domingo, 29 de noviembre de 2009

Buenas vecinas


LOLA ENCINAS
-¿Ha visto, María, qué revuelo de gente? ¡Están todas las cadenas de televisión!
-Pues sí, ¡está hasta el director de La Caixa! Cualquiera diría que hay para tanto.
-Mujer, si le tocaran los millones que le han tocado a ella…
-¡Bah, ha tenido mucha suerte! Cada mes se gastaba la pensión en la lotería, en los ciegos y en otras mandangas y luego iba a pan pedir. Me lo dijo la del quinto, que se la encontró varias veces cuando iba a echar la quiniela del marido. Cuando sale de casa, aunque sólo sea para ir a buscar el pan o comprar en el Mercadona, parece una marquesa, siempre de peluquería y pintarrajeada. El caso es aparentar lo que no se es.
-Es verdad, yo a veces he coincidido con ella y he tratado de tener una conversación, ya sabe, como hacemos nosotras, pero siempre tiene prisa y me deja con la palabra en la boca para ir a lo suyo. Como si los demás no tuviéramos también cosas que hacer… Es bastante estúpida y poco sociable.
-Pues imagínese lo que hará a partir de ahora, ni saludará. Eso pasa con los muertos de hambre, cuando les tocan cuatro perras, miran a los demás por encima del hombro y si te he visto no me acuerdo. Y esa, es una de ellos.
-Pues ella se lo pierde. Se deben tener buenas relaciones con las vecinas, que en esta vida nunca se sabe a quién puedes necesitar… Por cierto, me dijo la presidenta de la comunidad que tiene varios recibos pendientes de pago.
-Pues claro, ¡no los va a deber! ¡No le digo que se funde la paga en vicios!
-Bueno, pues ahora ya no tiene excusa para no pagar, incluso con intereses. La dejo, que hoy viene mi nieto a comer. A ver si algún día tenemos suerte y nos toca a nosotras… Ya sabe, no hay justicia en este mundo. Dios le da pan a quién no tiene dientes...
-Quite, quite. Hablando de refranes y dichos, tengo otro que da en el clavo: todas las zorras tienen suerte… Y yo, prefiero ser pobre y honrada toda la vida.
-Diga que sí  y yo también. Hasta mañana, Luisa.
-Adiós, María.

martes, 24 de noviembre de 2009

El cuerpo


MARC BALLESTER 
Este es el CUERPO de la frase, aunque ER es el centro (quién lo diría) rodeado de un CU y un PO muy pronunciados que lo flanquean como esfinges dormidas y que le permiten ere que ere crecer y crecer, y del cuerpo original pasados unos instantes tan solo atisbamos un ER cada vez más gigantesco, casi monstruoso. Si le damos tiempo, y aunque no se lo demos también, el ER se expande e invade el centro de la ciudad y expulsa al mar los barrios portuarios y luego los barrios altos los catapulta por la cresta de las montañas que están más allá de los arrabales, y el centro, a golpes de ER ER ER se alza, engorda y engulle todo lo que encuentra a su paso. Desaparecen las grandes avenidas, plazas y parques; primero los céntricos y más tarde, sin dar tiempo a evacuar ni a huir, los hospitales, colegios y comisarías (esto está bien, lo de las comisarías engullidas es rematadamente bueno y necesario), por fin la alcaldía también desaparece, eso sí, entre la E y la R, en el corazón mismo de la palabra, y pasados los días, cuando todo y todos han sido devorados (porque recordemos que el CUERPO necesita alimentarse para crecer) el cuerpo decide morderse la C y luego la O, en primer lugar de una forma tímida, casi por compromiso y tras degustarse a sí mismo (como quien se muerde con vergüenza las uñas de un pie) se zampa toda la C, la U, la P, la O y la E, quedando una R monumental, que ocupa el epicentro del mapa, negando toda existencia a su alrededor y ronroneando, ahora sí ahora también, ronroneando, redondoneando, royendo, erre que erre, enredándose, roneándose, horneándose, ro, re, rrrr...

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Dura jornada


NATÀLIA LINARES
Hacía años que la doctora Saymach trabajaba en el más prestigioso hospital de la ciudad. Allí practicaba interminables sesiones de psicoanálisis. Los pacientes se agolpaban en su agenda esperando sus diagnósticos de prestigio.
Un viernes acudió a su consulta una nueva paciente. Una mujer joven. Su aspecto se correspondía con la típica estampa de quien lleva a cabo dos jornadas de trabajo. En casa y fuera de ella. 
-Y bien, usted dirá -dijo la doctora a la nueva paciente- Carmen, ¿verdad? ¿Se llama Carmen?
La paciente asintió con la cabeza.
-¿Cómo te sientes, Carmen? ¿No tienes ganas de hablar?
La doctora dominaba todas las técnicas de acercamiento. Interrogaba poniendo las vidas ajenas en cuestión, de manera que conseguía que los pacientes confesaran sus vivencias más dolorosas.
Cada paciente era víctima del odio, los recelos, iras, desolaciones, envidias, egoísmos, frustraciones que la ciudad encerraba y aglomeraba en una jaula de gentes maltratadas por la idiosincrasia humana.
Carmen notó en el hombro derecho la mano amable de la doctora.
Llevaban quince minutos de consulta, sin que Carmen hubiera dicho una sola palabra.
-Háblame de ti, Carmen. Qué me dices. ¿Trabajas? ¿Tienes hijos? ¿Pareja? ¿Por dónde empezamos?
Carmen la miró fijamente, su cara se hinchó aguantando una gran arcada. Sin poder controlarlo, vomitó. Su boca se abrió asemejándose a una serpiente boa que escupiera insectos negros. Su cabeza se inclinaba hacia atrás por la presión del surtidor. No podía refrenar la fuerza con la que aquella masa informe se escapaba de su interior.
El despacho se llenó de aquel magma. La doctora intentó liberarse a manotazos. Una revista científica que cogió de la estantería le servía de arma atizadora. Abrió la ventana a fin de descargar el ambiente.
Por suerte la boca se cerró y Carmen se desvaneció.
Quedó en el suelo durante minutos.
Se incorporó al lado de la doctora Saymach.
Y se despidió.
–Adiós. Me he quedado como nueva. No en vano hablan tan bien de usted. Hasta la próxima.
Acto seguido la doctora Saymach llamó a su secretaria, le ordenó que anulara todas sus visitas y que reservara un vuelo. Se cogía unos días de vacaciones.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Ácaros


MARIA GUILERA
El niño tenía alergia a los ácaros y el médico me dijo que debía dormir en una habitación sin polvo. Sin una mota de polvo.
Los ácaros están en la alfombra, me dijo. En las cortinas, en la colcha. Hay que sacar todo esto.
Sin cortinas la habitación me parecía otra. Mi madre había comprado la tela, tenían un estampado de barquitos de colores. La colcha hacía juego con ellas. La quité también.
Por mucho que las lave no perderán el color, nos había dicho el dependiente.
Mi madre murió antes de que yo las pusiera en la lavadora.

Íbamos de cara al verano, no me pareció mal sacar ya la alfombra. La enrollé para subirla al altillo, pero luego me dio pereza pedirle la escalera a la vecina y la dejé en el rellano. La portera me dijo que el rellano no era un trastero.
Si quiere tirar la alfombra, espérese al primer martes de mes. Un poco de civismo.
Me lo dijo con rabia, como si quisiera vengarse. Pero yo no recordaba tener nada pendiente con ella.
Por la noche bajé la alfombra a la calle y la dejé al lado del contenedor.
Esa noche el niño tuvo un ataque de asma terrible.
Tú hazles caso a todos, me dijo Santi. Tú, hala, a tirar la casa por la ventana. Y mira.
Yo tenía ganas de llorar. Sobre todo por las cortinas.
Una vecina me dijo que los colchones eran un nido de microbios y que me enviaría a su hermana para que me hiciera una demostración con un aspirador especial antiácaros que era lo mejor contra el asma. Una demostración sin compromiso. Y que no me iba a creer la mierda que tenía en casa.
Me lo compré a plazos, porque era carísimo. Pero lo necesitaba.
Aspiré los colchones, las almohadas y las paredes. Cuando cambiaba el filtro me parecía ver millones de ácaros retorciéndose. Enseguida los echaba a la basura.
Cada día descubría una cosa nueva para aspirar. El sofá, las sillas, los muebles. Todo hasta el fondo y por dentro, allí donde nunca antes había entrado.
También aspiraba la ropa, la mochila y los zapatos.
Al niño le aspiraba al salir de casa y al regresar del colegio. Tenía menos ataques, pero me parecía cada vez más delgado.
Aspiré unas láminas enmarcadas del recibidor y se rompieron las telas. Las tiré antes de que volviera mi marido, porque las había pintado su padre y nos la sregaló en el primer aniversario. No quería líos de familia. Pero también había tirado yo las cortinas que cosió mi madre, eso fue de lo primero. Así que estábamos en paz.
Las pantallas de las lámparas también se rompieron, pero ya eran viejas.
Dejé las bombillas a la vista y quedaba el comedor como de pobre. Me daba igual, menos ácaros.
Pasaba dos o tres veces el aspirador por el baño. Pelos, polvo, porquería. Cómo habíamos podido vivir así.
Lo que no podía limpiar con el aspirador antiácaros, lo tiraba al contenedor.

El niño parecía un poco triste sin los juguetes. De peluches, ni hablar. Las piezas pequeñas del Lego se las tragó el aspirador.
Tienes que entenderlo, hijo. Es por tus ataques.
Un día Santi se llevó al nene con sus padres. Me dijo, tú estás como una cabra, te has vuelto una obsesa.
Le dije que lo hacía por nuestro hijo, pero me doy cuenta de que hay otra cosa, no sé qué es.
Porque sigo aspirando lo poco que queda en casa.
Son ellos o yo.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Filla meva


VICENÇ DEL HOYO 
No sé què em porta a dir-te això, potser són coses de l’edat, o potser del caràcter del teu germà, però la veritat, filla meva, és que et trobo molt a faltar. M’agradaria sentir la teva veu greu i pausada pels passadissos de casa. De ben segur que et pentinaries com la teva mare i et faries obstinadament un serrell corbat amb el que voldries amagar el teu preciós front del que, tinc la més absoluta certesa, t’avergonyiries, com ella. Mai hauries d’haver renunciat a ser la filla gran! Amb la teva assenyada vida ens hauries fet sentir orgullosos. No hi ha dubte que et barallaries amb el teu germà. Ell ho necessita. Està creixent com un nen mimat per culpa de la teva absència. No ha de negociar amb ningú, no ha aprés a compartir, sempre acapara tota l’atenció. I, en especial, qui més et necessita és la teva mare. Ella que tant d’esforç ha destinat a ensinistrar-nos, amb tan poca recompensa, està mancada d’una veritable amiga, algú a qui confessar-li els inesperats desànims, les inconfessables febleses i amb qui compartir les alegries sobtades. Tu no hi seràs per jugar aquest paper. Una dona condemnada a viure en un món masculí sorollós i poc receptiu a les subtileses. I, jo? Un pare que no podrà sentir la tendra abraçada d’una noia jove, ni podrà mai oferir una desinteressada protecció paternal a les inevitables angoixes d’una jove. I, nosaltres? Amb qui compartirem l’afeblidora vellesa quan el teu germà hagi volat?
No saps el mal, el dolor que ens causa la teva absència?
Per què no has nascut, filla meva?

domingo, 1 de noviembre de 2009

Estación central


ROSANA ROMÁN
Los últimos viajeros fueron abandonando la estación hasta dejarla vacía.
Llegó el turno entonces para los limpiadores, que volvieron a dar vida a los andenes.
Varios trabajadores pasaban la mopa a la vez abarcando el vestíbulo central. Caminaban en paralelo, todos a un tiempo, como si interpretaran la coreografía de una danza silenciosa.
Raúl se encontraba en un extremo y deslizaba la basura tratando de empujar también sus preocupaciones, como si apartándolas lograra borrar aquella etapa de su vida, aburrida y monótona a causa de su trabajo.
Mientras pasaba la mopa topó con una maleta que parecía olvidada junto a un banco. Iba a retirarla cuando, un poco más allá de donde se encontraba, acurrucada en el suelo descubrió a su propietaria.
-¿Está bien? -dijo amablemente.
La joven asintió pero no se movió, ni siquiera cuando el hombre pasó el cepillo a pocos centímetros de ella.
-¿Ha perdido el tren? Puede descansar en la sala de espera, estará más cómoda.
-Gracias –dijo mientras se incorporaba y se hacía cargo de su equipaje. Pero una vez en pie, no parecía decidirse a tomar ninguna dirección. Su mirada lánguida se perdía en un punto indeterminado.
Él le indicó con el brazo extendido.
-Hacia allí los que van al sur y hacia allá los que van al norte. ¿A dónde va usted?
-A ninguna parte, ¿sabe usted donde está eso?
-Le queda un poco lejos, al final de esta vía, aproximadamente.
Los dos rieron al unísono. Por un momento sus ojos sonrientes se cruzaron aunque la mirada de ella se apagó de nuevo en seguida.
-¿De verdad no sabe a dónde ir?
- Aún no. ¿Qué me aconseja?
- Al sur, siempre al sur, en busca del sol.
La joven, agradecida, recuperó su rumbo. Raúl, silbando, se incorporó a la danza del grupo.