sábado, 17 de octubre de 2009

Me gusta estar aquí


MARC BALLESTER
Desde lo alto todos los barrios son cuadrículas con mejor o peor trazado, con accidentes geográficos que modifican y desvían las calles y avenidas. Los parques desde arriba se asemejan a clapas áridas que según la época del año se visten de colores, y rompen con los aburridos tejados y azoteas. La ciudad que nos ocupa, durante doce meses no cambia de color, siempre es gris, un gris roto por el blanco de las olas al deshacerse en la orilla de la playa o por los cargueros que navegan ría adentro. Junto al agua, rodeada de parterres y arbustos, divisamos la silueta de un monumento de color bronce. Distinguimos: cabeza, espalda, una pierna extendida y los brazos en paralelo que estiran una losa. La altura nos impide ver el rostro y el abdomen, pero su postura denota esfuerzo y tensión, imaginamos que la otra pierna queda oculta bajo el cuerpo, flexionada, como cogiendo impulso para saltar hacia delante. Si eso es cierto el cuerpo empuja y no estira como habíamos pensado. Retomamos altura y el cuerpo recobra su justa medida y lugar: pequeño y arrinconado.

Olerás el mar, eso te dijeron, pero se olvidaron de especificar que no lo verías. El que diseñó este parque no pensó en ti, bueno, en ti sí, pero no en tus ojos. Te colocaron de cara a unos arbustos, así puedes comprobar el efecto de la brisa marina y el salitre sobre ellos y extrapolarlo a tu espalda e imaginar el color verdoso que debe haber adquirido, lejos del bronce original. Luego gritarás al sentir como los enamorados esculpen sus nombres torpemente en tu vientre, pero tus labios permanecerán sellados; entonces llorarás, y la fina lluvia rodará por tu metálica mejilla.

¿Y la plaza? Me prometieron una plaza, un lugar céntrico e importante, donde estuviese a la vista de todos, donde los jóvenes treparían a mis espaldas portando banderolas rojiblancas si el Bilbao ganaba de nuevo la liga. Mi autor creyó y me hizo creer que sería importante. Que se olviden de él es normal, suele suceder, pero dejar que los pájaros defequen en mi cráneo y que los desheredados duerman y orinen a mis pies, es, sobre todo, decepcionante. ¿Eh? ¿Qué significan esos operarios? ¿Y ese martillo neumático? ¡No! ¡Alto! Si me gusta estar aquí, ¡eh, paren! ¡Aaaah!

5 comentarios:

  1. Que levante la mano quien no sea estatua

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  2. la bruja de provenza20 de octubre de 2009, 20:41

    Alguna ventaja tiene que quedarnos a los anónimos.

    Pasar a la posteridad tiene eso. Sientes un chap chap en la cabeza y hueles lo que hay a tus pies.

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  3. la bruja de provenza20 de octubre de 2009, 20:41

    Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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  4. Donde quiera que estés, estatua de bronce querida, seguro que divisarás mejor paisaje, un paisaje de luz y alegres colores donde las risas de los niños te alegrarán el día y las palomas respetarán tu craneo y sólo se posaran para hacerte compañía. Donde quiera que se te hayan llevado...

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  5. Todos, somos estatuas efímeras colocadas en entornos que nada tiene que ver con lo que nos prometieron o esperábamos.

    Inclemencias naturales, metereológicas y sociales van haciendo mella en nosotros.
    Pacientes e impotentes asumimos nuestro papel.

    Nuestra inmortalidad depende del recuerdo de los que nos sobreviven.

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