martes, 27 de octubre de 2009

La piedra caliente


VICENTE APARICIO
Leyre se deja llevar. Las escaleras mecánicas chirrían; a lo mejor se quejan porque se aburren, querrían averiarse. Leyre ha venido en metro (línea roja, fin de trayecto) y ahora está arriba, al aire libre, en la plaza donde los niños juegan y las mamás charlan, menos pendientes de su columpio (ya no se balancean, ya casi no arriesgan) de lo que quieren hacer ver. Al cruzar la plaza, una calle por donde los coches pasan a izquierda y derecha, coches de colores nuevos. Y más allá, siempre hacia el oeste, el descampado donde en abril ponen la feria, música festiva, niños y niñas que despiertan al sexo, zapatos manchados de tierra. Leyre camina y camina. Va hacia alguna parte.
El terreno propone al caminante, muy al principio, el incentivo de una ligera pendiente, contra la monotonía. Leyre entiende pronto que es una trampa, una leve nota de cansancio que se volverá ruido de fondo. Camina siempre hacia el oeste, y desde un rincón (siempre hay rincones, da igual la geometría) los gatos exhiben su curiosidad, su distante soberbia. Cuando hace rato que el paseo es una gran planicie de color paja, Leyre se empieza a hartar. Dolor de zapatos, cardos, olor a estiércol. Si tuviera quince años, se descalzaría. Apoyaría las plantas de los pies en el suelo, sentiría la longitud completa de sus pies a cada paso, temblando de emoción. Caminar cansa.
Si mira al frente, aún es de día. Cuando la feria, un río de gente; ahora nadie. Leyre se estremece. Los juncos, a su alrededor, han ganado altura. Plantas, tallos, maleza... A lo mejor los descampados son más amables cuando una puede alargar la vista hasta donde quiere; a lo lejos, siempre hay un infinito. Leyre ha olvidado a dónde va. Ha pisado una piedra. Se ha hecho una pregunta. Siempre le gustó tirar piedras: verlas como saltan, elegantes, a ras de agua, y como se esconden entre las hierbas después de cruzar el río.
¿Qué hago aquí?, se ha preguntado.
Y entonces, exhausta, se ha detenido.
La luz se ha revestido de un tono más preocupante, aunque el atardecer aún ha de hacerse esperar. Son los árboles y sus sombras, tan cerca, lo que más cansa de todo. Leyre se ha sentado en el suelo y ha guardado la piedra en el bolsillo de la chaqueta. Un souvenir, un amuleto. Si se parara a pensar, concluiría que ahora mismo no puede recordar en qué dirección está la parada de metro, el extremo oeste de la línea roja. No piensa (no piensa en eso: se ha prometido mantener a raya a los fantasmas). No tiene hambre ni sueño. De su garganta mana el principio de una canción que no recuerda haber oído nunca antes. Está sola ahí en medio y, contra lo que podría esperar, se sabe dueña de un inmenso poder. No una nana, ni un himno, no una musiquilla de feria, no una melodía aristocrática envuelta en violines y algodón. Una sencilla canción, apenas tres o cuatro notas que se suceden nítiidamente, despacio, y vuelta a empezar. Al cabo de unos minutos, pocos, Leyre ha oído un ruido dentro de la garganta, muy cerca de los oídos.
En algún lugar, un susurro de ramas agitándose. Pisadas que presagian un cambio, algo que por alguna razón a Leyre no le parece una amenaza. Frente a ella, la evidencia de un ser que no estaba previsto. Un ser fuera de toda lógica. Un palo de escoba hace las veces de esqueleto. El esqueleto (una estructura) viste harapos, el recuerdo de una pasada elegancia. Hay un casco en su cabeza filamentosa, un casco de astronauta, y sobre los hombros, una negra capa raída. No estaba previsto, pero Leyre tiene de él, con toda seguridad, una experiencia previa. En la espalda, al darse la vuelta, una cruz roja bordada. Después una reverencia, el rostro grave, rodillas a tierra. Y una voz que dice (una voz inconfundiblemente humana): «Debes regresar». Y no dice nada más. «Debes regresar». Embelesada como una niña que atiende a un cuento (que atiende a un cuento como si las palabras fueran el mundo), no tiene ninguna intención de comprender. Sabe, sin embargo, que es mentira. Que no es verdad. Que lo que está sucediendo no está sucediendo, que los espantapájaros no existen. Que no existen los astronautas, ni los fantasmas, que no existe casi nada. Acaricia con la yema del dedo índice la yema de su dedo pulgar. Las yemas son suyas; existen, ellas sí. Levanta la mano, el dedo casi recto a un palmo de su cara, y entorna los ojos, no del todo. Con la misma yema borra un poco de aire, en el lugar adecuado (en el área de influencia de unas coordenadas concretas), y así consigue borrar del paisaje también toda esa incongruencia. Pero no era esa su intención, o eso se dirá luego a sí misma. Un rubor pálido acude a sus mejillas. No quería hacerlo, pero no tuvo más remedio. La.súbita desaparición de un ser tan poco creíble (la intervención milagrosa de la goma mágica) ha dibujado en su cara un estupor de bebé a quien su padre, traicionado por la emoción, le retiró el estímulo con demasiada brusquedad. «Debes regresar», dice un eco que ha tardado algunos segundos de más en desandar el camino. Y Leyre sigue sin comprender. A veces preferiría ser como un bebé, poner cara de sorpresa, ignorarlo casi todo; protestar llorando con vehemencia, depender absolutamente de alguien que te quiera. No hacer daño nunca. No pesar.
Leyre se echa a andar. El camino de vuelta es más ralo, más despejado. Apenas algún que otro charco alegra la monotonía del paisaje, y los maullidos de los gatos. Camina siempre hacia el oeste y sin embargo, ahí tiene la calle, por la que ahora no pasa ningún coche (y es aún de día). Mira a un lado y a otro antes de cruzar, pues Leyre siempre ha tenido miedo de morir atropellada por un conductor sin brújula (arrollada por un columpio sin control, secuestrada por un espantapájaros sin habla.). Hay bancos vacíos en la plaza, y columpios. Ahí tiene también la boca del metro, por la que se deja engullir sin oponer resistencia, casi se diría que con prisas.
Dentro del vagón, la música regresa; son, no cabe duda, tres o cuatro notas. Como que está completamente sola, deja a su garganta que haga lo que quiera; a lo mejor habría que jugar más a menudo, jugar a lo que a una le diera la gana. El tren arranca, atraviesa el túnel, se detiene. Se abren las puertas. Leyre advierte que ha llegado a una estación donde no ha estado nunca antes, como si en un breve lapso de tiempo alguien hubiera sido capaz de prolongar la línea roja. Una prolongación hacia atrás (pues ella tomó la dirección correcta).
Una mujer entra en el vagón. Una mujer guapa, de piel blanca, muy maquillada; zapatos de tacón rojos, blusa blanca, falda negra. Un pañuelo rojo, también. El corazón de Leyre late con fuerza. Mete las manos en un bolsillo: la piedra está caliente. Sonríe, aliviada, pues la piedra está caliente, y empieza de nuevo a cantar.

4 comentarios:

  1. la bruja de provenza28 de octubre de 2009, 21:44

    Inquietante y preciso como un sueño del que despertamos intentando comprender los símbolos. Como una sucesión de pensamientos que escapan del control y de la lógica.

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  2. Aqui y ahora me viene JC a las percepciones imprecisas.

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  3. Uhmmmmm.......
    Creo que Leyre ha salido crecida del descampado, ha superado la prueba, y se ha crecido con la experiencia, ha redescubierto los colores, la música, vuelve a sentir el calor...
    Ha encontrado una estación de metro nueva más allá del fin de trayecto.
    Y yo me alegro mucho.
    Jose.

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  4. Leyre y yo, Leyre y tantas más, Leyre y un mundo en su bolsillo, Leyre y un camino que pareciera no tener retorno, pero que impone un límite donde cierto punto abre el umbral del regreso.
    Yo, quizás, preferiría seguir caminando, sin volver atrás.
    Me he identificado con aromas, pasos, caminos, sensaciones y tanto más.
    Abrazos desde mi sur
    Pilar

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