ella en mi cuarto. Que me compraría unas estanterías y una mesa grande para que pudiera estudiar y que, si yo quería, podría colgar las fotos de la NBA en las paredes.
Y las de motos también, le pregunté muy triste.
Sí hijo, lo que quieras.

El caso es que recordar a mi madre me cambió el ánimo y me sentí raro.
Patricia seguía abrazada a mí y dijo, qué te pasa.
Cómo pudo notarlo.
Nada. Tengo frío, es mejor que nos vayamos.
Ella no preguntó nada y se puso el abrigo. Yo tenía muchas ganas de explicarle a mi novia toda mi vida y en aquel sofá hubiera podido hacerlo. Pero se estaba haciendo tarde.
Abrígate, Patrícia, le dije. Nos vamos a helar en la moto.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Pregunta


VICENÇ DEL HOYO
—Sí, jo sí!
Ho va escoltar al passar pel davant de l’entrada del banc que hi havia just a sota de l’oficina del registre de la propietat intel·lectual. No va ser la frase sinó el to, el que va fer que es detingués. Havia estat un ofegat xiuxiueig. Va dubtar. Duia sota el braç dues novel·les i un voluminós plec de contes que havia escrit els darrers anys. Ara que havia decidit presentar-los a concursos i fer-los circular per editorials calia que els tingués legalment inscrits. Però l’olfacte literari l’atreia cap a aquell rusc situat a pocs metres de seu destí.
Un home alt i voluminós acompanyat per una noia amb una ostentosa perruca rossa discrepaven sobre la necessitat o conveniència d’entrar a l’oficina bancària. L’home duia una llarga i sinistra funda negra que semblava contenir una recta i afamada canya de pescar. Li penjava de l’esquena. Ell volia marxar i ella estava decidida a entrar.
La desbordant i malaltissa imaginació de l’escriptor el llastrava. No podia aixecar els peus de l’entrada de l’oficina. Contemplava hipnòtic l’escena. El cervell en redactava el guió. Se li havien ocorregut mitja dotzena de preguntes a les quals els convenia la resposta inicial. Podria haver estat una pregunta reptadora:
—Estàs a punt per assaltar el banc?
O, pel contrari, una de més esporuguidora:
—Que potser vols anar a la presó?
Malgrat que no li agradava, hi havia la possibilitat d’una de molt innocent:
—Què duus la llibreta d’estalvis?
Podria ser que fos una de més especulativa:
—Creus que ens concediran el préstec?
Posats a imaginar, podria ser que la pregunta, formulada amb accent estranger, hagués estat:
—Egstàs seggura de gue aguesta gés la botiga on vegnen hams i esquer?
Però l’escriptor fantasiós creia que la pregunta que millor encaixava amb el to de la veu que havia sentit al escoltar la resposta era:
—Estàs disposat a morir?
Aquesta va ser la raó per la qual, per fi, va entrar a l’oficina. Més que per buscar respostes, va ser per descobrir la pregunta. En realitat, hauríem de dir per confirmar la pregunta. No estava disposat a abandonar fàcilment les certeses deduïdes.
L’oficina estava plena. L’escriptor no podia entendre per què. Ningú no tenia aspecte de jubilat. Tampoc recordava que fos final de mes. Però els van fer lloc, a la parella. L’home es va allunyar unes passes de la noia i es va despenjar la funda de la canya de pescar. Però qui acaparava l’atenció dels pacients clients era ella. No només per la falsa cabellera groga. Serà per l’insinuant vestit curt augmentat pel generós escot, especulava el nostre escriptor. Tot tenia un aire fals, teatral. Ella mirava a tots i a ningú. Ell havia desplegat, no un aparell de pesca, sinó un llençol amb lletres escrites lligat a dos bastons. La noia li’n va prendre un i entre els dos van estendre la pancarta.
Hi va haver un moment de silenci. Després la fressa de la indiferència va pujar de volum. Des de la seva ubicació, l’escriptor de contes només podia identificar senceres dues paraules: COBDÍCIA i HIPOTECA. Va notar dins seu que una incipient decepció lluitava per brollar. Però la incredulitat no la deixava néixer. Just quan els dolors de part de la decepció prenien protagonisme va sentir un sec espetec. El pescador de canya ara havia tret de la funda una escopeta curta i havia disparat un tret intimidador.
La fortuna va fer que fos l’estomac del novel·lista el que hagués d’hostatjar el plom. El pescador tenia bona punteria. La bala havia triat l’individu més prescindible. La sang li va regalimar panxa avall. El plec de fulls continents de totes les històries somiades es va escampar pel terra. Un silenci mineral oprimia l’oficina. L’olor del fum planava a mitja alçada. Les històries no van trigar gaire a estar xopes de sang del malaguanyat artista; trist per sentir morir les frases ofegades de sang. Hauria volgut veure els mots volant, com ocells que s’escapen de la gàbia. Per fi un somriure li va brollar als llavis. Ara podia precisar amb exactitud quirúrgica la pregunta que no havia arribat a percebre. Obtenia la recompensa de la pau. Havia aconseguit arribar al final de la història:
—Estàs disposat a morir per curiositat?

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Primer amor


ROSANA ROMÁN
En cuanto la vio supo que era ella. Desde la barra la observó mientras cruzaba el bar para sentarse a la mesa. Su belleza madura no le había cambiado la fisonomía. La hubiera reconocido en cualquier lugar, pero jamás había pensado en la posibilidad de reencontrarla allí, en su cafetería de la Estación Central, leyendo un libro y tomando café.
Nunca había tenido tanto interés en asistir a la escuela como en primer y segundo grado de primaria, los dos cursos que impartía la maestra más joven y bonita del colegio.
No había vuelto a pensar en ella en años, pero mirándola descubrió que había estado más presente en su vida de lo que imaginaba. Reconocía en ella a todas las mujeres con las que se había relacionado sentimentalmente.
La revivió junto al encerado, haciendo con tizas de colores primorosos dibujos con los que ilustraba a sus alumnos: las partes de una flor, el corazón humano…
Y escuchaba de nuevo los pacientes consejos que le daba al corregir su ortografía: “La h de ayer, guárdala para hoy”.
Le parecía estar oliendo aún su perfume fresco, que él aspiraba con disimulo. Notaba los dedos posándose en su cabeza y entrelazándose en el pelo en un intento de ordenar sus cabellos rebeldes. “Muy bien, Juanito, sigue así, muy bien presentado”, le decía ella sin imaginar la cantidad de veces que había repetido la página para dejarla pulcra y conseguir así el premio de su caricia.
Recordaba el amor que le inculcó por los libros, la forma de abrirlos y de tratarlos con sumo cuidado, como si escondieran un tesoro. Siempre rodeada de ellos, igual que ahora, sumergida en su lectura mientras bebía distraídamente el café.
¿Le reconocería? Estaba seguro de que no. Cómo iba a reconocerlo treinta años después. ¿Cuántos alumnos habrían pasado por sus clases? Ni siquiera le parecía posible que recordara su nombre. No, no iba a pasar por eso, prefería perder la oportunidad antes que arriesgarse a sentir la bochornosa realidad del olvido.
Pero por fin se armó de valor y se acercó a ella por detrás. Aspiró buscando el aroma que conservaba en su memoria. No era el mismo perfume de entonces, aunque también le gustó.
-¿Desea alguna cosa más? -le dijo mientras buscaba anhelante su mirada.
-No, gracias.
En ese momento anunciaron un tren por megafonía. Ella cerró el libro, se levantó y se dirigió con su maleta de ruedas hacia la puerta. Él la abrió para dejarla pasar y, cuando la tuvo cerca, no pudo evitar que las palabras escaparan de su boca precipitadamente:
-El bar es mío.
Ella parpadeó. “Enhorabuena”, dijo sonriente, y se mezcló entre la gente camino del tren. Antes de torcer hacia el andén la vio pararse un momento y girarse hacia la cafetería. Él seguía todavía allí, sujetando la puerta, y la despidió con la mano. Ella le devolvió el saludo.

viernes, 4 de diciembre de 2009

El cigarro más importante de mi vida


VICENTE APARICIO 
Suena el timbre. Abro la puerta.
- Hola, Cristina. Te presento a Eugênia -dice Jorge.
¿No se le caerá la cara de vergüenza?
Hemos invitado a Jorge a cenar. Que yo sepa, iba a venir solo, pero está claro que trae compañía. Y qué compañía. Menudo cuerpazo tiene la niña. Será cabrón. Míralo ahí plantado, como si no hubiera roto un plato en su vida. ¡Eugênia! ¿Y eso cómo se pronuncia?
-Encantada, Eu-gênia, estás en tu casa -digo. Algo hay que decir, ¿no?
-Obrigada -contesta.
Vamos por el pasillo. Qué cabrón. Desde luego, no se puede decir que tenga mal gusto. Qué culo, por dios, casi me gusta a mí.
Entramos en la cocina. Carlos lleva puesto el delantal de cuadros blancos y amarillos que le regalaron los del curro. Cuando hay invitados, él prepara la cena. Así puede presumir de ser un hombre interesante.
- Hola, chicos. ¿Cómo estás, Eugênia? -dice Carlos. ¡No, si aún se conocerán y todo!- No, no, no hace falta que contestes, ya te veo: estás para mojar pan. -Le da un repaso de arriba abajo y luego me mira y me guiña un ojo, como si a mí también tuviera que hacerme gracia. Pongo una sonrisa lo bastante falsa como para que le quede claro que detesto esos comentarios apestosos. No sirve de nada, nunca va a dejar de hacerlos.
Nos sentamos a la mesa. Carlos sirve el rissotto. Está bueno, se le da bastante bien. El vino está mejor todavía. Lo ha traído Jorge. Tiene buen gusto, el cabrón. Para el vino, para vestir y para las tías, por lo que se ve. ¿No quieres tópico? Toma una brasileña.
Me gusta la camisa de Carlos. Es azul, pero de un azul que no está nada visto, medio gris, y sin una sola arruga. Al muy guarro, con esa percha, todo le sienta bien. Ella lleva una blusa roja que le marca los pezones, y el escote es como para detenerla. Cuando se dan el pico, me pongo enferma. Qué cabrón.
Carlos se levanta, se lleva los platos sucios y va a por el segundo. No consiente que los demás se levanten. Yo me encargo de todo, dice siempre. Lo que tú quieras, pienso yo.
- Tú debes ser brasileña -le digo a Eugênia.
- De Rio de Janeiro. ¿Se nota? -Se agarra por debajo las tetas. Impresiona ver cómo tiemblan. Se ríe y al reírse me enseña la dentadura. Parece que haya estado sacándole brillo.
¿De qué coño se ríe?
- ¿Y a qué te dedicas, Eu-gênia? -pregunto amablemente.
- Soy bailarina. Trabajo en la noche, jajaja. Bares, discos... A veces en el teatro, pero esto está muito difícil. - Y vuelve a enseñarme los dientes.
La verdad es que es simpática. Cortita, pero simpática.
- ¿Y hace mucho que os conocéis?
- Dos semanas -dice Jorge.
Dos semanas no es mucho tiempo para presentarse a cenar con alguien en casa de tu mejor amigo, me parece a mí. Yo no lo haría, desde luego. Y menos, dadas las circunstancias. Alucino.
Carlos trae la carne. Ha hecho carrilleras de cerdo. Al oporto. Mientras las pone en los platos, se mancha el delantal y también la camisa. Ha servido cuatro trozos. Cuatro: ni tres ni cinco. ¿Se puede saber por qué no me ha avisado de que Jorge no venía solo?
No sé muy bien cómo, pero la noche va pasando. De vez en cuando nos miramos  los cuatro y sonreímos. Los temas estrella son las favelas, lo que nos llevaríamos a una isla desierta, Kaká y las habilidades gastronómicas de mi señor esposo. Él y la brasileña son los que más hablan. Hago como que les presto atención. Jorge evita mirarme, tanto como puede.
Eugênia anuncia que va al lavabo y desaparece taconeando. Carlos recoge los restos del segundo plato.
Nos hemos quedado solos.
Estoy como un flan. Me cruzo de brazos y le interrogo apoyándome en ese clásico movimiento de la barbilla:
-¿Tú qué?
- Yo qué... de qué -contesta con todo su morro.
No lo llevamos bien.
Me levanto y pongo los brazos en jarra.
- Así que ahora tienes novia. ¡Cómo puedes ser tan cabrón!
- Cris, por favor, que nos van a oír -me dice con cara de asombro, el muy cínico.
- ¿Por favor? ¿No te da vergüenza? ¡Ahora resulta que tiene miedo de que le oigan! -Mientras hablo, irritada, me doy cuenta de que lo hago en voz baja y eso me irrita más aún. Sigo hablando, porque no puedo dejar de decir lo que tengo que decir, pero aun así no consigo subir el volumen-. Que nos van a oír, dice. ¡Ja! Qué gracia me haces. ¿Quién se ha presentado aquí con esa... muñeca hinchable? ¿Miedo? Qué imbécil que soy. Lo que tendrías que tener es vergüenza. No lo entiendo, te lo juro, no entiendo cómo se puede ser tan capullo. ¿Se puede saber dónde narices tienes la... decencia?
Está muy serio. Me desafía. Me desafía con su silencio y con la cara de asco que pone. ¡Encima!
Suponiendo que tenga alguna intención de contestar, no tengo ocasión de comprobarlo.
- Me gustan los... los..., cómo se dice, ...cuadros que tienes en el baño -dice Eugênia al llegar- . Son lindos. ¿Dónde los has comprado?
Los compré en un chino de mierda, pienso.
- Los compré aquí al lado, en un chino -digo.
¡Joder!
Tomamos el postre, un poco de cava y café. La tarta de siempre hoy no está acertada. Demasiado tiempo en el horno. Y se le ha ido la mano con el borracho.
Nos despedimos.
- Cariño, ¿friegas tú hoy los platos? -me dice Carlos bostezando cuando ya se han marchado.
Va a fregar tu prima.
Voy yo al lavabo.
Hago pipí y me aguanto con las manos la cabeza.
Antes de esta asquerosa noche pensaba que estaba a punto de tomar una decisión. La decisión más importante de mi vida. ¿No habíamos quedado en eso? Pero resulta que no había nada que decidir. Resulta que no había nada de nada.
Qué bien.
Cuando llego a la habitación, mi marido me dice muy serio:
- Menuda jaca se ha buscado el cabrón de Jorge.
Estoy muy cansada.
- Tienes razón, menudo cabrón.
- ¿Y ahora por qué dices eso?
No le debe de gustar cómo utilizo yo la palabra.
- ¿Por qué no me avisaste de que iba a venir la tal Eugênia?
- Porque no lo sabía. -Se encoge de hombros. Dice la verdad, no sabe ni mentir.- Cariño, ¿por qué le has llamado cabrón?
- ¿¿Cómo sabías su nombre??
- Pues porque me ha hablado de ella un montón de veces, Cris, qué importa eso. Si hace meses que se la tira. ¿Has visto cómo está la chavala?
Ella, no lo sé. Yo, sí sé cómo estoy.
- ¿¿¿Por qué has hecho cuatro trozos de carne??? -Me doy cuenta de que estoy gritando.
- Cristina, haz el favor, ¿se puede saber qué te he hecho? A mí no me hables así, ¿me oyes? Pensé que igual la traía. Se me ocurrió, hostia, déjame en paz, ¡¡¡yo qué sé!!!
Me pongo de espaldas a él en mi lado de la cama, lo más lejos que puedo. Pasa algún tiempo. El colchón chirría. Noto sus manos en mis pechos.
- Carlos, por favor, estáte quieto -Hablo en voz muy baja, pero él me oye perfectamente y vuelve a su sitio.
Al cabo de unos minutos, le oigo roncar en la habitación. Yo estoy en el sofá del comedor y acabo de encender un cigarrillo. El humo entra en mis pulmones. Respiro hondo. No toso. Y eso que hace ocho años que no fumo.